8 de marzo,
A veces me asombra hasta dónde puede llegar el recuerdo de la infancia, y cómo las raíces de la vida siguen creciendo, aún entre las piedras. Yo, Pedro, crecí siendo el mayor de tres hermanos en una familia humilde del pueblo de El Espinar, en plena sierra de Guadarrama. Papá, que tenía el vicio del vino y poco apego al trabajo, iba saltando de jornal en jornal, y mamá, Teresa, con su puesto fijo en Correos y el peso de la casa, apenas daba tregua a sus manos; todo para que nunca faltara un plato en la mesa.
Siempre sentí el peso de ser el primogénito. Echaba una mano a mamá, cuidaba de mis hermanas Carmen y Mercedes, cargaba agua de la fuente y leña para el fuego. Cuando crecieron, pronto podrían ayudar un poco más, pero ya papá faltaba en casa. Se fue pronto, como tantos, por un mal trago de aguardiente adulterado con sus compadres. Pero la vida no se hizo más fácil.
Mamá, entre sollozos, se lamentaba por el cabeza loca:
Mira que era borrachín, pero callado, nunca levantó la voz y, aunque fuera poco, traía algo a casa ¡Ay, qué cabeza más mala tenías, Máximo! ¿Y ahora qué va a ser de nosotros?
Yo, para no oír más sus lamentos, hacía mis tareas lo antes posible y luego me escapaba, buscando aire con los chicos de la pandilla. Nos juntábamos a la hora del fresco, en el portal de la vieja casa deshabitada en la linde del pueblo. El cancé era nuestro banco: amplio y de maderas robustas, acogía nuestras risas mezcladas con historias, algunas inventadas, otras vividas.
No tenía yo un duro ni para pipas, y en casa tampoco era de esos pequeños lujos; mamá ahorraba hasta el último céntimo. Pero mi vecina y compañera de juegos, Leonor, siempre tenía un puñado extra de pipas de girasol para mí. Me las pasaba sin ruido, a escondidas, echándomelas con disimulo en el bolsillo o la palma de la mano, dulces y aceitadas, y yo, entre dientes, le susurraba un gracias mientras saboreaba cada una, como se saborea lo escaso.
Al principio me daba vergüenza tanto favor, hasta que la costumbre nos hizo amigos inseparables, siempre pegados en el banco, compartiendo pipas, risas y pequeños secretos.
Nunca soporté recibir sin dar nada a cambio. Por eso, tras comer, iba a casa de Leonor a echarle una mano en el huerto cuando sus padres estaban en el campo. Sin falta, le preguntaba:
¿Tus padres están trabajando?
Claro, a estas horas siempre.
Me dejaba caer junto a los surcos, y, charlando, desbrozaba maleza a su lado. Leonor, alegre por mi compañía, nunca rechazó la ayuda. Al acabar, metía un botijo con agua fresca y una fuente con bizcochos y caramelos bajo la sombra de los ciruelos. Yo, por educación, rehusaba al principio, pero ella insistía hasta que aceptaba, y así terminábamos merendando juntos.
Los dulces en mi casa eran rareza, apenas para las fiestas. Le agradecía a Leonor su generosidad, siempre en silencio.
En los estudios flojeaba un poco, salvo en gimnasia, donde despuntaba sobre los demás. Fue por eso que, tras el instituto, me matriculé en la Escuela de Magisterio de Segovia, especialidad de Educación Física. Leonor eligió enfermería.
Ya de adultos, apenas coincidíamos salvo en Navidades o fiestas. Yo pasé de ser el chaval enclenque a un joven fuerte y seguro. Leonor, siempre igual de dulce, azul de mirada, delgada y risueña, traía consigo una melancolía nueva. Se casó temprano, y pronto, tras un accidente de tráfico, perdió a sus padres. Buscó refugio en el amor y formó familia con Paco, un chico del pueblo de verbo fácil y manos inquietas.
Me descolocó saberlo. Me parecían tal para cual en nada, pero los jóvenes montaron casa y a poco nació su hijo.
Yo, sin prisas, me volqué en mi trabajo en la escuela deportiva; con el tiempo llegué a ser director del polideportivo de Segovia. Mis hermanas se establecieron y se marcharon. La vida de Leonor, sin embargo, no mejoró: su marido, según contaba mamá, tomó el mismo mal camino que mi padre.
Así lo dices decía mamá, su Paco no para en casa, ni niño ni mujer le importan. Una pena, hijo, cuánta soledad.
¡Maldita sea! golpeé la mesa sin querer. ¿Por qué se casó con él? Antes vivía mejor… Recuerdo a papá y se me revuelve todo por dentro.
Y lo peor, Pedro, es que va y vende todo lo de la casa para el vino: radiocasete, ropa, hasta el cristal de los abuelos de Leonor. Hay quien le compra sabiendo bien para qué…
¿Y ella? ¿Ha venido a pedirte algo, mamá?
No, nunca me ha pedido ni un euro, está apurada, sí, pero calla y tira.
Le di vueltas y vueltas esa noche. Al fin, mamá me rogó:
No te metas, hijo. Donde hay pareja, no conviene hurgar. Si sigue, será porque lo quiere.
Entonces le conté cómo Leonor me alimentó toda la infancia, cómo compartía sus dulces y su cariño conmigo y que no podía quedarme quieto sabiendo que lo pasa mal. Mamá asintió:
Haz lo que quieras, pero sin líos. Dale apoyo, pero sin cruzar la línea.
Volví a Segovia dándole vueltas a todo. Al poco regresé en coche, y descargué en casa de mamá sacos de pipas, cajas de galletas, arroz, harina, legumbres y bolsas de caramelos.
¿Pero, Pedro, te mudas conmigo? rió mamá, sorprendida. ¡Qué alegría me das, hijo!
No, madre. Esto es para la casa. Y parte, para Leonor. Las pipas ella sabrá por qué. Me da pudor entregárselo yo mismo, que lo vean las vecinas. Hazlo tú poco a poco, que no note el pueblo.
¿Y tus hermanas?
Bien sabes que nunca les falta nada, ni en Navidad.
La convencí, y cumplió como una madre. Llevaba a Leonor cada semana pequeños envoltorios de comida y dulces, siempre con discreción. Al principio, Leonor rehuía la ayuda, pero una tarde, al ver el cubo repleto de pipas, entendió todo. Lloró, tocando las semillas, y le dijo a mamá:
Dale las gracias a Pedro. No olvida, pese al tiempo. Pero dile que no se preocupe más por mí; hace dos semanas pedí el divorcio. Ojalá acabe mi pena pronto.
Mamá asintió, turbada, pensando en lo que pudiera suceder más adelante. Leonor, tras el divorcio, fue recogiendo los trozos, tejió cortinas nuevas, su hijo Marcos empezó la guardería, y la casa recuperó vida. Mamá la ayudaba con los recados y, al pequeño, comenzó a quererle como a un nieto.
Yo iba a casa cada vez con más frecuencia. Siempre preguntaba:
¿Ha venido Leonor? ¿Y Marcos?
¡Pregúntame por la salud, al menos! reía mamá.
Perdón, madre ¿cómo estás? decía yo, aunque ya estaba mirando por la ventana.
Anda, ve a verla; es sábado y estará en casa. Os miran todos, ya no disimuléis ¡Id a lo vuestro!
Reía yo a carcajadas por las dotes de casamentera de mamá, pero en el fondo, me emocionaba su comprensión. La abracé fuerte aquella tarde.
Gracias, madre. Por entender siempre.
Al salir cogí un ramo de crisantemos blancos las flores que más le gustaban a Leonor y atravesé la calle sin temor al qué dirán, pensando en los chismes de pueblo y cómo el amor puede crecer de las semillas más humildes, hasta convertirse en raíz profunda que ni siquiera el tiempo consigue arrancar.
Me acerqué al portal de su casa, ese mismo de la infancia. Y entre la luz de la tarde y los olores del pueblo, casi sentí a Leonor al otro lado, mirando tras la cortina y esperando, igual que yo, un futuro menos gris.



