Busco a una mujer llamada Alejandra.

Busco a una mujer llamada Asunción.

Atravesó el bajo arco y accedió al patio de vecindad, donde la nieve derretida ocupaba aún los rincones. Era ya el cuarto patio que recorría. El parque infantil, los columpios, un grupo de niños jugaba en la cancha húmeda golpeando un disco de hockey improvisado que esparcía agua por todas partes, sin que los chicos parecieran preocuparse.

Permaneció bajo el arco, repasando el patio con la mirada. Qué ganas de que la memoria se aferrara a algún detalle, rescatando de lo más hondo las imágenes de antaño. Pero allí todo era distinto a como lo guardaba su recuerdo, tan lejano y a la vez tan cercano. Habían pasado tantos años Entonces sólo había unas cuerdas de tender la ropa, algún cobertizo adosado bajo las ventanas, matas de geranios y bancos de madera.

Ahora…

Todo tenía que haber cambiado en tanto tiempo. Más aún, era imposible que no hubiese cambiado.

Nadie, en ese patio rodeado por cuatro edificios, reparó en el hombre de porte distinguido, ya mayor, con boina ribeteada de piel. Allí muchos alquilaban las viviendas, era Madrid…

Debía entrar en el bloque situado a la derecha del arco. De eso no había duda: el segundo piso de una casa de tres alturas, el piso al fondo, segunda puerta a la derecha, tras la escalera. Recordaba con precisión cada detalle de aquel interior: el vuelo de las cortinas, el pestillo torcido de la ventana, la tetera verde, el crujido de las maderas, aquel cucaracha que intentaron cazar durante dos días. Todo quedaba grabado en su memoria…

Pero el número de la vivienda y del edificio se le había escapado entre los dedos. Sólo se acordaba de la calle. Y buscar el patio exacto era imposible: esos patios de vecindad se sucedían uno tras otro a lo largo de la vía. Ni siquiera estaba seguro del bloque: ¿acaso era la segunda entrada desde el arco? Estos edificios, pensaba, los habrían levantado los mismos albañiles, siguiendo el mismo plano, resultando casi idénticos.

Y así, iba y venía por esos patios…

Derecha, segunda entrada o sería segunda escalinata, como se decía entonces; segundo piso, puerta al fondo ¿Cuarenta y tres? ¿O?

Si encontraba portero automático, marcaba el 43.

Buenos días, busco a Asunción. Por favor…

A veces ni le escuchaban terminar la frase; le espetaban que allí no vivía ninguna tal, ni hombre ni mujer. No le quedaba más que volver a intentarlo.

Perdone, es importante. ¿En el año ochenta, en ese piso, vivía una mujer llamada Asunción? De verdad, lo necesito.

Cuando hubo pasado por el tercer patio, sacó su cuaderno y apuntó:

16nada; 24tampoco; 32Ano conocen, compraron recientemente…

Había tantos patios, habría que volver a los edificios donde no contestaron, donde nadie abrió, donde quedaban aún preguntas sin responder.

Subía por los escalones suaves de la amplia escalera, de paredes apagadas. Las ventanas, altísimas, estaban polvorientas, olía a gatos. Ese aroma ya lo conocía. Lo recordaba bien.

Buenas tardes saludó, inclinando la cabeza.

Le salió al paso una mujer mayor, de abrigo gris y bolsa de la compra.

Buenas. ¿A quién busca? preguntó interesada.

Voy al segundo. Busco a Asunción, una señora ya de unos sesenta. ¿Sabe si vive aquí?

¿En qué piso vive, dice?

En uno de esquina, a la derecha. Hablo de cuando eran viviendas compartidas, hace mucho ahora… no recuerdo el número con seguridad.

¿De esquina? No, ahí están los Cordero, marido y mujer, con sus dos hijos. No he conocido a ninguna Asunción en toda la finca, y yo llevo viviendo aquí desde niña.

Gracias musitó él, bajando los escalones gastados.

La mujer le siguió.

Oiga, ¿y apellidos?

Si los supiera, ya la habría encontrado en la guía o en alguna base de datos. Pero no recuerdo. O más bien, nunca los supe

¿Y entonces? ella, tan habladora, insistía. ¿Quién es para usted, si se puede saber?

Dudó, miró atrás, perdido en las palabras…

¿Ella?…

¿Quién era Asunción para él?…

No hay definición para el amor. Es o no es, y todo lo demás son juegos de autodefinición y posibles consecuencias.

Don Francisco, toda su vida creyó que el amor era cosa frágil, incapaz de resistir largas separaciones, condenado a extinguirse. Pero aquellos fogonazos de alegría que le inundaban el alma con el recuerdo de ciertas escenas, le daban fuerzas y, a la vez, le herían.

Él había sido culpable, tenía el corazón tullido por culpa propia, durante cuarenta años.

Quizá aquellos recuerdos mantenían su corazón latiendo, aunque… justo el corazón fue lo primero que le falló. Cuando murió su mujer, con quien había compartido toda la vida una vida que los últimos tiempos se volvía más distante, de repente el pecho le dolió: infarto.

Nunca llegaron, él y ella, a discutir el motivo de su enfriamiento; simplemente acabaron por vivir en habitaciones separadas, en la misma casa. Los diálogos eran sólo prácticos.

Ella sostenía que la casa era suya, y él bueno, ¿qué hacer con él? Así les contaba a sus amigas, todas mayores:

¿A dónde va a ir? Que se quede…

La casa mareaba de tanto oro, cuadros enmarcados, cristalería, muebles caros y pesadas alfombras, jarrones. En mitad del salón, un piano blanco, sobre el que reinaba un jarrón con flores artificiales.

El piano No era falso por irreal; era un genuino Steinway & Sons. Pero a Francisco ese instrumento le parecía falso porque nadie sabía tocar ni tenía intención de hacerlo. Era un soporte, un jarronero. Solo costaba como tres pisos en Chueca.

La señora intentó aprender, contrató profesor, pero abandonó enseguida. No llevaba casi nada a término, salvo los tratamientos de belleza.

Tampoco culminó su único embarazo. Y aunque no era justo culparla de ello, Francisco sentía que su vanidad había pesado mucho.

Últimamente pensaba en ello y sabía de una mujer que habría hecho sonar aquel piano.

Y, pese a todo, echaba de menos a su esposa. Los últimos años, la relación se ablandó. Ambos enfermos, salían a pasear por el Retiro, daban de comer a los patos en el estanque. Francisco empezó a pescar, le gustaba la tranquilidad. Ya no había nada que demostrar, ni ganas de pelear.

¿Por qué nunca paseamos aquí antes, Carmen? Si es tan bonito… decía él sentado al borde del agua.

Qué tontos éramos… respondía ella.

Antes no había tiempo ni calma. Él escalaba la administración hasta llegar al Ministerio, empujado por el suegro, el señor Emilio Gutiérrez, que hacía y deshacía su futuro. Cuando Francisco se acostumbraba a un puesto, le llegaba otro ascenso.

Era un ascenso merecido trabajador, brillante, inteligente, buen gestor. Le gustaba exigir, arriesgar y cambiar. Así cualquiera desearía un yerno así, sobre todo si uno tiene poder en la política nacional.

Sólo que por poco no se le escapa, por lo que hubo que tomar ciertas medidas. Su esposa le contó la verdad años después, cuando Emilio ya no estaba y tras una pelea con su madre. Muchas cosas las descubrió tarde; el padre no quiso agobiar a una chica consentida.

¿Y quién es ella para usted, si se puede saber? insistía la vecina.

Miró a la mujer, atónito.

¿Ella?… Ella es todo lo que, quizá, me queda.

La mujer, al ver el dolor en su rostro, no preguntó más. Comprendía que buscaba a alguien muy querido.

Él siguió. Mojado hasta los huesos, llamó, preguntó. Tropezó con incomprensión, a veces con grosería, otras habló largo rato intentando explicar la situación. Así iba de portal en portal.

Por la tarde volvió al hostal derrotado. Cayó en la cama con la chaqueta puesta, cerró los ojos. Las piernas doloridas, la espalda rígida, la respiración difícil. Pero al día siguiente volvió a salir.

***

Aquel otoño fue lluvioso. Madrid vestía el asfalto de ocre y la lluvia lo envolvía en su manto. En la época de los quioscos en cada esquina, años de venta ambulante, puestos y tenderetes.

Había llegado con su futuro suegro desde Salamanca por un congreso de urbanismo, bajo la fiebre de la transición democrática. Era un evento clave para el señor Gutiérrez, que esperaba un traslado a Madrid. Francisco, entonces, no esperaba nada: pasó de joven militante a mano derecha del secretario provincial casi sin proponérselo. No trazaba grandes proyectos. Simplemente, trabajaba.

Controlaba las obras de una nueva fábrica en la provincia, aunque no era del todo consciente de la responsabilidad que se le había caído encima. Pensaba que todo tenía arreglo y la vida podía girar donde quisiera.

En Madrid, disfrutaba del ambiente, el bullicio y el clima festivo. Gutiérrez le encargaba recados, le hacía ir y venir. Y fue en el metro, en Atocha, cuando de pronto Francisco escuchó, fluyendo, el sonido de un violín. Era una melodía suave, honda, y en vez de salir, se acercó.

Vio a una joven delgadísima, con boina celeste y bufanda de gasa, tocando el violín ante un muro húmedo y gris. Llevaba un abrigo corto de cuadros, botines, piernas de bailarina, y un estuche abierto ante los pies para las monedas que la gente lanzaba apresurada.

Francisco se paralizó. Toda la escena rezumaba belleza y drama: la humedad, el azul de la bufanda, los rizos de la muchacha, las manos encendidas por el frío, la música deshaciéndose en la piedra, subiendo como para probar una verdad imposible de poner en palabras.

Los vendedores charlaban, compradores iban y venían; algunos dejaban unas monedas, pero nadie se detenía mucho. Solo Francisco se quedó. La joven terminó la pieza, metió el violín bajo el brazo, se frotó las manos rojas y estiró los puños del jersey.

Luego colocó el violín en el hombro. El arco alzó el vuelo como si comenzara el baile principal. Cerró los ojos, volcada por entero en su música. De sus notas brotaba una tristeza aún más profunda, un lamento. El metro se llenó de sonidos que escalaban la pared, trepaban hasta perderse.

Francisco se zambulló en la música y de pronto, un muchacho de quince años se agachó junto a la violinista y salió corriendo con el estuche.

¡Ladrón, ladrón! ¡Ayuda! la primera en reaccionar fue una vendedora, su grito interrumpió la melodía.

Pero la chica mantenía los ojos cerrados y seguía tocando, feroz y virtuosa.

Francisco fue el primero en lanzarse. Subió las escaleras sin perder de vista al chaval.

¡Atrapadlo!

Un hombre corpulento cortó el paso al joven, que tras empujón, tiró el estuche y huyó por la calle. Los coches chillaron al frenar y él saltó entre ellos, desapareciendo.

Francisco no le siguió. Agradeció al hombre, recogió las monedas que se habían esparcido. El estuche estaba roto. Subía la violinista.

Lo tiró, lo rompió En fin… Francisco intentaba juntar monedas. Es lo que queda le ofreció a la chica, agachándose a buscar más.

No hace falta, gracias. Así estaba ya roto, suele pasar. No se preocupe.

Su tono era serio, y el verdadero drama no era el estuche ni el robo. Algo más le pasaba.

¿Pasa esto a menudo? preguntó Francisco, deseando conocerla.

Pero no parecía con ganas de conversación.

A veces dijo, y se alejó por el Paseo.

Francisco debía ir en dirección opuesta pero sus pasos lo arrastraron tras ella, viéndola cada vez más despacio. Al llegar a un puentecito, se detuvo y contempló el agua. El viento hacía ondear la bufanda.

Dejó el estuche sobre la barandilla, lo sacó afuera de la protección y lo sostuvo largo rato, como decidiéndose.

Francisco lo entendió: estaba a punto de arrojar el violín. Corrió.

¡No, por favor, no!

Ella vaciló, sorprendida, mientras ambos sostenían el estuche, tenso, sobre el río.

¿Por qué? murmuró ella.

No podía dejarle hacerlo

He profanado este instrumento, debía…

La violinista empujó pero Francisco lo sostuvo fuerte.

Su violín lucha por seguir adelante, ¿no lo ve? Tiene que seguir haciendo música dijo, dejando con cariño el estuche en el suelo. ¿Por qué quiere hacer eso?

No debía tocar en la calle. Lo prometí…

¿A quién?

A mi madre…

A veces las madres son demasiado estrictas. Hoy he escuchado un violín de verdad por primera vez. Si no hubiese venido aquí…

No tuvo ocasión de terminar la frase; la joven incluso empezó a alejarse.

¿A dónde va? Solo quiero hablar Tiene usted una madre exigente, ¿verdad? bromeó él.

Mi madre murió hace dos meses.

¡Ay! Perdone mi torpeza lo siento mucho.

Caminaron en silencio, meciendo las hojas caídas de los plátanos con el zapateo frío del otoño. Habló ella primero.

Sólo viví para ella. Tocaba sólo para ella Y ahora no tiene sentido vivir ni hacer música.

¿De verdad fue sólo por el estómago? le sonrió él.

No, eran las ganas de comer. No tenía dinero ni para pan…

¡Eso se arregla fácil! buscó la cartera y sacó unos billetes. Traigo poco, pero mañana le traigo más. Quédese con esto, por favor.

Ella lo miró, severa.

¿En serio cree que voy a aceptar su caridad? Por favor, no me siga más

Aceleró el paso.

¡Perdone! Ya ve que soy un necio ¡lo reconozco! Pero estaré mañana en el metro. Si puede venir, venga. Yo le esperaré, de verdad, para protegerle de ladrones.

Al día siguiente, Francisco apenas logró escapar un rato. Acudió al metro, esperó casi tres horas más. Los vendedores le confirmaron que no había venido por la mañana. Finalmente, al mediodía, apareció la violinista. Fingió no haberle visto. Montó su puesto y se puso a tocar. Una vendedora le ofreció un taburete.

Francisco se sentó, escuchó más de dos horas con devoción. Al irse, puso un buen fajo de billetes en el estuche.

¡Pero hombre! la violinista se alarmó, tapando el dinero. ¡Quite eso de ahí! ¡Es demasiado!

Es mi derecho. Pago lo que deseo.

Ella recogió el dinero para devolvérselo.

De verdad que es usted un insensato. Aquí no es seguro ¡Vamos rápido!

Recogió el violín y subió la escalera apresurada.

Se cruzaron en el metro con dos tipos macizos. Ella suspiró hondo:

Ya están aquí…

En aquellos años, Madrid también tenía sus propias reglas. Para tocar en la calle había que pagar el derecho de suelo. El día anterior, la violinista no había pagado; ahora se fijaban en su defensor.

¿Cuánto debes? dijeron los tipos, desafiante.

¡Que pague el caballero por ti!

Y comenzó una pelea. Francisco no se amilanó con los dos, pero aparecieron otros más. La muchacha corrió a un comercio y volvió con policías. Llegaron justo a tiempo: detenida la paliza, los matones se fueron maldiciendo sin dinero.

La violinista se arrodilló preocupada.

¿Vamos al hospital?

No, de verdad. Con un poco de descanso

Entonces, un taxi a casa, le curo y le preparo algo caliente. No sé dónde queda el centro de salud

No soy de aquí. Estoy en una pensión del sindicato, pero no puedo ir en este estado

¡Pues a mi casa! Pronto.

Tomaron un taxi. Ella dio una dirección, la cual Francisco no logró guardar, aunque luchó por recordarla toda la vida.

Un portal oscuro, olor a cebolla, ropa y polvo. Se oía el teléfono al fondo. Abrió la violinista una puerta: dos habitaciones, techos altos, cortinas gruesas. En el rincón, un retrato de mujer joven con flores; cerca, un piano coronado con tapete y figuritas de elefantes. Libros y más libros.

Esos recuerdos nunca le abandonaron; venían a veces, en la dicha o el dolor, como un coro silencioso.

Se desvistió, se puso ropa prestada, fue al baño donde un vecino borracho protestaba.

¡Oye, largo, Asun! No tienes ni para pagar, ¿y te gastas el agua? ¿Y ese galán cómo se llama, eh?

No lo sé, somos desconocidos…

Francisco, en toalla, asomó.

Francisco también. Fíjate, tocayos. ¡Uy, mira, una cucaracha!

La violinista, valiente, le plantó la zapatilla encima.

Francisco la ayudó; el bicho se coló bajo el linóleo.

Le curó con una crema, luego tomaron té y galletas duras, era todo cuanto tenía. Le zurció la ropa mientras él hablaba del trabajo, de la obra, la vida en Salamanca. Ella le confesó que había dejado el conservatorio.

Iré a trabajar al mercado con la tía Carmen, a ayudarle con el puesto.

Pero toca maravillosamente.

No hay trabajo para músicos hoy, dijo ella, devolviéndole los pantalones. Vístase, que está en casa ajena y en paños menores.

¡Y qué sonrisa tenía! Francisco volvió poco después, cargado de azúcar y víveres. Ella protestó, pero aceptó la comida y la promesa de amistad.

Salió al atardecer, vio la segunda planta y un fresno bajo la ventana; los olmos altos detrás del bloque. ¡Sí, debió ser aquí! Su memoria era precisa.

Al día siguiente, su jefe le abroncó al verle magullado.

¿Dónde diablos estaba? ¿Dónde se metió?

Pero entre tanto lío, Francisco halló la manera de regresar al patio. Lo encontró, vino con pastel y comida.

Asun volvió a regañarle pero salieron juntos por Madrid. Corrieron bajo la lluvia de refugio en refugio, preguntaron disparates a transeúntes y rieron hasta helarse. Compraron un café gigante y lo compartieron, felices.

Se besaron. Francisco le propuso irse a Salamanca, casarse. Ella se puso triste y leyó un poema:

Es la canción del último encuentro,
miré la casa oscura,
solo en el dormitorio ardían cirios
con un resplandor amarillo e impasible…

¡Asun, no digas eso! Te hablo en serio, quiero casarme.

Ven a casa, anda, ven…

¿Estás segura, de verdad quieres esto?

Sí, muchísimo. Quédate…

Francisco aprovechó para llamar a su jefe, inventó que seguía herido y que estaba siendo curado.

Esa noche, ella tocó el piano con su camiseta; cazaron cucarachas con todos los vecinos y luego llegó la noche, y todavía hubo versos tristes al caer la lluvia:

La naturaleza se deshace, las mareas en oleaje, el silencio impera por culpa de la ausencia, de mi lejanía contigo.

¡Nada de ausencia! Irás conmigo, será para siempre y lo voy a anunciar hoy mismo. ¡Me vuelvo solo si es contigo!

A la mañana siguiente, la llamada:

Francisco, ¡urgente! Van a procesarte, Suso, vas a tener líos serios…

Asunción le miraba raro.

Volveré, lo arreglo y regreso. Tiene que ser un error.

Lo sé. Regresarás. Lo sé, de verdad y mientras recogía, recitaba otro poema: Embrujada por un futuro azul, presentía un segundo encuentro inevitable contigo. Hasta pronto, Francisco.

Francisco pensaba ya en el presunto delito: documentos, gastos, acusaciones inventadas. En aquellas cosas, Emilio era experto.

Puedes ir a la cárcel, ¿lo sabes? Veinte años. Yo puedo arreglarlo, pero a cambio debes casarte con mi hija. Si no…

No puedo. Quiero a otra.

¿A quién? Bah. Déjate de cosas, los hombres de paso sois así Olvídala.

Y Francisco se asustó. Fue interrogado ese día y esa misma tarde, Emilio le dio un billete de tren:

Apártate, ya resolveremos sin ti. Haz lo acordado.

En la estación, una pieza de violín sonaba por megafonía. Francisco buscó un rincón y por primera vez en su vida adulta, lloró.

***

Sabía ya que las señoras del banco eran fuentes de información excepcionales.

¿Asunción? dos ancianas se miran. ¿No fue la que murió en primavera? ¿Recuerdas? El hijo vino en un coche enorme.

Francisco se llevó la mano al pecho, tembloroso. Eso era lo que más temía. Morir había muerto también él.

¡Qué dices! Has confundido el portal; la que murió fue Anastasia, y ni vivía aquí…

Cierto, cierto, Anastasia… asintió la segunda,

Siguió llamando, tocando, recorriendo de nuevo los bloques. No había fresnos, ninguna señal. Solo el cansancio y la duda. Caminaba ya hacia el hostal cuando, al cruzar la calle, creyó ver de espaldas a Asunción, con esa misma bufanda azul, se le quebró la voz:

¡Asun!

No se volvió, así que echó a andar hasta tocar su hombro:

¡Asun!

Una joven se volvió, parecida, pero…

Perdone, me he confundido

No pasa nada. Y sí, me llamo Asun, y hasta su voz se le parecía…

¿A quién buscaba realmente? Si la Asunción que él recordaba tenía ya sesenta años… Cuánto tiempo había pasado.

Derrotado, volvió esos días al hostal.

El último día lo dedicó casi entero a reposar; apenas fuerzas le quedaban. A media tarde vio, al salir, una tienda de instrumentos musicales. En el escaparte, violentas. Decidió entrar.

¿Busca algo? preguntó la dependienta, joven y pecosa.

Sí, ¿me muestra ese violín?

Amablemente se lo dio.

¿Quiere probarlo?

No, no sé tocar. Conocí a una mujer que era una violinista extraordinaria. Vivió por estos bloques. Asunción…

¿Asunción? ¿De apellido Ortega?

No recuerdo el apellido… ¿La conoce, violinista Ortega?

Sí, claro.

Creo que la busco desde hace tres días murmuró, aunque sabía que la buscaba toda la vida. ¿Sabe su dirección?

No, pero vive cerca, en estos bloques ¿Por qué la busca?

¿Vive aquí? ¿Está casada?

Sí, con un hijo de ocho. La joven dudó de si hablaba demasiado.

¿Qué edad tendrá… aproximadamente?

Treinta y muchos, calculo.

¿Puedo sentarme? Francisco cayó en el taburete.

¿Le pasa algo? ¿Quiere agua?

No, gracias. Es que otra vez no la encontré. Otra vez…

Salió a la calle. Desde enfrente vio unos olmos elevándose tras un solo patio. Decidió entrar por última vez.

En el patio, una pareja mayor paseaba.

Buenas tardes. Busco a una mujer de unos sesenta, llamada Asunción. Vivía aquí en los setenta-ocho, tocaba el violín de joven.

Los ancianos se miraron.

Esa era la hija de María Sita…

¿Las conoce? Francisco dejó de respirar.

Sí, claro, pero, hijo, está usted muy pálido, venga y siéntese…

Fueron al banco.

Vivían ahí, en el primer portal. Sus ventanas, segundo piso.

¿No había un fresno, junto al edificio?

Sí, claro. Pero lo talaron por obras. Sobrevivieron como pudieron; Asun quedó sola cuando murió la madre, y embarazada. Cogió inquilinas y alumnos para la música. ¡Pero mire dónde ha llegado la niña, todo artista!

¿Dónde vive ahora Sita?

No sabemos. Tal vez la hija sepa. Vive aquí con su familia.

¿Su hija…? Francisco no quería ni creer ni asumir.

Claro. Primera escalera, segundo, esquina a la derecha. Muy famosa.

Dio con la puerta. Pulsó el portero automático.

¿Dígame? voz masculina.

Francisco dudó:

Busco a los Ortega.

¿Qué desea?

Sólo la dirección de Doña Asunción

Abrieron la puerta. Subió despacio, le salía al paso el marido.

¿Está bien usted?

Es necesito la dirección de Sita Francisco reposó sobre la barandilla.

Venga, arriba; soy médico. No se quite los zapatos. Siéntese.

Apareció la joven. La misma bufanda azul, el mismo aire la misma Asunción.

Dios santo, era su hija. Le tomaron la tensión. Le colgaron un aparato desconocido en el brazo.

Tensión alta, y el pulso. ¿Problemas de corazón? dictaminó el médico.

Infarto.

Llamaré a emergencias. ¿Va al hospital?

No. Con descansar me vale.

El médico no estaba conforme, pero fue a preparar un calmante.

Entra el niño, rubio, de ojos vivos.

Ven, héroe. ¿Cómo te llamas?

Francisco.

¿Segundo nombre?

Martín. Mi padre es Martín Ortega. Y mi madre, Asunción Francisco.

Volvió el padre, inyectó a Francisco.

Perdón por las molestias. Solo necesito la dirección de tu madre, Asunción. ¿Cómo se encuentra?

Tome un té. Mi madre estará bien, ¿la conoció? se sentó la joven.

Sí, hace mucho. Estuve en esta casa, pero entonces no en este cuarto, sino allá, a la derecha

Claro, unimos el salón hace años tras comprar el piso entero; tras una beca en París, y el buen trabajo de mi esposo. Mamá se mudó hace poco.

Debo verla. Asunción, perdón… ¿de qué año eres?

Del ochenta y uno, julio. ¿Usted es mi padre?

Francisco volvió a sujetarse el pecho, el corazón. Demasiadas emociones.

Le juro que no lo supe nunca, Asun. Pero debía haberlo supuesto…

Pasaron a la cocina. Qué distinta esa casa, irreconocible.

¿Sin cucarachas?

¡Ni hablar! Les tengo pavor.

Antes sí y tu madre nunca se asustaba.

Lágrimas resbalaban, disimuladas entre sorbos de té.

¿Cómo fue vuestra vida juntas?

Me salvó tenerme, eso decía. Crecí pequeña, así que luchó mucho, inquilinas y trabajos, sobrevivimos…

Cuánto lo siento.

¿Qué le pasó a usted? Jamás entendí por qué se separó de mamá

Es una larga historia, hija. Pero la he buscado toda la vida.

Pues, ¿por qué no llamamos ahora y se lo contamos? ¡Le espera todavía!

No No la avises. Quiero ir yo.

El marido asomó:

Esto es mucha tensión; debería ir al hospital.

Lo haré, si antes me lleva a verla.

Trato hecho sonrió.

¡Mira, Francisco, aprende a obedecer como yo!

Al marchar, miró a su hija y a su nieto.

Vivía sin saber, y tenía una familia así.

En pocos minutos, llegaron a un barrio nuevo de bloques modernos.

Aquí es. ¿Sube usted solo?

Por favor. Llame si ocurre algo, piso cinco, ciento dieciocho. Ascensor, aquí su llave. No la asuste mucho, por Dios…

Francisco subió lento, añoso, conmovido.

Tocó. Nadie preguntó quién era: simplemente le abrieron.

Ella no había cambiado. El pelo canoso, las mejillas ya no tan finas, pero la misma Asun. Sólo fueron dos días, pero parecían toda la vida

Le miró igual, en silencio. Dio un paso atrás, invitándole a pasar. Dudó, ¿besarle la mano, debía atreverse? ¿Cruzar esa frontera?

Vio en sus ojos desconcierto y esperanza. No encontraba palabras.

Asun, yo perdóname

Cayó de rodillas; no sabe si se derrumbó a propósito, pero allí fue a dar. Ella también cayó.

¡Francisco! ¿Qué te pasa?

De rodillas, sosteniéndose de los codos, sollozaban.

¡Lo logré! ¡Te encontré! ¿Por qué esperé tanto?

No sabía lo de la hija. Nunca lo supe.

¡Soy un necio! Sácalo si quieres, no tengo perdón…

No, Francisco. Sabía que volverías algún día, te esperé…

Debí buscarte antes

¿Recuerdas lo que te dije aquella vez?

Lo aprendí de memoria La naturaleza se deshace, la marea sube el aire le faltaba, ella le abrazaba.

Y queda el silencio, por culpa de la distancia Pero, espera, llamaré a Martín, te ve muy mal, es médico.

Está abajo rió, señalando la puerta.

¿Cómo?

Él me trajo aquí

En pocos minutos el yerno les llevaba al hospital. Iban de la mano, sentados juntos. Con el inhalador, Francisco recuperó aliento.

No quiero ir al hospital, ahora que te encuentro…

Estaré a tu lado, tranquilo.

Y quizá por rabia, por alegría o por los años perdidos, Francisco lloró y lloró.

¿Lloras? Tranquilo, Francisco. Ahora todo irá bien le consuela.

Sí. Ya sólo juntos

Y ella, para calmarlo, recitó versos como aquellas tardes:

Recito: Embrujada por el azul del horizonte, presiento… ese segundo encuentro inevitable contigo.

El taxi cruzaba Madrid hacia el hospital, para que allí ayudaran a un hombre a cumplir su mayor deseo: vivir con la mujer que amó toda la vida, al fin y al cabo.

No llegó tarde a su felicidad.

Llegó a tiempoEl taxi se detuvo junto a la acera luminosa de la urgencia. Asunción bajó primero y le tendió la mano. Bastó un gesto, como el roce de los dedos, para reconocer la juventud que nunca se pierde del todo en alguien amado. Cruzaron la puerta y, en el bullicio del hospital, el tiempo pareció doblarse: eran de nuevo aquel muchacho y aquella violinista, escapando de la lluvia madrileña, inventando un universo entre acordes y versos tristes.

Francisco sonrió apenas, con la mascarilla sobre la boca y el corazón encabritado, feliz en su cansancio. Asun sacó un pañuelo y limpió las lágrimas torpes de sus mejillas, y él sintió por primera vez en décadas que volvía a casa.

Esta vez no te perderé musitó.

Esta vez, no respondió ella, aferrada a su brazo.

Les apartaron pronto para las pruebas, los análisis, el sillón incómodo y el viaje impaciente de camillas y enfermeros. Pero en cada espera, la mano de Asunción estaba ahí, atenta, firme, y cada caricia era un lazo atando todos los días que se habían quedado vacíos entre ellos.

La noche cayó al fin sobre Madrid. En la penumbra tibia del hospital, Francisco abrió los ojos y vio, al fondo del cuarto, la silueta de Asún, sentada, escribiendo en un cuaderno. Él no sabía que a veces la felicidad regresa a hurtadillas, cuando menos se la espera. Y que es humilde: pide solo una silla al lado, una mano entrelazada, y que te lean en voz baja poemas que nunca acaban del todo.

Antes de dormirse, pensó en llamar a casa; en contarle lo sucedido a su hija, a ese nieto que sonreía como él, con una felicidad asombrosa. Pensó en los años, en el retumbar de la vida, en el sonido suspendido de un violín. Ya no sentía dolor, solo un peso tibio en el pecho: ¿quizá el corazón, por fin, se llenaba?

Al día siguiente, con la luz suave de la mañana filtrándose azul por la ventana, Asunción se inclinó sobre él y susurró:

Ya hemos encontrado nuestra música.

Y en ese instante, Francisco supo con certeza que cualquier resto de vida sería suficiente para amar y ser amado, como si toda demora y extravío fuesen solo el precio exacto de esta segunda victoria.

Aferrados, un mismo pulso latiendo al unísono, Francisco y Asunción sonrieron al futuro, sin más nostalgia, mientras Madrid despertaba y, quién sabe, alguna melodía se escapaba por la ventana, haciéndose eco feliz en los patios.

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