A Svetlana le envidiaban compañeras y amigas: conquistó a un hombre maduro y adinerado. Andrés le sacaba quince años, era el director de la empresa donde ella trabajaba.

A mis compañeras de trabajo y amigas les llamaba mucho la atención mi situación por aquel entonces: Lucía, decían, había conquistado a un hombre hecho y derecho, un caballero con buena posición. Ignacio era quince años mayor que yo y dirigía la empresa donde trabajaba.

Si acaba de llegar, y ya se va a casar susurraban por detrás.
De mucama a marquesa.
Tal cual.

La verdad, yo no quería que mi relación con el jefe se hiciera pública. Lo cierto es que empezamos a vernos antes de que yo supiera siquiera que iba a trabajar en su empresa. De hecho, ni supe en la entrevista quién era él; acudí a ella por recomendación y con la información justa. Sin embargo, me aceptaron inmediatamente. Ignacio siempre insistía en que él no intervino en la decisión, que fue cosa del departamento de personal, todo según mi experiencia y mi currículum.

Tiempo después, comprendí la situación y le pedí que mantuviésemos lo nuestro en secreto. Pero ya se sabe que los secretos, tarde o temprano, acaban saliendo a la luz. El rumor de nuestro romance corrió rápido, pocos fueron los que no opinaban o cuchicheaban sobre el viudo y la joven.

Nunca fui dada a presumir de mi aspecto y estaba convencida de que merecía el puesto por mi propio esfuerzo, no por otra cosa. Pero claro, las envidiosas pensaban diferente.

Ni dos años ha pasado desde que falleció Marina y ya nuestro Nacho piensa en boda
Marina era la anterior propietaria de la empresa y la difunta esposa de Ignacio. Estuvieron casados una década, pero un accidente acabó con su vida y él heredó así la empresa y su fortuna.

Ignacio se volvió enseguida el soltero más codiciado. Al principio de todo, tras la muerte de su esposa, se mostró retraído y afectado, y eso aún sedujo más a muchas.

Qué lealtad
¡Como un cisne! suspiraban las señoras, lanzando miradas furtivas.

No es que Ignacio fuera galán ni rompecorazones. Atraía más bien por la cuenta en el banco. Pero yo, sinceramente, no me fijé en él por el dinero.

Fue una casualidad: me atropelló con su carrito de la compra en el Carrefour de la Gran Vía. Me destrozó las medias y los zapatos nuevos de ante. Encima, me regañó por meterme en la cola sin mirar.

Pero no me quedé callada. Le contesté tan firme, que no solo me pagó la compra sino que me persiguió luego por todo el centro comercial para disculparse.

Le ruego que me perdone, ha sido un día muy pesado decía. ¿Puedo ayudarle con las bolsas?

No, gracias, tengo el coche cerca, me las apaño mentí entonces.

No tenía ningún coche, pero esperé a que él se marchara y, cuando lo hizo, me fui a pie a la parada del autobús. Por casualidad o destino, fue por la misma calle y volvió a encontrarme esperando.

Sube, anda.
Mejor que no, gracias.
Si no te subes, aquí me quedo, bloqueando la parada insistió tan serio, que todo el mundo comenzó a suplicarme que me subiera para que no molestara más.

Al final, cedí. Resultó más simpático cuando no alzaba la voz ni embestía con el carro. Incluso pensé, medio en broma, que podríamos ser amigos si las circunstancias fueran otras. Pero él no quería amistad, se había encaprichado de mí, y tras la muerte de Marina juraba que no encontraría quien la reemplazase hasta que llegué yo. Nada tenía que ver conmigo aquella Marina ni en aspecto ni en forma de ser.

Y sin embargo, algo le movió por dentro, porque desde ese día empezó a aparecer por mi barrio, esperando abajo de casa cada tarde. Costó, pero acepté salir con él. Poco después, entré a trabajar en su empresa. ¿Casualidad? Puede.

Pero al jefe no le preocupaban los rumores. Era feliz y no ocultaba lo que sentía. No era de regalarme joyas caras, pero atención y detalles sencillos nunca faltaron.

A mí me gustaba cómo me miraba, pero tampoco era inmune a los beneficios: un piso grande en pleno centro de Madrid, coche caro, promesa de seguridad Así, pronto llevé mis cosas a su casa y conocí a su madre, doña Soledad.

Soledad era una señora de pocas palabras, volcada en las tareas de la casa y siempre haciendo caso a su hijo. Tras enviudar, Ignacio la llevó a vivir con él. Cocinaba, planchaba sus camisas y mantenía el hogar impecable.

Cuando yo llegué, ella siguió igual, y a mí no me molestó. No pretendía ser la señora de la casa y disfrutaba de sus guisos. Todo fue bien hasta que Ignacio decidió pedir mi mano.

Me incomodaba qué siguiera llevando el anillo de casado, incluso tras la muerte de Marina.

Siento que no he terminado de despedirme de ella, aún estoy unido a Marina de alguna manera confesaba.

No me hacía gracia y le pedí que se lo quitara.

De acuerdo Si eso te incomoda, lo haré dudó él.

Parece que me citas siendo casado aún le expliqué. Así que, finalmente, guardó el anillo.

Sin embargo, al llegar el momento del compromiso, Ignacio apareció con una cajita que sacó de la caja fuerte: el anillo de la familia, con un brillante impresionante.

El restaurante elegante, música en vivo, una copa de Ribera del Duero Y en el fondo de la copa, el dichoso anillo.

Por poco me atraganto al descubrirlo.

¿Te casas conmigo? dijo Ignacio, quitándome el anillo de las manos para ponérmelo en el dedo. Y yo, sin pensarlo, aparté la mano.

No.

¿Cómo que no?

No quiero llevar ese anillo.

¡Pero si es una joya de familia, no hay otra igual! ¡No tienes ni idea de lo que vale!

Me da igual el dinero. No voy a llevar lo que fue de tu esposa.

¿Por qué?

Porque trae mala suerte. No quiero cargar con ese pasado.

¡Vaya tontería!

Qué más, ¿quieres que lleve también el vestido de ella? Tu madre me dijo que todavía anda guardado por ahí.

El vestido se compra uno nuevo, pero un anillo así no hay, es único, el oro, el diseño

No, Ignacio. No llevo cosas de nadie. Y tú tampoco deberías hacerlo, menos con ese anillo dije mirándole la mano. Ya sabes cómo pienso.

¿Entonces esta es tu decisión final? se oscureció él.

Sí, lo siento contesté y me levanté de la mesa.

La cena se vino abajo.

Será mejor que nos demos un respiro propuso él.

Yo también lo creo.

Me marché y no me retuvo. La música seguía, llegó el plato principal, pero el anillo se quedó para siempre en la caja.

Desde entonces, en la oficina intentaba no cruzarme con Ignacio, que apenas salía de su despacho. Esa noche regresé a casa de mis padres y me acogieron con cariño, insistiendo en que rompiera el compromiso y buscara un chico más acorde.

Tan guapa y lista, hija, ese hombre es demasiado mayor, además, ya estuvo casado

Yo no respondí. Por un lado, Ignacio era buena opción, pero me asustaba su lazo inquebrantable con Marina.

La situación siguió siendo confusa varios días: él no llamó, yo le evitaba y, finalmente, pedí la baja médica. Los rumores sobre nuestra ruptura se extendieron enseguida.

El propio Ignacio alimentó las habladurías; presentándose con peor humor que nunca en el trabajo. Su madre tampoco escapó a su mal genio. Soledad intentó hablarle, pero él solo contestaba de mala manera.

No podía soportar verlo sufrir; al final, doña Soledad decidió venir a verme.

¿Doña Soledad? me sorprendí al abrirle la puerta.

Hola, Luci, ¿cómo estás?

Regular, ando un poco enferma.

¿Por eso te has ido? ¿Para no contagiarme? dijo entre risas.

No, no es solo eso me puse colorada.

Pues vuelve. Ignacio no levanta cabeza sin ti.

Pues no lo parece contesté con amargura.

Es muy orgulloso, ni siquiera me ha contado lo que pasó. Pero está claro que os queréis, ¿qué ha ocurrido?

Quiere que lleve el anillo antiguo de su esposa.

Así que si no fuera por el anillo, ¿todo iría bien?

Hay cosas ese anillo, darlo a vender y comprar uno nuevo. No quiero sentir que sigo el rastro de otra mujer. Las piedras guardan energía.

En eso estoy de acuerdo, Lucía. Creo que Ignacio aún no está listo para otra vida. No puede dejar atrás a Marina, aunque te quiere.

En lo viejo no se puede construir lo nuevo, señora Soledad dije con tristeza. Me alegro de que viniera.

Se fue apenada por los dos. Nuestra discusión, aunque pequeña, tenía raíces profundas.

Pasó la semana de baja y tuve que volver a la oficina. Yo intentaba no encontrarme con Ignacio, quien en este tiempo no me llamó ni una vez. Me dolió, así que decidí presentar mi carta de dimisión y buscar fortuna en otra empresa.

La firmó en silencio, sin decir palabra, sentado tras la mesa con el gesto duro.

Ya eres mayorcito, Ignacio. Pero te comportas como un chiquillo le dije mientras salía.

¡Tú tienes la culpa! Nadie me había dicho nunca que no a nada

No contesté. Al marcharme, vi brillar el anillo en su mano mientras firmaba mi renuncia.

Ha sido lo correcto, pensé. Ignacio nunca dejará marchar a su esposa.

Fui a recoger mis cosas. Sentí un alivio inmenso y, por primera vez en mucho tiempo, supe que mi decisión había sido la adecuada.

Ignacio estuvo mucho tiempo sin comprender qué fue aquello que Lucía, la joven tan codiciada, no supo valorar, ni por qué rechazó esa vida que todos envidiaban.

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MagistrUm
A Svetlana le envidiaban compañeras y amigas: conquistó a un hombre maduro y adinerado. Andrés le sacaba quince años, era el director de la empresa donde ella trabajaba.