Mira, te voy a contar una historia que me tiene el corazón encogido. Resulta que había una anciana, de esas de andar por casa, muy querida en el barrio. Su hijo, que siempre estaba pendiente de ella, le regaló una perrita minúscula y carísima, una auténtica joya, porque la pobre había pasado por un infarto y andaba algo baja de ánimos. Quería que su madre tuviera compañía y una razón para sonreír, para distraerse de las malas jugadas de la vida. Y vaya si funcionó.
La señora, seamos sinceros, era toda una abuela de las de mantilla y rosquillas, empezó a animarse poco a poco. Se notaba que la perrita, a la que puso de nombre Tiznita porque era pequeña como un tizón y tan negra que parecía carbón, le devolvía la vida. La sacaba a pasear con una correa que parecía un hilo y muchas veces la llevaba en un bolsito especial, bien pegadita al corazón. Tiznita era un amor: obediente, juguetona y cariñosa, de esos animales que parecen saber siempre cómo te sientes.
Un día, mientras caminaban por la plaza Mayor del barrio, se les acercó un coche. Dentro, una pareja de chicos jóvenes, de esos que parecen tenerlo todo, le pidió a la abuela si podían acariciar a la perrita. Ella dudó, no le hacía mucha gracia dejarles tocar a Tiznita, pero tampoco le salía decir que no, por vergüenza. Acercó despacito a su perrita a la ventanilla, pero de repente, la chica la agarró y el chico arrancó el coche zumbando, sin darles tiempo ni a reaccionar.
La pobre abuela salió corriendo detrás, gritando y llorando como sólo una madre puede llorar por su hija o, en este caso, por su animalito. Tropezó, se cayó al suelo malamente y perdió el conocimiento, magullada y sin fuerzas. Los vecinos, que la querían mucho, no tardaron en llamar a una ambulancia y se la llevaron rápidamente al hospital.
Su hijo llegó volando en cuanto se enteró. La encontró pálida y débil, con los labios morados del disgusto. Y lo único que susurraba era el nombre de su perrita: Tiznita Tiznita, mientras las lágrimas se le caían despacio.
Aquí viene la parte buena, porque el hijo no se quedó de brazos cruzados. Los vecinos, que son unos cracks, se acordaron del coche que apareció ese día y, tirando del hilo, entre todos supieron a quién pertenecía la matrícula. El hijo tiró de contactos, de esos amigos con galones que siempre ayudan en estos fregados, y rápidamente supieron dónde vivía el dueño del coche. Era un chalet de esos de lujo en las afueras de Madrid, lleno de detalles que no se pueden pagar con poco más de ochocientos euros.
El hijo fue allí, y de una forma u otra mejor no preguntar consiguió entrar en la casa. Encontró a Tiznita, pobrecita mía, hecha polvo. Desde que la sacaron del lado de su dueña, no había querido comer ni beber, se había pasado los días llorando y, cuando las fuerzas la abandonaron, sólo gemía de pura tristeza.
No sé cómo, pero el hijo la rescató. Los dos ladrones ya estaban hartos de la perrita porque esperaban diversión y juegos, no un animalito destrozado por la pena, que no hacía más que ensuciar y molestarles.
La abuela, por suerte, salió adelante y Tiznita también. Ahora pasean juntas por el Retiro, pero siempre con mil ojos y sin dejar que nadie se les acerque. Tiznita, en cuanto oye pasos, se esconde rápido en el bolso y no asoma la cabecita hasta que está todo tranquilo.
Todo esto me pone a pensar. Hay que aprender que no se puede robar la felicidad de los demás. Ni su amor. Porque a veces eso es lo único que sostiene a una persona: su perrita, sus cuatro macetas en un balcón de Lavapiés, el primer premio en una rifa de barrio Esas pequeñeces que pueden parecer tontas son las que le dan sentido a la vida.
Y al final, lo que es ajeno, lo robado, no te va a traer alegría, sólo desgracia. Porque puedes matar el alma de alguien por arrebatarle eso ínfimo y diminuto que le hace seguir adelante. Y mira, dicen que el alma pesa sólo unos cuantos gramos, pero ahí dentro cabe toda nuestra vida.







