Cuando regresé, la puerta de la casa estaba abierta. Mi primer pensamiento fue que alguien había entrado a robar. Seguro pensaban que aquí guardo dinares o joyas, me repetía, inquieta.
Me llamaba Rosalía Fernández, y ya contaba sesenta y dos años. Hacía cinco años había enviudado, y mis hijos, ya adultos, tenían sus propias familias y vivían aparte. Mientras no llegaban los fríos, me quedaba en mi pequeña casa cerca del campo, y cuando el invierno asomaba, volvía a mi piso de dos habitaciones en Salamanca. Pero a la primera señal de primavera y de aire templado, retornaba encantada a mi casita en las afueras.
Siempre me ha apasionado la vida rural. Me revitalizaba con el aire puro, me entretenía cuidando mi huerto y disfrutaba de mi arboleda. Además, cerca de allí había un pequeño bosque donde, en verano, crecían setas y maduraban las moras.
Aquel año, cosas del destino, tuve que ausentarme del pueblo una semana entera por ciertos asuntos. Al regresar y ver la puerta abierta, pensé de inmediato en un ladrón. Habrá venido esperando encontrar euros o alhajas, cavilaba. Pero no hallé señales de forzamiento ni revuelo en la casa: todo seguía bien colocado. Excepto por un detalle: había un plato sobre la mesa, y yo jamás dejo la vajilla fuera al salir, menos aún sabiendo que tardaría días en volver.
Entonces caí en la cuenta de que alguien había vivido allí durante mi ausencia, y esa simple idea me enfureció. Al entrar en el salón, descubrí a un niño que dormía plácidamente en mi sofá. Todo cobró sentido en ese instante.
El chiquillo se despertó y, con los ojos aún medio cerrados, me miró sin miedo alguno. No pensó siquiera en huir; simplemente se sentó y, en voz queda, me dijo:
Perdone, señora, por haber entrado así.
Percibí que era educado y humilde, y sentí una mezcla de pena y ternura.
¿Cuánto tiempo llevas quedándote aquí? pregunté.
Dos días respondió.
¿Tienes hambre? ¿Qué has comido?
Tenía empanadillas. Todavía queda algo, si quiere…
El niño me ofreció tímidamente una bolsa con unos trozos sobrantes de empanadillas, que ya parecían algo pasadas.
¿Cómo te llamas?
Me llamo Mateo.
Yo soy Rosalía Fernández. ¿Estás solo? ¿Te has perdido? ¿Dónde están tus padres?
Mi madre solía dejarme solo muchas veces. Cuando regresaba, siempre tenía mal genio y descargaba su enfado conmigo. A menudo decía que yo era un problema en su vida, que sería feliz si no fuera por mí. Hace dos días, tras una de esas discusiones, decidí escapar de casa.
¿Y no crees que esté preocupada buscándote?
Lo dudo. No es la primera vez que me marcho. A veces he estado fuera hasta una semana, y ella ni siquiera nota mi ausencia. Le resulta más fácil así. Y cuando volvía, jamás la veía contenta por mi regreso.
Me relató que vivía solo con su madre, quien en vez de cuidarle, prefería ir tras nuevos novios, pasando más tiempo en casas ajenas que en la suya y dejando al pequeño al cuidado de sí mismo.
La verdad, me partía el alma, pero pocas soluciones veía. Ya jubilada, y por mi edad, ningún servicio social me permitiría ser su tutora, y él, convencido, no quería oír hablar de ir a una residencia infantil. Le di de comer y le dejé dormir aquella noche en mi casa: allí, desde luego, estaba más seguro que vagando o conviviendo con su madre.
Aquella noche apenas pegué ojo, dándole vueltas en la cabeza al destino de Mateo. Recordé entonces que tenía una buena amiga, doña Teresa Valverde, funcionaria en el departamento de protección de menores. En cuanto despuntó el día, la llamé para pedir asesoramiento.
Teresa me aseguró que podría ayudarme, aunque había que tener algo de paciencia. Apenas pasaron tres semanas y, al fin, logré adoptar a Mateo. Nunca le vi tan feliz. Además, su madre, al enterarse de que alguien quería ocuparse de su hijo, renunció sin problemas a la patria potestad.
Ahora compartimos la vida juntos. Mateo cuenta a todos que soy su abuela, y a mí me invade una dicha nueva, como si el destino me hubiese regalado un nieto inesperado.
El muchacho es listo y despierto. Ese otoño entró al primer curso de primaria, y es grato recibir elogios de su maestra. Aprendió a leer muy rápido y las cuentas de sumar y restar ya no tienen secreto para él.




