Arroz en vez de trufas
Estaba de pie frente a los fogones, observando cómo en la cazuela se descomponía, lentamente, esa salsa en la que llevaba invertidas dos horas. El objetivo era una salsa cremosa de trufa para un risotto con setas, que debía quedar sedosa, homogénea, casi viva. Pero no: la mantequilla se había separado, la base quedaba espesa y grumosa en el fondo.
Bajé el fuego y volví a batir pacientemente dados de mantequilla fría, en círculos lentos. Mis manos se movían de memoria. Afuera ya estaba anocheciendo; las farolas de la calle Goya empezaban a soltar esa luz amarillenta, mientras allá abajo, el tráfico de coches por Chamberí traía consigo el murmullo de una rutina madrileña de octubre.
Inés, ¿te queda mucho? Que llevo sin comer desde la siesta.
Luis apareció apoyado en el marco de la puerta. Siempre lo hacía igual, sin entrar del todo, sólo con las manos en los bolsillos y esa expresión en la cara, para la que después de veintitrés años nunca encontré palabra justa. No era impaciencia. Era otra cosa.
Unos veinte minutos, contesté sin girarme. La salsa está un poco caprichosa.
Veinte minutos. Entiendo.
Se fue. Alcancé a oír el hundimiento en el sofá del salón, el televisor encendiéndose a todo volumen para luego volverse apenas un rumor. Otro de esos gestos suyos que ya tenía aprendidos.
Al final la salsa salió. No perfecta, pero cercana. El risotto tenía el punto de cremosidad exacto, la textura buscada. Serví todo en el plato y decoré con virutas de trufa negra, la última comprada en el mercado de Chamartín, que me costó lo que antes gastaba en un almuerzo para dos en cualquier terraza buena.
Encendí unas velas. No por romanticismo, sino porque la luz de las velas favorece a la comida. Y a mí. Disimula las ojeras y las arrugas del cansancio.
Luis se sentó, cogió el tenedor y estudió el plato. Largo rato.
¿Otra vez risotto? dijo al final.
Pediste algo con setas.
Dije que quería algo de hongos. No hacía falta liarse con risotto. La semana pasada tomé risotto en un restaurante con Javier, allí el chef es profesional y claro, la comparación es difícil.
Me senté enfrente. Cogí mi tenedor.
Prueba, al menos.
Probó. Masticó despacio, con aire de cata oficial.
El arroz está algo pasado.
Está al punto. Al dente, como debe ser.
Eso según tú. Bueno.
Comimos en silencio. Yo miraba las velas y él, con ese gesto indescifrable, el plato. Madrid continuaba allá fuera, ajena a mi risotto.
La salsa, un poco grasa, añadió, una vez dejó el plato vacío.
No respondí.
No lo digo por fastidiar. Lo digo porque es honesto. Tú quieres mejorar como cocinera, ¿no?
Yo no he preguntado, contesté.
Y deberías.
Él se fue a ver el fútbol; yo, a recoger y fregar los cacharros, arrastrando del fondo de la cazuela los restos de una salsa que valía lo que un buen perfume, que rehíce tres veces para que quedara bien. Estuve leyendo un libro francés sobre técnicas culinarias, comprado en unos cursos de cocina que me costaron ciento veinte euros. Todo ese esfuerzo para oír grasa.
Apoyé las manos en el fregadero, vi marcharse el agua y, tras secármelas, apagué la luz y me fui al dormitorio.
Un viernes más.
***
Carmen, mi suegra, llegó el sábado a las tres. Siempre avisaba con antelación, así yo tenía tiempo de recoger el salón y preparar algo sencillo. Era de esas personas a las que ningún desorden se escapa, pero que jamás te lo mencionarán excepto con una sutil mirada.
Setenta y ocho años. Pequeña, delgada, con la espalda recta que habría envidiado cualquier mujer de cuarenta. Perdió a su marido seis años atrás y desde entonces vivía sola en su piso de Chamberí, negándose a mudarse pese a las súplicas de Luis. Yo nunca se lo sugerí; ambas lo sabíamos y jamás lo nombramos.
Aquel sábado vino más pálida que de costumbre. Lo noté desde la puerta.
Pase, Carmen. He preparado bizcocho de nueces.
Gracias, Inés. ¿Luis? ¿Está en casa?
Se fue a casa de Javier. Vuelve para cenar.
Asintió y fue directa a la cocina, no al salón como siempre. Le gustaba el sillón junto a la ventana, pero hoy no fue allí.
Serví el té y el bizcocho. Nos sentamos una frente a otra.
¿Cómo te encuentras? pregunté.
Bah, sólo algo de tensión. Nada grave.
Probó el bizcocho, mordiscando apenas.
Qué rico, y lo dijo tan sencillamente, tan cálida, que se me encogió la garganta.
Guardó silencio mientras bebía té y mira al balcón, los árboles moviéndose, ya pelados tras el octubre madrileño.
Inés, quiero preguntarte algo ¿te ofenderás?
Haré lo posible.
Me clavó la mirada.
¿Recuerdas que eras diseñadora de interiores?
No me esperaba la pregunta.
Sí, claro.
Y buena.
Eso me decían.
Yo lo sé. Vi tus proyectos. ¿Recuerdas ese piso en Conde Duque, para una familia de médicos? Visité esa casa, era preciosa. Pensé: ésta sí tiene ojo para el espacio.
La miré, una mezcla de orgullo y antiguo dolor.
¿A qué viene esto, Carmen?
Dejó la taza sobre el plato. Pulso firme, de quien siempre hace las cosas delicadamente porque así debían hacerse.
Porque me da vergüenza, admitió en voz baja.
No sabía qué decir. Jamás le había oído pronunciar semejantes frases. Era del tipo de gente que nunca habla de lo esencial.
Debería habértelo dicho antes. Quizá hace diez años, cuando dejaste el trabajo. Pero me callé. Pensé que no era asunto mío. O que quizá tú misma lo preferías así.
Contempló sus manos envejecidas y elegantes.
Luis no soporta la comida complicada.
Tuve que retenér la carcajada de incredulidad.
¿Cómo?
Que no. Jamás le gustó. Siempre tuvo el estómago delicado, desde joven el médico insistía en dieta sencilla: purés, guisos, arroz, un filete. Su plato favorito de toda la vida: arroz blanco con albóndigas. Puede comerlo todos los días.
Un silencio helado ocupó la cocina. Refrigerador zumbando de fondo, como si estuviese en otra casa.
¿Entonces por qué? empecé y la voz salió rara, ajena.
¿Por qué pide foie y trufas o dice que la salsa no es suficientemente fina…? ella misma acabó la frase.
Me miró y sentí un escalofrío. No era rabia, ni compasión; era más hondo, más antiguo.
Porque le guste verte hacerlo. Le agrada observarte esforzarte, verte gastar dinero y horas y esperar su veredicto. Le satisface decir que no es suficiente. Eso le hace sentirse superior.
Puse mi taza sobre la mesa.
¿Sabe lo que acaba de decir?
Lo sé. Lo he pensado mucho antes de contártelo. Llevo treinta y ocho años guardando silencio, Inés. Desde que Enrique, tu suegro, empezó a hacerme lo mismo con la comida.
Casi no llegué a conocer a Enrique; murió al año de casarme. Lo recordaba como un hombre grande, educado en sociedad.
Decía que era gourmet, añadió Carmen, con amargura disfrazada de calma. Yo también me mataba a cocinar, el plato nunca estaba a la altura. Hasta que un día le vi comer arroz con su madre, en el pueblo, como quien por fin llega a casa. Tres platos. Con aceite y pan. Ni un reproche ni palabra: comía y sonreía. Feliz.
Escuché mientras el cielo gris descargaba una lluvia fina.
Lo entendí. Pero no me fui. Era otra época. Y Luis lo vio. Vio el método, y lo aprendió. Y lo usó.
Ha sido deliberado, musité. Ya no preguntaba.
No creo que piense en humillarte. La gente sólo vive como aprendió. Saben estar por encima de otro. Y así van por la vida.
Me levanté, no para irme sino porque dolía permanecer sentada. Miré por la ventana la calle mojada, la gente con paraguas.
Diez años.
Diez años haciendo cursos de cocina: básicos, avanzados, especializados en francesa e italiana. Yo leía libros, veía vídeos, conversaba en foros, recorría mercados en busca del ingrediente perfecto, pensaba en maridajes, soñaba en recetas de madrugada.
Creí que era mi segunda vocación. Que si dejé el diseño era por hallar otra pasión auténtica.
Y en verdad, él sólo quería arroz con albóndigas.
¿Por qué me lo dice ahora? pregunté.
Porque ya soy mayor respondió sencilla. Y porque tú aún eres joven. Tienes cincuenta y dos. Eso no es vejez. Es prácticamente el principio, Inés.
Me giré. Me miraba sin compasión. Eso importaba.
Y porque soy culpable. No por maldad. Crié así a mi hijo. No le enseñé otra vía. Eso es mi culpa; al menos puedo decirte la verdad.
Volví a la mesa. Bebí el té frío.
Él no va a cambiar, añadió. Haz con esto lo que debas.
Terminamos el té en paz. Luego se puso el abrigo y la ayudé con los botones.
El bizcocho está buenísimo, dijo al marcharse.
Gracias.
Así, sencillo, casero. El mejor que me has hecho nunca.
Cerré tras ella y seguí de pie, mirando los abrigos de Luis en el perchero.
***
Las dos semanas posteriores, seguí cocinando igual. Por inercia. Hice terrina de pato, bisque de marisco para el que crucé media ciudad, un postre de técnica japonesa aprendido esa primavera.
Luis comía y criticaba. Yo escuchaba y callaba.
Algo cambió en mí. Era como un cristal entre yo y mi casa: me veía desde fuera, batiendo limón, añadiendo azafrán, llevando platos a la mesa. Esperando. Viendo la expresión de él en el instante previo a decir cualquier cosa.
Ahora veía lo que antes no: el placer. No en comer, sino en el instante de poder juzgar, de hacerme encogerme un poco.
Recordaba mis proyectos de diseño. Cómo veía el espacio, dialogaba con los clientes y captaba deseos no dichos. Mi pequeño estudio en Lavapiés, el café barato, las discusiones sobre color hasta la medianoche.
Luis dijo que era inmadurez. Que había que elegir: familia o obras. Que él ganaba bien, que yo no tenía que complicarme la vida, que los clientes eran difíciles.
Elegí familia. Tenía cuarenta y dos. Pensé que ya habría tiempo de volver.
Han pasado diez años.
Escribí a Marta Sáenz, antigua colega con quien trabajé. Ella aún tenía estudio propio; nuestras felicidades y recados seguían por WhatsApp.
Marta, hola. ¿Quedamos a tomar algo?
Me contestó a la media hora.
¡Inés! ¡Por supuesto! ¿Mañana?
***
Sentadas en una cafetería de la Castellana, apenas había cambiado: pelo más corto y mechas grises, que le sentaban bien.
Estás fenomenal, me dijo.
Mientes fatal, le respondí.
Se rió.
Está bien. Estás cansada. Pero bien.
Pedimos café. Yo, perdida, miraba por la ventana.
¿Tienes trabajo para mí?
Me miró detalladamente.
¿En serio?
Muy en serio.
Llevas diez años sin ejercer.
Lo sé. Pero no he olvidado.
Marta pensó, giró la taza.
Hay tres proyectos. Una casa grande en Pozuelo. Necesito manos y cabeza. Pero empezarás de cero, Inés. No por falta de talento, sino porque los programas y las normas cambian. ¿Preparada?
Sí.
¿Y pretensiones económicas?
Lo que puedas.
La convencí, porque me citó para el lunes.
Ese lunes empecé. Día a día trabajaba de nueve a seis, o a siete. Aprendía programas nuevos, recuperaba viejas habilidades. A veces fallaba y me enfadaba conmigo misma, pero ciertas cosas vuelven como nadar: el cuerpo sabe si la mente olvida.
Empecé a cocinar arroz blanco.
La primera vez fue por puro cansancio. Llegué tarde, agotada. Miré el frigorífico: ingredientes para una receta sofisticada y un hambre imposible. Abrí el armario: arroz y una lata de albóndigas. Aceite.
Hice arroz, lo mezclé con las albóndigas, aceite de oliva. Serví el plato. Llamé a Luis.
Él estudió el plato como si le propusiera un acertijo.
¿Esto qué es?
Arroz con albóndigas.
Eso veo. ¿Estás bien?
Muy cansada. Mañana te hago otra cosa.
Se sentó, cogió una cuchara. Esperé.
Comió en silencio. No emitió ni una observación. Ni una.
Miré cómo comía y pensé en Carmen: en tres platos en el pueblo, en el aceite, en la sonrisa. En lo humilde y perfecto de sentirse por fin en casa.
Luis terminó, se levantó y no dijo nada. Ni bien ni mal.
Y eso también era una respuesta.
***
La conversación crucial llegó dos semanas después. Venía de trabajar, en el ascensor pensaba en paletas de colores para el nuevo proyecto. Entré en casa, me descalcé. Se oía el televisor al fondo.
¿Dónde te metes? preguntó Luis, sin mirar atrás. Son las ocho.
He estado en el estudio.
¿Otra vez con Marta?
Es mi trabajo.
Apagó la tele y me miró.
Inés, esto no era lo que habíamos acordado.
¿El qué no habíamos acordado?
Que estés todo el día fuera. Somos una familia. ¿Qué vamos a comer? No hay nada en la nevera.
Hay huevos, patatas, chorizo. Hazte una tortilla.
Me contemplaba como si hablara en chino.
¿Te estás riendo de mí?
No. Digo lo que hay en la nevera.
¿Y tus trufas? ¿Y los foie? ¿Y esos platos? ¿Te acuerdas de hacer algo bien?
Coloqué la bolsa y el abrigo en silencio.
Luis, quiero hablar con calma. ¿Puedes?
¿De qué?
De nosotros. De lo que ha pasado estos años. De lo que ocurre en esta casa.
Vi cómo se tensaba. Hombros adelante, mirada estrecha.
¿Qué pasa? Yo trabajo, tú estás en casa.
Ya no. Y no pienso volver a estarlo.
Así que ya está. Tú decides.
Intento hablarlo contigo ahora.
Se levantó, fue a la ventana y volvió.
Inés, no sé qué te pasa. Teníamos una vida normal. Tú cocinabas, yo te valoraba. Ese era nuestro mundo.
El tuyo, Luis. No el mío.
Venga, ya. ¿Te ha comido la cabeza mi madre? Ya me lo temía: ha venido con sus historias.
Le miré, al hombre con el que compartía veintitrés años. Esa casa siempre fue suya, con muebles elegidos antes de conocerme. Yo nunca cambié nada. Siendo diseñadora.
Tu madre me contó la verdad. Simplemente la verdad.
¿Qué verdad? ¿Que está senil y le dan ataques de drama?
Que te gusta la comida sencilla. Que siempre preferiste arroz con albóndigas.
Pausa. Breve, pero estuvo allí.
Tonterías, replicó.
Te lo comiste sin una palabra hace dos semanas.
Porque estaba hambriento.
Luis, por favor, para un segundo.
Se detuvo, clavándome la mirada.
No quiero pelear. Quiero hablar. Pregunto: ¿quieres vivir de otra manera? ¿No como estos diez últimos años?
Vi algo real cruzar por sus ojos.
De otra manera, ¿significa?
Como iguales. Los dos trabajamos. Comeremos sencillo o sofisticado, y eso no es motivo de humillación. Lo que pensamos, lo decimos. Sin juegos.
Silencio largo.
Yo no te he humillado, acabó murmurando. Sólo soy honesto.
Luis.
¿Qué?
Eres muy honesto simulando no amar el arroz mientras yo gastaba el sueldo en trufas.
Más silencio.
No fue honesto, añadí sin acritud.
Él no contestó. Se fue al dormitorio y cerró la puerta con prudencia, sin portazo.
Fui a la cocina: freí patatas, cené sola en la mesa, y escuché el andar de él de un extremo a otro.
***
Los meses siguientes fueron un deshielo en cámara lenta. Sin drama; cada día caía un trozo de lo que nos fijaba en ese esquema antiguo.
Luis probó varias estrategias.
Primero el enfado: unos días ofendido en extremo. Yo no me acerqué. Hacía comida sencilla, limpiaba, iba al trabajo, volvía.
Luego, la ternura. Un día apareció con flores, tulipanes en noviembre. Dijo cuánto me echaba de menos. Propuso ir a cenar fuera: acepté. Estuvo simpático, preguntó por mi trabajo, se rió. Creí que quizá todo mejoraba.
Pero al día siguiente preguntó por qué no preparé algo especial para sus amigos el sábado. Preguntó, sin pensar.
Haré pasta y ensalada, anuncié.
¿Pasta?
Sí.
¿En serio?
Completamente.
Y vi su cara. Ese gesto. Ahora sí lo veía todo.
Hubo discusiones. Gritó, paseó, enumeró todo lo que hizo por mí: piso, dinero, libertad para mis locuras culinarias. Todo como inversión que ahora no le devuelve rentas.
Has invertido, repliqué tranquila. Pero no soy una fábrica, Luis. Soy persona. Eso no se devuelve así.
No entendía. O no quería.
Carmen me llamaba cada semana. Breve, sin atosigar. A veces sólo decía ánimo o eres valiente. Un día soltó:
Se ha enfadado conmigo, ¿verdad?
Un poco.
Que se enfade tanto como quiera. Yo, por primera vez en la vida, estoy del lado de alguien. Que no se me olvide.
Yo también lo entendía.
En diciembre Marta me dio el primer proyecto propio: un piso pequeño en Lavapiés, para una pareja joven. Tenía que liderarlo de principio a fin. No dormí varias noches, no por ignorancia sino por miedo de no estar a la altura.
Comprobé que sí lo estaba.
La clienta entró en el piso terminado, se quedó treinta segundos muda y me dijo:
Eres una maga.
Recordé esa sensación. Así se llamaba.
***
En febrero supe que Luis y yo no arreglaríamos aquello. No por falta de ganas: le di oportunidades, hablé, traté de construir algo nuevo de los escombros. No me iba con amigas, ni consulté abogado; aunque cada vez veía más artículos sobre relaciones tóxicas en mi móvil y me reconocía en ellos.
Él no quería una vida nueva. Quería a la vieja Inés, la que esperaba las palabras frente el fogón. No necesitaba esposa, sino su propio espejo.
¿Cómo saber que tu pareja te manipula? Tal vez cuando ves que nunca busca tu felicidad o tu alegría, sino tu expectativa ante su juicio. Sin ese juicio no se reconoce.
Luis no era mal hombre en muchas cosas. No bebía, no era infiel, daba dinero, probablemente quería a su modo.
Pero vivir con él fue ir haciéndose más pequeña, gota a gota, hasta olvidarme de quién era.
Solicité el divorcio en marzo.
Al principio no lo creyó. Luego intentó convencerme. Después, discutió. Carmen habló con él; no sé qué le dijo, pero tras aquello se desinfló. No asumió, pero se volvió frío y distante.
La casa era suya, siempre lo fue. Me fui a casa de mi amiga Ana y viví allí tres meses, mientras buscaba piso. En junio alquilé una casa pequeña en Lavapiés. Un piso con vistas a una calle antigua, menos brillante que Goya, pero viva.
Hice la reforma yo misma. Pequeña, sencilla, pero elegí cada detalle con una felicidad infantil. Sabía lo que quería. Siempre lo supe.
***
Ha pasado un año.
Abril otra vez. Tengo cincuenta y tres. Fuera, en el balcón de Lavapiés, hay algo blanco y menudo floreciendo en los árboles, no sé cómo se llama pero todas las mañanas lo miro al hacer café.
Lo preparo en la cafetera italiana, buen grano, sin ceremonias.
En enero, Marta me hizo socia en su estudio. Ahora llevo dos proyectos propios. Duermo, me despierto pensando en espacios y luces, no en ansiedad.
Carmen sigue llamando cada semana. Hace poco fui a su casa, llevé tarta. Charlamos largo rato. Ella me habló de su marido, de los años de silencio. Yo pensaba que a veces basta con que alguien rompa el ciclo y diga: basta.
Ella no pudo, pero me ayudó a hacerlo. Eso cuenta.
Luis sigue en ese piso. Apenas hablamos. Dicen que ahora toma clases de cocina en algún centro. ¿Será cierto? Puede que sí. A veces la gente cambia si no queda nadie más a quien tener controlada.
No pienso mucho en él. Sólo a ratos. Alguna vez, en un supermercado, veo tarros de trufa negra y una punzada extraña me atraviesa; ni amargura, ni risa. Un peso al centro del pecho. Así no se quitan diez años.
Pero ya no me quedo estancada.
A Andrés le conocí en septiembre pasado. Llegó como cliente: quería reformar el piso tras perder a su esposa de cáncer hacía dos años. Era una casa vieja, de recuerdos, con fotos de ella por las paredes. Me dijo: no retire las fotos. Sólo quiero luz, aire.
Lo entendí enseguida.
Tiene cincuenta y cuatro, es ingeniero y diseña puentes. Lo pensé: él hace puentes, yo espacios. Hay algo ahí.
Es sereno, no callado, sino tranquilo. Habla mirando de verdad; ríe cuando hay que reír. No busca parecer más importante.
En la segunda reunión me invitó a tomar café.
Fuimos. Paseamos. Más café, luego al cine: una francesa casi buena. Él se reía a ratos y pensé que ya había olvidado lo agradable que es alguien simplemente vivo a tu lado.
Llevamos meses quedando, sin prisas. Los dos ya sabemos que no hace falta correr. Los dos venimos de tempestades.
Viene a mi casa los viernes.
***
Hoy es viernes.
Llegué a las seis, deshice bolsas del supermercado. Compré muslos de pollo, patatas, cebolla, zanahoria, eneldo, nata fresca.
De muslos y verduras sale un pastel de horno estupendo. Mejor decir gratinado: capas de patata, pollo, cebolla y zanahoria, nata encima, al horno una hora, luego eneldo.
Lo preparo cuando quiero algo casero, no sofisticado.
Mientras el gratinado se doraba, me cambié. El olorcillo inundaba la casa: cebolla, pollo, ajo apenas. El olor más común. Así olía en casa de mi abuela.
A las siete sonó el telefonillo.
Abrí. Andrés entró con una bolsa. Vi una botella de vino arriba.
Buenas, dijo.
Buenas. ¿A qué huele así?
Respiró hondo.
A algo rico. ¿Patatas?
Gratinado. Falta una hora.
Fantástico, dijo sencillo, colgando la chaqueta. Lo abrió, sacó una caja pequeña de bombones en papel normal, nada caro: chocolate con avellanas, de esos del súper.
Dijiste que te gustan los de avellana.
Cogí la caja.
¿Cómo lo sabes?
Un día lo mencionaste, creo, en septiembre, delante de una pastelería.
Me quedé callada, procesando algo más grande que las palabras.
Te acuerdas de esas cosas, observé.
Procuro, contestó, sin darle más peso.
Fuimos a la cocina. Abrí el horno, comprobé el pastel. Casi hecho. Andrés abrió el vino, sirvió dos copas, se sentó en la banqueta.
¿Cómo va el proyecto? ¿El de la Gran Vía?
Cliente complicado, confesé. Quiere todo, rápido y barato.
Pasa.
Pasa, asentí. Pero saldrá bien. Hay techos de cinco metros, eso hay que aprovecharlo.
Él asintió, miraba cómo removía en la sartén.
Inés, dijo.
¿Sí?
¿Eres feliz? Digo, ahora mismo. No en general, ahora.
Le miré. Hablaba en serio.
Justo ahora… sí. Ahora, sí.
Bien, respondió, y no dijo más.
El gratinado listo. Lo dejé reposar cinco minutos, espolvoreé eneldo y lo llevé a la mesa. Sin velas, sólo la lámpara.
Andrés sonrió al ver el plato.
Qué buena pinta.
Es sólo gratinado.
Huele de maravilla. ¿Es que nunca te sale nada feo?
Me reí.
Nunca lo he probado.
Comimos. Él pidió repetir, sólo alargando el plato. Yo serví. Hablamos de su trabajo, de su viaje en mayo a ver a su hija a Barcelona, y de mis ganas de ir a algún sitio este verano. Sugirió Finlandia, por la calma.
Luego, té y bombones sencillos.
Madrid seguía allí fuera, viva en abril, con olor a asfalto mojado y a flor blanca. Los árboles se movían suavemente.
Pensé: esto es. No es fiesta. No es evento. Es la vida. Un hombre cálido a mi lado, comida con olor a infancia, y cero necesidad de esperar palabras de nadie.
A veces recuerdo aquellos años; las trufas, los bisques interminables, la lucha tras cada crítica. Me da pena. Pena del tiempo, de la mujer que fui. Pero ya no me permito mantener la pena mucho rato.
Nivel de autoestima, le leí a alguien. Como si fuera una prenda o un golpe de suerte. No. Se construye, se pierde, a veces se reconstruye a los cincuenta y dos en la mesa de Marta, batallando con programas informáticos y sin rendirse. Viendo, poco a poco, el espacio otra vez.
Límites personales también está de moda; no me gusta el término, pero sé lo que hay detrás. Saber dónde acabas tú y empieza el otro, sin levantar muros. Simplemente: aquí estoy yo. Esto es mío.
La receta de la felicidad es sencilla: hacer lo que sabes, estar cerca de quien te ve, cocinar lo que te gusta. Y no aguardar el veredicto de nadie.
¿En qué piensas? me preguntó Andrés.
Me fijé en su expresión serena, la taza de té.
En el gratinado.
Él sonrió.
Buen tema para pensar.
El mejor. ¿Otra taza?
Sí, gracias.
Fui a servir té. Miré el balcón y las ramas blancas.
Andrés.
¿Sí?
Nunca vas a decirme que me ha quedado salado, ¿verdad?
Alzó los ojos.
No estaba salado. Estaba perfecto.
¿Y si alguna vez me paso?
Diré: la próxima vez menos sal, pero me lo como igual.
Asentí.
Eso es buena respuesta.
Lo intento, dijo, cogiendo el último bombón. ¿Te importa que me lo coma?
Todo tuyo.
Las ramas blancas se movían, Madrid murmuraba como un gran mecanismo vivo, ajeno a trufas y arroces, a años que fueron y que quedan. La ciudad sigue. Yo, también. El té humeaba, el olor del gratinado flotaba, y una planta nueva decoraba el alféizar, comprada sólo porque me gustó el color.
Simplemente me gustó.
Así vivo ahora.






