— No, mamá, ahora no hace falta que vengas. Piénsalo bien. El viaje es largo, pasarías la noche ente…

No, mamá, ahora mismo mejor que no vengas. De verdad, piénsalo un poco. El viaje es largo, toda una noche en tren y ya no eres una niña. ¿Para qué te quieres meter en ese lío? Además, estamos en primavera y seguro que tienes el huerto lleno de trabajo me dice mi hijo.

Hijo, ¿cómo que para qué? Hace mucho que no nos vemos y me apetece un montón. Y también tengo muchas ganas de ver a tu mujer, ya sabes, conocer mejor a mi nuera le contesto con toda sinceridad.

Pues mira, hagamos una cosa, ¿vale? Espera mejor al final de mes y venimos nosotros a verte, aprovechando que en Semana Santa tenemos varios días libres me tranquiliza mi hijo.

Yo, la verdad, ya tenía medio decidido ir, pero le creí y accedí a quedarme y esperarles en casa.

Pero al final nadie vino. Llamé varias veces a mi hijo y me colgaba. Luego me devolvió la llamada y me dijo que estaba hasta arriba de trabajo, que mejor que no esperase nada.

Me dio una pena enorme. Había preparado todo para recibirlos: por fin iba a conocer a mi nuera. Llevan casados ya medio año y aún no la he visto ni una sola vez.

A mi hijo, Mateo, lo tuve para mí, como se suele decir. Ya tenía 30 años, nunca me casé, así que decidí tener al menos un niño yo sola. Puede que muchos consideren que no está bien, pero nunca me he arrepentido, aunque no siempre fue fácil. Nos faltaba el dinero, vivíamos prácticamente al día. Trabajé siempre en varios trabajos para que no le faltara de nada.

Mateo fue creciendo y luego se fue a estudiar a Madrid. Para echarle una mano los primeros tiempos, hasta estuve trabajando temporada en el extranjero, en Alemania, y le mandaba lo que podía para la uni y el alquiler en la capital. De verdad, mi corazón de madre se ensanchaba de saber que podía ayudarle.

En tercero ya encontró sus primeros trabajillos y empezó a costearse él los gastos. Al acabar la carrera encontró trabajo enseguida y ya se mantenía solo.

Volvía a casa, pero poco, una vez al año como mucho. Y yo en Madrid, la verdad, no he estado ni una vez en la vida.

Pensé que cuando se casara, iría seguro. Hasta fui guardando dinero para ese momento: llegué a ahorrar 5.000 euros.

Hace medio año me llamó para darme la noticia que tanto esperaba: que se casaba por fin.

Mamá, no vengas todavía. De momento solo nos casamos por lo civil, ya haremos una fiesta grande más adelante me avisó Mateo.

Me fastidió un poco, pero qué le iba a hacer. Me presentó a su novia por videollamada. Muy guapa, eso desde luego. Y de buena familia, que su padre, mi consuegro, parece que maneja mucho dinero. No me quedó otra que alegrarme de que todo le fuese bien.

Y así fue pasando el tiempo, y nada: ni vienen ni me invitan a ir. Yo ya tenía un ansia por conocer a la nuera y por abrazar a mi hijo, así que me planté, compré billetes para el AVE, preparé comida casera, hasta le hice pan, cogí unos botes de conservas y me marché. Le avisé a Mateo justo antes de subir al tren.

¡Pero mamá! ¿Para qué te complicas así? Yo estoy en el trabajo, ni te voy a poder recoger. Mira, te paso mi dirección y pides un taxi me soltó.

Al llegar a Madrid por la mañana, pillé un taxi y la carrera me pareció carísima, pero bueno Al menos me quedé disfrutando de Madrid desde la ventanilla.

Me abrió la puerta mi nuera, Lucía. Ni una sonrisa. Ni un abrazo. Solo un seco pasa a la cocina. Mi hijo ya no estaba, se fue temprano al trabajo.

Empecé a deshacer las bolsas: patatas, remolacha, huevos, manzanas secas, setas en vinagre, pepinillos, tomates, y unos tarros de mermelada. Lucía me miraba en silencio, y al rato me suelta que para qué traía todo eso, que no comen nada de eso y que, además, ni cocina en casa.

Entonces, ¿qué coméis? pregunté alucinando.

Todos los días pedimos comida a domicilio. No me gusta cocinar porque la casa se impregna de olor y tarda mucho en irse responde Lucía.

Al poco rato entró un niño pequeño, de tres o cuatro añitos.

Mira, te presento a mi hijo, Gabriel dice Lucía.

¿Gabriel? pregunté.

Sí, Gabriel. No me gustan que cambien los nombres. No es Gabi ni nada de eso.

Vale, vale, como digas, Lucía.

Y no soy Lucía, soy Lucía. Aquí nadie cambia los nombres, pero claro, de donde venís vosotras

Te juro que me entraron ganas de llorar. Y mira que no era por descubrir que Mateo se casó con una mujer que ya tenía un hijo, sino por no haberme contado nada.

Pero aún había más sorpresas. Me fijé en una pared y vi un enorme retrato de boda.

Ah, no hubo boda, pero al menos las fotos están chulas intenté cambiar de tema.

¿Cómo que no hubo boda? Fue por todo lo alto, 200 invitados. Solo faltaste tú, pero Mateo dijo que estabas enferma. Y, bueno, quizá mejor así me escaneó de arriba abajo Lucía.

¿Quieres desayunar?

Sí, gracias

Mi nuera me pone una taza de té y unos trozos de queso caro. Y ya. Eso es desayuno para ella.

Pero yo, que tras el viaje quería desayunar bien, intenté hacerme unos huevos fritos y cortar el pan casero que traje, pero ella no me dejó ni de broma, que si el olor se quedaba en la cocina.

El pan tampoco lo quiso probar, que ellos comen muy sano ahora.

Total, que se me quitó hasta el hambre. Me dolía que mi hijo se avergonzara de haberme invitado o no contara conmigo para su boda. Tanto tiempo esperando ese momento Para nada.

Apenas probé el té y el silencio era tan raro que incómoda. El niño vino a acurrucarse conmigo y traté de abrazarlo, pero Lucía enseguida me apartó las manos, que a saber con qué venía yo, y que al niño no se le tocaba.

No tenía dulces ni juguetes para él, pero le di un bote de mermelada de frambuesa que le llevé, para que probara algo rico.

Lucía me lo quitó de las manos:

¿Cuántas veces tengo que decírtelo? Estamos a dieta y no tomamos azúcar.

Sentí que me iba a romper. Ni acabé mi té. Me fui al pasillo, me calcé y ella ni se inmutó ni preguntó dónde iba.

Salí y me senté en un banco cerca del portal. Me puse a llorar como nunca.

Al rato vi a Lucía salir con el niño y tirar todas mis conservas al contenedor.

Sin palabras. Cuando se fueron, lo recogí todo y me fui directa a la estación. Por suerte alguien anuló un billete y conseguí volver esa misma tarde.

En la estación me senté en una cafetería y me pedí un plato de cocido, un filete con patatas y ensalada. Tenía hambre de verdad. Me costó un buen dinero, pero al menos me di el gustazo.

Dejé las bolsas en la consigna y me fui un ratito a pasear por Madrid. Me gustó mucho, hasta me ayudó a distraerme.

En el tren, no pegué ojo. Lloré todo el camino. Ni siquiera mi hijo me llamó para saber dónde estaba.

Mira que antes hubiera apostado que antes nieva en agosto que vivir una cosa así con mi hijo. Mi único hijo, por el que lo di todo Y al final, ni le hago falta.

Ahora no sé qué hacer con los 5.000 euros que tenía ahorrados para su boda. ¿Dárselos de todas formas, para que sepa que su madre siempre pensó en él? ¿O no entregarle nada, porque no se lo merece?

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MagistrUm
— No, mamá, ahora no hace falta que vengas. Piénsalo bien. El viaje es largo, pasarías la noche ente…