16 de septiembre, 1975. Segovia.
Siempre pensé que el destino tenía reservado para mí un hijo varón, orgulloso y fuerte, un heredero que llevara el apellido de los Garrido una generación más. Así me lo imaginaba yo, Tomás Garrido Martínez, mientras estaba en la oficina del aserradero de San Ildefonso, justo el día que recibimos la paga. Los compañeros ya se marchaban con unos cuantos billetes de peseta arrugados y el eco de sus botas en los adoquines, y yo me quedé allí, absorto, apretando mi salario como si con fuerza pudiera cambiar lo que ya estaba escrito.
Vaya cruz, mascullé entre dientes, escupiendo en el suelo de serrín. Se lo pedí claro a mi mujer: dame un hijo. Pero nada, me cuelan una niña.
Sentí hervir por dentro el resentimiento y la rabia contra mi mujer, Antonia. Era tal el malestar, que no tenía valor de volver a casa, ahora vacía y aún más silenciosa desde que Antonia y la recién nacida estaban en el hospital del pueblo. No pensé mucho: metí lo poco imprescindible en una bolsa de lona, algo de ropa limpia y una barra de pan, y crucé caminando el río Eresma rumbo al pueblo de mi madre, a veinte kilómetros, dejando atrás mi propia casa y esa niña que me parecía una carga inútil.
Antonia, con la pequeña en brazos, volvió a casa dos semanas después de dar a luz. Encontró la estancia pulcra, señal de que antes de marcharme aún me pesaba la conciencia, dejó el rollo de mantas en la cama y se sentó a su lado, hundiendo la cara en las manos. Los hombros temblaban con un llanto sin sonido. La niña, apenas un bultito de carne con un remolino gracioso en la coronilla, dormía tranquila. Antonia la miró y pensó, con la amargura del rechazo, «¿quién iba a suponer, mi niña, que nacerías separando a tus padres?».
No era ningún secreto que yo era un hombre recio, de carácter fuerte, la voz que pocos se atreven a contrariar en el pueblo. Siempre tuve la idea fija de que un hombre debe tener un hijo: alguien que siga sus pasos, que labore el campo, que honre el apellido. Yo, siendo el benjamín después de dos hermanas, llegué a creer que mi padre se fue tan pronto porque no tenía a quién enseñar de verdad. Y ahora solo tenía una hija, una muchacha que, para mí, era poco menos que nada.
Mi madre intentó mediar, cruzando el Eresma para convencerme de volver. Pero yo lo tenía claro: «Hasta que no encuentren otro sitio para la niña, no regreso». Tanto era así, que esos veinte kilómetros entre el pueblo de mi madre y la casa de Antonia se convirtieron en un abismo insalvable.
La vida nunca se detiene, y Antonia, recuperada tras el parto, se entregó al trabajo. Por ese entonces, en el 57, nadie hablaba de la baja maternal ni de trabajos livianos. Ella cuidaba la casa y salía a las tierras para arrimar el hombro, con la secreta esperanza de que si me ganaba el favor, ablandaría mi corazón de piedra. Llamó a la niña Jimena, quizás para darle un nombre de corte heroico, por si eso podía servirme de consuelo.
Creció Jimena fuerte y tranquila. Nunca fue de lloros ni pataletas. Apenas cumplió el año, ya andaba y hablaba, siempre corriendo por el portal, imposible seguirle el ritmo, como decía mi madre. En la guardería, «Jime» nadie la llamaba de otra forma se ganó enseguida el respeto de los otros niños. Enfrentaba a cualquiera, ponía orden y mostraba un coraje que no era propio de su tamaño ni de su edad.
Yo, para entonces, ya había buscado consuelo en los brazos de Magdalena, una divorciada del pueblo vecino, con dos hijos y mucha picardía. Pensé, iluso, que ella sí me traería el ansiado hijo. Pero pasaban los años y ningún embarazo. Me empecé a impacientar y justo fue entonces cuando corrió el rumor de que mi hija, la misma Jimena que rechazaba, crecía como un verdadero chico, fuerte y noble.
Con ese runrún en la cabeza y tras descubrir en casa de Magdalena ciertas yerbas escondidas (resultó que iba a una curandera para intentar quedarse embarazada), la desconfianza me corroía. Así que un día tomé mis cosas y regresé a mi casa, dejando atrás a Magdalena y volviendo al lugar que nunca debí abandonar.
Al cruzar el umbral, mi hija me miró de reojo, sin acercarse, con una desconfianza que dolía más que una bofetada. Ni siquiera el polvorón que traje de la tienda sirvió de apaciguador.
Mira cómo clava la mirada, gruñí, incómodo bajo la inspección de una niña tan pequeña. Para colmo, sospechaba de Antonia.
Antonia, que me quería a pesar de todo mi genio y mis silencios amenazadores, se apresuró a defenderme con palabras dulces.
La convivencia no fue fácil. Cuando los nervios y la frustración se acumulaban, descargaba la rabia con golpes en la mesa y, a veces, contra ella. Jimena, con apenas cinco años, empezaba ya a comprender el miedo: cada vez que veía mi ceño fruncido, se encogía como un pajarillo y levantaba el puño con valentía.
¡Eres malo! ¡Te vas a enterar! gritaba, con unos puñitos que solo movían a la risa de los vecinos, pero que a mí me irritaban más aún al ver reflejado en mi hija el mismo espíritu combativo que siempre quise reprimir en mí.
Pareció que las aguas volvían a su cauce cuando por fin nació el hijo varón, Pablo. Desde el primer día toda la responsabilidad recayó en Jimena: ella lo alimentaba, lo cuidaba y lo acunaba mientras Antonia estaba en los campos. Yo, aunque por dentro aliviado, pronto volví a mis andadas de siempre, con protestas y asperezas.
Jimena, ya con siete años, había aprendido a defenderse. Una vez, cuando la intenté castigar con la vara, se aguantó el dolor apretando los dientes, ni una lágrima. Creí que así lograría amedrentarla, pero al día siguiente apareció con el guardia municipal del barrio. Antonia tuvo que mediar ante el buen hombre, que nos advirtió seriamente sobre nuestras maneras. Desde ese día, empecé a tenerle respeto al coraje de mi hija.
Pasaron los años, y cuando la familia crecía con una nueva hermana, Natalia, recaía en Jimena todo el peso de la crianza. Apenas adolescente, era ya el pilar de la casa: cuidaba de los pequeños, hacia las tareas y preparaba la cena.
Acabada la obligatoria en el colegio, anunció que se iba a Madrid a estudiar. Me indigné. Sentí que la autoridad se me desmoronaba.
¿De qué vas a vivir? le espeté. ¿Nos vas a chupar la sangre? ¿No te hemos dado ya bastante todos estos años?
Pero ella me miró de frente, con decisión plena:
Me voy. Quiero aprender. No necesito tu dinero, solo que cuides a los pequeños.
Así, pasó que la figura menuda de Jimena siempre firme, con manos fuertes y genio robusto marchó a la capital, apoyada apenas por los ahorros secretos de su madre.
Madrid le abrió los ojos y la curtió. Compaginó el estudio en la escuela de formación profesional con un trabajo de limpiadora en una oficina del centro, los pocos duros que ganaba le alcanzaban para la comida y poco más.
Allí conoció a Carmen, una compañera de cuarto dicharachera y superficial que solo pensaba en encontrar un buen marido. Jime, eres de piedra, ¡ni miras a los chicos!, le reprochaba.
Pero Jimena tenía bien claro que no estaba allí para buscar esposo, sino un futuro para sí misma y, en el fondo, para su familia.
El tercer curso fue decisivo por varios motivos. Conoció al nuevo profesor de tecnología, Andrés, serio, joven y algo tímido. La clase se reía de él hasta que Jimena, hastiada, los puso en su sitio con autoridad. Desde entonces, el respeto llegó para ambos. Andrés, impresionado por el valor y la firmeza de esa muchacha, empezó a verla de otra manera.
Jimena apenas volvía a casa, solo para ayudar en cosechas o en las fiestas. La relación conmigo seguía fría, distante. Ella ayudaba si pedían ayuda, nunca esperando agradecimientos.
Con el tiempo, Carmen se casó; Jimena siguió sola, ya veinteañera, preguntándose si no estaba destinada a repetir el destino de su madre: resignación y soledad.
Entonces, de casualidad, apareció Juan, un compañero de cursos paralelos, callado y buenazo, que la miraba con devoción. Un día, la invitó a bailar en las fiestas del barrio y comenzaron a salir. Se casaron discretamente tras acabar los estudios y fueron padres de una niña, Lucía. Pero la alegría no duró. El carácter apacible de Juan se tornó en desinterés y abandono. Jimena, fiel a sí misma y a la lección dura aprendida en casa, no soportó la situación: O cambias, o me voy, y al ver que nada cambiaba, pidió el divorcio.
De nuevo sola, pero fuerte, Jimena crió a la niña, buscó trabajo estable en una fábrica de Segovia y tiró de todo. Pablo, su hermano, la admiraba: Jime, ¿no te cansas nunca?. Ella solo respondía: Hay que tirar palante. Si no lo haces tú, nadie lo hará por ti.
Años después, Carmen, divorciada y arrepentida de sus decisiones, recordó al profesor Andrés. Dicen que ahora vive solo, que se divorció. A ti siempre te miró de otra forma…, le insinuó.
El destino quiso que se reencontraran por azar, ya adultos. Andrés seguía siendo aquel hombre serio, pero la vida lo había curtido aún más. Se reconocieron al instante. El trato fue sincero y cálido, se contaron sus derrotas y sus esperanzas. Pronto, el cariño ocupó el hueco del miedo, y Andrés, agradecido por encontrar una mujer de convicciones firmes, le propuso empezar una vida juntos.
El día que Jimena llevó a Andrés a mi casa, yo, cascarrabias y envejecido, lo observé largo rato antes de ofrecerle un orujo. Nunca le había agradecido nada, ni tampoco le había dado palabras amables. Pero por primera vez, creí ver en los ojos de mi hija esa calma que solo tiene quien ha encontrado su sitio:
Cuídala. Tiene mucho carácter, pero es buena. Como su madre.
Andrés asintió y brindó por ella.
Los años pusieron cada cosa en su sitio. En la nueva casa en las afueras de Segovia, con un huerto repleto de almendros y una hija que ya era casi mujer, Jimena encontró la paz.
Los nietos jugaban entre los perales; Pablo venía de visita con su familia; Natalia, casada con un agricultor, se encargaba de la matanza; y Antonia llegaba los domingos a preparar paella en el patio. Ahora yo, Tomás, mejorado por el tiempo y los silencios, tomaba el sol en la terraza y acompañaba a mis nietos al río.
Una tarde cualquiera, con la cena recién servida y el crepúsculo tiñendo de ámbar los campos segovianos, mi nieta Lucía preguntó:
Abuela, ¿eres feliz?
Jimena apoyó la mano sobre la mesa, miró a Andrés, a Lucía, a todos alrededor, y contestó simplemente:
Sí, soy feliz.
Aprendí que la vida, aun cuando la empezamos cargados de expectativas y exigencias, termina por darnos justo lo que necesitamos. Y que a veces, quienes menos esperamos acaban siendo nuestro mayor refugio y nuestra mayor inspiración. A mi hija, siempre rechazada y desterrada, le debo ahora el amor y la calma de los últimos años. Si algo puedo enseñarle ahora al mundo, es que se ha de tener respeto y dignidad por uno mismo, porque sólo así el resto aprenderá a respetarte también.
Tomás Garrido Martínez,
Segovia, septiembre del 75.






