Mi vecina del chalet pensaba que mi cosecha era de todos, pero le enseñé rápido que aquí la caradura…

¡Ay, pero bueno, mujer, no seas tacaña! ¿Vas a racanear unos pepinos? Si total, con la cantidad que tienes, acabarán poniéndose amarillos, y a mí me han venido los nietos y necesitan vitaminas. ¡Que no seas agarrada, anda, si vivimos puerta con puerta, como buenas vecinas!

Recuerdo perfectamente a Manuela, encorvada sobre la valla baja de alambre que separaba nuestros huertos. Su cara ancha lucía una sonrisa dulzona y un poco insolente. En una mano, un cuenco de esmalte medio lleno ya con mis fresas, y con la otra ya estirándose hacia la mata de grosellas que tenía yo en mi parcela.

Yo, arrodillada en el bancal de zanahorias, arrancaba malas hierbas minúsculas. Me incorporé despacio; la espalda me crujió como cada verano. Me limpié el sudor de la frente con el dorso de la mano, toda manchada de tierra negra de ribera, y le dirigí a Manuela una mirada tensa, cansada. Ese “somos de confianza” lo repetía año tras año, desde aquel primer verano que Álvaro y yo compramos la casita de campo y convertimos aquel solar salvaje en vergel.

Manuela le dije, con voz serena pero firme. Tú también tienes fresas. Las he visto. ¿Por qué no recoges las tuyas?

¡Bah! ¿Qué fresas voy a tener yo? resopló ella sin el menor titubeo. Son enanas, ácidas, me las han picado todas los gusanos. Yo no me apaño con los abonos como tú, ni me entretengo en historias. Lo mío, natural; como venga la Madre Tierra. ¡Pero mira las tuyas, parecen de exposición! Da hasta pena que se pudran, y siendo dos en casa, ¿qué vais a hacer con tanto? ¡Os van a salir por las orejas!

Respiré hondo. Su lógica era tan impenetrable como un muro de piedra de Ávila. Estaba convencida de que, si tú tienes mucho, tienes deber de compartir, y poco importan los motivos de su escasez. La simple pereza, ni se contemplaba.

Aquel primer año, el huerto de Manuela era una pena: manzanos retorcidos, enmarañados de líquenes, bancales desbordados de malas hierbas, y esos dichosos dientes de león invadiéndolo todo. Para ella ir a la casa de campo era “descansar el alma”: tumbada en su hamaca, asando longanizas corrientes sobre ladrillos y la radio a todo trapo.

Para mí, en cambio, trabajar la tierra era casi devoción. Conocía cada mata, encargaba semillas raras de tomates por carta, y me despertaba antes del alba para abrir el invernadero. Cada judía y cada pepino eran fruto de mi esfuerzo, de mi espalda dolorida, de noches en vilo en abril por las heladas tardías.

Manuela, deja ese cuenco insistí. Las fresas las necesito para la mermelada; cada fruto cuenta.

¡Uy, ya estamos! bufó, con los ojos en blanco. Agarrada. No te va a faltar. ¡Si es solo para los niños! ¿Vas a quitarle la fruta de la boca a una criatura?

Deprisa, antes de que pudiera yo acercarme a la valla, Manuela se zampó una fresa bien grande, masticó con ostentación y se alejó hacia su casita con el cuenco de su botín.

Me quedé allí en medio del huerto, sintiendo cómo me bullía la rabia por dentro. Álvaro, mi marido, apareció del cobertizo con una garlopa bajo el brazo. Vio la escena pero pasó de intervenir; nunca le gustaron los líos entre mujeres.

¿Otra vez la Manuela a lo suyo? preguntó, arrimándose a mí.

Y tanto contesté. Como una cabra ajena en nuestro pasto. ¡Esto ya es descaro! El otro día cortó los calabacines mientras fuimos al mercado; según ella, os habíais olvidado, se iban a pasar los calabacines. Ahora viene a por las fresas.

Pon una valla de las buenas sugirió Álvaro. De chapa bien alta.

No está permitido suspiré. En la urbanización solo dejan vallas bajas, de madera o alambre, para que no den sombra. Y dinero no hay, con la inversión en el nuevo invernadero.

La situación empezó a ser insostenible, más aún con julio tan abundante. Tomates como racimos de corales, pepinos crujientes, los pimientos gordos… y cuanto más recolectaba yo, más menudo asomaba Manuela por la valla.

Un sábado llevó a su casa una legión de invitados: diez por lo menos, gran trajín de música y cajas de Mahou. Hacia el anochecer, cuando regaba mis geranios, se acercó Manuela, ya bastante alegre.

¡Aurora! me voceó. Hazme un favor de buena vecina. Se nos ha acabado el picoteo. ¿Me pasas unos tomate “Corazón de Buey” y un buen manojo de perejil? El súper está lejos y la peña quiere seguir de fiesta.

Me enderecé sujetando la manguera. El agua regaba los rosales.

Manuela, los tomates aún no están todos listos. Y los que están, me los llevo mañana a Madrid, para la niña.

¡No seas agonía! ella, colgada de la valla, destilando olor a vino barato. Si los tienes ahí rojos, reluciendo. No seas tacaña, mujer. Luego te compro un chocolate, anda.

No repliqué sin titubear. No.

Cambió la cara. Se le borró la sonrisa y los ojos chispearon con mal genio.

¡Pues quédate con tus tomates, a ver si revientan! Mira qué vecina… ni un hielo pedirle se puede. Ni aunque caigan chuzos de punta. ¡Hala!

Se fue, pisando fuerte. El resto de la velada oí murmullos sarcásticos y carcajadas. Llegaban retazos de frases: “…estos pijitos madrileños…”, “…por una perra, matan…”, “…como si el mundo se muriese por sus tomates llenos de porquería…”. Me dolió hasta lo más hondo. Me encerré en casa, cerré ventanas y puse la tele fuerte.

Al amanecer, salí al porche y se me saltaron las lágrimas. La puerta del invernadero, entornada. El corazón se me desplomó: corrí hacia las plantas.

Así fue. Los ramilletes más grandes de tomates, arrancados de cuajo. Algunos tallos rotos, tomates inmaduros desparramados por el suelo. Faltaban pepinos también. La zona de las aromáticas era casi lunar: perejil y eneldo, exterminados.

Me quedé allí, viendo el destrozo. No era solo robo: era desprecio a mi trabajo y a mi tiempo.

¡Álvaro! le llamé, la voz temblorosa.

Vino enseguida y, tras valorar los daños, se le puso cara de pocos amigos.

Esto ya no es broma, Aurora. Robo, y del gordo.

¿De qué sirve denunciar, Álvaro? No tenemos cámaras. Ella dirá que no fue, o que nos lo hemos inventado para acusarla. Y si conoces a Manuela, sabes que, a gritos, convence hasta al alcalde.

Me acerqué a la valla. Su parcela estaba en silencio, los invitados dormían la mona. Vi, entre botellas vacías, un cuenco con los restos de ensalada: allí estaban mis tomates “Corazón de Buey” y las hojas de mi perejil.

Bueno dije, con voz cortante. Se acabó. Ya he tenido suficiente. Vamos por las malas. Pero con cabeza.

¿Qué vas a hacer? preguntó Álvaro, receloso. No hagas ninguna locura.

Nada ilegal me reí, con una sonrisa maliciosa. Solo psicología y un poco de química.

El plan vino solo. Fui a Aranjuez, al vivero grande. Volví cargada de cosas extrañas: un mono amarillo de jardinera con capucha, mascarilla, nebulizador de jardín y tinte alimenticio azul, además de un bote de jabón de azufre maloliente.

Por la tarde, justo cuando Manuela y su tropa salían para el café con cara de resaca, monté la función.

Me disfracé con todo el equipo, bien aparatoso. Álvaro se puso una chaqueta vieja y mascarilla. Salimos al huerto. Preparé, muy visible, un cubo con agua, mitad tintura azul, mitad jabón. El olor era penetrante, a hospital antiguo. El líquido parecía tinta tenebrosa.

¡Álvaro, aléjate, que esto es fuerte! grité adrede, por si había orejas al acecho. Es muy peligroso, eh, ni acercarse sin protección.

Empecé a rociar tomates, pimientos y repollos a conciencia. Las manchas azules eran lo bastante escandalosas para asustar a cualquiera.

Manuela asomó, intrigada por los olores y el espectáculo.

¿Qué haces, Aurora? ¿Se ha quemado algo? ¿Son bichos? ¡Menudo pestazo!

Me quité un guante, pero no la mascarilla.

Peor, Manuela le respondí alzando la voz. Hay una plaga nueva por internet. Un virus fúngico que pudre la cosecha en veinticuatro horas. Me vendieron un químico experimental: “AgroVeneno 3000”. Dicen que machaca todo ser vivo menos la mata.

¿Todo ser vivo? la noté lívida.

Lo dicho: bichos, pájaros, ratones… hice una pausa. Me han explicado que para humanos es muy tóxico, y si lo comes antes del plazo, los efectos son inmediatos. Daño hepático fulminante. Veintiún días mínimo de cuarentena, y luego ya es seguro. Así que, aquí estoy, jugándome el pellejo.

¿Veintiún días? ¿Y si solo lo tocas? preguntó, tragando saliva.

Si lavas las manos al momento con alcohol puro, tal vez no pase nada. Pero, si entra en contacto con mucosas… mejor ni te cuento. Yo este traje, cuando termine, lo quemo.

Seguí rociando las plantas. Manuela se quedó un minuto y luego, cabizbaja, se derrumbó hacia su casa.

Oí su grito al grupo:

¡No os comáis la ensalada! ¡A la basura! ¡Me ha parecido amarga, igual es veneno!

Sonreí bajo la mascarilla. El primer acto de mi pequeña venganza había surtido efecto.

La semana siguiente, Manuela no se acercó a la valla. Miraba con pánico mis tomates azules, sugestionada. Si sus nietos jugaban cerca: “¡Ni se os ocurra respirar aquí!”.

Por las noches, Álvaro y yo limpiábamos el tinte de los pepinos que crecían demasiado rápido para abandonarlos a la supuesta “química” y nos los comíamos tan ricamente. Los tomates seguían azules, asustando hasta a los mirlos.

Manuela, sin embargo, es dura de mollera. Al cabo de los días, superó el susto y la suspicacia la pudo.

Oye, Aurora me gritó un sábado, ¿tú qué haces comiendo pepinos? Bla bla bla…

Le respondí mientras desayunaba en la terraza:

Estos son del mercado, Manuela. Los míos, con ese veneno, no me atrevo… Los “buenos” están aún azules por el remedio ese. Nanotecnología, ¿sabes?

Torció el gesto y se marchó refunfuñando contra los “químicos” y la contaminación, pero dejándome ya en paz.

El gran desenlace llegó en agosto, con el grueso de la cosecha. El tinte de los tomates se había ido casi del todo, el sol y la lluvia dejaron sólo un leve rastro azulado en el peciolo.

Manuela, sintiéndose segura, o quizá empujada por la codicia, decidió intentar de nuevo. Previendo aquello, antes de marcharme a la capital unos días, puse un candado en la puerta y en la valla un letrero plastificado, bien visible:

“ATENCIÓN: Videovigilancia activa. Parcela tratada con agroquímicos experimentales altamente tóxicos. El consumo de frutos sin neutralización especial puede causar daños irreversibles en el sistema digestivo. Comunidad informada. Intrusiones serán denunciadas a la Guardia Civil”.

Las cámaras eran mentira, por supuesto. Pero químicos, Guardia Civil y tales, imponen.

Al volver a los dos días, me encontré a Manuela discutiendo airadamente con don Julián, el presidente de la urbanización.

¡Esto es un abuso, Julián! chinchaba ella, señalando el letrero. ¡Nos está intoxicando a todos! ¡Y cámaras, y todo! ¡Mi nieto con dolor de tripas, y seguro que es de sus venenos! ¡Haga algo!

Don Julián, cansino, limpiaba sus gafas y al verme llegar, suspiró de alivio.

Aurora, buenos días. Hay quejas sobre el cartel y “las cámaras”.

Saludé con calma.

Don Julián, no hay productos ilegales. El cartel es advertencia: últimamente hay “fauna” empeñada en destrozar mi cosecha. Sobre el nieto… si no entraran en mi parcela a robar pepinos, nadie enfermaría.

¿¡Entrar yo!? ¡Demuestra lo que dices!

Tengo grabaciones mentí tan tranquila. He quitado las cámaras de pega y puesto reales; con detector de movimiento. Si quieres, Manuela, ahora delante del presidente, revisamos el martes pasado y vemos qué pasó… O del sábado, con tus invitados y el perejil. Estoy por denunciarlo.

Sabía que mentía, pero también que el temor al ridículo y a una multa sería más fuerte que su cara dura.

¡Tus tomates y pepinos me sobran! gritó. ¡Me quedo con los míos!

Y entró en casa, dando un portazo.

Don Julián miró a mis tomates azulados y sonrió con picardía.

¿El químico es tan potente como dices, Aurora?

Tintura de repostería y jabón, don Julián. Contra el pulgón y… los ladrones. Mano de santo.

Entendido dijo riéndose. Deja el cartel, por prevención.

Desde ese día Manuela y yo no cruzamos palabra. Cuando pasaba la veía girar la cara y, en el pueblo, decía que yo era una bruja que envenenaba los cultivos. Yo, por mi parte, feliz: aquella temporada no me faltó ni un fruto.

Lo más insospechado fue la primavera siguiente. Al llegar, descubrí que en la parcela de Manuela reinaba el ajetreo. Ella, gruñendo, cavaba la tierra. Torpe, mal hecha, pero la trabajaba. A su lado, cajas con plantones comprados de saldo, pero currados por ella.

Me acerqué a la valla. Manuela, detectando mi presencia, blandió la azada como lanza.

¿Qué quieres? ¿A vigilarte?

¡Buen trabajo, Manuela! le dije afable. No te pases de hondura, por debajo hay barro. Le iría bien algo de arena.

¡Ya me las arreglo! No necesito consejos. Lo mío… natural. Sin tus químicos raros.

Claro respondí. Lo propio sabe mejor.

Y aquel verano cosechó sus primeros, retorcidos pepinos y tomates minúsculos. Iba por el huerto como si hubiera ganado una medalla al mérito agrario. Por cierto: dejó de husmear lo ajeno. Cuando uno siembra, aprecia cada fruto.

Una tarde vi cómo expulsaba de sus fresas a los hijos de la vecina que entraban a por la pelota:

¡Fuera de aquí! ¡Esto no es el campo de fútbol! ¡Aquí hay trabajo, sudor…!

Miré a Álvaro, que encendía la barbacoa, y ambos nos reímos con complicidad.

¿Lo ves? le dije. Más que vallas, la mejor lección es el trabajo propio.

Al cerrar el ciclo, en otoño, Manuela vino a la valla: me ofreció un bote con tres pepinos en salmuera, de tamaño irregular.

Toma gruñó. Prueba, son míos. Lo he hecho con una receta de la revista.

Lo recibí como si fuera un trofeo.

Gracias, Manuela. Lo probaré. Si quieres, el año que viene te paso semillas. De las buenas, “Corazón de Buey”. Hay que plantar en febrero, yo te ayudo.

Bueno… vale dijo, y se le escapó media sonrisa. Si te sobra.

Me sobra repliqué. Para la gente que trabaja, nunca sobra.

Nos quedamos un rato mirando los árboles ya dorados. El cartel de los químicos desapareció con la lluvia, pero el respeto quedó, invisible y firme. Más fuerte que cualquier valla.

Ese año, conservé el récord de botes de tomate. Ni uno se perdió.

Y así terminó aquella historia.

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MagistrUm
Mi vecina del chalet pensaba que mi cosecha era de todos, pero le enseñé rápido que aquí la caradura…