Sin consejos: Una carta para Santi llegó por el chat, como una foto de una hoja de cuadrícula. Tin…

Sin consejos

Hoy me ha llegado una carta al móvil como una foto de una hoja de cuadritos. Tinta azul, letra inclinada con ese empeño tan suyo, y al final la firma: Tu abuelo, Nicolás. Al lado, un mensaje corto de mi madre: Ahora escribe así. Si no quieres, no hace falta que contestes.

He ampliado la imagen, intentando descifrar las líneas.

Hola, Alejandro.

Te escribo desde la cocina. Tengo aquí un nuevo amigo: el glucómetro. Si como mucho pan por la mañana, se enfada. El médico ha dicho que tengo que salir a pasear más, pero ¿dónde voy a ir yo, si todos mis amigos están en el cementerio y tú andas por tu Madrid? Así que paseo por los recuerdos.

Hoy, por ejemplo, me he acordado de cómo en el setenta y nueve descargábamos vagones en la estación. Pagaban una miseria, pero podías mangar una caja de manzanas. Las cajas eran de madera, con unas grapas laterales. Las manzanas, verdes y ácidas, pero aquello era una fiesta igual. Nos sentábamos en el terraplén, sobre sacos de cemento, las manos grises, las uñas llenas de polvo, los dientes crujían de la arena. Y aun así sabían a gloria.

No sé por qué te cuento esto. En realidad, no te voy a dar lecciones de vida. Tú con tus cosas, yo con mis análisis.

Si te apetece, cuéntame cómo está el tiempo y tus exámenes.

Tu abuelo Nicolás.

No he podido evitar reírme. Glucómetro, análisis. El mensaje lo había mandado hacía una hora, según la nota del WhatsApp. Ya he llamado a mi madre, no respondió. Parece que esto va a ser lo habitual.

He repasado el chat. Lo último que tenía de mi abuelo era de hace casi un año: algún audio deseando feliz cumpleaños y una vez que preguntó ¿qué tal la universidad? Respondí con un emoticono y desaparecí.

Ahora he estado un buen rato mirando la foto de la hoja cuadriculada. Al final, he abierto la ventana de respuesta.

Hola abuelo. Por aquí hace tres grados y llueve. Los exámenes ya llegan. Las manzanas cuestan uno con veinte el kilo. Lo de las manzanas está complicado.

Alejandro.

He dudado, he borrado mi nombre y he puesto simplemente Tu nieto, Alejandro. Envié.

Unos días después, mi madre reenvió otra foto.

Alejandro, buenos días.

He recibido tu carta, la he leído tres veces. Te respondo largo y tendido. Aquí la misma meteorología que cuentas, sin vuestras charcas modernas. Nieve por la mañana, charcos al mediodía, helada por la noche. Ya he estado a punto de besar el suelo un par de veces, pero parece que todavía no toca.

Y ya que hablas de manzanas, te cuento mi primer trabajo de verdad. Tenía veinte años y entré en un taller. Fabricábamos piezas para ascensores. Aquello era un escándalo: siempre retumbando algo, el aire lleno de polvo. Llevaba un pantalón de faena gris del que nunca conseguía quitar el aceite, por mucho que lo frotara. Dedos llenos de rebabas, uñas negras de grasa. Pero yo estaba orgulloso de tener un pase y entrar por la puerta como un adulto.

Lo mejor no era el sueldo, sino la comida. En el comedor servían cocido en platos pesados, y si llegabas pronto te daban pan de sobra. Nos sentábamos en silencio. No por falta de temas, sino por puro agotamiento. La cuchara pesaba más que una llave inglesa.

Supongo que ahora tú te sientas delante del portátil y piensas que esto es arqueología. Yo lo recuerdo y no sé si era feliz o solo demasiado cansado para pensarlo.

¿Trabajas además de estudiar? ¿O ahora todo el mundo monta startups?

Abuelo Nicolás.

Leí esto haciendo cola para pillar un bocadillo de calamares, entre gente discutiendo y el altavoz del local disparando anuncios. Releí lo del cocido y los platos pesados.

Le contesté sobre la marcha, apoyado en la barra.

Hola abuelo.

Trabajo de repartidor. Llevo comida y, a veces, documentos. No tengo pase, solo la app, que casi siempre peta. Pero también como fuera con frecuencia. Nada de robar, simplemente no llego a casa. Pido lo más barato y lo como en el portal o en el coche de un colega. También en silencio.

Sobre ser feliz… tampoco lo sé. Apenas da tiempo a pensarlo.

Pero el cocido suena bien.

Tu nieto, Alejandro.

Pensé en decirle algo de startups. Pero mejor dejé que imaginara lo que quisiera.

La siguiente carta fue inesperadamente corta.

Alejandro, hola.

Repartidor, eso es serio. Ahora te imagino diferente, no como el chaval que se pasa el día al ordenador, sino como alguien con deportivas que nunca para quieto.

Ya que cuentas lo del curro, te cuento yo cómo hice unas chapuzas en la obra. Fue entre turnos, cuando no llegaba a fin de mes. Subíamos ladrillos a un quinto piso por unas escaleras de madera que parecían de juguete. El polvo se metía hasta en las pestañas. Al llegar a casa sacudía las botas y caía arena. Tu abuela me reñía porque le tenía perdido el suelo de linóleo.

Lo curioso es que no recuerdo el cansancio, sino una escena. En la obra había un hombre, todos le llamaban Jacinto. Siempre estaba antes que nadie sentado en un cubo, pelando patatas con una navaja. Las echaba en una olla que traía de casa. Al mediodía la ponía en el hornillo y todo olía a patatas cocidas. Las comíamos con las manos, con sal de un saquito de papel. Me parecía el mejor manjar.

Ahora miro las patatas de la tienda y pienso que ya no es lo mismo. A lo mejor no es la patata, sino la edad.

¿Tú qué comes cuando estás destrozado? No de la comida que repartes, sino de verdad.

Abuelo Nicolás.

No le contesté enseguida. Estuve pensando qué es de verdad. Me vino a la cabeza cómo el invierno pasado, tras una jornada de doce horas, compré una bolsa de croquetas congeladas en el chino de la esquina y las hice en la cocina minúscula de la residencia, en un cazo que ya había sido de otros. Se deshacían, el agua se volvía turbia, pero me las zampé de pie, mirando por la ventana porque no había mesa.

Dos días después me decidí.

Hola abuelo.

Cuando termino destruido suelo hacerme un par de huevos fritos. A veces les echo un poco de chorizo si hay suerte. La sartén está pa’ tirarla, pero aún funciona. Aquí no hay Jacinto, pero tengo un compañero que siempre quema algo y suelta tacos.

Hablas mucho de comida. ¿Pasabas hambre antes o pasas hambre ahora?

Tu nieto, Alejandro.

Nada más enviarlo, me arrepentí de la última frase. Sonaba brusca. Pero ya era tarde.

La respuesta llegó inusualmente rápido.

Alejandro.

Buena pregunta eso del hambre. De joven tenía un hambre constante, y no solo de sopa y patatas. Quería moto, zapatos nuevos, una habitación propia sin oír a mi padre tosiendo por las noches. Quería que me respetaran. Entrar en la tienda y no contar las monedas a escondidas. Quería que las chicas me miraran, no que pasaran de largo.

Ahora como bien. El médico dice que a veces demasiado. Hablo de comida porque es fácil de recordar y de tocar. El sabor del cocido se describe mejor que la vergüenza.

Ya que preguntas, te cuento una historia. Sin moralejas, como te gustan.

Tenía veintitrés años. Ya salía con tu futura abuela, pero la cosa tambaleaba. En el taller ofrecieron un puesto para el norte, con buen sueldo, y pensé que en un par de años podría ahorrar para un coche. Me embalé. Imaginé volver con un SEAT y fardar por el pueblo.

Pero había un asunto: tu abuela dijo que ella no se iba. Tenía aquí a su madre enferma, trabajo, amigas. Me soltó que no aguantaría la oscuridad ni el frío allí. Le dije que me cortaba las alas y que si me quería debía apoyarme. Fui más borde, pero no hace falta que te lo cuente.

Fui solo. A los seis meses dejamos de escribernos. Volví dos años y algo después, con dinero y un coche. Ella ya se había casado con otro. Estuve años contando a todo el mundo que me traicionó, que yo lo había hecho todo por ella.

Pero sinceramente, elegí el dinero y el hierro antes que la persona. Y mucho tiempo me hice el fuerte.

Ése era mi apetito.

Tú preguntabas por mis sentimientos. Supongo que entonces me sentía importante y con razón. Luego muchos años hice como si no sintiera nada.

Si no quieres contestar, lo entiendo. Ya sé que no tienes cabeza para historias de viejo.

Abuelo Nicolás.

Leí el correo varias veces. La palabra vergüenza se me quedó clavada. Buscaba entre líneas una excusa que mi abuelo no me daba.

Abrí un mensaje nuevo, escribí ¿Te arrepientes?, lo borré. ¿Y si te hubieras quedado?, lo borré. Al final mandé otra cosa.

Hola abuelo.

Gracias por contármelo. No sabría qué decir. En casa cuando hablan de la abuela parece que siempre fue abuela, sin más.

No te juzgo. Yo también escogí el trabajo antes que a una persona. Tenía una novia. Justo entonces comencé de repartidor y me empezaron a dar turnos mejores. No paraba en casa. Me reprochaba que siempre estaba pendiente del móvil, agotado y borde. Yo respondía que todo mejoraría si aguantaba un poco.

Al final se cansó. Yo le dije que era su problema. También fui más duro. Mejor no citarme.

Ahora, cuando vuelvo a la residencia y me preparo los huevos, a veces pienso que elegí el dinero antes que a ella. Y finjo que es lo correcto.

Supongo que nos viene de familia.

Alejandro.

Esta vez la carta no llegó escrita en hoja de cuadros, sino de rallado. Mi madre me avisó por nota de voz de que se le había acabado la libreta.

Alejandro.

Me ha gustado lo de de familia. Aquí todo lo achacamos a la sangre: si bebes, porque lo hacía el abuelo; si gritas, porque la abuela era mandona. Pero en realidad cada vez decides tú. Solo que a veces da miedo admitírselo a uno mismo y echamos la culpa a los genes.

Cuando volví del norte pensé que comenzaba una nueva vida. El coche, la habitación en el hostal del taller, dinero en el bolsillo. Pero por las noches me sentaba en la cama y no sabía qué hacer conmigo. Los amigos ya vivían lejos. En el taller había otro encargado. En casa solo me esperaban polvo y la radio.

Una vez me acerqué a la casa de la que no llegó a ser mi mujer. Me quedé un buen rato frente al portal. Luz en una ventana, oscuridad en otra. Estuve allí hasta que se me quedaron los pies helados. Vi cómo salía con un cochecito. Un hombre a su lado le pasaba un brazo por el codo. Se reían. Yo me escondí tras un árbol. Miré hasta que se perdieron de vista.

Aquel día supe por primera vez que nadie me había traicionado. Que simplemente elegimos caminos distintos. Pero tardé más de diez años en reconocerlo.

Dices que elegiste el trabajo antes que tu novia. Quizá no elegiste el trabajo, sino a ti mismo. Quizá ahora mismo es más importante salvarte que ir al cine en pareja. No es bueno ni malo. Así son las cosas.

Lo más doloroso es que rara vez sabemos decirle al otro: ahora me importo más yo que tú. Preferimos enredarnos en frases bonitas y después todos acaban heridos.

No te digo esto para que la busques de vuelta. Ni idea si tienes que hacerlo. Solo, que quizá un día estés bajo una ventana ajena y te des cuenta de que habrías podido hablar más claro.

Tu viejo abuelo Nicolás.

Me senté en el alféizar del pasillo de la residencia, el móvil caliente en la mano. Fuera lloviznaba, coches surcaban charcos, algún compañero fumaba en la entrada. En la habitación de al lado sonaba música, los bajos retumbando.

Tardé en decidirme a contestar. Recordé cuando me planté bajo la ventana de mi ex, tras romper, esperando que se asomara. Pero nunca lo hizo.

Escribí.

Hola abuelo.

Yo también me quedé bajo su ventana. También me escondí cuando la vi salir con otro. Él llevaba mochila, ella una bolsa del súper. Se reían. Pensé que me habían eliminado de su vida. Ahora te leo y pienso que a lo mejor me fui yo solo.

Dices que lo entendiste tras diez años. Ojalá yo tarde menos.

No voy a ir a buscarla. Me basta con no simular que no me afecta.

Tu nieto, Alejandro.

Su siguiente carta cambió de tema.

Alejandro.

Aquella vez preguntaste por el dinero. Como no sabía por dónde empezar, nunca te respondí. Ahora voy a intentarlo.

En casa, el dinero siempre fue como el clima: se hablaba sólo cuando todo iba muy bien o todo iba muy mal. De pequeño, tu padre me preguntó cuánto ganaba justo después de pillar un trabajo extra que me triplicaba el sueldo. Lo solté, él alucinó y dijo que era rico. Me lo tomé a broma.

Unos años después, me despidieron y el sueldo se me quedaba la mitad. Tu padre preguntó otra vez y, cuando le respondí, me soltó: ¿Por qué tan poco? ¿Trabajas peor?. Le grité. Le dije que no entendía nada, que era un desagradecido. Y lo único que hacía era intentar entender los números.

Luego pensé mucho en esa conversación. Creo que ahí aprendió a no preguntarme nunca más por dinero. Creció y empezó a hacer sus chapuzas y a arreglar tonterías por su cuenta. Yo, mientras, esperaba que adivinara lo difícil que era todo.

Contigo no quiero tropezar en lo mismo. Mi pensión no es gran cosa, pero me llega para medicinas y comida. Ya no voy a comprarme un coche, ni falta que hace. Ahora sólo ahorro para una dentadura que aguante el pan.

¿Tú cómo lo llevas? No te lo pregunto para mandarte un sobre y comprarte calcetines. Solo quiero saber si tienes cama y plato en la mesa.

Si te resulta incómodo, con un bien me vale.

Abuelo Nicolás.

Sentí un nudo. Recordé cuando de niño preguntaba a mi padre cuánto cobraba y él respondía con una broma o de mal humor. Así aprendí que el dinero era algo prohibido.

Me costó escribirle:

Hola abuelo.

No paso hambre ni duermo en el suelo. Tengo cama, incluso con colchón, aunque no es gran cosa. Pago la residencia de mi bolsillo, por acuerdo con mi padre. A veces me retraso, pero de momento no me echan.

Tengo para comida si no me doy muchos caprichos. Cuando voy justo, hago más turnos y voy como un zombi. Pero lo decido yo.

Me cuesta que me preguntes tú, cuando nunca me he animado yo contigo. No me sale decir: ¿Abuelo, tú tienes suficiente? Pero ya me lo has contado.

La verdad, me habría resultado más fácil si hubieras escrito estoy bien. Pero entiendo que he crecido con adultos que nunca cuentan nada.

Gracias por contarlo.

Alejandro.

Estuve un rato mirando el móvil. Al final añadí un segundo mensaje:

Si algún día necesitas algo y la pensión no llega, dímelo. No prometo mucho, pero al menos me enteraré.

Lo mandé antes de arrepentirme.

La respuesta era la más temblorosa de todas. Las letras bailaban y las líneas se iban de lado.

Alejandro.

Leí lo de si no te basta. Primero pensé decirte que tengo de todo, que solo tomo pastillas. Luego, que si quiero realmente te pido una moto.

Después pensé que he pasado la vida fingiendo ser duro y capaz de todo. Y veo que, al final, uno se queda viejo y tiene pavor a pedirle una tontería al nieto.

Así que te digo esto: si algún día necesito algo de verdad que no pueda permitirme, intentaré no fingir que no importa. Pero ahora tengo té, pan, pastillas y tus cartas. No es poesía, es la lista.

Sabes, hace tiempo creía que éramos de distintos mundos. Tú con esas… aplicaciones, yo con mi radio. Ahora veo que tenemos cosas en común. Nos cuesta pedir. Disimulamos que nos da igual lo que, en realidad, nos importa.

Como estamos en modo sinceridad, te cuento algo que nunca se dice en casa. No sé cómo lo tomarás.

Cuando nació tu padre, no estaba preparado. Acababa de entrar en otro curro, nos dieron habitación en un bloque de pisos, pensaba que iba todo bien. Y de repente, un bebé. Llanto, pañales, noches sin dormir. Volvía de noche hecho polvo y él berreaba. Me enfadaba. Un día, le tiré el biberón tan fuerte que lo reventé contra la pared. La leche en el suelo, la abuela llorando, el niño roto a gritos. Y yo parado, sintiendo unas ganas de largarme sin mirar atrás.

No lo hice. Pero durante años fingí que fue solo un arrebato. En realidad estuve muy cerca de irme. Y si lo hubiese hecho, tú no estarías leyendo esto.

No sé si hace falta que sepas esto. Igual para que supieras que tu abuelo no es ejemplo de nada. Soy un hombre normal, a veces a punto de desaparecer.

Si después de esto dejas de escribirme, lo entenderé.

Abuelo Nicolás.

Según iba leyendo pasaba del frío al calor. El abuelo, que siempre fue para mí una manta y el olor a naranjas en Navidad, ahora era también un hombre cansado en una habitación, un niño llorando y la leche en el suelo.

Recuerdo aquel verano, de monitor en un campamento. Un chaval que no paraba de llorar quería irse a casa y un día le grité tanto que me asusté a mí mismo. Pasé la noche en vela pensando que no servía para padre.

Me quedé mirando la pantalla en blanco. Escribí No eres un monstruo. Lo borré. Te quiero igual, lo borré, por vergüenza.

Al final mandé esto:

Hola abuelo.

No voy a dejar de escribirte. No sé qué se contesta a esto. En casa nadie habla de gritar o de querer largarse. Siempre disimulan o lo toman a broma.

Este verano en el campamento, uno de los niños lloraba sin parar. Un día le chillé tan fuerte que me asusté. Luego estuve noches pensando que era mala persona y que no debía tener hijos.

Lo que cuentas no me hace verte peor. Me hace verte real.

No sé si me atreveré a contar todo eso a un hijo, si alguna vez lo tengo. Pero a lo mejor intento al menos no fingir que siempre tengo razón.

Gracias por no irte aquel día.

Alejandro.

Mandé el mensaje y, por primera vez, noté que esperaba la respuesta no por educación, sino porque era mía.

La respuesta tardó dos días. Esta vez mi madre no mandó foto le había enseñado a mandar audios pero le daba miedo, así que volvió a transcribirlo.

Nueva foto, hoja de rayas.

Alejandro.

He leído tu carta pensando que eres mucho más valiente que yo a tu edad. Tú al menos reconoces que tienes miedo. Yo de joven fingía que podía con todo y luego rompía muebles.

No sé si serás buen padre. Eso no se sabe hasta que toca. Pero solo preguntártelo ya dice mucho.

Has dicho que te parezco real. Es el mejor cumplido que me han hecho. De mí siempre dicen testarudo, cabezón, de carácter. Pero real, hacía mucho que no.

Ya que nos ponemos sinceros: si alguna vez te hartas de mis batallitas, solo dímelo y escribo menos, o solo por fiestas. No quiero ahogarte con mi pasado.

Y si algún día te apetece visitarme sin motivo, aquí estaré. Tengo un taburete libre y una taza limpia. Comprobado.

Tu abuelo Nicolás.

Me hizo sonreír lo de la taza. Imaginé esa cocina, el taburete, el glucómetro en la mesa, la bolsa de patatas junto al radiador.

Saqué una foto de la cocina de la residencia. En la imagen: pileta llena, mi sartén fea, cartón de huevos, un hervidor, dos tazas, una rota. En la ventana, un bote con tenedores.

La adjunté y añadí:

Hola abuelo.

Esta es mi cocina. Taburetes hay dos, tazas también sobran. Si alguna vez quieres venir sin motivo, también estaré aquí. O casi en casa.

No me agobias. A veces no sé qué contestar, pero no significa que no te lea.

Si quieres, puedes contar cosas que no sean de curro ni de comida. Algo que jamás contaste, pero no porque dé vergüenza, sino porque no se te preguntó.

A.

Mandé el mensaje y me di cuenta de que nunca antes había hecho una pregunta así a un adulto de la familia.

Dejé el móvil en la mesa, la pantalla negra. En la cocina chisporroteaban los huevos. Alguien reía en la habitación. Yo los giré, apagué el fuego y me senté en el taburete, imaginando que algún día mi abuelo estaría ahí, con una taza, contándome una historia cara a cara.

No sé si vendrá o qué será de nosotros. Pero saber que puedo mandarle una foto de mi cocina hecha polvo y preguntarle ¿y tú qué tal? me calma el pecho y a la vez lo aprieta.

Volví a mirar el chat, con los mensajes: hojas de cuadritos, rayadas, mis respuestas cortas. Lo dejé boca abajo, para no perderme una posible notificación.

Los huevos se enfriaron, pero los comí despacio, como si los compartiera con alguien.

En ningún momento salió un te quiero literal. Pero eso ya flota entre líneas, y por ahora, basta.

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MagistrUm
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