Natacha no podía creer lo que le estaba sucediendo. Su marido, su único y verdadero apoyo, le confes…

Nieves no puede asimilar lo que está viviendo. Su marido, al que consideraba su todo, su apoyo y sostén, hoy le ha dicho: «Ya no te quiero».
El impacto es tan fuerte que se queda petrificada en medio de la cocina, mientras él corre de un lado a otro, recoge sus cosas y agita sus llaves con estruendo. No era lo que le faltaba justo ahora. Hace muy poco perdió a su padre de forma repentina y, a pesar de su propia tristeza, tuvo que juntar fuerzas para atender a su madre ya encanecida y a su hermana pequeña que quedó inválida con dieciocho años tras un grave accidente. Ellas viven en un pueblo cercano. Su hijo acaba de empezar primaria. En junio la empresa en la que trabajaba cerró. Sin empleo, sin ingresos. Y ahora, esto: la marcha del marido.

Nieves se cubre el rostro con las manos, se sienta y llora de pura desolación.
Dios mío, ¿qué hago ahora? ¿Cómo salgo adelante? ¡Roberto! Tengo que correr a buscarle al cole.

Las obligaciones la obligan a ponerse en pie y salir.

Mamá, ¿has llorado?
No, cariño, no.
¿Lloras por el abuelo? Mamá, yo le echo mucho de menos.
Y yo también, hijo. Pero tenemos que ser fuertes. Nuestro abuelo siempre lo era. Ahora está con el Señor, tranquilo, descansa por fin; nunca lo hizo en vida.
¿Y papá dónde está?
Papá estará de viaje por trabajo otra vez. ¿Y tú en el colegio, cómo va todo?

Hay que seguir. No te quieren, pues nada; no se puede obligar al corazón. Seguramente algo se le escapó entre tanto ajetreo.

Mientras Roberto come y juega con sus figuras de soldados, Nieves se asoma al correo electrónico en el portátil que ha dejado su marido atrás. Nunca antes lo había hecho. El acceso es sencillo y, en una esquina, ve que no ha borrado la última conversación. Amor a raudales, pero para otra. Y ella, convertida en la olvidada. Diez años fue mi sol radiante; después de ocho años luchando para tener un hijo, la llamaba mi mamá. Ahora, todo ha cambiado y toca acostumbrarse como sea.

Pero ante todo necesita encontrar trabajo. Nadie le pregunta por su titulación universitaria. Los pocos euros que recibe del SEPE como ayuda por desempleo no solucionan nada.

¿Por qué ese hombre responsable y entregado se ha vuelto de repente un extraño? Nieves sólo se repite: se ha vuelto loco. La casa que levantaron juntos sigue inacabada. Al menos tiene techo y una habitación habitable.

¡Trabajo, cuánto te necesito! siente ganas de volver a llorar, pero el tiempo apremia. Ella necesita trabajar, y punto.

Busca durante días, sin éxito. Tener un niño en primero y estar sola reducen las oportunidades al mínimo. Al final de otra jornada fallida, llama su compadre Ramón.

Nieves, ¿ha vuelto tu marido?
No.
¿Y si trabajas de almacenera?
¿Lo dices en serio?
Claro, sé que no estás para bromas desde lo de Paco. Es jornada partida: podrías recoger a tu niño o apuntarle al comedor. El sueldo, 1200 euros. Es poco, pero más vale eso que nada. Mañana llevamos unas patatas, cebollas y un pollo.
Ramón, que tengo gallinas en casa; nos dan los huevos de cada día.
Pues que sigan así, no las mates ahora.
Gracias, de verdad. ¿Y cómo está Galita?
Va tirando. Es una valiente.

Siempre igual. Su mujer, Gala, tras una operación complicada y quimioterapia, él nunca se ha quejado de cargar con todo. Siempre dice que todo está bien. Nieves suspira: quizá sobreviva a esta situación. Gracias a Dios, que nunca falla. Y al compadre Ramón.

El trabajo es sencillo y encuentra ratos para quedarse a solas, llorar lo que tiene que llorar y pensar qué ha pasado.

Pasan los días, las semanas, los meses. Al cabo de un año, Nieves nota que vuelve a tener hambre, que duerme, que se ríe con los avances de su hijo. El dolor del abandono revive cuando su ex viene a llevarse a Roberto los fines de semana. Nunca le impide llevárselo. Los problemas entre adultos no deben arrastrar a los niños. Le gustaría preguntarle qué hizo mal, aunque sabe que todo es por ese amor súbito de él por otra mujer. Recuerda una frase de una película: El amor dura hasta la primera curva, luego empieza la vida. Para Nieves, amor y vida fueron lo mismo; para él, no.

Este otoño parece prolongar el verano: cálido, con árboles aún verdes y risas de niños en la calle, jardín lleno de color, de ásteres y crisantemos. El día que Nieves sintió la mirada fija de Miguel no parecía distinto, aunque el sol brillaba más, la música de la vecina sonaba más fuerte y el destino decidió unir a dos soledades.

Señorita, deje que le ayude. No debería cargarse así.
Estoy acostumbrada.
Fatal que una mujer tan guapa considere normal acarrear cajas.
¿Ayuda a todas las guapas? ¿Hace guardia aquí, al lado del supermercado?
Claro, llevo esperando mucho, mirando y mirando, hasta que por fin he visto a una belleza.
Reírse es inevitable. Y ríen, largo y fuerte, hasta las lágrimas.

Miguel dice, dándole la mano, con ojos chispeantes.
Nieves.
Nieves, Nieves, mujer ajena ¿conoce usted la canción?
No. Y no soy mujer ajena.
¡Vaya suerte la mía! Por fin una chica de ensueño y está libre. ¿Son ciegos todos, o locos?
Veo que el humor no te falta. ¿Y de seriedad qué tal?
También, Nieves. ¿Vamos hoy al cine, charlamos un rato?
Lo siento, tengo que recoger a mi hijo de la extraescolar.
No me lo creo. ¿Tienes hijo? Pareces de veinte años, ¿extraescolar?
Tengo treinta y cinco.
Igual que yo. Qué coincidencia. De verdad pensé que eras jovencísima.
¿Ahora qué?
Pues lo asimilo. Todo hombre sueña con un hijo, y tú, tan tranquila, soltera, ¿y el padre? ¿Dónde está?
No quiero hablar ahora de eso.
Entiendo. No insistiré. El sábado nos vemos: si quieres, vamos al cine infantil con tu hijo.
El sábado se va con su padre.
No quiero ser alguien que te agobie. Pero si tienes un rato, llámame. Aquí tienes mi tarjeta, el teléfono. Soy médico, hematólogo infantil.
Eso sí que es serio.
Y tiempo para buscar bellezas, poco.
De acuerdo, Miguel. Te llamaré le responde, sincera.
Te espero.

Qué bonito está el otoño: parece un regalo. El sol suaviza los colores y los días abren todos los parques de la ciudad. Surgen poco a poco la ternura y el cariño, rompiendo dolores antiguos, bailando entre hojas caídas. Nieves siente cómo Miguel le atrae y, al mes y medio de verse, le invita a tomar un té.

Nieves, ¿te molesta si no voy? Prefiero cuidar este primer paso, soy prudente. Me dejas que me encargue yo.
Ese mismo fin de semana se escapan al parque natural, Miguel alquila una casita como un pequeño castillo. Por dentro es simple, acogedor, pero Nieves sólo ve los ojos castaños de su nuevo amor y se pierde en ellos, en sus brazos. Descubre que esa intimidad puede ser tan dulce.
Miguel, ¿qué me pasa? Parezco estar muriéndome de amor, no sé cómo viví sin ti. ¡Qué bien me siento contigo!
¡Eres preciosa! ¡Cuánto te quiero!

En dos meses se hace cada vez más difícil separarse.

Nieves, cásate conmigo.
Miguel, el divorcio termina a final de mes.
Y luego vienes conmigo, como mi esposa. No quiero que nadie más te robe.
La niña se manda sola, sólo con el hombre que ama. Pero sin ceremonia, ni fiestas: al juzgado, y después, llévame al castillo donde ya fui tuya para siempre.
Como tú quieras, amor.

Ramón y Gala son los testigos de la ceremonia. Su madre y su hermana mandan una felicitación llena de alegría. Pronto se mudan al piso de dos habitaciones que Miguel ha alquilado: juntos, arreglan todo y ponen cada rincón acogedor. Miguel dedica especial atención a la habitación de Roberto, que ya conoce desde hace tiempo; pero el niño, acostumbrado a ver a su madre y padre como dos partes de una manzana, no se acerca mucho a Miguel.

Nieves, no te asustes. Vamos a analizar la sangre de Roberto. Le veo muy pálido.
Miguel, estará apenado, nada más. Le ha costado asumir el divorcio, siempre creyó que no sucedería. Dicen que para un niño el divorcio es más duro que la pérdida de un padre.
Tienes razón. Yo viví el divorcio de mis padres de niño, fue como una catástrofe. Pero haremos el análisis. ¿Verdad, campeón?

Ese día Miguel vuelve a casa con la cabeza baja. Nieves entiende al momento: hay algo malo.

Nieves, tranquilízate. Hay alteraciones en la sangre de Roberto. No he fallado en mi intuición, por desgracia. Mañana se viene conmigo.
Injusto. Como si la felicidad tuviera precio, uno tan alto. Leucemia. Qué palabra más horrible.

Empieza otra vida. Nieves coge excedencia sin sueldo: no concibe que Roberto pase solo pinchazos y tratamientos. Le da la mano, le dice: «Aguanta, hijo mío; eres fuerte, siempre mi mejor compañero. Nunca nos separamos, y estaremos juntos siempre».

Cuando no puede más, Miguel la manda a descansar, él mismo cuida al niño. Duerme poco; a veces sólo mira el techo.

El ex marido llama exigiendo que Nieves abandone la casa inacabada.
Yo atenderé al niño. Vendrá a mi casa.
Pues que vinieras a verle.
No puedo. Me marcho de viaje.

Tras la llamada, Miguel la abraza:
Nieves, saldremos adelante solos. No pienses en el pasado.
Me duele. Lo que gané lo metí todo en la casa. ¿Es ahora cuando debo preocuparme por esto?
Ni lo pienses. Pon toda tu cabeza en Roberto. Yo me las arreglo. Siempre he soñado con una familia. Dios lo sabe. Él no os quitará de mi lado.
Miguel, ¿cómo van los análisis?
Estamos haciendo todo. De momento, no son buenos.

Nieves llora en silencio. No puede dejar que Roberto note que algo va mal.

Tío Miguel, ¿qué pasa con mi sangre?
Mira, en la sangre tenemos rayos blancos y rojos. Los tuyos están luchando.
¿Y quién gana?
Por ahora los blancos.
¿Y luego?
Ayuda a los rojos.
Mamá, vámonos. Estoy muy cansado.
Justo quería decírtelo, Nieves. ¿Por qué no llevamos a Roberto al castillo unos días? Hace buen tiempo. Pasearemos por los bosques, que descanse.

La primavera embellece el refugio con arbustos y árboles en flor. Los tres pasean por el bosque, celebran cada flor y cada hierba. A ratos, Roberto se queda muy concentrado y quieto.
¿Roberto, te encuentras mal?
Mamá, no me interrumpas. Juego a batallas navales en mi cabeza.

El pequeño descanso acaba pronto. Roberto vuelve con mejor color.

Mamá, ¿dónde está papá?
De viaje, hijo.
Otra vez. Bueno.

Al volver a la clínica, nuevos análisis. La jefa de laboratorio acude personalmente.
Don Miguel, ¿a dónde ha llevado usted al niño?
A un parque natural, cerca de aquí. ¿Por qué pregunta? ¿Qué ocurre con la sangre?
Todo bien. Está en remisión. Los análisis son buenos.

Miguel entra corriendo en la habitación.
¡Roberto, qué has hecho! Estás mejor, hijo. No llores, Nieves. Está sanando. ¿Qué hacías, campeón?
Papá, ¿recuerdas lo de las batallas con barquitos? En cada partida, ganaba siempre con los rojos.

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Natacha no podía creer lo que le estaba sucediendo. Su marido, su único y verdadero apoyo, le confes…