In recuerdos lejanos, recuerdo cómo Almudena quedó huérfana a los cinco años, después de perder, en rápida sucesión, a su madre, a su padre y, seis meses después, a su abuelo. Su abuela sostuvo el último lazo familiar durante apenas un año más, y al fallecer, la niña fue acogida por la tía Carmen, que vivía en una aldea recóndita del interior, cuidando sola a sus tres hijos.
La vida bajo el techo de la tía no fue fácil. Carmen regañaba a sus hijos y a Almudena sin clemencia, golpeaba con severidad y escupía palabras ásperas. Solo cuando la noche caía, se arrodillaba ante los íconos de la iglesia y dejaba correr lágrimas amargas. Los niños, entre sollozos, se acercaban a su madre para abrazarla y compadecerla, y por breves momentos se instauraba un frágil sosiego en la casa.
Almudena evitaba esa familia turbulenta por temor a la mano caliente de su tía enojada. Soñaba con crecer pronto y escapar de aquel hogar, añoraba la familia que había perdido, donde reinaban amor y comprensión.
¡Ay, mi niña, te vas a ir sin mí! sollozaba su madre enferma, mientras acariciaba su cabecita, presintiendo su pronto fallecimiento.
Los años transcurrieron. Cuando Almudena cumplió dieciocho, se despidió de la tía y sus sobrinos con alivio; no le importaba adónde dirigiría sus pasos, solo quería alejarse de aquella casa que la llenaba de odio.
Regresó a la ciudad de su infancia, Madrid, de donde la tía la había sacado años atrás. Allí el aire parecía más dulce, las estrellas más brillantes y la gente más cercana. Volvió a su pequeño apartamento, el mismo donde había vivido brevemente con sus seres más queridos. Todo resultaba familiar y dolorosamente entrañable; incluso el perfume del lugar la transportaba a tiempos felices y sin preocupaciones. Mientras tanto, Carmen había alquilado aquel piso a diferentes inquilinos durante todo ese tiempo.
Almudena consiguió trabajo como camarera en una taberna del centro. Las propinas abundaban, los admiradores la acosaban y el champán corría como río. ¿Cómo resistir a una alma tan inexperta en medio de aquel torbellino de pasiones? La joven vida giraba sin tregua.
Al cabo de un año, Almudena se encontró sola, con un bebé en brazos, y tuvo que regresar a la aldea para buscar refugio con la tía. Como era de esperar, Carmen no escatimó en críticas:
¡Ni siquiera has dejado el umbral y ya traes a un chiquillo bajo el brazo!
Sin embargo, la tía la recibió y, tras el parto, la llevó a la pequeña iglesia del pueblo para bautizar a la niña. “Que el ángel guardián extienda sus alas sobre ella”, rezó, y la llamaron Verónica.
Los días y las noches se tornaron un mar de lágrimas para Almudena; sentía que su juventud había quedado arruinada para siempre. Pero en el campo nunca faltaba trabajo, y poco a poco logró calmar su tormenta, aunque el sueño de escapar de la aldea persistía.
Cuando Verónica creció, Almudena empezó a planear su partida. La tía Carmen, antes de que se marchara, le dejó una advertencia:
Mira, niña, los pecados dulzones pueden llevarte al abismo; sé selectiva con la gente.
De regreso a Madrid, inscribió a su hija en la guardería y aceptó empleo como ayudante en una tienda de dulces orientales. Allí conoció a Joaquín, un comerciante marroquí del mercado que le lanzaba miradas cómplices, le ofrecía manjares y hablaba de casarse, de llevarla a su tierra y presentarle a sus familiares.
Almudena, confiada en su futuro, dio a luz a una segunda hija y, a petición de Joaquín, la llamó Jazmín, en honor a su madre.
Poco después, el hombre comenzó a alejarse, dejándola sin empleo ni contacto. En esa ocasión, Almudena no volvió a molestar a la tía; le avergonzaba presentarse con dos niños huérfanos bajo su cargo. Se lamentó en silencio:
¡Señor, qué salto del pozo al pantano!
Así, con determinación, buscó salir de aquel lodo por su cuenta. Sólo Dios sabía cuán pesada había sido su carga. Cuando el desánimo la abatía, recordaba las palabras de la tía: “Estás sola, sin clan; sólo puedes confiar en ti misma. Tal vez un rayo de sol asome a tu ventana.”
A pesar de la dureza de la tía, Almudena la llegó a ver como un modelo de estoicismo; había criado hijos, había acogido a una huérfana como ella, pese a contar con familia propia. Entonces comprendió y dejó de juzgarla.
Los años pasaron. Almudena se volvió cautelosa en sus relaciones, que ya no existían. Los hijos crecían, y las preocupaciones se multiplicaban. Con treinta y siete años, el destino le presentó a Valerio, quien la vio en un albergue de ancianos mientras cuidaba a sus hijas. La forma en que atendía a las niñas, su sonrisa y su mirada profunda le cautivaron.
Esa misma noche, Almudena le confesó su dolorosa historia, buscando simplemente desahogarse. Valerio la escuchó con atención, asentía y al final le dijo:
Almudena, cásate conmigo. No te arrepentirás.
Así, Valerio y Almudena formaron familia. Verónica y Jazmín aceptaron a Valerio como a un padre; él las amó sinceramente y veneró a Almudena. Sin embargo, ella se mostraba distante, temerosa de volver a sufrir. Creía que como esposa ya cumplía: “El marido está alimentado, la ropa lavada, ¿qué más se puede pedir?”
Valerio insinuaba la idea de un hijo en común, pero Almudena los descartaba, diciendo que ya tenía suficientes hijas. Un día, irritado, le gritó:
¡Reina de hielo, mírame al menos con ternura!
Almudena replicó con indiferencia:
¿Qué quieres, que las crías se ahorquen en la cuerda? ¡Que se vayan, no lloraré!
Al regresar a casa, descubrió que Valerio se había marchado, dejando sus pertenencias vacías. Se preguntó qué le faltaba. Al principio había disfrutado de su soltería: comer lo que quisiera, dormir a su antojo, no ser reprendido por platos sucios, calcetines sin lavar ni zapatos descuidados. La libertad era su refugio.
Con los años, sus hijas se casaron, dejaron el nido y formaron sus propios hogares. Almudena quedó sola, con su libertad y recuerdos. Entonces, deseó volver a ver a Valerio, aunque fueran solo veinte años atrás; anhelaba saber cómo vivía. A través de conocidos, descubrió su dirección en las afueras de la capital. Con un plan premeditado, se presentó en la puerta.
Una mujer de cuarenta y cinco años abrió el portón.
¿Quién es usted? preguntó desconcertada.
Buenos días, ¿viven aquí el señor Valerio? titubeó Almudena.
Vivía ¿y usted quién dice ser? indagó la mujer.
Soy su hermana prima. Ana improvisó Almudena.
Pues pase, yo soy Lucía, su viuda respondió la mujer, invitándola a entrar.
Almudena sintió mareos; sus piernas flaquearon. Lucía la apoyó en una cama y le ofreció agua.
¿Cuándo ocurrió? balbuceó Almudena.
Hace un año. Valerio estaba muy enfermo. Tenía un secreto: amaba a otra mujer, la llamaba en sueños… Yo lo amaba y lo perdonaba, pero nunca tuvimos hijos. Él esperaba algo, y entonces apareció ella, la llamada Almudena
Lucía, entre lágrimas, siguió:
Si él me hubiera protegido como a una estrella, lo habría hecho todo por él. En el hospital está gravemente enfermo, parece que va a morir. Le dije:
Valerio, buscaré a tu Almudena, que hablemos
Él se negó.
No, no lo entiendo replicó Lucía, cerrando los ojos con el nombre de Almudena en los labios.
Almudena, con el corazón destrozado, confesó:
Yo soy Almudena. Quise volver a ver a Valerio, pero ya es demasiado tarde. Aplasté su amor. No supe amar, ni cuidar, porque fui huérfana desde los cinco años. La tía Carmen me acogió en el pueblo, pero nunca acepté esa vida. Soñaba con volar, y cuando obtuve mi pasaporte, solo yo podía ver el mundo. El pájaro que escapa de la jaula siempre ve todo como una herida. Buscaba amor puro, pero la vida me golpeó y me volvió desconfiada. Valerio lo sintió, lo admito ahora.
Lucía, sorprendida, replicó:
¡Fuiste su santidad! Si hubieras llegado antes, tal vez se habría curado. Pero parece que el destino me obligó a escuchar tu confesión… Creo que la falta de amor en tu infancia te marcó.
Ambas se abrazaron como hermanas y lloraron amargamente, compartiendo el dolor que las unía.







