Ser feliz es una obligación

Feliz hay que ser, sin falta

El padre se marchó con otra mujer cuando Marieta tenía apenas cuatro años. Se largó justo después de las campanadas, la mañana de Año Nuevo. En la puerta, le susurró un perdóname y cerró de golpe, como quien cierra el chiringuito tras un mal día de feria.

Su madre encajó aquello como quien espera la lluvia tras un verano seco. En su familia, ninguna mujer tenía mucho aguante con los matrimonios. Pero, cosa de dos semanas más tarde, una noche se tomó todas las pastillas que guardaba en el botiquín y en ese momento el botiquín tenía más éxito que una farmacia de guardia, y se quedó dormida para siempre, con una parsimonia fría.

Por la mañana, Marieta intentó despertar a su madre con el entusiasmo de quien pide churros en San Ginés un domingo. Como no hubo suerte, se conformó con el desayuno improvisado que encontró en la nevera: un yogur algo pasado, media tortilla y un trozo de manchego, y volvió a probar, sin éxito, reanimar a su madre. Rendida, se acurrucó junto a ella y se durmió.

Los días de enero vuelan en Madrid, y esa tarde ya empezaba a anochecer cuando Marieta abrió los ojos, tiritando de frío. Se envolvió aún más en la manta y se pegó a su madre, pero el frío le llegó hasta los huesos. De pronto, comprendió: era el cuerpo de su madre el que desprendía aquel frío brutal e insoportable. Al darse cuenta, las lágrimas ardientes le inundaron la cara.

La puerta de la entrada se abrió de repente. Marieta salió disparada al pasillo. Era Carmen, la hermana pequeña de su madre.

¡Ay, Marianita, ahí estás! ¿Y tu madre? Llevo todo el día llamándola y no coge el móvil. ¡Con lo nerviosa que soy!

Marieta agarró a su tía del abrigo y tiró fuerte, balbuceando y señalando con el dedo el dormitorio. Quería gritar, llorar con ruido, pero la voz se había quedado ahí dentro, como una tapa de cocido bien encajada: la boca abierta, la cara retorcida, lágrimas chorreando, pero ni una palabra.

Carmen nunca pudo tener hijos, y tras cinco años de matrimonio, su marido también hizo las maletas y desapareció. Así que volcó todo su cariño y mimo en su sobrina, y con los papeles de tutela recién hechos, Marianita se fue a vivir con ella. Le dio los mejores cuidados, pero da igual cuántos médicos miren a una niña así: el silencio de Marieta no se rompió en tres inviernos.

Ese enero, el frío llegó con la fiesta de San Sebastián, con nieve de esa que cruje bajo las botas. Marieta pasó la tarde con sus amigas en el parque del Retiro: haciendo carreras de trineos, esculpiendo una familia entera de muñecos de nieve y tumbándose en los montones a inventar ángeles en la nieve.

Venga, pilla tus cosas, que pareces un carámbano andante y los guantes se te han hecho cubitos de hielo. Vámonos. Paramos antes en el Ahorramás a por leche y macarrones ordenó Carmen recogiendo a la tropilla.

En la puerta del supermercado, mientras la gente entraba y salía arrastrando bolsas, un gato pelirrojo se sentaba orgulloso, como un faraón, junto al felpudo. Cerraba los ojos con aire sabio, como si no estuviera esperando nada, aunque las patitas le daban tiritonas de puro hielo.

Marieta se acercó al gato, dejó que sus amigas marcharan, y se puso en cuclillas junto a él.

Vale, compro todo rapidito y vuelvo, ¿eh? Ni un paso de aquí, Marianita.

La niña acarició al gato, que se arquearía de placer y empezó a ronronear como una Vespa. Marieta lo abrazó fuerte, y pegó su cara a la cabeza felina. Y, de pronto, rompió a llorar. Las lágrimas se deslizaban calientes mientras el gato, ni corto ni perezoso, se las lamía, entre estornudos y lametones.

¡Ay, pero qué asco! ¡Está sucio y es de la calle! exclamó Carmen, tratando de arrastrar a Marieta hacia el coche. Al ver que la niña se resistía como si estuviera pegada al asiento, la metió dentro a base de pulso.

El gato se acercó también, y con su mejor maullido, dejó claro que ahí faltaba alguien.

No puede ser, ya es mío. ¿Cómo lo voy a dejar aquí, si me necesita? susurró Marieta, con voz apenas audible, las lágrimas resbalando por el cristal.

Pero, Marianita ¡has hablado! ¡Repítelo, dilo otra vez, por favor! la tía Carmen no creía lo que oía.

No podemos dejarlo aquí. Sin mí, ese gato se muere gritó su sobrina, mirándola directa a los ojos.

La mujer salió disparada del coche, cogió al felino como pudo meneando el abrigo y todo y se sentó con ellos en los asientos traseros. El bigotes se subió en los regazos de Marieta, se encogió de placer y se quedó absolutamente quieto.

¿Querías un gato? ¡Pues haberlo dicho antes, hija! ¡Te hubiera buscado uno por Wallapop y me ahorro el drama! sonrió Carmen, por fin feliz de ver a la niña reír.

Rate article
MagistrUm
Ser feliz es una obligación