¡Otra vez lamiéndose! ¡Javier, llévatelo ya!
Lucía miraba con fastidio a Suso, dando saltos torpes a su lado. Y pensar que tanto tiempo buscaron, pensaron la raza, consultaron con adiestradores… Sabían lo que suponía tener un perro. Al final, decidieron adoptar un pastor alemán: querían un amigo fiel, un guardián, un protector. Como un dos por uno de los anuncios, pero en plan perro. Solo que, en realidad, a este pobre habría que protegerle hasta de los gatos…
Que aún es cachorro, mujer, dale tiempo, ya verás cuando crezca.
Pues mira que estoy esperando con ansias ese día… ¿Te has fijado que come más que los dos juntos? ¿Cómo vamos a alimentarlo? Y no des pisotones, que vas a despertar a la niña, ¡bruto! bufaba Lucía, recogiendo los zapatos desparramados por Suso por todo el piso.
Vivían en la calle Goya, en un bajo de esos edificios antiguos, con ventanas casi a ras del suelo. El sitio genial, si no fuera porque las ventanas daban a un rincón oscuro del patio, donde al atardecer se veían sombras, se juntaban los vecinos a charlar, a veces con algún que otro altercado.
Lucía pasaba casi todo el día sola en casa, cuidando a la pequeña Carmen, recién nacida. Javier trabajaba en el Museo del Prado por las mañanas, y en su tiempo libre le encantaba perderse por los rastros y los mercadillos de Madrid, buscando obras de arte, libros raros o cachivaches para la casa. Tenía un ojo para el arte, vamos, lo que se dice un ojo clínico, como se reía Lucía. De repente, su salón se había llenado de cuadros majos, y en el aparador lucían platos de porcelana de La Cartuja, figuritas de la época de la Transición, cubiertos de plata de principios del siglo pasado A Lucía le preocupaba estar sola con todo aquello y la niña, más con los robos que habían ocurrido alguna vez en el portal.
Oye, Lucía, ¿cuándo quieres que saque a Suso? ¿Ahora o después de comer?
Yo qué sé, ¡si ese perro ni me va ni me viene!
Solo de oír la palabra calle, Suso pegó un salto y salió disparado a buscar la correa. Dio tal giro en el pasillo que casi derrapa. Y ahí iba, trayendo la correa en la boca y pegando brincos hasta casi rozar el techo. Qué fenómeno, de verdad. Es un amor, eso sí, se tumba a los pies de todo el mundo, juega con todos, reparte la pelota a todos los vecinos, pero, a ver, que lo adoptamos para protegernos, no de animador de la comunidad. ¡Y ni siquiera asusta a los gatos! Se cruza con ellos, pelota en boca, y va tan contento, como diciendo a ver si jugamos. Normal que se haya llevado algún zarpazo. Los gatos del patio sí que son los que deberían llevarse de amigos guardaespaldas Y mañana me tocará, otra vez, quedarme todo el día sola, que Javier se va a Aranjuez a un festival de pintura, y yo… ¿qué hago yo? ¿Vigilar la vajilla y pasear a orejudo? Vamos, lo que me faltaba.
A la mañana siguiente, Javier se levantó con sigilo, intentando no despertar a Lucía. Bueno, como si una madre no oyera todo en casa Ella escuchó el silbido del hervidor, el tintineo de la correa, cómo Javier intentaba que Suso no ladrara ni hiciese ruido. Con ese murmullo doméstico se quedó medio dormida, y cuando la despertó Carmen, su marido ya no estaba. El día empezó, igual de rutinario y tranquilo que siempre. Y oye, ¿no es eso felicidad? Las amigas la ponían como dramática: que si fue muy pronto para casarse, que si entre el marido y la hija no tenía vida, que si la casa la absorbía… Pero ¿no hay belleza en el día a día? A veces le pesaba la falta de dinero, el espacio reducido, las ausencias de Javier, y ese entusiasmo suyo que, la verdad, se tragaba gran parte del sueldo… ¡y ahora tener que encargarse también de este amasijo de pelo y patas! Pero había aprendido que a quien quieres, lo quieres entero, con sus cosas buenas y sus rarezas. Nadie te prometió perfección. Cuando comprendió eso, Lucía respiró tranquila y decidió disfrutar de lo que tenía y dejar de preocuparse tanto.
Sentada en el dormitorio con Carmen en brazos, viendo cómo se dormía mientras comía, Lucía aprovechaba esos ratitos de calma. Sonó el timbre, pero ni se inmutó. No esperaba a nadie, y total, en Madrid si no avisas, nadie se planta en tu casa por la mañana. Ese rato, cuando todo está en silencio y solo oyes el tictac del reloj antiguo y algún murmullo lejano de la ciudad al despertar… ¡cómo los valoraba! Por la ventana llegaban sonidos familiares: el rumor de los autobuses, el roce de la escoba de la portera, voces de niños. Y Suso, ¿dónde está ese animal? No daba señales desde hacía rato. En realidad, Suso de orejudo no tenía nada, tiene las orejas bien tiesas, pero es que es un despiste con patas, siempre en la luna. Pañuelo y a vivir con él, total para lo que protege… Casi habría sido mejor una caniche.
Lucía se quedó embobada mirando a Carmen, que después de alimentarse se despegó del pecho y se quedó dormida como un angelito. Qué maravilla de niña les había salido. Crece, mi mujercita, susurraba mientras la arropaba. ¿Qué más podía pedir?
En ese instante un ruido raro llegó del salón. Como un crujido, un chirrido muy extraño. Lucía afinó el oído. Otra vez el ruido. Dejando hasta las zapatillas, se deslizó de puntillas. Lo primero que vio fue la silueta de Suso, medio oculto detrás de la cortina que separa el pasillo del salón. Estaba a cuatro patas, petrificado en una pose rarísima, con la lengua fuera y los ojos fijos en el ventanuco. Siguió su mirada… y se le heló la sangre: en la ventana estaba asomando medio hombre. Literalmente, se colaba un tipo, calvo y musculoso, metiendo brazos y hombros por la ventana, empujando el cuerpo a base de fuerza bruta. ¿De verdad le estaba pasando eso? ¿Gritar? ¿Correr? El tipo ya tenía medio cuerpo dentro Un segundo más, y…
Lucía pegó un salto con el grito, pero antes de reaccionar, una sombra negra salió disparada hacia la ventana. Tardó en darse cuenta: era Suso. Subió de un salto al alféizar ¡y se lanzó al cuello del ladrón! ¡Aaaggggh! bramó el tipo, con los ojos que se le salían de las órbitas del susto. Lucía salió corriendo al rellano y pidió ayuda a los vecinos; la presencia de la gente fue la mejor ayuda posible, aunque nadie sabía bien qué hacer. Al poco llegó la policía municipal. Ella, por fin respirando, se acercó al tipo con miedo de que Suso se le fuera de las manos y casi le abriese una brecha. Pero nada, qué va. Suso, más listo que el hambre, le tenía mordido por el cuello del abrigo, ni gota de sangre. Solo apretaba la mordida si intentaba moverse, y en cuanto se quedaba quieto, flojito otra vez. ¿Quién se lo enseñó? El perro que solo sabía jugar con la pelota actuaba como un profesional. Siendo lógico, lo normal habría sido que ladrase todo el rato, así se asustan y no se mete nadie, pero él no: esperó oculto, dejó que el ladrón se atascara bien en la ventana, se tiró a por él y lo mantuvo bloqueado hasta que la policía intervino.
Los policías más viejos decían que nunca habían visto a un ladrón tan feliz de ser arrestado en su vida. El tipo estaba muerto de miedo y no veía la hora de que Suso le soltara. Y Suso, tan metido en su papel de héroe, todavía se resistía a soltar al presunto. Sólo con la orden de un agente canino soltó la mordida. Luego, se sentó a los pies de la ventana con aire de mando cumplido, esperando instrucciones. Solo le faltó chocar la pata.
Tenéis mucha suerte con este perro, le dijo el policía a Lucía, pasándole la mano por el lomo . Uno así nos vendría de perlas
Javier volvió tarde esa noche. Abrió la puerta con cuidado y se quedó parado en el recibidor, boquiabierto. Normal, había motivos: primero, Suso estaba repanchingado en el sofá (prohibidísimo), y segundo, Lucía le rascaba la barriga y lo llenaba de mimos, repitiéndole: Mi campeón, pollito, potrillo guapo Crece fuerte, sigue así, que papá y mamá están muy orgullosos. ¡Perdóname si alguna vez dudé de ti!
Esta historia, créeme, me la contó un día el mismísimo Javier en uno de esos festivales de pintura en Aranjuez. Aunque si la contara Suso, seguro que la narraría aún mejor: cómo vigiló, cómo cazó y cómo entregó al ladrón a la policía. Hace ya años de aquello, pero nunca se me olvida. Y oye, me apetecía compartirla contigoDesde entonces, Suso ya no fue solo el perro torpón que perseguía pelotas ni el que salía corriendo tras las mariposas del parque. Se convirtió en el orgullo del edificio: el guardián silencioso, el protagonista secreto de todos los patios, el que salvó a Lucía y a Carmen de aquel mal trago, el que hizo que hasta los vecinos más gruñones le llevaran premios y chuches (aunque Lucía protestara por lo bajo y Javier, encantado, lo apuntara en su diario de heroicidades).
Pero lo más curioso fue cómo cambió todo en casa. Lucía, que tanto renegaba del perro y de la idea misma de tenerlo, se sorprendió acariciando ese hocico húmedo mientras veía caer la tarde desde el ventanuco: ¿Y si nunca hubieras estado aquí?, pensaba, sintiéndose más fuerte y arropada que nunca. En los paseos, la saludaban carteros, barrenderos, la portera y ese señor raro del tercero: Buen día, campeones, y Suso ladraba bajito, como si supiera exactamente quién importaba de verdad.
Las noches dejaron de asustarla. Carmen crecía feliz. Javier traía menos cachivaches y más historias para cenar juntos. Y Lucía, a veces, miraba a su familia y al portento de perro, y se reía sola: nunca podrás prever de dónde vendrá el coraje. Ni cómo, entre miedos y dudas, se cuelan los héroes de la vida diariaesas patas peludas, esos amigos con lengua babosa y corazón más grande que el salón entero.
Porque quizá la felicidad la verdadera no la traen ni los seguros, ni las alarmas, ni los planes… sino confiar en quienes cuidan de ti mirando en silencio, siempre atentos, detrás de una cortina o acurrucados bajo la mesa. Ahí, donde empieza el hogar.
Y así, Suso el despistado se quedó para siempre, no solo como el guardián del bajo de la calle Goya, sino como la prueba viviente de que, a veces, la lealtad más auténtica viene envuelta en pelo, ternura y una enorme torpeza. Que todo eso, junto, también puede salvarte la vida.







