La vida vacía de Dasha

La existencia vacía de Eulalia

La nieve ya no quemaba las plantas desnudas de los pies de Eulalia; hacía rato que había dejado de sentirlas, como si fueran de otro. Solo el viento azotaba, con una furia semejante al latigazo, el rostro, los brazos y el cuello, colándose por la pechera de la desgastada camisola de noche. Los cabellos grises, atascados de copos endurecidos, pesaban como carámbanos. Una ventisca densa silbaba y zumbaba, golpeaba el aire y el mundo, y Eulalia ya no sabía a dónde iba, perdida, extraviada en el propio corral de su casa. Se apretó contra las frías tablas del vallado, juntó las manos sobre el pecho y musitó, casi cantando, una letanía tan antigua como ella.

¡Que llegue pronto, la muerte! ¡Llévame, Señor! ¡Que llegue ya!

Aquella noche habría muerto, sin remisión, congelada, si no fuera porque su vecina Galiana, que había salido a mirar por la vaca preñada, vio la puerta de la casa de Eulalia abierta y el haz de luz tembloroso en la oscuridad.

¡Eulalia! ¿Andas ahí, trasteando en la penumbra?

Pero Eulalia solo se apoyaba en el rincón del patio, quieta, oculta de todo tras los árboles y la nieve aulladora, con los ojos muy cerrados, repitiendo, encallada en el mismo estribillo: morir, morir…

Galiana cruzó el corral como un rayo, empujó la cancela y entró gritando.

¡Eulalia! ¿Dónde andas? ¡Eulali­a, por Dios, alma cándida!… ¡Eulalia!

Aunque quisiera, Eulalia no habría podido contestar. Se le escapó un quejido y se deslizó hasta caerse al pie de la valla, gimiendo algo inentendible, arrastrando la cabeza enmarañada hasta las rodillas. Se encogió. Lágrimas resbalaban por sus mejillas hundidas y grises. Luego notó que alguien la cogía y quería arrastrarla, pero el cuerpo había perdido toda la memoria de moverse: la anciana, rígida, era casi un trozo de hielo.

¡Santa paciencia! Espera, ya vuelvo la voz de la vecina quedó flotando, y se oyó el portazo cuando fue a buscar a su marido. Juntos, entre los dos, llevaron a Eulalia hasta su casa.

Desde entonces, Eulalia quedó postrada. Por la mañana, la joven practicante del consultorio de la aldea, sorprendida de que, a sus noventa y un años, Eulalia no tuviera ni catarro, solo unos pies amoratados por el frío, le dijo al inclinarse sobre ella:

Deberíamos llevarla al hospital, ¿quiere que traiga el coche?

La vieja miró las trenzas negras de la muchacha, el rubor sano de sus mejillas, y negó con la cabeza, obstinada.

No hace falta. Aquí me quedaré. No ocupes tu tiempo conmigo, corazón mío, ni te preocupes por nada. Ve en paz.

Así, yaciendo dos semanas, Eulalia se preguntaba para qué, por qué, había salido esa noche, descalza y en camisa, al frío del patio. Todos decían que era una locura suya, pero ella sentía que había algo misterioso, quizá inevitable, en aquel acto. La tarde antes, sentada sobre el colchón, deshacía un calcetín de lana a la luz temblorosa del quinqué. Sus dedos, sabios y viejos, tejían casi sin mirar. Pero sus pensamientos vagaban muy lejos, su mirada perdida en un punto de la pared. Sonreía, una sonrisa mitad cruel, mitad nostalgia, a un recuerdo remoto.

En la vida de Eulalia no hubo nada hermoso, ni de niña. Solo trabajo y escasez, y un único rayo, fugaz, de calidez: un deseo breve y puro.

Se llamaba Gregorio.

Gregorio… Gregorito murmuraba ella, medio entornada la boca, esbozando una sonrisa aún más extraña.

¿Soñaba acaso, o era vigilia? Se veía en un campo tras un bosquecillo, al borde de la dehesa de una señora. Eulalia se protegía los ojos contra el sol, oteando el horizonte, de pie mucho rato, esperando. Él había prometido ir. Dentro de su pecho, miedo y esperanza vibraban. Y en la neblina cálida del trigal veía, por fin, una figura de hombre. Corría hacia él radiante, gritando: ¡Gregorio! ¡Gregorio!

Acunada por ese recuerdo, se quedó dormida. Se despertó en la segunda mitad de la noche, intranquila. Echó un vistazo a la ventana: fuera, la ventisca ululaba, el cristal temblaba con el viento. Apartó la manta, estiró los brazos y, tanteando, buscó la puerta.

Nada, vuelvo enseguida

Salió, empujando la puerta con el pie, descalza, fuera de sí, entre la ventisca. Con la mano extendida, casi suplicante, murmuró:

¡Gregorio…!

El frío quemó todo el cuerpo, el aliento temblaba en el pecho. El piso bajo sus pies era hielo, que crujía a cada paso hasta la verja. Siempre mirando delante, sin ver, Eulalia avanzó, luchando contra el viento.

¡Gregorio! ¡Estoy aquí! ¡Gregorio!

Llegó a la empalizada y, sin saber bien cómo, se puso a buscar la puerta, sin hallarla. Comenzó a dar vueltas, perdida. La nieve le cubría hasta las rodillas. Así, perdida en su propio patio, la halló la vecina.

A lo largo de los días, Galiana acudía a verla, traía comida, cargaba la leña para la chimenea. La joven practicante regresaba para curarle las llagas, untarla con ungüentos que olían fuerte, tomarle la fiebre. Todo lo que le indicaban, Eulalia lo cumplía, y cuando quedaba sola, miraba al techo con ojos vacíos. Escuchaba los sonidos de la calle: el ladrido de los perros, el chirrido de algún carro, la algarabía infantil de los niños de vuelta de la escuela.

A menudo la vencía un sopor absurdo. Abría los ojos y era día, o noche. Crepitaban los troncos en la chimenea, caía de los canalones una gota tímida. Dios mío, ¿cuándo moriré? Morir, repetía su mente insomne.

Desde bien niña, Eulalia había aprendido una verdad: su destino era una cuesta empinada, cubierta de barro resbaladizo y de aliagas. Solo cabía rodar hacia abajo, dándose golpes contra piedras y raíces. Nadie ofrecía el hombro, nadie detenía la caída o ayudaba a volver arriba, al sol. Así vivían todos, y no esperaba otra cosa. Se acostumbró a esa vida: una caída lenta, interminable, que solo podía sobrellevarse con los dientes apretados para no gritar.

Aquel año, la primavera llegó tarde y hostil. No trajo calidez, sino vientos helados y lluvias sin fin, que destrozaron los caminos hasta convertirlos en barro. La nieve se derritió en mayo, mostrando una tierra mustia, átona, parecida a una vieja manta gastada. Los brotes tardaron en salir en los álamos; los huertos, desnudos, parecían calcinados.

Eulalia, reajustando el moño empapado del pañuelo mal atado, avanzaba por la senda de lodo desde el pozo. Los cubos cruzaban, bamboleantes, un yugo sobre sus hombros, y salpicaban de agua helada los pies agrietados. Al otro lado de la calleja, bajo una valla torcida, los hombres fumaban, encorvados bajo la llovizna, murmurando entre dientes miradas furtivas, pero Eulalia pasaba de largo, sin alzar la cabeza. Había aprendido a ser invisible.

¡Eulalia! el grito de la vieja Agracia, sirvienta y campesina como ella, cortó el aire húmedo. ¡Corre a la tienda! Dile a Prudencio que dé buena tela para la niña de la señora. La mejor que tenga, a flores. ¡Y espabila! Hoy hay invitados de Madrid; habrá cena y hace falta flores.

Eulalia dejó los cubos con cuidado en el porche, limpió las manos en el delantal mugriento y fue hacia la carretera. Tenía veintidós años y ya sentía que la vida había pasado de largo, ni siquiera la había rozado con sus alas. A los diez, tras la muerte de sus padres, la viuda de un terrateniente se la llevó a servir a cambio de pan. Eulalia era entonces una niña delgada, maltratada, con miedo a todo ruido y mirada baja. Ahora era alta, fuerte y callada; las manos deformadas por el trabajo, los ojos siempre al suelo, el brillo muerto hacía años.

Trabajaba desde antes del alba hasta la noche; le zumbaban los oídos, le pesaban las piernas como plomo. Rajaba leña bajo la lluvia otoñal, ordeñaba cabras en el corral helado, amasaba barro para el horno, lavaba en el río hasta entumecer los dedos. Escardaba huertos bajo el sol y las grosellas maduras llegaban a dolerle en la boca de tan prohibidas como estaban: la señora vigilaba cada baya, para azotarla con ortiga al menor descuido. Eulalia aprendió a no mirar. Con furia arrancaba hierbajos, se mordía los labios para no sollozar y procuraba agradar a la dueña, con la esperanza vana de recibir una mínima piedad.

Cada sábado, Eulalia encendía el baño de vapor, acarreaba cubos pesados desde el río, calentaba la piedra hasta que el calor era asfixiante. Luego, en la niebla densa, frotaba la ancha espalda de la señora con estropajo áspero, hasta casi desfallecer. La vieja se giraba, despatarrada y resignada, y mandaba frotar una y otra vez, mientras Eulalia sudaba, se arrodillaba o se alzaba en puntillas para llegarle a las paletillas. Tras secarla y vestirla, la llevaba de vuelta. Dolor de cabeza y náuseas para Eulalia, que se aguantaba, acostumbrada a que la llamaran bestia de carga. Ni se rebelaba: un muro invisible de cansancio y resignación la separaba de los demás y del mundo. Le daba igual la ropa, las bromas, si la señora le dejaba alguna falda vieja por Pascua. Ni los chismorreos de las mozas, ni las palabras de los mozos le decían ya nada. No conocía vida mejor y ni la imaginaba. La señora, además, se había vuelto dependiente de ella.

Una tarde, mientras Eulalia se subía a una banqueta para limpiar el espejo, la señora la miró pensativa:

Eulalia, ¿y si te casamos? ¿Te gustaría?

Lo que usted decida.

¿O prefieres quedar solterona?

Me da igual.

¡Bah! Mejor de solterona. Si no, se llena una la casa de críos, menuda lata. Con esas caderas criarías media docena, ¡vaya suerte la tuya! No como mi Amparito.

Quizá quiso persignarse, pero se lo pensó mejor y fue llamada por la voz de la hija. El asunto quedó en el aire, pero a Eulalia ni le inquietó ni le conmovió. Su alma dormía, ciega y tranquila, sin deseos. Había en ella una frontera inexplicable, y aquella frontera le bastaba para vivir sin ansias.

Llegó junio. El campo estaba exuberante, los prados verdes y espesos. La familia esperaba visita de importancia: la señorita, enfermiza y pálida, aguardaba a un joven de Madrid, posible pretendiente. Enviaron a Eulalia a cortar margaritas junto al río. Cuando bajaba por la pradera, un mozo desconocido le cortó el paso en la vereda. Llevaba chaleco vistoso sobre camisa bordada, botas relucientes; el pelo peinado a raya, lustroso de brillantina. Tenía una mirada arrogante y oscura. Era Gregorio, mozo de caballerizas de una finca vecina, que venía con el joven señorito.

Buenos días, guapa sonrió, recorriéndola despacio, fijándose en los brazos morenos, en el busto fuerte bajo la blusa desvaída.

Eulalia ni lo miró. Se apartó en silencio. Él, sin embargo, se cruzó de nuevo en su camino.

¿Te he preguntado el nombre? inquirió ella, seca.

¿A qué viene esa prisa?

Si quieres saberlo, deberías preguntar a quien me lo puso respondió, y manoteando, siguió su camino.

Gregorio empezó a aparecer cada semana. Su voz altanera resonaba en el corral, su mirada densa la perseguía en la cocina o cuando encalaba paredes. Se cruzaba con ella y le soltaba improperios o bromas pesadas, intentaba pellizcarla, pero Eulalia lo esquivaba, con una indiferencia de estatua. Un día, en el almacén, él le salió al paso, intentó sujetarla. Eulalia, como si le brotara de lo hondo, lo apartó de un empujón y Gregorio fue a dar contra la viga, magullándose el cogote. Sin inmutarse, Eulalia le lanzó una mirada glacial y salió, arreglándose el pañuelo y el mandil.

Gregorio la contempló desde el suelo, humillado, con una chispa nerviosa en los ojos: no era solo el deseo, sino una curiosidad punzante, rabiosa.

¿Y Eulalia? Si bien no se podía decir que fuera completamente indiferente, no sentía ni curiosidad ni apego alguno por Gregorio. Lo suyo era un desliz confuso, una llamada en el vacío, más cercana a la vida que a la pasión. Poco a poco empezó a sonreír, a veces, perdida. Quería volver a sentir aquella vibración en el pecho, aquella sensación desconocida. Se levantaba temprano para ver el amanecer, el vapor en la cuadra, el sol subiendo. Quería reír y rodar en la hierba fresca, dejarse caer, vivir. Pero apenas se daba cuenta, se obligaba a retomar el trabajo. Así pasaban los días.

Gregorio, testarudo, persistía; solo obtuvo de Eulalia un beso robado en el sótano, que ella respondió con una bofetada. Su constancia no trajo frutos. Solo, un día, ella le sonrió de soslayo, mientras vaciaba cubos; en otra ocasión, él notó que lo miraba desde la ventana, al cuidar los caballos. Era poco o nada, pero para Gregorio era bastante. Pero su historia no duraría.

Un día, Gregorio intercedió por un niño sorprendido recogiendo aceitunas ajenas. La señora ordenó azotarlo; Eulalia tembló, intentó proteger al niño, pero fue apartada. Cogió un leño, dudó. En ese momento, Gregorio arrebató el látigo al mozo del amo.

¡Fuera de aquí! Ya hablaré yo con la señora.

Las mujeres rodearon al pequeño, preguntándole nombres, consolándolo. El niño murmuró algo, luego sollozó.

Mi madre murió ayer ¡ayer!

A Eulalia, esas palabras la hirieron como una piedra. Apretó la boca, se refugió en su cuartillo, tapándose con el edredón. Lloró como nunca, de rabia, de soledad, del anhelo de algo que ni siquiera sabía nombrar.

Gregorio la encontró. Detrás de la puerta, se sentó a su lado. Sin palabras, la rodeó con el brazo. Ella, por primera vez, no lo apartó. Se apretó a su calor, enmudecida. Todavía brotaban lágrimas, pero la tormenta amainó. Quieta, oía su respiración, y susurró:

¿Y qué hay más allá del bosque? ¿Qué hay después?

Una ciudad dijo él, algo sorprendido. Una ciudad grande. Casas, mercaderes, catedrales

¿Y más allá?

Otra ciudad. Y sigue el tren. Y después el mar, dicen. Allá lejos.

Eulalia no había visto nunca el mar. Ni se atrevía a cruzar el río. Pero ahora lo deseaba: largarse de allí, donde solo el dolor y el trabajo eran su ley; donde ni siquiera la llamaban por su nombre. Quería ser humana. Giró hacia Gregorio, tomó su cara entre las manos ásperas y, por primera vez, le miró de frente:

¿Me llevarás? ¿Te casarás conmigo?

Gregorio dudó. Era ligero de palabra, valiente ante las muchachas, pero no para compromisos serios. Se escabullía, hablaba de esperar, de ahorrar pesetas y buscar fortuna. Pero Eulalia ya no le escuchaba; se había roto el dique. De golpe, se mostró resuelta, valiente, incluso febril de determinación. Le besó, le suplicóque le daba igual todo, solo quería marcharse, estar con él. Aquella noche, perdió el medallón de cobre que llevaba desde niña; el cordón se rompió y el colgante desapareció en la oscuridad. No lo buscó. Así será, dijo en voz baja, y en su tono había una rara solemnidad.

Gregorio volvió solo un par de veces. Se veían a escondidas en el pajar, en la despensa, entre los juncos del río. Eulalia floreció. Caminaba erguida, la cabeza alta, los ojos con un brillo nuevo, un rubor juvenil en las mejillas. Había vuelto a aprender a sonreír.

Y un día todo terminó. La boda de la señorita fue bulliciosa, con guitarras y vino, y el joven señor la llevó a Madrid. Gregorio, por supuesto, partió con ellos. Nadie avisó a Eulalia; lo supo por la cocinera, que le dijo con pena:

Se fue el tuyo, Eulalia. Con los amos. Ya no volverá.

Eulalia esperó. Todas las noches salía a la senda y miraba la cinta polvorienta que llevaba al bosque. Permanecía horas de pie, los brazos cruzados, mirando a lo lejos hasta que caía la noche y salían las estrellas. Dejó de comer, de dormir. Su rostro, antes bello, se volvió traslúcido, los ojos hundidos, ardientes de fiebre oscura. Agracia, la vieja, la regañaba, le lanzaba la escudilla, la llamaba tonta, pero Eulalia seguía sonriendo, ausente. Estaba convencida de que él volvería: lo sentía en cada fibra agónica.

Pasó el verano, caliente y sofocante, con tormentas y vendavales. Luego, un otoño gris, lluvioso, interminable. Eulalia se aficionó a mirar la línea del horizonte donde el bosque besaba el cielo. Creía que, aguardando en silencio, Gregorio volvería. Si alguno le preguntaba, ella apenas contestaba o solo sonreía. Estaba segura de que, si habían existido días cálidos, tan intensos y dulces, Gregorio tampoco podría olvidarlos. Al fin y al cabo, ¿quién no deseaba la felicidad? Solo era cuestión de esperar. Hablaba poco. Cada día se lanzaba al trabajo con una rabia feroz y, en los ratos libres, se quedaba sentada, mirando al vacío. Los días, meses y años se amalgamaban en un caldo podrido. Eulalia esperaba.

Un día, a finales de octubre, con los árboles desnudos y los campos encharcados, Eulalia, trabajando en su huerto, alzó la cabeza. Al borde del campo, junto al monte, divisó una silueta masculina. Le saltó el corazón. Le pareció Gregorio. Tiró la azada y echó a correr, sin sentir los pies, balanceando los brazos y llamándolo con la voz rota:

¡Espera! ¡Espera!

El hombre ni giró. Eulalia llegó hasta el riachuelo, crecido por las lluvias, y anduvo de un lado a otro de la orilla. No sabía nadar y él estaba ya en la otra margen. Subió a una rama caída junto al agua, y, haciendo visera con la mano, siguió con ansia la figura, que se borraba poco a poco. No quería llorar por miedo a que desapareciera del todo. Ya apenas se distinguía el pelo castaño, y la mancha se confundía con la camisa y el prado. Eulalia se puso de puntillas, intentando estirarse un poco más, forzando la vista hasta que la figura se desvaneció para siempre, dejando solo la extensa pradera verde.

La encontró una vecina, Rosario, mientras cavaba las frambuesas.

¿Qué haces ahí sentada? ¿Dónde ibas corriendo?

Era Gregorio respondió sin volverse.

¿Qué Gregorio?

El mozo el que venía con el joven.

¿El de la finca de al lado? ¿Para qué lo quieres?

Lo espero.

¿Esperarlo? suspiró Rosario ese ya no vuelve. Me han dicho que se casó hace años, que vive por tierras de León, y que de salud está muy mal. Lo vio mi cuñado hace poco; hijos tiene a montones, y ya ni se levanta de la cama. Está en la miseria, ni mujer ni hijos pueden con la ruina ¡y seguro que ya estará muerto, con lo mal que estaba! ¿Por qué te ríes?

¡Ja, ja, ja! rió Eulalia a carcajadas, sentada en la tierra. Se le desgreñaba el pelo, la falda retorcida, las rodillas blancas al sol.

¡Pobre infeliz, encima se ríe! Rosario se santiguaba precipitadamente. ¡Ese debe de estar bajo tierra, y ella se ríe!

¡Él es joven y fuerte, hermoso! Eulalia se tocó el pecho, los ojos brillaban de locura. ¿Y sabes quién soy yo?

¿Quién?

Su esposa. No tenemos hijos todavía, nunca me quedé preñada.

¡Ay, qué locura, con los años que han pasado! ¡Si ya debe de ser mayor! Rosario tiró de ella. Anda, vamos a casa.

Eulalia reía, mirándola con ojos lejanos, opacos.

¿Por qué mientes? ¿Por qué?

Rosario, alejándose, pensaba: Pobrecilla está tocada de la cabeza.

Desde entonces, todos en la aldea la tomaron por bendita. Eulalia dejó de llorar y de esperar como antes. Trabajaba muda en su huerta, con más saña que nunca, como buscando ahogar en el sudor el dolor del pecho. En los ratos libres se sentaba en el portal, mirando el bosque tras el cual, soñaba, estaría el mar. Y en sus ojos quedaba una hondura tan grave, tan sosegada, que el resto del pueblo se santiguaba y la evitaba.

Y aún, sin rendirse completamente, incluso en los mediodías de junio, cuando el perfume de peonías y tilos lo inundaba todo, Eulalia se ponía una blusa limpia, se peinaba sus largos cabellos canosos y, alzando la cabeza, contemplaba hacia el horizonte, donde la línea azul del monte se unía con el cielo. Permanecía quieta, aún erguida aunque ya no hermosa, pero había en su postura una paciencia antigua, de siglos, como si llevara toda la vida esperando, o más. Si alguien, compasivo o curioso, osaba preguntarle a quién aguardaba, respondía en voz baja, con una sonrisa clara:

A mi felicidad. Está allí, tras el bosque. Gregorio me prometió que vendría hoy.

¡Pobre loca! decían.

Tan solo el viento susurraba entre las copas, el río arrastraba sus aguas lentas y eternas, y, lejos, más allá del monte, más allá de los campos y ciudades, rugía ese mar ignoto que Eulalia nunca conocería, salvo por su nombre, suave y soñado.

Rechinó la puerta de su casa. Galiana entró a encender la lumbre. Eulalia la miró, ojos descoloridos y vacíos.

¿Qué tal los pies? preguntó Galiana.

La anciana murmuró algo ininteligible. Galiana se acercó.

¿Eh? ¡No te oigo!

morir ya No, él no vendrá. Solo queda morirGaliana se quedó quieta, con la leña aún en brazos, sintiendo el peso de aquel susurro. Miró a Eulalia, tan delgada y pequeña bajo las mantas, y por un momento no supo qué decir. El reloj de cuerda dio la hora, y fuera, la tarde empezaba a declinar con un resplandor pálido en las ventanas.

¿Quieres que me quede contigo hasta que oscurezca? ofreció la vecina, ablandándose.

Eulalia la miró, y de pronto sus labios esbozaron una curva serena, casi dulce. Negó muy despacio, cerrando los ojos, como quien se despide de un largo viaje.

Ve, Galiana El fuego ya está prendido.

Galiana, temblando, apiló la leña y se marchó, cerrando la puerta tras de sí para no dejar pasar el frío.

Eulalia respiró hondo, sintiendo el calor tenue de la chimenea en las mejillas. En el rumor de las brasas oyó, borroso y lejano, una risa juvenil, las campanas de la iglesia al fondo, el trino de una alondra. El aire olía a prados mojados, la luz se volvía dorada sobre la colcha. Un resplandor tibio entró por la gatera y acarició la cama.

Por primera vez en años, el pecho se le llenó de algo dulce, hondo, tan fuerte que contenía el dolor y lo rebasaba. Una paz cansada, de quien ha esperado toda una vida y ahora sabe, en secreto, que la espera termina dónde empieza otra cosa. Afuera, el viento traía rumores de mar y de ciudades nunca vistas.

Eulalia, a solas, sonrió con los ojos entrecerrados. Y cuando soltó un suspiro tan blando que apenas rompió el silencio, creyó sentir los pasos de Gregorio, ligeros, subiendo el umbral. Abrió los brazos como en su primer sueño, y el dolor de los años se deshizo, minúsculo, arrastrado lejos con el último sol de la tarde.

El humo subía recto, la aldea callaba. Nadie vio cómo, esa noche, una sonrisa se quedó flotando en los labios de Eulalia, mientras afuera las primeras estrellas centelleaban sobre el bosque y, más allá, tras la línea azul, el rumor del mar le cantaba al oído por fin.

Rate article
MagistrUm
La vida vacía de Dasha