El padre tenía un sueño de hijo, pero nació una hija “inútil”, a la que borró de su corazón. Sin embargo, años después, sería precisamente esa no deseada, que atravesó la humillación y la soledad, quien se convertiría en su único apoyo y enseñaría al mundo cruel a respetarse a sí misma.
La noticia de que había nacido su hija sorprendió a Prudencio Herrero en el despacho del aserradero, justo el día de cobro. Los hombres, tras recibir sus euros, ya iban saliendo, haciendo sonar los cubos vacíos de aceite, mientras él permanecía de pie en la entrada, apretando un fajo de billetes arrugados.
Vaya desgracia, murmuró Prudencio entre dientes, escupiendo con rabia en el serrín. Le pedí a la mujer: que fuera un chico. Nada, que tenía que ser una niña.
El rencor y la cólera hervían en su interior contra su esposa, Jacinta. Sentía tal furia que se le quitaron las ganas de volver al hogar vacío, donde apenas se escucharía siquiera la voz de una mujer. Mientras Jacinta y la recién nacida se quedaban en el hospital comarcal, Prudencio metió a toda prisa sus pertenencias en un saco de lona, una muda de ropa y un trozo de pan, y se marchó con su madre, a la aldea vecina, al otro lado del río Duero, a quince kilómetros de su casa.
Jacinta volvió con su primogénita dos semanas después, a una casa extrañamente recogida (Prudencio se había esmerado antes de irse), dejó el hatillo de la niña sobre la cama y se sentó junto, con la cabeza entre las manos. Sus hombros temblaban por sollozos silenciosos. La niña, una bolita con un pliegue curioso en la nuca, dormía tranquila, chupándose los labios de vez en cuando. Jacinta miraba a la niña y con amargura pensaba: ¿Quién iba a imaginar que tú, mi sangre, ibas a separar caminos?
Prudencio era un hombre grande, de mandíbula fuerte y genio que en el pueblo llamaban “duro”. No admitía réplicas: todo lo contrario era ofensa personal. Se le metió en la cabeza que necesitaba un hijo, un heredero. Él mismo había sido el menor, después de dos hermanas, y creía que el apellido continuaba únicamente gracias a él, Prudencio Herrero. Y ahora: una niña. Nada más que un peso muerto.
La madre de Prudencio, su suegra, intentaba razonar con él, pero él se mantuvo inflexible: Hasta que la cría no esté lejos, no vuelvo. Aquellos quince kilómetros se convirtieron en una brecha infranqueable para Jacinta.
Poco tiempo después del parto, Jacinta se reenganchó al trabajo. Era 1957, y de eso de baja por maternidad poco se hablaba. Había que cuidar el corral, trabajar en la granja. En secreto, esperando ablandar el corazón del marido, llamó a su hija Gregoria, con un nombre fuerte y rotundo. Y la chiquilla crecía sorprendentemente sana y tranquila. No lloraba, no daba guerra. A los seis meses se agarraba ya a los barrotes de la cuna y al año y poco no se separaba del caballito de madera que el vecino le fabricó. Empezó a caminar y hablar antes que los demás, se movía por la casa como una centella parece una tormenta, decía la abuela, incapaz de seguirle el ritmo.
En la guardería, a Goya, como pronto todos la llamaron, la reconocieron como líder. Rápida, fuerte, lista; ningún chaval se le ponía por delante. Con tres años ponía firme a niños de cinco, y su carácter se hacía más evidente: no se dejaba abrazar por cualquiera ni obedecía a todos. Recorría el patio con una camisa remendada y una vara de sauce, y espantaba las vacas ajenas que se colaban en el huerto. De dónde nacía tal valentía en aquella criatura era un misterio.
Entretanto, Prudencio halló consuelo en Basilia Roldán, una divorciada sin escrúpulos y madre de dos. Al principio iba por aburrimiento, después ella, perspicaz y de armas tomar, supo atraerle. A Prudencio le gustaba su cuerpo generoso y su capacidad constante de admiración. Yo te daré lo que buscas, un hijo varón, susurraba Basilia en la cama. Quiero un hijo, ¡pero varón! gruñía él, aunque su tono ya no era tan severo. Pero pasaron dos años sin éxito, y el hastío lo invadió: criar a los hijos de otro no era lo que buscaba.
Mientras tanto, los rumores llegaban a su nuevo pueblo: su hija Gregoria, decían, es igual que un chaval: fuerte, aguerrida, noble. Con apenas tres años, supera a cualquier crío. La madre de Prudencio, insistía: Vuelve a ver a tu sangre. La sangre no es agua. Quizá Prudencio no habría regresado de no ser porque un día encontró en la despensa de Basilia un revoltijo de raíces secas y hierbas raras. Pensó, extrañado, si no estaba embrujado. Escuchó rumores de que Basilia visitaba a curanderas.
Esa misma tarde hizo el petate, cerró la puerta con tal fuerza que vibraron los cristales, y se largó. “Las raíces eran para la fertilidad”, gritaba ella, pero él ya no escuchaba.
Casi cuatro años después, Prudencio cruzó el umbral de su casa. Vio por primera vez a su hija: delgada, despeinada, con una falda desteñida, plantada en medio del salón, mirándole de reojo, como a un forastero. No se acercó ni al caramelo que él sacó del bolsillo.
Menuda mirada, refunfuñó Prudencio, incómodo bajo esa inspección infantil. Seguro que la has puesto en mi contra. le echó la culpa a Jacinta.
Jacinta, con el rostro iluminado al verle, levantó las manos: No digas eso, Pruden. Sólo he hablado bien de ti, esperando tu regreso. No somos extraños.
Jacinta aún amaba a su marido pese a su dureza. Qué dureza, aquello era crueldad, pero ella callaba. Prudencio comunicaba su enojo con un golpe en la mesa. A veces levantaba la mano. Y pronto pasó lo inevitable.
Gregoria (ya tenía cinco años) entendía muchas cosas. Bastaba una mirada severa a Jacinta para que Goya se encogiera y apretara el puño: ¡Eres malo! ¡Pues cuidao que te doy! Su puñito era ridículo, pero Prudencio encolerizaba, viendo en su pequeña aquello mismo que él siempre reprimió en sí.
Un prudente silencio reinó cuando Jacinta parió un hijo varón, al que llamaron Tomás. El hermanito cayó desde bebé a cargo de Goya: lo llevaba a cuestas al campo, le daba de comer, cambiaba pañales, hasta que aprendió a andar.
Prudencio estaba contento, sí, pero su alegría era fría y sombría. Seguía gruñón, seguía arremetiendo contra todos cuando algo no era de su gusto.
Jacinta aguantaba resignada siempre que no hubiera violencia. Goya (ya con siete) no tanto: plantando el pie, puños cerrados, gritó: ¡Que aviso al guardia civil! Prudencio dio un salto de rabia: ¡Tú, bichito! ¿Vas a denunciar a tu padre?! Corrió hacia ella, pero Gregoria, lista, de un brinco estaba junto a la chimenea, rehuyendo su mano, amenazando desde lejos.
Un día intentó darle con la vara. Goya calló, ni una lágrima. Sólo resopló aferrándose al mandil hasta romperlo con los dientes. Prudencio pensó: he ganado. Pero al día siguiente ella trajo a la pareja de la guardia civil.
Jacinta se asustó: no esperaba tanta testarudez de su hija, y trató de defender a su marido ante el guardia. Esto es para el bien de la niña, Prudencio es trabajador, trae el pan El guardia Julio Zamora se quitó la gorra, sudado: Tenga en cuenta que esto puede ir a mayores. Es un aviso, pero si la cosa sigue, tendrá consecuencias.
Prudencio, disimulando arrepentimiento, exclamó: ¿Hasta dónde hemos llegado! ¡A la Guardia Civil! ¿Y si la niña gobierna la casa qué? El guardia, viendo que no bebía, que trabajaba, que no había denuncias le dejó ir sólo con la advertencia.
Desde entonces, Prudencio se mostró más cauto con Goya. No que sintiese miedo, más bien desconfianza. A veces la miraba con inquina y murmuraba: Alimaña
Jacinta creyó que la tormenta había cesado y, sintiendo en su seno una nueva vida, parió otra niña: Bernardina. Lo he gafado, musitó Prudencio, entrando, mirando a la criatura y saliendo sin una palabra.
A la pequeña apenas la miró nunca, como si ni existiese. Jacinta cedió el cuidado otra vez a Goya: Ya lo has hecho antes. Vigila a Bernardina, cámbiala. Goya, al salir de la escuela, volaba a casa, hacía deberes de prisa y se volcada en las hermanas. En ausencia de Jacinta, hasta la colada hacía. Prudencio callaba viendo el temple de Goya, la mano derecha familiar, por si el guardia volvía.
Así creció Gregoria, hasta octavo. Entonces anunció que iría a Salamanca a estudiar. Prudencio se puso rojo fuego. Sus cabellos rojizos parecían saltar del enfado.
¿Y de qué vas a vivir? ¿Otra vez sobre nosotros? ¿No te basta lo mucho que te hemos dado? A los quince, Goya era fuerte, robusta; en sus manos, cualquier muchacho recibiría un buen pescozón. Incluso los mayores le temían. El profesor de educación física alguna vez dijo: Goya, deberías practicar lucha. Tumbas a cualquiera.
No me interesa, murmuraba. Pero sostuvo la mirada al padre igual que de niña: He dicho que me voy. A estudiar.
¡Ni me mires así! rugió Prudencio. Pero que sepas que no verás ni un euro mío.
Ni los necesito. Bastante que te ocupes de los pequeños
¿Qué? ¡Malcriada!
Alzó el cinturón, pero Goya estaba en la cocina, ya empuñaba la paleta con decisión.
¡Atrévete y te dejo seco!
Jacinta se interpuso llorando. Prudencio, al ver esa mirada resuelta y la paleta tan firme en la mano, supo que si pegaba, correría la vergüenza. Soltó el cinturón y salió furioso, maldiciendo.
Vete, susurró Jacinta, secándose las lágrimas. Ya me las arreglaré, vete.
Tú deberías separarte, mamá.
Jacinta gesticuló: ¡Ni lo sueñes! ¿Qué dices, hija mía? ¿Cómo voy a hacer eso? Aquí todas estamos igual. Prudencio es buen hombre, trae el jornal, es el padre La gente no entendería, dirían que busco tres pies al gato
Mira que si vuelve a pegarte, me avisas. Yo sí que sabré cómo tratarle.
Ay, hija, eso no se puede. Ya llegó el guardia, ahora paleta ¿Y él qué? Vive como un señor, y tú aquí, como criada.
Es lo que hay.
Bueno, no te discuto más. Pero a él nadie le va a rendir honores. Si no entro en la escuela, tampoco volveré. Gracias por el dinero, mamá, no te lo olvidaré.
Llegó a Salamanca con ruidos, gasolina y prisa. Sin pensar mucho, eligió el instituto tecnológico: la atraían las máquinas, el bullicio de taller. Los exámenes los aprobó fácil: tenía garra e inteligencia que ni los cuidados familiares frenaron.
En la residencia compartía cuarto con Marifé, una chica risueña de un pueblo menudo, su opuesto absoluto. Marifé sólo buscaba novio entre los chicos del instituto: ¡Goya, mira a ese, qué guapo, se dice que su padre es director! Pero ella pasaba los días en libros.
No me da tiempo para novios. Tengo que comer.
Encontró trabajo limpiando en una fábrica textil; el dinero era justo, pero suficiente. Marifé suspiraba: ¡Eres de hierro, mujer!
Notaron al profesor de hidráulica enseguida. Don Lorenzo Álvaro: joven, delgado, pelo peinado hacia atrás, gafas de aro fino, siempre de gris. Entre alumnos a menudo mayores o más corpulentos, parecía frágil.
Buenos días saludó, me llamo Lorenzo
Don Lloren, bromeó un listo en el fondo. ¡Chaval!
Risas. Don Lorenzo, nervioso, ajustó las gafas y siguió escribiendo fórmulas. Nadie le hacía caso. Hasta que Goya, harta, se plantó:
¡Ya vale!
La clase enmudeció. Buscando a quienes lideraban: Eusebio, Fermín, si no os calláis os echo. ¿Está claro?
Se callaron: el respeto a Goya pesaba. Don Lorenzo la miró con alivio. Apenas sonrió y siguió su clase.
Marifé insistía: Has visto cómo te miraba. Le gustas.
Déjate, es casado, lleva anillo.
Eso no dice nada respondió Marifé.
Gregoria a veces pensaba en aquella mirada inteligente y tranquila, en esos gestos al ajustar las gafas, pero no lo reconocía ante nadie.
Volvía a casa sólo en fiestas o para ayudar en las faenas. Sus hermanos crecían: Tomás, el hermano, ya terminando la secundaria, quería sacarse el carné de camión. Bernardina imitaba cada día más la docilidad de la madre.
Prudencio era frío con Gregoria, distante. Ella se mantenía reservada, ayudaba si le pedían, dejaba regalos y algo de dinero. Mírala, hecha una señorita de ciudad decía él, ni se reconoce aquí. Aún te conozco, padre.
Cuarto curso, Marifé encontró lo que buscaba: boda famosa con aquel chico de familia rica. Gregoria fue testigo. Observaba desde un rincón: ¿Qué me depara? ¿Sólo trabajo, una hija? ¿Estaré siempre sola?
Pensamientos de familia e hijos surgían. A los veinte, en el pueblo eso era casada y con niños. Pero ella prefería estar sola a repetir el ciclo materno de resignación.
Pero el destino, caprichoso, le tenía preparada una reunión.
Fernando Soria era alto, callado, casi flemático. Miraba a Gregoria desde lejos, pero no se atrevía a hablarle. En un baile, empujada por Marifé, la invitó a bailar. Ella ni le había advertido nunca, pero aceptó.
A partir de aquel día, salieron juntos. Fernando no era nada como su padre; era tranquilo, como un río sin remolinos. No bebía, no fumaba, no gritaba. Trabajaba en el molino. La miraba con una fe que derretía el corazón.
¿Te casas conmigo? preguntó tras tres meses.
Gregoria pensó mucho.
¿Nunca me dejarás como mi padre a mi madre?
Jamás, lo juro.
Se casaron sin fiesta, tras conseguir los diplomas. Vivían en habitación en la residencia de la fábrica, donde Gregoria empezó como técnica. Al año nació Lucía. Pero la felicidad duró poco. Fernando, al nacer la niña, se transformó. Su tranquilidad viró en pereza, su calma en indiferencia, pasaba más tiempo fuera, el dinero menguaba. Al reclamarle, se defendía: ¿Te crees que soy tu esclavo?
Así viven muchos. Y el miedo a repetir el ciclo materno la asaltó. Fernando, o cambias o lo dejamos. Él, riendo, le contestó: ¿Adónde vas a irte tú sola con la niña? Ya veremos, contestó Gregoria. Al siguiente día, solicitó el divorcio.
Marifé se sorprendió: ¡Goya, estás loca! ¿Sola con una pequeña?
¿Y qué? No me hundo.
Siguió en la fábrica, la niña al parvulario. Vivían humildemente, pero no pasaban hambre. Fernando pagaba la pensión cuando le venía bien.
Tomás, su hermano, llegó a Salamanca, hizo el carné de transporte, vivió con Gregoria un tiempo y se asombraba: Tía, ¿cómo aguantas tanto?
No queda otra.
Quisiera una mujer así, pensaba él, fuerte y cariñosa.
Marifé, divorciada ya de su chulo, lloraba en la cocina: Tenías razón, la seguridad no son los euros, es la persona. Ojalá tuviera un Don Lorenzo en mi vida ¿Recuerdas aquel profesor? Dicen que se ha divorciado y vive solo, para nada mal sonrió enigmática.
Gregoria, que hacía años no pensaba en Don Lorenzo, notó un calor inesperado al oír su nombre.
Se encontraron por azar. En la cafetería El Mirador, de cristaleras y aroma a magdalena. Poca gente. Él, enfrascado en un libro. Gregoria pidió té y se sentó. De repente, oyó:
¿Gregoria?
Levantó la vista: era él, peinado, canoso, los mismos ojos inteligentes.
Hola murmuró ella.
Puedes llamarme Lorenzo sonrió. ¿Puedo sentarme?
Así empezó una larga charla, como entre viejos conocidos. Ella le contó su vida, el divorcio, la hija. Él, cómo se separó, el hijo en la universidad, la vida en la casa que estaba construyendo.
¿Y tú por qué sola? preguntó él.
Siempre me tocó sola.
Yo también dijo él. Y me alegro hoy de haberte encontrado.
Lorenzo la despidió a casa, la acompañó despacio. En el portal, tomándola de la mano: ¿Puedo llamarte? Llámame, susurró ella.
Lorenzo la llevó a su casa en el pueblo nuevo a las afueras: la parcela vacía, el caserón a medio terminar, la parra trepando por la bancada. Dentro, aún sin muebles, todo en orden. ¿Te gusta? Es hermoso. Y tranquilo.
Tomaron té en una barraca, Lorenzo le hablaba de rosales, de árboles. Gregoria sentía la paz y la calidez de sólo escucharle.
De pronto, ruido de motor y dos hombres saltaron la valla. Creo que vienen a robar material, musitó Lorenzo. Quédate en la barraca.
No Gregoria, firme, lo siguió.
Uno gritó: ¡Oye, jefe, sal al porche! ¿Qué queréis? dijo Lorenzo. Venimos a llevarnos un par de tubos, pagamos, le chulearon. He dicho que no.
Oye, gafitas, ¿quieres problemas? el otro sacaba una navaja.
De repente, Gregoria apareció con el hacha en la mano, lista para blandirla.
¡Fuera de aquí! gritó. Y su furia era tan genuina que los tipos retrocedieron. ¿Estás loca, mujer? ¡He dicho que fuera! Ellos maldijeron y corrieron.
Lorenzo la contemplaba, pálido, no con miedo, sino con admiración.
¿Te has vuelto loca? balbució él.
Te podrían haber matado. Yo no.
Él la abrazó, y ella, sintiendo el latido de su pecho, le susurró: Nadie te hará daño mientras esté yo.
Aquello lo cambió todo. Entre ellos ya no hubo secretos. Lorenzo entendió que esa mujer era su compañera definitiva, fuerte, leal, valiente. Gregoria, que nunca había sentido ser cuidada, experimentó lo que era ser amada y valorada.
Al mes, Lorenzo le propuso matrimonio. No soy rico, pero te amo. Y amo a Lucía. Haré todo, todo por vosotras.
Gregoria calló. Luego lloró, por primera vez en años.
Sí, sí, Lorenzo.
Celebraron la boda en familia: Marifé y su hijo, Tomás con su esposa, Bernardina casada, Jacinta y Prudencio. Él no quería ir, pero Jacinta insistió: Es la boda de nuestra hija, Pruden. No es cualquier día.
En el registro civil, apretados entre flores, Gregoria lucía sencilla, con el pelo suelto, resplandeciente. Lorenzo, nervioso, bordeaba la felicidad. Lucía, con los anillos, ya le llamaba papá.
El convite fue en su piso. Prudencio, serio, miraba a Lorenzo, que se acercó respetuoso:
Gracias por la hija.
Prudencio se levantó, miró a Gregoria y a la nieta, y por primera vez murmuró palabras cálidas: Cuídala. Tiene genio. Pero es noble. Se parece a su madre.
Lo haré aseguró Lorenzo.
Esa noche, al despedirse, Gregoria abrazó a Jacinta. Venid pronto; aquí tendréis vuestro lugar.
Jacinta lloró de alegría. Prudencio, inquieto, acarició a Lucía: Hija mía, estudia y crece feliz. Sí, abuelo, contestó.
El bus se alejó. Gregoria y Lorenzo, de la mano bajo la farola, sentían la serenidad de los finales felices. Vamos a casa, susurró él. A casa, sonrió ella.
Años pasaron.
El caserón en las afueras, casi quemado por ladrones, era ahora un refugio acogedor, con su porche cubierto de parra y un manzano plantado por Gregoria. Lucía acababa la secundaria, pensaba en medicina. Tomás trabajaba de conductor, Bernardina tuvo mellizos y vivía cerca. Jacinta ayudaba en la huerta. Prudencio, al principio reacio, ahora acudía más a menudo, tomaba té en el porche con Lorenzo, paseaba con Lucía cerca del río.
Gregoria, mirándolos desde la ventana, pensaba: La vida es extraña. Todo lo malo se diluye, sólo queda lo bueno.
Un atardecer, mientras el jardín se doraba, estaban los tres en el porche: Gregoria, Lorenzo y Lucía.
¿Eres feliz, mamá? preguntó Lucía.
Gregoria miró a su esposo, a su hija, al jardín, al crepúsculo fuera. Recordó su infancia, sus miedos, la soledad. Y supo que todo había valido la pena.
Mucho, contestó.
Lorenzo la abrigó con el brazo.
Yo también murmuró él.
Lucía sonrió y fue hacia el manzano. Ellos permanecieron, escuchando el anochecer entre hojas. El sol caía, pero era sólo uno de muchos atardeceres por vivir juntos. Una vida les esperaba por delante, larga y dichosa.




