¡Qué serio eres, Don Fernando García! ¡No es casualidad que te apoden El Lobo Solitario! Ni una sonrisa se te escapa, de verdad. Con solo mirarte, uno ya se encoge. Es que te han helado el alma, o qué. ¿Y a ti qué te pasa, que parece que la vida no te importa?
Isabel aún continuaba hablando, pero Fernando ya no la escuchaba. Sin decir palabra, cogió su compra del mostrador de la pequeña tienda del pueblo y se dirigió a la salida.
Tu Julia ha venido a casa de su madre estos días. Se ha traído al niño. ¿Oyes, Don Fernando? ¿Y si en verdad ese chiquillo es tuyo? ¿Vas a dejarle solo, sin padre, por el mundo? ¡Que se te parece, hombre!
Las palabras alcanzaron a Fernando en el quicio de la puerta, y estuvo a punto de tropezar con el borde del umbral. No se volvió. ¿Para qué? Allí todos creían saberlo todo ya, y lo que no, lo inventaban. A nadie iba a dar explicaciones. Bastante era exponer la propia vida a juicio ajeno. Además, todo eso era cosa suya y de Julia. Las otras narices estaban de más.
El sol, brillante y cálido como pocas veces en primavera por estas tierras de Castilla, bañó el rostro de Fernando, obligándole a entrecerrar los ojos. Los párpados le pesaron, convirtiendo su cara en una máscara de piedra. Sin abrir los ojos, avanzó un par de pasos, y de repente le sacó de su ensimismamiento una voz infantil:
¡Cuidado!
El niño corrió hacia los escalones de la tienda y recogió en brazos a dos cachorrillos que jugueteaban allí.
¡No los pise, por favor!
Nariz poco perfilada, ojos oscuros y párpados pesados, orejas algo salidas, igual que las suyas. ¡Vaya sí era parecido! No era de extrañar que las vecinas se dieran a murmurar. Aunque él bien sabía que el chico que ahora le miraba con atención, no era en realidad su hijo. Parientes, sí, pero no tanto.
¿No quiere usted un perrito? ¡Vea qué zarpas! ¡Como de lobo! Va a ser fuerte.
Fernando tuvo fuerzas apenas para negar con la cabeza y alejarse hasta la esquina. Tomó la calle más corta, no la que le convenía, y allí sus fuerzas le abandonaron. Se apoyó en la valla del corral de los Jiménez y buscó aire, preguntándose cómo seguir respirando.
¿Por qué? ¿Para qué venía Julia de nuevo? ¿Por qué se había traído a ese chiquillo que podría haber sido su hijo, de haber sido otras las cosas? ¿Es que Ignacio la había dejado, al final?
Sus pensamientos se atropellaban, el corazón se le desbocó como hacía siete años. Todo lo recordaba, el muy maldito. Y no había quien le mandara callar. ¡Y falta hacía!
Lourdes Jiménez entrecerró la cancela, frunció el ceño y corrió hacia Fernando.
¡Fer! ¿Te encuentras mal? ¿Te acerco a casa? ¿O llamo a Enrique?
Unas manos cálidas le sujetaron de los hombros y Fernando abrió los ojos.
No hace falta, Lourdes. Gracias Ya ya me voy.
¡A dónde vas a ir, criatura! ¡Apóyate en mí! Así, despacio. ¡Eso es! ¡Venga, venga! ¡Jesús, qué peso! ¡No puedes seguir así, hombre! ¿Quién va a responder por ti? ¡Yo soy tu enfermera, que no lo olvido! ¡No me hagas quedar mal! Ahora te mido la tensión, te pincho una ampolla, o dos, y en nada estarás como nuevo, recién salido de la huerta. ¡Anda, camina!
Las piernas no le respondían, pero Lourdes era fuerte. Casi a rastras llevó a Fernando a su patio, empujó la cancela de nuevo y gritó:
¡Enrique! ¡Échame una mano!
De ahí en adelante, Fernando apenas recordaba nada. Recobró el sentido ya tumbado en el sofá de Lourdes. Algo le oprimía el pecho, y temió que lo hubiera alcanzado un ataque al corazón. Pero al abrir los ojos, esbozó una débil sonrisa.
Una gata atigrada, mullida y tibia, dormía a su costado, lamiendo uno de sus gatitos; los otros jugueteaban sobre su pecho.
Nuestra Luna tiene buen ojo con las personas. Si te ha traído a sus hijos, es que eres de los buenos Luz clara tienes, Fer. No cualquiera.
Lourdes apartó los cuadernos escolares de sus hijas y se afanó alrededor de Fernando.
¡Bien, bien! Ya tienes mejor pulso, tranquilo. No vuelvas a asustarme así, ¿eh? Que por esos caminos sin asfaltar, aquí una ambulancia no llega ni en sueños. ¿Qué te ha dado, hombre? ¿Pensabas morirte o qué? ¡Todavía tienes cosas que hacer!
Mis cosas Ya poco me queda, Lourdes. La vaca Fina, el perro Trueno Eso es todo.
Fina es una buena vaca, qué duda cabe. Pero requiere tus manos, y si te pones enfermo, ¿quién la cuida?
Fernando vio entonces las cortinas echadas y la luz encendida.
¿Qué hora es, Lourdes?
Tú a acostarte. ¡Ya es tarde! Hoy te quedas aquí. No te preocupes por Fina, la he visto, está bien.
Lourdes enderezó la espalda, arrimó el fonendo y, pasando el brazo cariñosamente por el cuello de su marido, se encaminó a la cocina. Enrique se sentó junto a Fernando.
¿Mal?
No lo sé ni yo, Enrique.
Sí lo sé. Es por Julia.
No sigas, Enrique y Fernando desvió la mirada, encontrando los ojos verdes de la gata.
Hasta Luna lo nota sonrió Enrique, rascando a la gata. Los animales sienten cuando una persona está mal. Te ha traído todos sus hijos para tranquilizarte. Primero dejó la cesta con ellos y, mientras Lourdes te vigilaba, se quedó junto al sofá. Luego, cuando durmió, vino a por los gatitos uno por uno y los subió contigo. Los animales piensan con el corazón, no con la cabeza. Tú te lo cargas todo sobre los hombros, pero ¿cuánto más puedes aguantar? Yo, cuando necesité ayuda, no tuviste que pedir permiso para echarme un cable, ¿verdad? Las deudas, Fer, hay que pagarlas. Déjame intentar ayudarte.
¿Cómo vas a poder, Enrique?
Decía mi abuela, que en paz descanse, que al dolor hay que darle salida. Si no hay quien te escuche, grítalo en un hoyo. Lo que te atragantas te quema y te reduce a cenizas por dentro. Esto no se puede llevar solo tanto tiempo. Antes eras una piedra, pero ahora llevas una sierra. Debiste sacar esto mucho antes.
Fernando suspiró hondamente y, con una caricia a los pequeños gatitos, empezó a hablar.
¿Qué te cuento, Enrique? Da vergüenza. Como hombre se me cae la cara. Pero tú sabes lo que quise a Julia. Todo lo viste. Cómo corría detrás de ella en la escuela, cómo volví del servicio y era ella lo primero. En el registro estabas con nosotros. Sabes todo.
Sé, pero no sé qué gato negro, con perdón de Luna, se metió entre vosotros. Nadie entendió nada. De repente, ella a la ciudad, tú al monte. Recuerdo a tu madre, vendiendo vuestra vaca; recuerdo su llanto y que no supo decirnos por qué.
Nada supo. Yo le dije que había dejado de querer a Julia. Casi me maldijeron mis padres.
Nada ocurre sin razón, Fer. ¿Por qué la dejaste? Si le sigues queriendo igual
Fernando calló, encogiéndose. Ya no le quedaban lágrimas, las gastó corriendo el pinar, gritando su nombre y derrumbándose en tierra helada como crío. Ni perdonar podía, ni saber vivir sin ella.
No lo entendería que me engañó, con mi primo Ignacio además. Vivió en casa meses, cuando estábamos por levantar la cuadra y arreglar la finca. Todo parecía ir bien. Julia quería hijos, no venían, y dijimos: ya se dará. Y se dio, pero no para mí.
He visto al chico Buen chaval. Enrique se rascó la barba y negó con la cabeza. Pero yo no creo que ella hiciera tal cosa.
¿Qué dudas va a haber, si lo vi con mis ojos? Fernando intentó erguirse; Luna bufó, le pegó una zarpada al cobertor y, sujetando con la boca a un gatito torpe, le obligó a recostarse otra vez.
Ya ves, Enrique Una madre protege a sus hijos siempre, aunque no hayan nacido aún. Yo sabía el ansia de Julia por ser madre, pero me negué a ir al médico. No creía que el problema fuera mío. Y ella, pues pensó Que si no era yo, sería otro.
No te inventes historias. ¿No será de ti el hijo y por eso te escondiste como un lobo en el monte?
Sé sumar, Enrique No salen las cuentas.
Mi tía Laura, madre de Ignacio, me explicó todo claramente cuando nació mi hija Iria.
¡Pero prueba quisiste! Dime, ¿qué viste al volver del viaje a la ciudad? ¿Todo era tan claro?
Estaban abrazados en la cocina. Ignacio besándola. ¡Y ella sin apartarse! La voz de Fernando se quebró. Enrique miró hacia la cocina, por donde salió rápido Lourdes.
Ahora te pincho y descansas, Fer. Mañana será otro día.
Fernando asintió, sin ocultar el llanto esta vez, y se durmió profundo tras la inyección de Lourdes.
Mientras, Enrique llevó a su mujer a la sala y le preguntó:
¿Lo has oído todo?
Todo.
¿Y qué opinas?
Voy a salir un poco, Enrique. Ahora que sé la verdad, es hora de que dejen de sufrir a escondidas. Vi a Julia y duele mirarla. Ni sombra de lo que era. Solo aguanta por el niño. A ser padres los dos han llegado ya viejos, y al chico le falta fuerza. Si no actúo yo, nadie lo hará. El corazón de Fer no aguanta más.
Lourdes cogió una chaqueta y salió. Enrique fumó en el umbral, pensando en lo complicado de la vida. Habían pasado pruebas de todo tipo: pérdida de hijos, de padres, las niñas llegaron como un regalo tras años de no intentarlo por miedo, tras perder el primero. Lourdes no se perdonaba no haberlo visto venir, aunque todos en el hospital decían que no fue culpa suya. Solo el tiempo la calmó.
Pensaba en Julia y su hijo, que crecía sin padre y con la madre medio viva, sin apenas mirar ya hacia afuera. El chico necesitaba una familia sólida, y la tenía rota, partido en dos. Enrique fue a mirar a Fernando, dormía intranquilo, pero dormía. El alba asomó y todavía Lourdes no volvía.
Por fin, oyó la cancela. Lourdes entraba bajo la luz del farol. Enrique la abrazó, apretándola fuerte.
¿Duro?
Ay, Enrique Hay gente peor que lobos, de verdad
Y Lourdes lloró, como las niñas pequeñas, y entre lágrimas empezó a contar.
El hijo es de Fernando, Enrique. Ya lo sé a ciencia cierta. Lo ha confesado Laura, su tía.
¿Cómo la has hecho hablar?
No lo sé Quizá la conmoví, quizá la asusté. Me salía del alma. Fui primero con Julia. Me contó que ya estaba embarazada cuando Fernando volvió y los encontró. No tuvo tiempo de explicárselo. Miedo le daba, con los tres abortos anteriores, ni al marido, imagina. ¡Qué par de lobos son! Todo a escondidas y así acabamos todos perdiendo.
Lourdes gritó, y Enrique la envolvió fuerte.
¿Y después?
Julia andaba amasando pan cuando Ignacio apareció, la giró a la fuerza y la besó. Ni tiempo le dio de apartarse. Cuando reaccionó, Fernando ya se marchaba al campo. Cada uno a su rincón, sin hablarlo siquiera.
¿Y Laura?
Eso es Laura venía de lejos, desde Madrid, rencorosa, porque su hermana le robó de joven el amor que ella deseaba. Pasaron los años, y decidió vengarse arruinando la felicidad familiar. Al quedar viuda, apareció de nuevo en la aldea y manipuló a Ignacio. Toda esa amargura fue la que hizo estallar todo.
¿Has ido a hablar con la madre de Fernando?
Laura fue ella misma conmigo a pedir perdón de rodillas. Su hermana, al enterarse, le dio dos tortazos y acabó llorando. Seguro que la perdona, pero no ahora. Le exigió que se fuera ella y su hijo, que desaparecieran de la aldea.
La luz dorada del alba inundó el pueblo. Las niñas se despertaban, y el olor a tortas y café llenaba la cocina.
¿Vas a hacer desayuno? preguntó Enrique.
¿Dónde está ese frigorífico vuestro que nunca encuentras? bromeó Lourdes, secándose las lágrimas. Ve a afeitarte. Ahora hago yo media docena de tortas. Habrá que alimentar a Fer, que hoy va a necesitar fuerzas para recomponer sus maderos.
Fernando salió al patio, tambaleante, cegado por la luz.
¿Tú eres mi padre?
El niño estaba sentado en los escalones, abrazando al mismo cachorro.
¡Mire! Qué zarpas tiene. Como de lobo. ¿Será buen perro, no cree?
Fernando respiró hondo, se sentó junto a él en el poyete y acarició la cabeza del perro.
Será un gran perro. Buena elección.
Los ojos negros, tan suyos, no le soltaban. Le puso la mano en el hombro al chico y murmuró:
Sí, soy tu padre, Sergio.
Pues mejor así. Vámonos. Mamá hace el desayuno, y la abuela ha dicho que hoy me lleva con ella a ver caballos. ¿Puedo ir?
Fernando sintió por dentro cómo la cuerda que le tenía atado al dolor se rompía al fin, con latigazo de rabia y después paz, cediendo paso al aire luminoso de la mañana. Cogió al cachorro en brazos y levantándose, asintió:
Claro que puedes, hijo. Y ahora, vamos Que aún tenemos muchas cosas por hacer, Sergio. Muchas cosas…





