Algunas rarezas de la familia de Olguita Hermosa
Olga ha salido con el perro otra vez
¡Virgen santa! ¿Qué le habrá hecho ahora la pobre criatura? ¡Fíjate en Chispa! Ahora la cola la tiene rosa, ya no es morada como ayer ¡Mira, mira cómo la mueve!
¿Y qué quieres que le haga, si la niña es algo particular? Pero buena y decente, eso no se le puede negar. ¿Cuántas chicas así ves hoy en día? Cuando la abuela estuvo enferma, Olga no salió del hospital, siempre revoloteando, sin pensar en su propia juventud.
¡Bah! Pero ayer mismo la vi bajando de un coche con un joven muy apuesto.
¡A lo mejor era el taxista!
¡Sí, claro! Desde cuándo besan los taxistas la mano a las muchachas, dime tú.
¿De verdad?
¡Pues claro! Ya lo verás, nuestra Olguita se casa pronto, te lo digo yo.
¡Pues bien está! ¡La abuela se alegrará! Vaya nieta que ha criado: lista, guapa y con principios. Si no fuera por la profesión que ha elegido
¿Y qué le ves tú de malo a la profesión de Olga?
¿Investigadora? Mujer y policía, ¿qué es eso?
No digas tonterías. Hoy en día, ¿quién respeta la ley como la abuela de Olga? ¡Nadie! Y de investigadora le va de maravilla. Hasta en el periódico salió. Y en la tele, ¿no viste? La elogiaban, y tú quejándote
Si yo no digo nada. ¡Dios la guarde! Que tiene mucho por enseñar, eso estaba clarísimo desde niña, ¿te acuerdas cómo era?
¡Claro! Igualita que su abuela: todo fuego.
Mientras las vecinas charlaban bajo la entrada, Olga pasó junto a ellas, saludando con una inclinación tan educada como breve. Y de pronto, echó a correr tras la perra de cola rosa, que brincaba alegre por los caminos arenosos y cubiertos de escarcha.
¡Ay, ahí va otra vez! ¿Por qué corre?
A recoger a su hermana. Rosa llega hoy en avión.
¿Y tú cómo lo sabes?
Me lo ha dicho la propia Olga. ¡Mira! Llega un taxi.
Del coche salió una joven alta y esbelta, avanzó sin decir palabra hacia una Olga sonriente y la abrazó. Luego silbó a la perra, que no tardó en acercarse.
¡Olga! ¿Qué le has hecho a este pobre animal, a ver?
¿No te gusta? Es el color favorito de la yaya.
¡Ay, cuánto te he echado de menos, mi rara!
Y Olga volvió a abrazar a su hermana, soltando una carcajada.
Todo el barrio sabía que Olguita Hermosa tenía su punto de rareza. Lo suyo venía de lejos, desde aquella infancia dorada cuando lucía trenzas finas y lazos armados por su abuela. Era una criatura dulce que siempre saludaba con cortesía y sonrisas de dientes algo torcidos hasta que el abuelo adoptivo intercedió.
¿Cómo están ustedes?
Pronto, ni quienes no guardaban secretos ni papagayos habladores cerca, soportaban responderle. Es que Olguita daba miedo.
La niña era de una desbordante charlatanería. Pero no era solo hablar por hablar; tenía el arte de hilar lo escuchado y lo visto, para luego decírselo justo a la persona implicada, sin el menor reparo.
Tía Carmen, mientras usted trabajaba, el tío Esteban fue a ver a la tía Inés, del piso diecisiete. ¡Con flores! Las mismas que le trae a usted en cumpleaños, pero el ramo era aún más grande. Pedí olerlas, pero me dijo que no, y se fue con Inés. ¿Por qué a ella sí y a mí no?
Carmen, que hacía tiempo fingía creerse los cuentos de su marido sobre las horas extra, temblaba, miraba a los lados y apuraba el paso, olvidando saludar incluso a la abuela de Olga.
Hija, ¿a qué viene hablar con la tía Carmen sobre asuntos que no te preguntan? la reprendía la abuela. Pero nunca explicaba el porqué de su enfado.
Olguita se sentía incomprendida. No entendía por qué la reñían, si sólo decía la verdad.
Tras esos episodios, la abuela callaba y la tomaba de la mano apretando fuerte, transformándose en una estatua, tan seria y rígida como la de la Plaza Mayor a la que solían ir algunos domingos. Ni una palabra, solo algún ceño fruncido y el castigo indirecto: sin postre después de cenar.
Eso, desde luego, no alegraba a Olguita. Se enfurruñaba hasta recordar que, a diferencia del monumento, en la cabeza de su abuela no anidaban palomas ni la dejaban con el peinado estropeado.
El tema del líder calvo se lo contó el abuelo adoptivo, que tenía una paciencia infinita con la niña curiosa.
¿Por qué está calvo?
¡De tanto preocuparse! respondía él, siempre directo.
¿Es que sufría mucho? ¿Tenía un trabajo duro?
¡Desde luego!
¿Dentista de niños?
Y Olguita se imaginaba el monumento encorvado al lado del sillón del abuelo, y no podía evitar reírse con la idea.
El abuelo la miraba de manera extraña, luego soltaba una carcajada.
Si hubiera sido así, el mundo sería otro. No, hija, era un líder.
¿Y eso qué es? Si fuera un líder, tendría plumas en la cabeza, como en el libro aquel.
No, necesitaría plumas de águila.
¡Pobres águilas, que bonitas son! Y además ellas no hacen sus cosas donde no deben. La yaya dice que eso es de mala educación; ¿te acuerdas que nos lo contó cuando fuimos a pescar y tú te alejaste al matorral?
El abuelo reía tanto que las cabezas se giraban en la plaza, y la niña se encogía de hombros sin comprender qué gracia tenía.
Entonces se le ponía seria a Olguita:
No deberías comportarte así, ¿te crees el caballo de Don Quijote?
¡La discreción ante todo! repetía la niña lo que oía a su abuela.
Al terminar, el abuelo la llevaba a casa y compraba un helado secreto, porque la abuela no permitía dulces antes de comer. Era el secreto más guardado de Olguita.
Si le dices a la yaya lo del helado, no me lo perdona.
¿Y habrá discusión?
¡Vaya que sí! Ya sabes que tu abuela tiene genio.
Y tú no la obedeces
Soy hombre, mujer, no me puedo pasar la vida obedeciendo.
Entonces, ¿puedo decírselo?
No, una cosa es obedecer y otra enfadarla.
¿Eres un cobarde, abuelo?
No, chica. Soy sabio. Prefiero la mala paz que la buena pelea.
¿Eso qué significa?
Ya te lo contaré, ahora vamos a comprarle flores a la yaya.
¿Para qué?
Para despistarla, que no note tu cara de felicidad.
El abuelo, además de querido, era toda la familia para Olguita, que lo recibió de regalo de Reyes. Su abuela, doña Virtudes, la criaba desde niña, pues sus padres, siempre de expedición en expedición, le entregaron la niña convencidos de que estaría mejor. La abuela, mujer de leyes y mucha cabeza, era poco dada a los sentimentalismos salvo con su nieta y el viejo amigo con quien se reencontró pasado el tiempo.
No fue hasta la llegada de Virtudes y su boda con don Pedro que Olguita tuvo abuelo adoptivo, y enseguida le entró devoción. Y a pesar de ver a su abuelo biológico con frecuencia, el amor era mayor por el compañero de Virtudes.
Don Pedro entró en la familia gracias al legendario drama del primer diente de leche, pues sólo él supo consolar los gritos de la niña y dar paz a toda la escalera, que bendijo a la abuela por llevarla a su consulta. Así empezó todo.
Olguita creció entre el cariño de la abuela, el abuelo y, con el paso de los años, una familia compuesta pero sólida. Pronto llegó también Rosa, su hermana de corazón, aunque sin lazos de sangre.
Así fue como Olguita, la niña de los lazos y la lengua suelta, encontró su sitio entre la familia, la abuela de espíritu indomable, don Pedro y, más tarde, Rosa, quien sería la encargada de enseñarle cuándo hablar y cuándo callar.
Te iría bien ser detective, Olguita le decía Rosa. Aunque el abuelo no querría, decía que es oficio de perros, que si te toca un mal investigador todo se tira por tierra.
Pues yo seré investigadora.
¿Por qué?
Al menos habrá una buena y las dos reían, aún sin imaginar el futuro que vendría.
Por mucho que la tildaran de rara o se burlaran, Olguita tenía una meta clara y el respaldo de los suyos. ¿Cómo no iba a salirle bien, con una abuela como Virtudes siempre detrás, con su pregunta inmortal
Olguita, ¿has comido algo hoy? ¿No? ¡Eso no puede ser! ¿Y tú de qué te ríes, Rosa? Seguro que tampoco tocaste bocado desde la mañana. ¡A comer, las dos! ¡Y los platos limpios! ¡Pedro! ¿Necesitas invitación para lavar esas manos y dejar a Chispa tranquila? ¡Pobre animal, qué os ha hecho la naturaleza! ¿Para qué quiere un perro la cola rosa, eh? ¿Para fardar? ¡Eres tú quien dice eso! ¿De verdad? No me había dado cuenta No me liéis, insensatas. ¡Que la sopa se enfría! ¡A la mesa, venga!



