Asombro entre los vecinos: una perra en una casa abandonada cuidaba a unas crías que no eran cachorros

Diario de Andrés, 14 de febrero

Hoy regreso del mercado, con las bolsas pesando como plomo y el frío húmedo de Madrid colándose hasta los huesos. Las rodillas me duelen otra vez y la nieta, Alba, prometió llamar, pero nada. Este invierno es raro: semanas de viento y barro, otras de heladas. Venía dándole vueltas a todo esto cuando casi me caigo en la acera.

Al girarme veo que una perra mestiza, pelirroja, pasa veloz a mis pies. Tan flaca que se le marcan las costillas, el pelo enmarañado.

¡Pero dónde vas, criatura! se me escapó.

Ni se detuvo, apurando el paso como si tuviera una cita urgente. Llevaba algo parecido a un trozo de barra de pan entre los dientes.

Seguro que tiene cachorros escondidos murmuré, ajustándome las bolsas. Ya viene la primavera y empiezan.

But una sensación extraña me quedó rondando. Algo en toda esa escena me chirriaba, no era lo normal.

Al otro día, lo mismo. La misma sombra pelirroja, el pan en la boca y de nuevo rumbo a la casa vieja de la esquina, donde antes vivía Doña Serafina. Hace medio año que murió, y la casa quedó vacía, con el jardín salvaje y cristales rotos.

¡Andrés, mira! ¡Tu amiga la perra! gritó mi vecina Lucía desde el balcón. Cada día igual. ¿De dónde saca comida?

¿Comida? frené en seco.

Sí, hombre, lo lleva en la boca. Debe buscar entre los contenedores. Para los cachorros, digo yo. Instinto de madre.

¿Seguro que son cachorros?

¿Si no qué va a ser? La naturaleza aprieta, con la primavera a la vuelta.

Asentí, pero la mosca continuó detrás de la oreja. Lo más lógico eran cachorros… pero algo no pegaba.

Vi a la pelirroja meterse por un hueco de la verja del jardín abandonado y desaparecer. Me detuve, dudando.

«¿Qué hago?», pensé. «Mejor mirar. Total, ya lo está comentando todo el vecindario».

Me colé, agachado, entre las maderas viejas que protestaron con un crujido. Por dentro, la maleza me llegaba a la cintura, todo ruina y trastos oxidados.

El gemido era tenue. Seguí, cruzando el jardín hasta la vieja caseta del perro. Allí me quedé helado.

La pelirroja estaba delante de una perra completamente negra, viejísima, con la cara llena de canas, atada con una cadena corta y oxidada. Llevaba los ojos cubiertos por una película blanca: ciega. Flaca y hecha un desastre, respiraba apenas.

La pelirroja le dejó el pan delante, lo acercó con el hocico y se sentó tranquila. La negra palpó el pan, lo olió y devoró con hambre. La pelirroja seguía al lado, seria, sin mover la cola.

Cuando acabó el pan, la pelirroja lamió suavemente a la negra y se tumbó junto a ella.

Me quedé allí parado, sin poderme mover. Se me pusieron los ojos húmedos.

«Dios mío Está hambrienta, pero reparte lo poco que tiene».

No sé cuánto tiempo estuve así hasta que nuestra mirada se cruzó. Me taladró con esos ojos: «¿Qué, vas a ayudar o solo vas a mirar?»

Espera Ahora vuelvo, susurré.

Eché a correr a casa como no lo hacía desde que era joven. Las escaleras, de dos en dos, y las bolsas volando. Cogí todo lo que encontré: pollo cocido, arroz, mortadela, un cuenco de agua. Volví a toda prisa.

Allí estaban como antes.

Venid, cielo, aquí traigo jadeé, mientras me arrodillaba.

Puse un trozo de pollo delante de la pelirroja, pero no se inmutó. Solo vigilaba a la negra.

¿Eres tonta o qué? Tú también tienes que comer.

Entonces entendí. Coloqué el pollo al alcance de la perra ciega, que, al olerlo, se despabiló y lo devoró. La pelirroja simplemente tragó saliva, hasta que su amiga terminó, solo entonces comió el trozo sobrante, despacio, en silencio.

Las dos bebieron agua largamente, mientras yo, de rodillas, me sonaba los ojos.

¿Qué te pasa, llorón? dijo Lucía, que había entrado tras de mí.

Mira a quién alimenta le dije bajito. No son cachorros.

Lucía se sentó junto a mí y acarició la pelirroja.

Eres una valiente una campeona.

Al atardecer se corrió la voz. Vecinos bajaron con comida, mantas y uno hasta intentó romper la cadena, pero nada, era gruesísima.

Mañana traigo la radial anunció Don Vicente.

Volvió al amanecer, herramienta en mano. Todos mirando, expectantes.

¡Cuidado, Vicente! ordenaba Lucía. Que no se asuste la perra.

La máquina chilló, saltaron chispas. La negra tembló, intentó levantarse.

¡La cadena se rompió!

Ya está, libre suspiró Vicente.

Me arrodillé y acaricié a la perra con mimo.

¿Te vienes a casa conmigo? Os cuido a las dos, tengo sitio y calor.

La negra movió la cola levemente.

Intenté cogerla, pero pesaba demasiado.

Déjame dijo Vicente cogiendo a la perra con cuidado. ¿A qué piso?

Al tercero, puerta veintiuno.

Crucé el patio con ellos. Todos abrían paso en silencio. La pelirroja detrás, pegada a mi pierna.

No temas le murmuré. Cabéis las dos.

En el portal, las de siempre sentadas en el banco.

¿Pero qué haces, Andrés? ¿Te llevas perros a casa?

Sí.

¡Pero si están llenos de pulgas! ¡Y son un asco!

Las lavaré.

¿Y los vecinos?

¿Y qué? ¡Seis meses esta perra atada, ciega, nadie se enteró! Solo esta pelirroja la vio y la cuidó. Nosotros ni mirar. ¡Eso sí debería darles vergüenza!

Las abuelas callaron, bajando la mirada.

Yo no sabía nada dijo una. Serafina murió y ya.

Eso, nadie le preguntó. me limpié una lágrima, y entramos.

En casa, puse una manta vieja en el suelo y Vicente dejó a la negra con delicadeza.

¿Quieres ayuda?

No hace falta. Gracias.

Cerré la puerta. La pelirroja se sentó vigilando a la negra, mirándome con un agradecimiento tan puro que se me encogió el pecho.

Bueno, vamos a presentarnos. Yo soy Andrés. ¿Y vosotras?

La pelirroja ladró suave.

Tú serás Chispa. Y tú mirando a la perra negra, Sombra. ¿Os parece?

Llevé un cuenco de arroz y carne para Sombra. Dudó, pero aceptó un trozo de mi mano. Chispa apoyó la cabeza en mis rodillas. Eso era confianza, agradecimiento.

Por la tarde, Lucía llamó.

¿Qué tal van?

Bien. Duermen las dos.

¿Y tú?

No pego ojo. Pienso.

¿En qué?

En que nosotros, los humanos, a veces somos peores que los animales. Esta perra jamás olvidó a la otra, y nosotros, cruzándonos cada día, sin mirar, sin querer ver.

Andrés, cálmate.

¡No puedo! ¡Me da vergüenza! ¡Vergüenza, Lucía!

Colgué, me acomodé junto a las perras y lloré en silencio.

Pasó una semana. Sombra mejoró. Primero solo tumbada, comiendo un poco. Luego se levantó, tambaleante, siempre guiada por Chispa.

Menuda lazarillo tienes, Sombra le decía. Mejor amiga imposible.

La historia se esparció por el barrio gracias a Lucía.

¿Has oído lo de Andrés? susurraban las vecinas. Dos perros en casa.

Dicen que una estuvo atada seis meses, ciega

¡Y la otra la alimentaba! ¿Te lo imaginas?

Cuando paseaba con ellas, mucha gente se paraba, algunos sonreían.

Andrés, eres un hombre de verdad me dijo Vicente.

El mérito es de Chispa. Yo solo pasé por ahí a tiempo.

Una tarde, alguien llamó a la puerta. Una chica joven, de pelo oscuro.

¿Es usted Andrés?

Sí. ¿Quién eres?

Me llamo Carmen. Soy veterinaria. Supe lo de tus perras y he pensado si quieres, puedo revisar a Sombra. Gratis.

No supe qué decir.

¿De verdad?

Claro. Solo por ayudar.

Entró, revisó a Sombra con cariño.

Está vieja y enferma. La vista no se recupera. Pero con cuidados, puede vivir tranquila.

¿Qué necesita?

Me dejó vitaminas, una pomada, instrucciones Todo sin aceptar ni un euro.

Es un regalo, Andrés, de todos los que hemos escuchado vuestra historia.

Se me humedecieron los ojos otra vez.

A solas, me senté en el sofá. Sombra tumbada a mis pies, Chispa a mi lado. Sentí, por primera vez en muchos años, que de verdad hacía falta en la vida de alguien.

Y entendí que a veces, las lecciones más grandes nos las da el cuidado silencioso, fiel y desinteresado. Aprendí que ignorar el dolor ajeno también es una elección, y que la compasión es lo que de verdad nos hace humanos.

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