¿Pero qué es esto ahora? Javier se agachó, agotado, frente a su hija, inspeccionando las manchas rosadas que le salpicaban las mejillas. Otra vez…
La pequeña Valeria, con sus cuatro años bien llevados, permanecía en medio del salón tan paciente y seria como un notario. Ya estaba curada de espantos: le daba igual los chequeos, las caras compungidas de sus padres, las cremas de dudosa eficacia o las pastillas que sobrevivirían cien vidas.
Clara se acercó y se agachó junto a su marido. Separó con cuidado un mechón del rostro de Valeria.
Esto no hace nada. Como si le dieses agua con azúcar. Y los médicos del centro de salud… pues mira, ni médicos ni salud. Ya van tres veces cambiando el tratamiento y nada de nada.
Javier se levantó y se frotó el puente de la nariz. Fuera, el día prometía ser tan gris como un lunes en Valladolid. Se arreglaron en un santiamén y, envuelta en su abrigo, Valeria llegó en media hora al piso de la madre de Javier.
Ángela resoplaba, movía la cabeza, acariciando la espalda de la nieta como si fuera de cristal.
Tan chiquitita y ya con tanto medicamento. Eso no es vida, pobrecilla la sentó en su regazo y Valeria se acurrucó como si fuera lo más natural del mundo. Da penita, la verdad.
Si por nosotros fuera, no le daríamos nada Clara se mantenía en la orilla del sofá, con los dedos entrelazados. Pero la alergia no da tregua. Hemos quitado de todo, absolutamente de todo. Come solo lo más básico, y aún así, siempre le sale sarpullido.
¿Y qué dicen los médicos?
Nada concreto. No encuentran el motivo. Pruebas, análisis, y el resultado… Clara hizo un ademán con la mano. Pues esto, las manchas en la cara.
Ángela suspiró mientras le acomodaba el cuello a Valeria.
A lo mejor se le va con la edad. A los niños les pasan estas cosas y, de repente, se curan. Pero por ahora, lo único que queda es la esperanza.
Javier miraba a su hija en silencio. Pequeña, delgada, con los ojos tan abiertos que podían ver detrás de las paredes. Le acarició la cabeza y se le vino a la mente su propia infancia: los bollos que robaba los sábados de la cocina, las súplicas por caramelos, el fervor por el dulce de membrillo que su madre hacía y él comía a cucharadas. Y ahora su hija… Verdura hervida. Carne hervida. Agua. Nada de frutas, ni dulces, ni infancia alimenticia. Cuatro años y la dieta más estricta que la de un estómago ulcerado.
Ya no sabemos qué quitar dijo susurrando. La dieta está rozando el aire. De aquí a que respire, y le salga alergia al oxígeno.
El regreso a casa fue en silencio. Valeria medio dormía en el asiento trasero y Javier la vigilaba cada minuto por el retrovisor. Al menos, mientras dormía, no se rascaba.
Mi madre ha llamado dijo Clara, rompiendo el mutismo. Quiere que llevemos a Valeria el próximo sábado. Tiene entradas para el teatro de títeres y quiere hacerle un regalo.
¿Al teatro? Javier cambió de marcha. Pues mira, eso le vendrá bien. Que se distraiga un poco.
Eso pensé yo. Un ratito de alegría no le estorba.
…El sábado, Javier aparcó frente a la casa de la suegra y sacó del asiento a Valeria. La niña bostezó, frotándose los ojos con los puños: madrugar no era su deporte favorito. La cargó en brazos y, como un pajarillo, se acurrucó en su cuello.
Carmen Jiménez salió a la puerta enfundada en una bata de flores, con los brazos en alto como si fuera a recibir a un náufrago.
¡Ay, mi niña, mi sol! Cogió a Valeria y la abrazó contra su pecho infinito. Pero si está palidita, flaquita. Las dietas que le ponéis la están matando. Se os va de las manos, ¡por Dios!
Javier se metió las manos en los bolsillos aguantando el cabreo, que ya era tradición.
Lo hacemos por su bien, ya lo sabes. ¿Qué otra cosa podemos…?
¿Por su bien? Carmen le inspeccionó la nieta como si Valeria acabara de regresar de una expedición al Polo Norte. Eso no es vida, sólo piel y huesos. Un niño tiene que crecer, no pasar hambre.
Se llevó a Valeria dentro, sin mirar atrás, cerrando la puerta como quien cierra un ataúd. Javier quedó en la verja, rascándose el coco, intentando atrapar alguna idea escurridiza que le bailaba en el fondo de la cabeza. Cuando se cansó, se fue al coche.
El fin de semana sin niña era parecido a andar con un calcetín solo. El sábado, él y Clara buscaron la felicidad en el Carrefour, arrastrando el carrito con la solera que da la costumbre y llenándose de víveres para la próxima guerra mundial.
En casa, Javier peleó con el grifo del baño que goteaba desde tiempos de Alfonso XIII, mientras Clara se deshacía de ropa vieja con la eficiencia de una brigada antidisturbios. La rutina sin la voz de Valeria convertía el piso en una especie de museo minimalista: ni alma ni bulla.
Por la noche, se permitieron una pizza qué lujo, con mozzarella y albahaca, prohibida en democracia para Valeria y una botella de vino tinto. Charlaban, por fin, de nada y de todo: trabajo, veraneo, la reforma que nunca llegaba.
Esto sí es vida soltó Clara, y al instante, mordió el labio. Ya me entiendes… Que está todo muy tranquilo.
Te entiendo Javier le puso la mano sobre la suya. Yo también la echo de menos. Pero no viene mal descansar de vez en cuando.
El domingo, Javier fue a recoger a la niña al atardecer. El barrio de su suegra, detrás de unos manzanos vetustos, brillaba en la luz naranja y parecía menos enemigo.
Al llegar, el chirrido de la verja le frenó en seco.
En la puerta, se encontró a Valeria sentada y junto a ella, Carmen, feliz como si hubiera ganado la lotería en la ONCE. En las manos, un bollo, dorado y reluciente. Valeria mordía a dos carrillos; los cachetes pringados y los ojos, esa chispa de felicidad que Javier no había visto en meses.
Por segundos, Javier se congeló. Después, sintió cómo subía el volcán dentro.
De un salto, se plantó delante y quitó el bollo de las manos de Carmen.
¿Pero esto qué es?
Carmen se sobresaltó de pies a cabeza, rojísima de vergüenza.
Empezó a agitar las manos como si pudiera disipar el enfado de Javier.
¡Que solo era un trocito! Nada, hombre, ¿qué pasa por un bollito?
Javier no escuchaba. Cogió a Valeria en brazos la niña, nerviosa y calladita, se abrazó a su chaqueta, la llevó al coche y la metió en el asiento, asegurándose que los dedos no temblaran de pura rabia. Valeria le miraba, con los ojos abiertos de par en par a punto de explotar en lágrimas.
Tranquila, mi vida le acarició la cabeza, esforzándose en sonar normal. Espérame aquí un minuto. Papá ahora vuelve.
Cerró la puerta y regresó a la casa. Carmen seguía plantada en la entrada, jugueteando con la bata, la cara con manchas de bochorno.
Javi, que no lo entiendes…
¿¡Que no lo entiendo!? él se paró frente a ella, olvidando que la suegra no suele traer buena sombra. ¡Medio año! ¡Seis meses sin saber qué le pasaba a nuestra hija! Pruebas, análisis, más tests que en “MasterChef” ¿sabes cuánto nos ha costado todo? ¿Cuántos nervios, noches sin dormir?
Carmen retrocedió, buscando la seguridad de la puerta.
Que yo solo quería ayudar…
¿Ayudar? Javier avanzó. ¡La hemos tenido a agua y pollo hervido! ¡Nada de nada! ¿Y tú le das bollos fritos a escondidas?
¡Que era para que le hiciera inmunidad! de repente, Carmen se puso digna. Dale poco a poco y el cuerpo se acostumbra. En nada, lo está comiendo todo, gracias a mí. Yo sé lo que hago, crié a tres hijos.
Javier la miraba y no se lo podía creer. La mujer por la que había tragado tantos sapos por la paz matrimonial, estaba envenenando a su hija, convencida de ser más lista que los médicos.
Tres hijos… repitió, bajando la voz. Carmen palideció. Sí, cada niño es diferente. Y Valeria no es tu hija, es mía. Y desde hoy, no la ves más.
¿Cómo? Carmen se agarró a la barandilla. ¡No puedes hacer eso!
Claro que puedo.
Se dio la vuelta y se metió en el coche. Detrás, los gritos de Carmen llenaban la calle. Pero Javier ni giró la cabeza. Arrancó y, de refilón, vio a la suegra agitando los brazos como una aficionada frustrada. Pisó el acelerador.
Clara los esperaba en el recibidor. Una mirada a los rostros de su marido y de la niña llorosa y manchada le bastó.
¿Qué ha pasado?
Javier se lo contó, breve y seco, con las emociones gastadas en casa de Carmen. Clara escuchó, cada vez con menos color en la cara. Al terminar, sacó el móvil.
Mamá. Sí. Me lo ha dicho Javier. ¿Cómo has podido?
Javier llevó a Valeria al baño para limpiar restos de bollo y lágrimas. Por la puerta, la voz de Clara llegaba afilada como el viento de Burgos. Nunca la había escuchado así. Al final, un claro y rotundo: “Mientras no se resuelva la alergia, no verás a Valeria”.
Pasaron dos meses…
La comida dominical en casa de Ángela era ya ley. Ese domingo, reinaba en la mesa una tarta de bizcocho con nata y fresas. Valeria la devoraba a cucharadas, bien pringada de oreja a oreja, y en sus mejillas no había ni rastro de manchas.
Quién iba a pensar Ángela negaba con la cabeza. Aceite de girasol. Una alergia rarísima.
El médico dijo que uno de cada mil niños Clara untó mantequilla en una rebanada de pan. Desde que lo quitamos todo y lo cambiamos por aceite de oliva, en dos semanas desapareció la erupción.
Javier no se cansaba de mirar a su hija: mejillas rosadas, ojos vivos, nata en la nariz. Por fin una niña feliz capaz de disfrutar de la buena mesa. Tartas, magdalenas, todo lo que no lleve girasol. La de cosas que había por descubrir.
Con la suegra, la relación era más fría que un botijo en enero. Carmen llamaba, pedía perdón, lloraba por teléfono. Clara contestaba con monosílabos y Javier, ni eso.
Valeria se sirvió otra cucharada de tarta y Ángela acercó el plato.
Come, corazón. Que ahora sí puedes disfrutar.
Javier se echó atrás en la silla. Fuera llovía, pero en casa olía a horno y había calor en cada rincón. Su hija estaba bien. Lo demás, ya le daba igual.







