¡Lucía, estás como una cabra! ¡La encargada te va a fulminar como te pille!
¡Ay, Carmen! ¿Y qué hago yo? ¿Lo tiro? ¡Me da una pena! ¡Si es una cosita viva!
Él tendrá mucha vida, pero la que igual se queda sin ella eres tú si te pillan con el bicho.
¡Anda, Carmencita, corazón, no seas seca! ¡Que no es un tigre, solo es un gatito! Déjale estar aquí un poco, ¿sí?
¡Venga, no me líes! Carmen se echó a reír mientras acariciaba la diminuta cabeza del inquilino pelirrojo. ¡Qué penita! ¿Y de dónde lo has sacado, pobrecito? Si casi no se tiene en pie. Está en los huesos y debe de estar enfermo, porque ni levanta la cabeza. ¡Menudo tesoro!
Vámonos ya dijo Lucía. Cogió de la percha la bufanda larga que Carmen le había tejido y envolvió en ella al gatito. Hoy al salir del turno, pasé por el Retiro. Y ahí, tirado en medio del camino. Tal vez salió de un seto, o igual lo abandonaron ahí mismo. Con la nevada casi ni se veía, pero era tan naranja Si no llego a fijarme, se muere de frío. Le toqué y estaba helado. Me dio hasta miedo que ya no respirara. Pero no, seguía vivo. Lo cogí y venga, toda la carrera hasta la residencia. Lucía rió bajito mientras calentaba algo de leche en una taza esmaltada. Doña Rosa me miró de tal manera cuando pasé por delante de ella con la boca abierta y todo.
Pues prepárate, que la tienes aquí en un ratillo. ¡Ay, Lucía, la que te va a caer! ¿Te acuerdas cómo le montó el número a Lidia cuando trajo un gato? Casi la echa. Siempre con la manía de tenerlo todo perfecto. Y claro, nada de animales en la residencia.
¿Pero tú no me vas a delatar, verdad? Lucía lanzó una mirada nerviosa desde la puerta. Si viene cuando no estoy, escóndelo, por favor. Solo le caliento la leche y vuelvo.
¡Vete ya! Carmen recogió del escritorio la bufanda con el gato y vació su cesta de lana a la carrera. No he visto nada, no sé nada, no diré nada, la-la-la canturreó cerrando la cesta y guiñando un ojo a Lucía. ¡Venga, tira! ¡Y no te preocupes!
Lucía se fue, y Carmen se asomó a la cesta y negó con la cabeza.
¡Vaya regalito! Naranjita descarado Venga, aguanta, chiquitín. Que Lucía tiene corazón de oro y si te pasa algo, llora hasta quedarse sin lágrimas. Y a mí no me conviene nada.
El gato ni se inmutó. Respiraba apenas, tendido con los ojos cerrados, ajeno a las palabras de Carmen.
La habitación se iba oscureciendo poco a poco. Caía la tarde, y Carmen disfrutaba ese instante. El rato en que el día aún promete. Cuando libra en el primero turno y tiene la tarde por delante, es genial: puede leer, charlar con Lucía, preguntarle cómo va con Miguel. Carmen suspiró, Celosa, quizá. Lucía tiene novio y hasta le ha propuesto matrimonio Pero ella, Carmen, nada. ¿Quién se va a fijar en semejante larguirucha? Lucía es menudita, parece una muñequita, con esos ojos y esas trenzas hasta la cintura. Una preciosidad. Y ella, Carmen, una forzuda, como decía su abuela viendo cómo ponía en vereda de un golpe a sus tres hermanos pequeños, que eran unos trastos. Ahora ya son hombres, el mayor casado y todo. Carmen fue a la boda en el pueblo hace nada. Pero ella sigue sola, y no se le ve horizonte. Allí en la ciudad, parece que su tamaño impone demasiado. Ni el físico ni la energía le faltan, pero ¿dónde vas a encontrar uno que esté a su altura? Igual la abuela tiene razón pidiéndole que vuelva al pueblo, pero ¿a qué? Allí solo queda la granja. ¿Para qué estudió? ¡En la fábrica la valoran, la respetan! Hasta le dieron plaza de vacaciones con preferencia Sacudió la cabeza para espantar la nostalgia. ¡Ya tendrá tiempo de casarse, no hay prisa! Seguro que alguien aparecerá, tiene que ser.
A la vuelta, Lucía apareció con una pipeta para intentar alimentar al gato. Desde el platito no podía beber, el pobre solo restregaba el morro, pero no tenía fuerzas ni para lamer. Viendo a Lucía al borde del llanto, Carmen dejó su libro y le quitó el bulto pelirrojo:
¡Déjame!
Llenó la pipeta, le sujetó la cabeza y le abrió la boquita forzando, regañándole:
¡Eh, espabila! ¡No te ha traído aquí para morirte de inanición!
El gato tosía y se atragantaba, pero tragaba.
Decidieron llamarle Pancho. Y durante casi un año, Doña Rosa no sospechó que en la habitación vivía alguien más, hasta que un día vio cómo por la ventana baja de la planta saltaba con agilidad una ráfaga anaranjada.
¿Pero qué?
Su grito puso patas arriba toda la residencia.
¡Por favor, doña Rosa! Si ni se ha enterado que teníamos un gato. ¡Es buenísimo, caza ratones!
¿Qué ratones? ¡Aquí no hay! Esto es una residencia ejemplar y limpia.
¡Ya lo creo! Carmen, cruzada de brazos sobre su pecho, miró con cara de lista a la encargada y tapó con el pie a Pancho, que se le enredaba. Y los ratones, ejemplares también, bien gorditos. Pancho me los deja toditos en fila junto a la cama día sí, día no. Si quiere, se los enseño. Y si no, podemos invitar al director de la fábrica a conocer sus habilidades de cazador.
¡Mira, María, que te estás pasando! Doña Rosa cambió de voz mirándole seria a Lucía. ¿Y qué, cuando te cases? ¿Te lo llevas?
No lo sé Lucía recogió a Pancho en brazos. Me quiere, sí, pero le hace más caso a Carmen. Va a echar de menos
¡Ay, hija! Doña Rosa de repente se rió. ¡Hablas de él como si fuera un novio! Lucía, es un gato. Donde le den de comer
Que va, que va. Yo le mimo y nada, él a Carmen. Lucía le pasó el gato a su amiga y abrazó a la encargada. ¿Entonces, puede quedarse?
¡Eres una lagarta! Doña Rosa resopló y les amenazó con el dedo. ¡Que no lo vea, ni lo oiga! ¿Entendido? O nos echan a todas, y con razón.
La boda de Lucía se celebró por todo lo alto y Carmen se quedó sola con Pancho. Los días se hicieron más lentos y apagados. Nadie fue a vivir con Carmen y la residencia ya tenía los días contados; todas esperaban la esperada mudanza al bloque nuevo, que iba y venía, pero algo avanzaba. Carmen pasaba los sábados limpiando la obra y soñando con la nueva vida. Y un día, se topó por fin con lo que pensó que sería su destino.
Alejandro, como ella, llegó de fuera. El hijo pequeño, se quedó cuidando a los padres, y al quedar solo, se fue a Madrid. Allí, sin apenas nada, la vida se le animó. Chicas no le faltaban, pero Alejandro buscaba una que tuviera algo detrás: prefería casarse con alguien con apartamento, o al menos con recursos. Carmen, claro, no encajaba en eso. Pero pasar de largo de semejante chica, tan impresionante, no pudo.
Al principio, las torpes bromas de Alejandro le hacían reír.
¡Madre, qué hago yo con ese hombre! ¡Le saco una cabeza! ¿Dónde pensará ir? se reía contándole a Lucía, que fue de visita.
¡Carmen, qué dices! El tamaño no importa. ¿Y como persona?
No sé Carmen bajaba la mirada. No lo sé, Lucía.
Lucía intentaba incorporarse, acariciando a Pancho, quien se tumbaba en la cama, rodeado de su barriga en pleno embarazo.
¿Te pesa mucho?
Ay, no. Es como si estuviera esperando el tren, ¿sabes? Con ganas de que llegue ya y todo cambie. Lucía recogió un tarro de miel que sus hermanos le habían traído y besó a Carmen antes de irse. Cuídala, Pancho. Que se porta genial.
Si fue la barriga de Lucía o la soledad de Carmen, el hecho es que pronto Alejandro fue asiduo en la habitación. Pancho le cogió una manía tremenda. Silbaba y se encrespaba cuando llegaba Alejandro, y luego se subía al alféizar, con el rabo golpeando airado, dispuesto a lanzarse sobre el visitante. Carmen le echaba fuera y sabía que por la noche volvería, pero ya no la iba a dejar acariciar, ni comía. No sabía qué le pasaba.
¿Estará celoso? le preguntó una noche a Doña Rosa, que ya recibía las visitas del pelirrojo cuando venía Alejandro.
Quizá sí, o quizá nota algo. Vete con cuidado, Carmen. Que estas cosas luego si te deja, ¿qué harás?
No, doña Rosa, él no es así. No creo que me haga eso.
Ay, hija, tú verás. Es tu vida.
Y tanto Pancho como la encargada, tenían razón.
Al principio, Carmen no notó nada extraño en encontrarse mal. Será el yogur, o las setas que trajo mi cuñada, pensaba. Pero una semana, y otra siempre cansada, con hambre, sueño Hasta que un día, viendo a Lucía pasear al bebé en el parque, se lo contó.
¡Carmen! ¿Pero cómo? ¿Cuántos meses? ¿Se lo has dicho?
Carmen se quedó en shock. Tenía la cabeza hueca y de repente recordó la voz de Doña Rosa:
Ay, hija Ten cuidado
Y ese eco la espabiló del todo. Sin responder a las preguntas, Carmen le aceleró el paso rumbo a casa. ¡Tenía que decírselo a Alejandro! Había que pensar en el futuro.
Y qué futuro. Porque le tocaría pensarlo sola.
Lo siento, Carmen. No va a poder ser. ¿Y qué pruebas hay de que sea mío? Yo no voy a cargar con esto. Alejandro apartó al gato que se le echó encima y le pegó una patada. ¡Quítate de en medio!
Pancho, hábil, le pilló la pierna y del grito de Alejandro, Carmen no pudo evitar reirse:
Déjalo, Pancho. No merece la pena, que se marche. Así no queremos a nadie aquí.
Carmen se quedó mucho rato mirando la puerta cerrada. Pancho se frotaba por sus piernas, hasta que saltó a su regazo, lo nunca visto, y se quedó ahí, ronroneando bajito hasta que ella le apartó.
Ya estuvo bien de disgustos. Voy a hacerme un té.
Carmen registró a su hijo solo con su apellido en el registro, mirando a la funcionaria con determinación:
No tiene padre. Y nunca lo ha tenido. Tiene madre. ¿Vale con eso?
Lucía le preparó de todo para el bebé, y Doña Rosa se movió por media ciudad buscando un carro y hasta habló con el director para conseguirle habitación mejor, pero la mudanza seguía atascada y el director levantaba las manos:
Ojalá pudiera. Haré lo que pueda, pero por ahora, paciencia, Carmen.
En la habitación hacía frío a pesar de todos los inventos de Carmen. Así que nunca echaba a Pancho del lado del niño; el gato se acomodaba junto al bebé y éste se calmaba sintiendo el calor pelirrojo. Carmen miraba la escena divertida y le premiaba con algo rico, aunque los caprichos escaseaban. Dinero no había mucho, y sin las cestas de sus hermanos, habría pasado mal. Alejandro se había esfumado, nadie sabía a dónde, y a Carmen ni le interesaba saberlo. Había decidido quedarse solo con el hijo, que era lo mejor de aquella historia.
La familia se presentó en masa cuando Carmen y su hijo salieron del hospital.
¡Menudas mejillas! ¡Un chavalón! ¡Igualito que tú, Carmencita!
Carmen apenas podía aguantar las lágrimas de la alegría, algo raro en ella. Nadie le echó nada en cara, ni palabra ni mirada. Al revés, la mujer de su hermano mayor, la abrazó en la cocina y le susurró:
Bien hecho, Carmen. Ahora ya no estarás sola. Y quien valga la pena, llegará, no todos son iguales. Ayudaremos en lo que podamos, tranquila. Ese niño va a salir adelante y bien.
Y cumplieron con ella. Cada dos semanas algún hermano venía con víveres. Carmen guardaba despensa y, sin que nadie la viera, se secaba las lágrimas. Qué poco necesita una persona, pensaba, solo saber que no está sola, que le quieren y que jamás dejarán desamparado a su hijo. Eso era todo.
La guardería fue un reto: el pequeño Daniel enfermaba mucho y Carmen andaba a la carrera entre casa y el trabajo. Sin Lucía y Doña Rosa, ya habría tirado la toalla y vuelto al pueblo, pero no quería incomodar a su hermano. Así iba tirando.
Sentada junto a la cuna, viendo dormir al niño sudando fiebre, pensaba en su fallido amor y en lo que realmente buscaba ahora: nada de promesas huecas, ni fuegos artificiales. Solo alguien que, cuando ella esté agotada, le haga un té y le diga Venga, ve a dormir, que yo me quedo con el niño y que luego, el domingo, les lleve al Retiro, le compre un globo al niño y después le diga lo rica que está su tortilla y le cuelgue la estantería a la que lleva meses cortándole el paso. Solo eso.
Eso, y ya está; eso sería una familia.
El sueño llegaba a Carmen como visita inesperada, y se apoyaba en el escritorio junto a la cuna doblada en tres, rindiéndose al fin.
Y fue en una de esas noches cuando pasó lo que puso todo en su sitio.
Daniel llevaba tres días con fiebre altísima. La pediatra vecina iba todos los días sin necesidad de llamarla y, viendo al niño, negaba con la cabeza.
No tengo buenas noticias. Lo estáis haciendo todo bien, solo falta esperar. Es fuerte, lo superará.
Carmen no soltaba al pequeño, que dormía solo ratitos y se agarraba al oído dolorido. Doña Rosa llegó con una olla de caldo y tumbó la mejilla en la frente ardiendo del niño:
¡Qué calor!
No le baja la fiebre, haga lo que haga.
Bueno, igual es hasta mejor. El médico dice que si hay fiebre es que el cuerpo lucha.
Lo sé, pero me da cosa verle así, sufriendo.
Carmen, si te consumes de los nervios, le ayudarás menos. Cena y túmbate un poco, ya verás que mañana lo verás con otros ojos.
Carmen asintió preparando el pañito del niño. Doña Rosa se fue de la habitación.
Pancho, acurrucado con Daniel, le movía el rabo jugando, hasta que el pequeño, rendido, se durmió, y Carmen dejó el compresita para no despertarle. Tocó la olla en el escritorio y decidió calentar el caldo. Mientras estaba en la cocina, oyó romperse algo y el llanto de Daniel. Salió corriendo y, al abrir, vio la escena: Pancho luchaba contra una rata grande como la palma de una mano. El gato, ensangrentado, con una oreja rasgada y el lomo herido, daba vueltas como un torbellino. Carmen se lanzó sin pensar y, justo cuando iba a ayudar, Pancho saltó y mordió a la rata hasta asfisiarla.
¡Pancho, para! ¡Ya está! ¡Ya lo tienes!
El gato, de repente, gimió como un niño; soltó la presa y regresó renqueando a la cuna, donde Daniel lloraba.
Al ver a su hijo en la cuna, Carmen se quedó sin aire: otra rata, más pequeña, se colaba al lado. Cogió al niño y salió gritando al pasillo.
¡Ayuda!
Una hora después, abrigada y con su hijo, Carmen cruzaba Madrid hacia casa de Doña Rosa, que le dejó las llaves y se quedó con Pancho tratándole las heridas.
¡Qué vergüenza! ¡Ratones en la residencia! Pero si hace nada fumigaron Doña Rosa estaba indignada pero impotente ante el deterioro del edificio.
Tras limpiar la habitación, se llevó a Pancho a su despachito y trató sus heridas.
¡Vaya héroe que eres, Pancho! Menos mal que os dejé quedaros. Un gato así no se encuentra fácil.
Pancho apenas se movía, rechinando el aire, ni siquiera se lavaba. No quiso ni comer. Doña Rosa se preocupó, y la mañana siguiente, tras entregar la guardia, fue a decírselo a Carmen.
¿Te quedas con Daniel? Carmen iba como una moto recogiendo. ¿Dónde hay un veterinario bueno?
Tienes una clínica un par de calles abajo. Corre, pregunta allí.
Carmen fue literalmente corriendo: en la residencia, Pancho yacía estirado, apenas respirando.
Aguanta, Pancho. Ya voy, ya voy.
Corrió a la clínica y, apartando a la joven que salía en bata blanca, exigió:
¡Un médico! ¡El mejor! ¡YA!
La chica, perpleja, cedió y la sentó a esperar. Carmen temblaba, casi no respiraba, acariciando cada segundo a Pancho, hasta que cruzó el umbral un tipo inmenso, agachándose para no golpear el marco con la cabeza.
¿Qué tenemos? tronó la voz, y Carmen, tan impresionada por el vozarrón, tardó en reaccionar.
Al ver el gesto serio del veterinario, le entregó a Pancho rápidamente.
Aquí
¿Y eso quién se lo ha hecho? el hombre le examinó con sorprendente delicadeza.
Las ratas.
Pero no parece gato callejero. Mira qué cuidado
Es mío.
¿Y dónde ha encontrado ratas? ¿Sale a la calle?
No, fue en casa.
Pues vaya cosa.
¿Va a seguir preguntando mucho? ¡Que le duele! Carmen explotó por fin, llorando de rabia. ¡Me ha salvado a mi hijo! ¡Haga algo, por favor!
No hace falta gritar. Encantado, Ignacio. ¿Y tú eres?
Carmen.
Perfecto. Pues ya que nos conocemos, para la próxima, con calma, ¿vale? Odio los gritos.
El veterinario sonrió por sorpresa:
Vamos a ayudar a tu héroe, no temas.
Años después, un gran gato naranja entraba silencioso en la habitación de los críos, miraba cada esquina, saltaba a la cuna junto al sofá donde dormía Daniel, y se acurrucaba con la pequeña Marina, que reía entre sueños y le hundía los dedos en el pelaje. Pancho ronroneaba su canción y la niña dormía tranquila. Luego entraban los padres: Carmen ajustaba el edredón del niño, arreglaba el calcetín a la niña y se apiñaba con Ignacio en el umbral:
Vaya niñera, ¿eh, Nacho?
Ya lo creo. Ignacio rascaba tras la oreja que él mismo le había curado tiempo atrás. Este vale oro.
Ya lo creo, parece hasta que brilla.
Pancho se apretaba a la mano de Carmen, y al final se tumbaba abrazando con la patita a Marina. Carmen apagaba la luz, llamaba a su marido, y cerraba la puerta suave. Sus hijos jamás temieron la oscuridad. Para ellos, mientras Pancho estuviera cerca, no había nada que temer.




