Diario de Lucía, 17 de abril
A veces un solo paso puede costar una vida entera. Pero, ¿y si ese paso es lo único capaz de salvar lo que más amas? Hoy siento que necesito dejar por escrito mi historia. Es la historia de una madre, de mi propia lucha, de la enfermedad del silencio, y de cómo el amor puede romper hasta el exilio más cruel.
La tarde había caído sobre nuestro pueblo de Ribadedeva. Mientras la niebla del Cantábrico se colaba entre los chopos y la piedra vieja, me acerqué al río Deva. Llevaba a mi hija, Alba, su cuerpecito pegado al mío con un viejo mantón de mi abuela. Al otro lado quedaba mi hogar y toda una vida, pero los murmullos de la plaza, las miradas cargadas de reproche y esa familia cuya verdad pesaba demasiado todo eso debía quedar atrás.
En la orilla, las mujeres de la parroquia se apiñaban. Entre ellas, mi suegra, con su pañuelo negro; junto a ella, mi cuñado, Fermín, me gritó con voz temblorosa de rabia:
¡Si cruzas esa agua, Lucía, para nosotros estarás muerta! ¡No volverás a pisar esta casa nunca más!
Yo ni parpadeé. Sólo miré a Alba, sus manitas cerradas, y susurré:
Mejor estar muerta para ellos que vivir encadenada a una mentira. Te prometo, hija, que te daré otro futuro.
El agua me azotaba a la cintura, helada y turbia, pero mi cuerpo seguía avanzando. De repente, la corriente se enfureció; resbalé un instante y sentí el barro en los pies, el corazón encogido. Cuando al fin alcé los ojos, lo vi. Y el alma se me cayó al suelo.
Al otro lado de la orilla, entre la bruma, surgía una figura empapada, con ropa desgastada y un rostro marcado por la vida y por una cicatriz profunda en la mejilla. No podía ser
No ¡¿Tú?!grité con un hilo de voz, paralizada de asombro.
Era Mateo, mi marido. Aquel al que la aldea había dado por muerto dos años atrás, tras aquella tormenta. Aquel por cuyo alma me obligaban a rezar cada noche.
Mateo se adelantó, los brazos abiertos, con la voz ahogada entre lágrimas y alivio:
Todos estos días te he esperado aquí, junto al agua, Lucía. Sabía que antes o después te atreverías a dejarlo todo atrás.
Corrí los últimos metros de río, caí de rodillas sobre la arena húmeda. Mateo nos abrazó a las dos y lloré sobre su pecho, sintiendo cómo se desmoronaban las cadenas que me habían impuesto.
Decían que habías muerto, que te llevó la crecida, Mateosollozaba. Me hicieron rezar por ti cada noche, me arrancaron el consuelo de esperar.
Mateo miró por encima de mi hombro, hacia la multitud que seguía en la orilla, paralizada de pavor y rabia:
Temían que la verdad cruzara el río contigo. Ahora, por fin somos libres, Lucía.
Nos adentramos juntos en el bosque, sin volver la vista atrás. De donde veníamos sólo llegaba el eco de la ira y la incertidumbre de quienes, por miedo a la libertad, intentaron confinar la mía. El río, mientras, seguía su curso; arrastrando consigo los restos de todo lo que ya no somos.
Esta es la historia de nuestra elección. El precio de la libertad.







