Pues yo a mi marido no le quise nunca.
¿Y cuántos años estuvisteis juntos?
Pues mira, cuenta… Nos casamos en el setenta y uno.
¿Y cómo es eso de no quererle?
En un banco junto a una tumba, sentadas dos mujeres casi desconocidas. Cada una limpiaba el sepulcro de su familia, y en un momento de pausa cruzaron conversación.
¿Es tu marido? preguntó la mujer del abrigo gris, señalando la foto en la lápida.
Mi marido, sí. Lleva un año No me acostumbro, le echo tanto de menos que me duele. Por eso vengo Le quise con toda el alma contestó la de pañuelo negro, apretando los nudos.
Se hizo un silencio, luego la otra suspiró:
Yo Yo a mi marido nunca le quise.
Su interlocutora alzó la ceja, intrigada:
¿Y cuánto tiempo estuvisteis casados?
Pues eso, desde el setenta y uno. Echa cuentas.
¿Y cómo se puede estar tantos años sin amor?
Me casé por despecho. Me gustaba un chico, pero se fue con mi amiga. Así que me dije pues me caso antes que ellos. Y Pablo estaba ahí, siempre detrás, que le gustaba yo mucho. Así que acepté, ya ves
¿Y luego?
¡Uf! Que casi huyo de la boda. El pueblo de fiesta y yo llorando. Pensé: se acabó mi juventud. Miraba a mi novio y Qué te digo yo Bajito, calvas ya, orejas como platos. El traje le quedaba fatal. Y ahí, sonriente, mirándome fijo Lo hice por mi culpa.
Luego, a vivir con sus padres. Ellos igual, me trataban como una reina. Yo era una chica rolliza, con ojos oscuros y trenza larga, el vestido a punto de reventar por el pecho, cualquier veía que no pegaba con él.
Por las mañanas su madre me limpiaba hasta los zapatos, obligaba a Pablo. Y yo, encima, mandona y de malas formas. Pero claro, me tenía rabia a mí misma, no le quería Así no podía salir bien la cosa.
Así que Pablo me propuso irnos a trabajar a Cataluña, para ser independientes. Qué más me daba, yo solo quería cambiar de aires.
En aquella época todos los jóvenes nos íbamos fuera a buscar trabajo. Pablo se buscó la vida, nos mandaron con otros, primero a Burgos y de allí al norte.
Cada uno en un vagón: las mujeres juntas, los hombres aparte. Pablo se quedó sin comida, la bolsa la llevaba yo y por entonces no dejaban pasar. Y a mí ni me importó, de seguida hice amigas, todo compartido, todo alegría. Hasta los bocadillos que su madre nos preparó, los repartí entre las chicas.
Luego, en una estación, él apareció pidiendo algo de comer, y me dio hasta vergüenza. Dije que lo habíamos terminado todo, y él, para tranquilizarme, sonriente: No pasa nada, si allí tenemos de sobra, me han invitado de todo. Llevo el estómago lleno. Y se fue corriendo a su vagón.
Pero yo sabía que mentía. Él era muy cerrado, muy tímido, nunca pedía nada a nadie. Solo quería que no me sintiese culpable Y yo en un minuto ya hasta me olvidé de él.
Llegamos y nos alojaron en barracones. Treinta y cinco mujeres en una habitación, los hombres en otra, todo provisional. A mí me daba igual. Donde menos le viera, mejor. Hacía como que estaba ocupada, que no tenía tiempo. Las chicas me reñían: Es tu marido, ¿y le ignoras?
Se ponía bajo las ventanas a esperar que me asomara, pero ni caso. El clima húmedo, frío, y yo nada.
Decidí divorciarme. Dos años y sin hijos, ni queriendo. El amor, nada de nada. Solo pena sentía por él y alguna que otra noche, por compasión, dormí con él en el barracón de los casados.
Luego apareció Ángel. Moreno, alto, pelo ondulado las chicas ya le habían echado el ojo, pero a él le gusté yo.
Me enamoré. Como una loca.
Pablo me buscaba, me suplicaba, pero yo ni le escuchaba.
Me voy a divorciar le dije.
Nos habían dado una habitación individual en los barracones. Aunque fueran finas las paredes, daba igual, yo no iba.
Pablo seguía en mi vida, de lejos. Caminaba yo con Ángel y notaba a Pablo espiando. Pero yo, a lo mío. Enamorada.
La mujer del pañuelo negro escuchaba sin apartar la vista.
¿Y cómo lo aguantó él?
Aguantó Porque me quería. Luego Ángel me dejó por María, la contable. Cuando le dije que estaba embarazada, encima empezó a decir de todo por ahí, que yo me le había colgado, porque mi marido era un calzonazos.
A Pablo se lo contaron, claro. Se volvió loco, perdió la cabeza de celos. Se pegó con Ángel detrás de la estación, ni nos enteramos. Solo después me dijeron que habían ingresado a Pablo en el hospital. Fui para allá.
Le reñía yo por el camino con el conductor: ¡Pero, vamos a ver! ¿Cómo se te ocurre pegarte con Ángel si sabes que no puedes? El conductor me miraba como diciendo tú tienes la culpa. Yo lo veía.
En el hospital, lloré al verlo: morado y con la pierna rota.
¿Por qué? le pregunté.
¡Por ti!
A la vez yo tenía mi propio drama: en la obra a las embarazadas las mandaban de vuelta al pueblo. ¿Cómo iba a volver y decir que el niño no era de Pablo? ¿Qué iban a pensar? Pero ni yo sabía de quién era porque tampoco con Pablo habíamos dejado de acostarnos.
Iba al hospital, le llevaba cosas. No por amor, por responsabilidad.
Recuerdo cuando empezó a andar con muletas. Fui a verle, estábamos en la ventana, él con el pijama del hospital, más viejo que nunca y marchito. Me mira y me dice:
No te divorcies, vámonos lejos, será mi hijo y de nadie más.
Y yo, que por dentro hasta sentí alegría de no tener que volver al pueblo, apenas dije:
¿Para qué?
Porque te quiero.
Y yo, en vez de darle las gracias:
Haz lo que quieras.
Me fui sin mirar atrás, aunque me moría de ganas de decirle que sí, que juntos todo sería más fácil.
Nos fuimos entonces a Castellón. Pablo, callado, en el trabajo lo empezaron a valorar. Como era técnico mecánico, rápido le hicieron encargado de unos proyectos. Viajaba de un sitio a otro, siempre volvía con regalos, nunca para él: para mí.
Mi mujer está embarazada presumía con los compañeros.
A mí me daba vergüenza. Nos dieron una habitación en un piso compartido, trabajé de auxiliar contable.
En el hospital supe que el niño era de Ángel, moreno. Pablo ni lo mencionó. Le miraba con ternura, lloró casi cuando salimos juntos del hospital.
Mi hijo, Manolito, fue un niño difícil, desde el principio. Lloraba y enfermaba. Pablo lo sufría igual, sin dormir. Pero jamás dijo una mala palabra.
Al año siguiente tuve una niña de Pablo. Le pusimos Carmen, como su madre. Por hacerle un favor a la abuela, pobrecilla, que el abuelo ya había muerto.
Por entonces, a Pablo no sentía nada. Ni amor ni odio. Solo quería que ayudara. Y él, todo lo que podía, lo hacía: lavaba, limpiaba, cuidaba de los niños para que descansara yo.
Hasta echó a lavar la ropa una vez, tuve que quitarle el barreño. ¿Y qué dirán los hombres? ¡El jefe lavando bragas!
El agua está helada. Mejor que se ponga enferma la mujer, ¿no? decía él.
Me enfadaba, me molestaba esa entrega suya. Con el tiempo me irritaba aún más.
El niño, Manolito, empezó a ir mal: con trece años ya tenía problemas, con la Guardia Civil, robaba en los kioscos. Allí conocí a Antonio, el guardia, buen hombre, soltero, me gustaba. Conectó bien con Manolito, cuando Pablo no podía hacerse con él. Pablo era demasiado blando, yo sí que le daba un buen azote. ¿Qué iba a hacer si robaba? Pero Pablo me quitaba el cinturón.
A Pablo le mandaron a Madrid a un curso. Ya vivíamos en Valladolid, con buen piso dado por la empresa.
Me preguntó: Si quieres que no vaya, me quedo. Ya se olía algo.
Y yo, seca: Vete.
Se marchó con el corazón roto. Y Antonio, el guardia, enseguida: Déjale, divórciate, si no le quieres Y yo
La mujer se calló, quitó hojas del banco.
¿Y tú? La otra ya tuteaba, la historia unía.
La narradora la miró, ceño fruncido.
Le di mil vueltas Pablo me escribió una carta aún la guardo, no lo sabe nadie. Me decía que ya había entendido que no le quise nunca, solo aguanté. Que si le decía que no hacía falta que volviera, no lo haría. Que a los niños no les faltaría de nada, que mandaría la mitad de lo que ganara, que me deseaba felicidad. Una carta buena, sin rencor, toda la pena para él, a mí me dejó solo lo mejor.
Las hojas de los chopos caían otra vez en la mesa, cálida la tarde. El cielo azul, el otoño suave. La del pañuelo negro se secaba las lágrimas.
¿Lloras? preguntó la narradora.
Ay Es que la vida Duele recordar. Pero sigue, ¿te fuiste con el guardia?
No dormía por las noches. Manolito cada vez peor, yo hecha un lío, estrujando la carta de Pablo. Había una supervisora en la fábrica, me hice amiga suya, era mayor. Me dijo: Lola, eres tonta. Los hombres así hay que cuidarlos.
Un día amanecí y pensé, helada: ¿Qué estoy haciendo? Este hombre me ha dedicado su vida entera y yo
Recordaba todo. Cómo venía detrás de mí, cómo siempre ayudaba. Cuando estuve ingresada un problema de mujeres, muy grave pensé que allí me quedaba. Hasta los doctores murmuraban, lo escuché. Pablo estuvo siempre, no se fue ni un segundo, me acariciaba la mano, pagó a una enfermera, trajo las medicinas.
Si no fuera por él
Y una vez, por error, nos quedamos con un paquete que no era nuestro, lo trajo el helicóptero del pueblo y lo dejaron en la nieve en medio de una tormenta. Cuando nos dimos cuenta, Pablo se fue al otro pueblo a devolverlo. Por más que le dije que no fuera, no me hizo caso. La gente lo espera, nosotros tenemos de sobra, decía.
Volvió con las mejillas quemadas y febril.
Comprendí que no necesitaba a nadie más que a él.
Pero ¿Cómo escribirle? ¿Y si ni lo entiende? Llevaba años demostrándole que no le quería. ¿Cómo iba a escribirle que sí le quería?
Vi que estaba decidido a irse, convencido de que amaba a otro.
Llegó el otoño, otro, hermoso. Organicé los niños, el trabajo, todo, y me fui a buscarle a Madrid.
El tren parecía no llegar nunca, tenía unas ganas de verle Veía sus ojos salvadores, ya ni calva ni barriga ni nada, le quería tal cual.
En la residencia pregunté, estaba en clase. Fui al sitio, no me dejaron entrar. Esperé en las escaleras, pendientes de todos los hombres que salían. No le reconocí salió elegante, con chaqueta y gorra, con su carpeta bajo el brazo y me quedé helada. El amor por mi propio marido me paralizó.
Pasó de largo, no me vio. Se fue andando por el paseo con los amigos, entonces le llamé.
Se giró, se quedó parado, sin creérselo. Y así, mirándonos mientras las hojas caían lentamente.
Sus compañeros cuchicheaban: ¡Eso es amor! Llevan mil años y mírales, parecen novios.
Se le cayó la carpeta al suelo, todos los papeles volando, y nos abrazamos, sin palabras.
¿Qué se puede decir?
Ambos callados, solo abrazados.
La oyente del pañuelo mojado se sonó fuerte.
¿Y seguisteis juntos?
¿Hasta el final?
Sí señaló la tumba ¿Es él?
No hizo el signo de la cruz Aquí está nuestro Manolito, el niño. Se nos fue joven. Se metió en problemas, hasta cárcel hubo. Sufrimos mucho. Luego bebía y así acabó.
¿Pero tu marido está vivo?
Sí, gracias a Dios. Hoy me ha traído aquí y luego tenía cosas que hacer. Ayudamos a la niña, mira, ahí viene. Por mí. Y mira, ahí está Pablo.
Un hombre, ya mayor, regordete, simpático, con gorra de cuero y chaqueta negra, llegó. Saludó alegre.
¿Cansado, Pablito? ¿Te has cansado mucho hoy? ella quitándole hojas del hombro.
Él recogió él solo todo el material del cementerio pero ella le quitó la bolsa más pesada, preocupada por la espalda.
Se fueron del brazo por la avenida amarillenta entre las tumbas.
Antes de girar, la mujer del abrigo gris hizo un gesto de despedida, el marido también.
Y la otra, la del pañuelo negro, miró la foto de su esposo en la lápida y pensó que la felicidad no existe por sí sola, que solo vive cuando la dejas entrar en el corazón.
Y que la única felicidad verdadera es: querer y ser querido.







