Todo comenzó como la planificación veraniega más corriente del mundo. Mi mujer y yo, nuestro infalible SUV, una ruta de más de mil kilómetros hacia el sur, y esa dulce anticipación del viaje por delante. Siempre hemos sido unos enamorados del turismo en coche, por aquello de la libertad absoluta: el ritmo lo marcas tú, paras allá donde apetece, improvisas una vuelta si ves algo curioso. Sin horarios de tren, sin bebés berreando al otro lado del compartimento, ni vuelos aplazados a lo Ryanair.
Pero en esta ocasión cometimos un error de novato: le dimos el soplo de nuestros planes a gente conocida.
Fue en una de esas cenas multitudinarias, cada uno con su cervecita, que a mí se me escapó sin pensar que nos íbamos hacia Cádiz dentro de dos semanas. Y en nuestro coche, añadí yo, como quien no quiere la cosa.
¡¿Ah, sí?! ¿Qué días? preguntó enseguida la pareja que tenía enfrente.
Eran Álvaro y Lidia. No éramos íntimos, la típica pareja del grupo que aparece en cumpleaños y alguna barbacoa.
El quince es la idea respondí, tan tranquilo.
¡Podemos acoplarnos! dijo Álvaro, dejando el tenedor. Tenemos vacaciones desde el dieciséis, íbamos a pillar tren, pero entre que no quedan plazas y que sólo hay asientos al lado del lavabo… Mejor en coche. Gasolina a medias, ¡y así es más ameno! Nosotros somos muy tranquilos, no damos guerra.
Miré a mi mujer. Su mirada gritaba ni de broma. Yo empecé a soltar excusas: que no cabe nadie, que solemos ir despacio y parar mucho…
¡Venga ya hombre, que sólo llevamos una maleta para los dos! seguía el pesado de Álvaro. Y con lo que cuesta ahora la gasolina… Nos ahorramos todos un pico. Nos hacéis un favor.
Y dijimos que sí. El argumento del ahorro nos venció, y ser antipáticos cara a cara, pues qué pereza. Luego nos salió caro el ser tan buena gente, durante las siguientes dos semanas.
Si quieres tranquilidad, déjate de favores
Quedamos en vernos a las cinco de la mañana en mi portal. Puntuales, mi mujer y yo ya habíamos cargado el maletero: nuestras bolsas, agua, mantas, herramientas. Álvaro y Lidia cayeron casi cuarenta minutos tarde.
El taxi ha tardado, dijo Lidia como si nada, arrastrando una maleta del tamaño de una lavadora y otro par de bolsas llenas de píscolabis.
Pero si dijimos que lo justo, no pude aguantarme.
¡Déjale, si es una chica, necesita modelitos! soltó Álvaro, encantado.
Tocó jugar al tetris para meter su equipaje en el poco hueco que quedaba.
La tortura empezó enseguida: Lidia se quejó de calor, aire acondicionado a tope; a los diez minutos, que si Álvaro tenía frío. La música, que si no hay otra cosa, que qué manía con el indie. Mil paradas: baño, café, no siento la pierna, fumar…
Mi logística para sortear atascos se fue al garete. Íbamos parando más que el autobús de línea.
La mejor parte vino en una gasolinera. Eché el depósito entero, ciento tres euros, vuelvo al coche y me los encuentro zampando bocatas.
Bueno, ¿hacemos cuentas? digo yo esperando Bizum o algo.
Hombre, ya si eso al final del viaje lo sumamos todo y ya, no hace falta pringarse ahora responde Álvaro pasota.
No me moló nada, pero mi mujer susurró: No empieces, luego ya arreglamos. Tragué saliva. También pagué yo los peajes, y ni preguntar cuánto había sido.
Todo el camino comieron sus bocadillos dejando migas como si fuera un gallinero. Decía algo y me saltaban:
Venga, es un coche, luego pasas la aspiradora.
Llegamos al destino de madrugada, reventados no por el viaje, sino por la compañía.
Si total, tú ibas a ir igual
Al día siguiente, después de dormir ocho horitas, coincidimos en la cocina del hostal. Saqué mi libreta de apuntes.
Bueno, lo dicho: gasolina 361, peajes 75. Total: 436. A medias, 218 por pareja.
Álvaro casi se ahoga con el café y Lidia abre los ojos como platos.
¿Doscientos dieciocho euros? ¿Pero estás loco? dice ella.
Tal cual, era el trato: gastos a medias.
Álvaro dejó la taza:
Vamos a ver, si tú ibas a ir igual. Te lo habrías gastado de todas formas, ¿no? El coche es tuyo, la gasolina la ibas a poner igual. Nosotros sólo llenamos espacio vacío.
Oye, que hablamos de condiciones antes, yo ya serio. Aguanté incomodidades, más equipaje, paradas cada dos por tres… Lo normal es compartir el gasto.
Qué exagerado refunfuñó Lidia. Si lo hemos pasado pipa, todo de colegueo… Lo dices antes y pillamos un Blablacar por cuatro duros.
Otro conductor os habría dejado tirados en una cuneta por las migas y las quejas, saltó mi mujer harta.
A ver, cortó Álvaro. Te damos cien, ciento cincuenta, y vas que chutas. Más no, porque es ridículo. Además, tenemos el dinero contado.
Me levanté despacio:
Dejadlo. Invito yo. Pero el viaje de vuelta lo hacéis por vuestra cuenta.
¿¿Qué?? Álvaro se pone blanco. ¡Pero quedamos en ir juntos y volver!
Sí, con condiciones claras. Y no habéis cumplido. Que os vaya bien.
Vacaciones por separado y la vuelta a casa
El resto de días, ni nos cruzamos, pese a estar en el mismo pueblo. Alguna vez coincidimos en la playa, ellos dándonos la espalda con todo el arte.
La víspera del regreso, mensaje de Álvaro: Venga, no seas cabezón. Os damos trescientos por el viaje de ida y vuelta. Vente, que no tenemos billetes y a Lidia le marean los buses.
Ni respondí.
Recogimos las cosas, nivel de aceite, arrancamos al amanecer. El viaje de vuelta, gloria bendita: nuestra música, pausas que son pausas, silencio delicioso.
Luego me enteré por conocidos de lo mala persona que soy. Que si he abandonado a los amigos en territorio hostil por unos euros, que si han tenido que hacer transferencias de bus y gastar el doble, y ahora no dejan de ponerme verde.
Pero nosotros sacamos una lección de oro. Cuando alguien insinúa aquello de Te pillas la autovía, ¿nos acercas? contesto, sonriente pero rotundo: Lo siento, preferimos ir solos.







