Diario personal, 23 de abril
La segunda cita a la que me invitó Rodrigo fue en un restaurante de esos que destilan lujo por cada rincón. La luz tenue, los camareros deslizándose por la sala sin apenas hacerse notar, como si fueran parte del mobiliario. Rodrigo, justo en esa atmósfera, parecía en su salsa: traje impecable, reloj llamativo y esa media sonrisa de quien está convencido de ser el centro de todos los mundos.
Pide lo que te apetezca me dijo, sin molestarse en abrir la carta. No soporto las mujeres que se limitan cuando pueden disfrutar.
Sonaba casi a frase de película romántica sobre príncipes generosos, pero, en el fondo, algo me inquietó. Quizás por ese brillo indagador en su mirada, o por cómo enseguida empezó a relatar historias de antiguas novias supuestamente interesadas sólo en su cartera.
Opté por una ensalada templada de pato y una copa de albariño. Rodrigo, en cambio, no tuvo reparos en pedirse solomillo, tartar, una botella de rioja caro y hasta postre. Mientras hacía gala de sus reflexiones sobre negocios y la superficialidad humana, yo asentía y escuchaba, pero me sentía como si estuviese en un examen y no en una cita: cualquier pregunta podía ser una trampa.
Todo era un pequeño teatro
Cuando el camarero dejó la cuenta en la mesa, Rodrigo no interrumpió su discurso sobre la crisis de valores. Fingió buscar la cartera en la chaqueta, luego en otro bolsillo, se palpó los pantalones. Su expresión cambió de segura a una supuesta sorpresa mezclada con una pizca de victimismo.
Vaya… Me temo que he dejado la cartera en la oficina o quizá en el coche. Qué despiste más tonto dijo, mirándome fijo y abriendo los brazos en señal de impotencia. Pero ni rastro de urgencia o incomodidad real. Ni sacó el móvil ni intentó buscar una solución. Solo me miraba.
Bueno, ¿me harías el favor? Pagas tú y te lo transfiero luego. O la próxima vez invito yo, con intereses y todo.
En ese momento estaba claro que no era un error casual. Aquel olvido era una prueba perfectamente premeditada, justo la misma de la que él mismo hablaba con tanto desparpajo hacía unos minutos.
Historias así he leído cientos en foros o visto en series malas, pero jamás imaginé vivirlo en primera persona, y menos de un hombre adulto, aparentemente exitoso.
Su razonamiento era de lo más básico: si la mujer paga sin rechistar, vale la pena y es útil; si no accede, es una interesada y sóla quiere el dinero. De repente, ya no estaba ante un empresario, sino ante un manipulador con complejo de evaluador personal.
En su cabeza, la victoria era suya; seguro de que, por tal partido, yo iba a sacar la tarjeta y pagar sin rechistar.
Respuesta templada
Sin perder la calma, abrí el bolso despacio. Rodrigo se relajó visiblemente, creyendo que su pequeño experimento había surtido efecto.
Por supuesto, sin problema respondí, mientras llamaba suavemente al camarero.
Por favor, divida la cuenta dije con claridad. Pagaré únicamente lo mío. De la carne, el vino y el postre se ocupa el caballero.
La sonrisa desapareció de su cara.
¿Qué quieres decir? murmuró, inclinándose hacia mí. Es que no tengo mi cartera.
Lo entiendo asentí, mientras pagaba con el móvil. Pero apenas nos conocemos. Pagar lo mío es lo normal. Y la cena de un hombre que me invita a un sitio caro y pide lo mejor del menú no es asunto mío. Eres adulto, sabrás apañártelas.
El camarero, incómodo, miraba de uno a otro. Rodrigo empezó a enrojecer; la seguridad de hacía diez minutos había desaparecido, dejando asomar su auténtica naturaleza.
¿Vas en serio? ¿Tanto te importan unos euros? Te he dicho que te lo devolveré. Solo quería ponerte a prueba.
Pues ya está hecho contesté poniéndome en pie. Soy de las que no permiten que las manipulen.
Cuando me dirigía a la puerta sentí que faltaba un remate. Él seguía sentado, fastidiado y desconcertado, sin cartera.
Me acerqué y, rebuscando en el monedero, saqué unas monedas y un par de billetes arrugados los típicos que todos llevamos sueltos en el fondo del bolso.
Por cierto añadí en voz alta, si la cartera está en el coche, tampoco tendrás para el taxi de vuelta ¿no?
Dejé las monedas junto a su copa de rioja.
Toma, para el metro. No te preocupes, seguro que llegas. Considera esto mi contribución a tus estudios sobre la mente femenina.
Algunas personas en las mesas cercanas se giraron. Rodrigo parecía haber recibido una bofetada invisible.
Salí a la Gran Vía.
Aquella noche solo me costó una ensalada y una copa de vino un precio ínfimo por ver a tiempo lo que tenía delante y ahorrarme años de disgustos. Ojalá saque alguna conclusión, aunque me temo que gente así rara vez cambia.
¿Y tú? ¿Qué hubieras hecho en mi lugar: salvar al olvidadizo o mantenerte firme, aunque suene tajante pero honesto?




