Diario de Julián Fernández, 14 de junio
Hoy he regresado al pueblo, después de mucho tiempo, para visitar a mi tía Carmen. Ya apenas me quedan raíces aquí; mis padres fallecieron hace años y mis demás familiares se han ido moviendo a distintos rincones del país. Solo mi tía Carmen, hermana pequeña de mi madre, sigue viviendo en la vieja casa familiar.
Nada más llegar, reconocí el portón de hierro forjado, aquel al que de pequeño le temía por aquel chirrido tan peculiar. Empujé la puerta y entré en el patio soleado, donde tía Carmen salió a mi encuentro:
Pero bueno, Julián, ¿por qué no avisaste? me dijo mientras me abrazaba. ¿Y no ha venido Lucía y los niños contigo?
No han podido, tía, han tenido que quedarse en Madrid le respondí.
Tía Carmen, siempre tan generosa, enseguida empezó a preparar la mesa. Comimos como en los viejos tiempos, con esos guisos que saben a hogar y a recuerdos. Después de los postres, noté que algo le rondaba por la cabeza; de repente, se levantó y salió un momento a la despensa. Volvió con una sonrisa tímida y una hoja arrugada en la mano.
Mira lo que encontré en el arcón, entre unos libros viejos.
Tomé la hoja, curioso, y la leí con atención. A medida que repasaba cada línea, mi rostro se fue transformando de sorpresa a incredulidad. Era un antiguo informe médico, emitido cuando apenas era un niño y pasé aquella enfermedad tan grave. El documento afirmaba, de manera rotunda, que debido a las secuelas de mi dolencia, nunca podría tener hijos. Este papel, lo supe al instante, lo firmaron y guardaron para mi madre yo jamás supe nada.
Tía Carmen, viendo mi rostro, intentó tranquilizarme:
Anda, Julián, no pienses más en eso. Ya han pasado muchos años. ¡Fíjate si desde entonces no ha cambiado nada! Además, mira tú mismo quién ha criado dos hijos, no vinieron del viento, ¿no?
Aquella noche me quedé a dormir en la habitación de siempre, la que daba al patio y al limonero. No pegué ojo. Aquella hoja me perseguía, inquieto recordaba mi vida: mis hijos, sus primeras palabras, su infancia; todo parecía tambalearse. ¿Será posible que haya vivido engañado? me preguntaba, mientras por mi cabeza circulaban mil dudas.
Mi madre murió cuando yo era muy pequeño, con apenas diez años. Mi padre se volvió a casar poco después; el hogar cambió y yo pasé a menudo muchos días y noches con tía Carmen, que vivía a la vuelta de la esquina. Al final, ella se convirtió en mi refugio, más madre que tía.
Cuando terminé el servicio militar, decidí no regresar al pueblo. No había oportunidades, y mis vínculos con mi padre se habían debilitado. Me instalé en Madrid, encontré trabajo de conductor en una empresa de transportes y compartí piso con otros empleados. Al ganar experiencia, me animé a hacer porteos de largas distancias, y con esfuerzo logré ahorrar lo suficiente para un pequeño piso.
Más tarde conocí a Lucía, mi mujer. Recuerdo aún la alegría que sentí cuando me comunicó, antes siquiera de casarnos, que iba a ser padre. Nos casamos felices y, a los tres años de nacer nuestra hija, llegó nuestro hijo.
Con el tiempo, cuando alcancé los cuarenta, decidí dejar la carretera. Había ahorrado algo y monté mi propia empresa de mudanzas y transporte. Fueron años difíciles, pero logré abrirme camino y crear un negocio estable.
Después de aquel día en casa de mi tía no podía quedarme tranquilo. La incertidumbre me carcomía. Viajé a Madrid y pedí cita con un especialista para repetir las mismas pruebas, a ver si aquello era cosa del pasado. El resultado desgraciadamente fue semejante: la ciencia decía que yo no podría tener hijos.
La vuelta a casa fue triste. Lucía me esperaba con su sonrisa de siempre.
Julián, ¿comerás algo? me preguntó.
No tengo hambre le solté, y deslicé el informe sobre la mesa.
¿Qué es eso? me miró asustada.
Un documento que dice que nunca pude ser padre, Lucía.
Ella se desplomó en la silla, como si el aire le hubiera faltado de repente.
No puede ser, Julián, tiene que haber algún error, de verdad
Basta de engaños le interrumpí. Si me sigues mintiendo, me marcho para siempre.
Lucía tragó saliva, y tras unos segundos de silencio, empezó a hablar.
Me confesó que en el instituto estuvo saliendo con un compañero de clase; tras terminar COU siguieron viéndose, pero su relación terminó abruptamente cuando él empezó a salir con una de sus amigas. Fue entonces cuando nos conocimos nosotros. Al poco se dio cuenta de que estaba embarazada, y no tenía del todo claro de quién era el hijo, pero tuvo miedo de confesarlo a sus padres y casarse se convirtió en su vía de escape.
Eso explica a la primera, Lucía la interrumpí. Pero, ¿y el segundo?
Las lágrimas le caían por las mejillas, mientras se frotaba los ojos. Con voz casi rota, continuó:
Tú estabas siempre viajando, apenas estábamos juntos. Una noche, volví a cruzarme con aquel chico, mi primer amor. Accedí a salir con él. Me arrepiento cada día desde entonces Jamás volví a verle, y no hay perdón para esa traición. Pero tú, Julián, siempre has sido el amor de mi vida.
Me quedé en silencio, la cabeza entre las manos. No tenía fuerzas ni para reprocharle. No sé cuánto estuve así. Lucía entre sollozos me suplicaba:
Por favor, Julián, no me dejes. No sabría vivir sin ti.
Me levanté despacio y le dije que no podía ni mirarla, y salí dando un portazo, mientras escuchaba sus lágrimas tras de mí.
Durante días no encontraba consuelo, ni en el trabajo ni en el bar con los amigos. Al final, volví al pueblo, buscando refugio de nuevo en la casa de mi tía Carmen. Las noches se me hacían eternas, en vela, observando el techo.
Mi vida se ha venido abajo me decía. ¿Cómo se sigue adelante después de descubrir algo así? Pero al amanecer, me sorprendía a mí mismo pensando: Y si lo hubiera sabido de joven, desde el principio ¿habría tenido acaso familia? ¿Habría conocido el milagro de ver a mis hijos crecer, de disfrutar de su infancia?
El domingo por la mañana, sonó el timbre. Eran mis hijos, Elena y Antonio.
Papá, no sé qué pasa con mamá, pero desde que te fuiste te has distanciado de nosotros también. ¿No quieres vernos? dijo Elena, entrando decidida.
No digas tonterías, hija respondí. Os quiero como siempre, pero con tu madre las cosas están complicadas.
Papá, vuelve a casa pidió Antonio. Mamá no para de llorar, la veo mal, tengo miedo de que le pase algo.
Papá, deja de enfadarte. Y te doy una buena noticia: pronto vas a ser abuelo añadió Elena, con una sonrisa esperanzada.
Los abracé con fuerza. Solo pude decir:
Eso es una alegría, hija mía.
No nos iremos sin ti, papá insistió Antonio. No merece la pena vivir así, tantos años juntos para acabar cada cual por su lado.
No sé si fue su cariño, o sus palabras, pero me convencieron. Me quedé callado un momento, respiré hondo y dije:
Tenéis razón. Vamos a casa.
Y nos preparamos para volver, juntos, donde de verdad está mi familia.







