Mira, te cuento lo que me ha pasado estos últimos meses porque todavía no salgo de mi asombro y me viene bien desahogarme contigo, que sé que me entiendes.
Hace cinco años me divorcié sin dramas y, la verdad, me acostumbré a la vida de soltero en Madrid. Todo muy tranquilo, pero últimamente, cuando llego a casa después del trabajo y me encuentro el piso vacío, me entra una sensación de soledad que empieza a pesar.
Tengo 56 años, sigo bastante bien de salud y con energía. Así que pensé: Venga, Miguel, no tienes por qué acabar todas las noches solo. Cogí el móvil y me registré en una web de citas, a ver si encontraba una mujer con la que compartir algo más que cenas rápidas y partidos del Real Madrid en la tele. Y oye, tuve suerte: al par de días me crucé con un perfil que me llamó la atención.
Muy sencillo, sin florituras:
Pilar, 56 años, viuda, busco un hombre formal para una relación seria.
En la foto, una mujer con cara amable, nada de poses artificiales. Empezamos a chatear al momento. Yo, muy sincero desde el principio: no busco relaciones virtuales eternas, quiero a una mujer real con la que compartir vida y escapadas a la costa. Ella dijo que sí y quedamos ese finde en el centro de Madrid.
La primera cita fue genial. Nos dimos un buen paseo por el Retiro, el tiempo espectacular. Pilar me habló de su trabajo y de sus nietos (sí, ya es abuela), yo escuchaba con interés. Me gustó la calma que transmite y su forma pausada de hablar. Luego la invité a una cafetería por Gran Vía, claro, yo pagué. Soy de la vieja escuela: si invitas, invitas de verdad.
Y así empezó nuestra fase de cortejo. Las flores y los bombones, pues los ponía yo, pero los planes los disfrutábamos juntos. Cada viernes y sábado montábamos planes culturales: teatro, exposiciones en el Prado, algún musical, paseos por El Escorial, y siempre acabábamos cenando bien. Si hago cálculos, en estos dos meses de encuentros, me he gastado lo que no está escrito en euros. Pero bueno, todo sea por intentar empezar algo bonito.
Yo ponía de mi parte, intentando ser un caballero. Notaba que nos íbamos acercando. Pilar me cogía del brazo, me sonreía y decía cosas como:
Miguel, qué bien lo paso contigo, eres todo un señor.
Eso alimentaba mi ego, para qué lo voy a negar.
Pero mirando atrás, hubo señales que ahora veo clarísimas.
Para empezar, nunca quiso invitarme a su casa. Ni para un café, ni para tomar el té, nada. Siempre excusas: Ay, que está todo desordenado, Hoy vienen mis nietos, Uf, estoy agotada del trabajo, mejor vamos a un sitio mono. Al principio pensé que era pudor o que no se veía preparada, así que tampoco insistí.
Y el tema de la edad, vaya tela. Para salir y pasarlo bien, era como si tuviéramos treinta; estaba dispuesta a organizar escapadas de fin de semana, ir al aquapark, lo que hiciera falta. Pero en cuanto la conversación iba por lo sentimental o íntimo, Pilar se volvía la típica abuela gruñona.
Una noche en el cine, sentados en la última fila, le puse la mano en la rodilla, solo un gesto de cariño, nada raro. Al momento la apartó, seria pero educada:
Miguel, ¿qué haces? La gente nos puede ver.
Pero si estamos solos, está todo oscurísimo
Me da igual, esas cosas no quedan bien a nuestra edad, no somos unos críos.
Pensé: bueno, debe ser de otra generación, habrá que respetar sus límites. Pero en el fondo yo ya notaba que algo no encajaba. Ni somos adolescentes, ni nos sobra el tiempo para estar jugando a ser monjas en retiro.
Encima, le encantaba contarme todos sus achaques: dolores de espalda, tensión alta, las pastillas Y ojo, todo bien, a nuestra edad a nadie le sorprende eso, pero Pilar se recreaba casi con gusto. Yo escuchaba, le ofrecía llevarla a mi médico, y todo.
Ahora, si la conversación cambiaba a algo de deporte, se le torcía el gesto. Un día le confieso que voy a nadar dos veces por semana para mantenerme en forma. Me suelta con cara de desaprobación:
¿Y para qué te metes esos trotes? Al final te vas a fastidiar el corazón. A estas alturas lo que toca es sofá y buenos libros, no andar chapoteando entre cloro.
Pero vamos, yo no me veo toda la tarde tirado en el sofá.
El momentazo llegó ayer. Cena en un restaurante gallego, con buen vino, charla divertida y pensé: Miguel, ya han pasado dos meses, ya es hora de dejar de marear la perdiz.
Después de cenar, ya en el coche, lluvia fina, ambiente cálido le cojo suavemente la mano (y esta vez no me la aparta) y le digo:
Pilar, ¿te vienes a mi casa? Tomamos un chai, ponemos música tranquila, y seguimos charlando.
De repente, la mujer se pone rígida, la sonrisa se le borra y me mira muy seria.
Miguel, ¿a qué estás insinuando?
No insinúo, soy directo. Me gustas, somos adultos, llevamos viéndonos dos meses Me parece lógico acercarnos un poco más.
Y ahí bueno. Me soltó una charla sobre la edad, la decencia y la elevación espiritual que, mira, casi me deja mudo:
¿Tú te oyes? Eso es para los jóvenes, para los que quieren tener hijos. ¿A nosotros qué nos aporta eso ya? Solo de pensarlo me da la risa: imagina cómo estaremos sin ropa, con nuestras lorzas y arrugas No, lo importante a nuestra edad es la complicidad, el apoyo, la amistad verdadera. ¿Tú solo piensas en lo físico?
Te juro que me quedé a cuadros. O sea, ¿de verdad soy un bárbaro por querer algo fisiológico después de dos meses de cenas, museos y paseos?
Pero Pilar, no nos estamos enterrando aún, ¿no? Yo voy al gimnasio, tú estás de maravilla, ¿por qué asumir que a los 56 solo nos queda cuidar nietos y plantar tomates?
Porque es lo correcto me responde tajante. Una mujer decente de mi edad está en su familia, no buscando líos. Me daría vergüenza que mis hijos supieran que hago esas cosas.
Y ahí ya exploté. Se lo solté tal cual:
Pues entonces para qué dices que buscas pareja. Has cenado por ahí a mi costa, hemos ido al teatro, al campo ¿y te parece mal que quiera algo más cercano? Buscas un amigo con coche y con cartera, no una relación.
Se encendió de mala leche, salió del coche de un portazo y ni miró atrás mientras se iba a su portal. Yo me quedé ahí, más mosqueado conmigo mismo que con ella.
Al final, borré su número y mi perfil de la web Paso. Voy a curarme de esta experiencia, y he decidido que al próximo café que quede con una mujer, en la primera cita saco el tema: ¿para ti qué es una relación a estas alturas de la vida? Y si empieza con lo de los nietos y la resignación, cada uno paga lo suyo y hasta luego.
Y tú, de verdad, ¿crees que estoy fuera de lugar por querer intimidad a los 56? ¿Deberíamos los hombres decentes tragarnos que la vida ya solo es nietos y lecturas en el sofá? ¿O es que hay gente que solo busca pasar el rato sin más?




