La Nochevieja en la que mi madre y yo fuimos a “El Corte Inglés” de la Puerta del Sol… y me enamoré …

Mira, tengo que contarte esto porque es de esos recuerdos de infancia que no se te borran jamás. Era justo antes de Nochevieja y fuimos mi madre y yo al El Corte Inglés de Sol, que ya sabes cómo se pone en esas fechas, todo lleno de gente buscando regalos y adornos. Nosotras solo íbamos a por unas chorraditas, creo que unas guirnaldas o esas cintas plateadas para el árbol. Pero de repente lo vi: un vestido rojo, de lana, con un ribete azul intenso en el bajo y las mangas. ¡No te imaginas lo que me encapriché! No podía dejar de mirar ese vestido.

Me emperré en que lo quería probar, y al final me lo dejé puesto como si fuera el tesoro del año. Es que me quedaba perfecto, como si lo hubieran hecho pensando en mí. Y claro, en mi cabeza ya me estaba imaginando el festival en el cole, con ese chico que me gustaba viéndome aparecer con el vestidito nuevo… Total, que me negaba a quitármelo y casi me pongo a llorar de la rabia de solo pensar en no llevármelo.

Mi madre, al verme así, me mira y me dice medio en broma, medio en serio: Venga, mujer, que en unos días cobro, lo vamos a llevar. Te juro que fui a casa más feliz que unas castañuelas.

Llegamos a casa, pusimos el belén y decoramos el arbolito con lo poquito que teníamos. Pero, claro, el frigorífico era otro cantar: solo quedaba un poco de mantequilla y hielo, literal. Esperábamos como agua de mayo el sueldo de mi madre. Tienes que recordar que en aquellos años en España trabajar el 31 de diciembre era lo normal, solo que ese día dejaban salir antes.

Precisamente el 31, mi madre llegó a casa con una cara… Ni siquiera le habían pagado, lo habían retrasado. Tenía los ojos llenos de lágrimas y estaba enfadada, pero sobre todo, le dolía mucho no poder ponerme una buena cena en Nochevieja.

Yo te lo digo de verdad, no me importó. No sentí pena por la comida ni nada. El ambiente era festivo igual, y me puse delante de la tele a ver las típicas películas de Nochevieja. Ya sabes que por aquellos años en la tele tampoco había mucho donde elegir, creo que solo estaban la Uno y la Dos.

Mi madre coció unas patatas, les puso mantequilla, ralló unas zanahorias y les echó azúcar, que ya ves tú. Nos sentamos a la mesa, y mi madre rompió a llorar; intenté consolarla y, sin darme cuenta, ya estaba llorando yo también, pero de pena por ella, porque verla así era un nudo en la garganta.

Al final nos tumbamos juntas en el sofá, acurrucadas bajo una manta, viendo el especial de Nochevieja en la tele. Cuando dieron las doce, los vecinos del edificio salieron al rellano con copas de cava y empezaron a brindar y cantar. Nosotras ni asomamos la cabeza, ni ganas.

De repente, suena el timbre, pero insistente, varias veces. Mi madre se levantó a abrir con cara de susto. Era la vecina pesada del tercero, Doña Consuelo, la de siempre protestando por cualquier cosa: que si no he barrido bien la escalera, que si hago mucho ruido… Era la típica abuela cascarrabias que todos los niños del bloque esquivábamos.

Estaba medio contentilla ya, pero no escuché lo que le dijo a mi madre. Solo vi cómo entraba en casa, se quedaba mirando nuestra mesa pobre y, sin decir ni pío, salió igual de rápido. Al rato, ya no llamaron: aporrearon la puerta. Nos asustamos, pero mi madre fue, abrió y entró la señora Consuelo con un arsenal: bolsas llenas de botes, platos, cajas y, debajo del brazo, una botella de cava.

Soltó un venga, espabila y ayúdame, y empezó a sacar ensaladas, chorizo, un bote de pepinillos, media gallina cocida, caramelos… incluso un par de mandarinas. Mi madre volvió a llorar, esta vez por otra cosa. Doña Consuelo la llamó tonta del bote, le limpió las lágrimas con su manga enorme y se largó como si nada.

Después de aquello, la señora Consuelo siguió mandando en el portal y regañando a todo el mundo, pero nunca volvió a mencionar aquella Nochevieja. Y años después, cuando todo el edificio fue a su entierro, todos parecíamos lamentar de corazón haber perdido a nuestra vecina gruñona. Al final, resultó que nadie la olvidaba y que a todos, en algún momento, nos había echado un cable.

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