Mi marido empezó a ir a la iglesia todos los días. En un principio pensé que se había vuelto devoto. Resultó que no era la oración lo que le llevaba allí.
Cada día, a las cinco y media de la tarde, se iba de casa. Decía que iba a misa. Vaya sorpresa, pensé entonces. Después de los cincuenta, la gente cambia. No sospechaba que esas oraciones eran solo una excusa.
Al principio, parecía algo inocente. Desde Semana Santa, empezó a hablar más de la fe, a decir que la vida le pesaba, que necesitaba limpiarse el alma.
Supuse que estaría pasando la crisis de los cincuenta; nunca fue especialmente religioso, pero si encontraba tranquilidad en la oración, que la buscara. Yo preparaba la cena, él se marchaba, y una hora y media después volvía más sereno, como si realmente se hubiese quitado algo de encima.
Después, empecé a notar pequeños cambios. La camisa siempre planchada, el pelo perfectamente peinado, un poco de colonia. Decía que era por respeto al lugar. Que Dios también merece que uno vaya aseado. Me parecía algo gracioso, pero no decía nada. Al fin y al cabo, no bebía, no daba escándalos, no se pasaba los días metido delante del ordenador. Solo la iglesia.
Todo cambió un domingo, cuando volvimos juntos de comer en casa de su hermana. Por error, cogí su chaqueta en vez de la mía. Buscando mis llaves, me encontré un ticket: de una cafetería cerca de la iglesia. Dos cafés, dos porciones de tarta, fecha y hora: jueves, 18:05. Pero el jueves él decía que iba al rosario.
No dije nada. Aún. Pero al día siguiente, fui detrás de él. Me senté en el último banco. La misa empezó, y mi marido estaba allí. Solo. Veía su perfil, rezaba. Salió el primero después de comulgar. Yo le seguíy entonces la vi. Estaba en la esquina, sonriendo, vestida como para una cita. Se besaron. No era un saludo de amigos.
Volví a casa temblando. Tenía el corazón disparado. Lo que sentí fue vergüenza. No rabia, ni desesperación, solo vergüenza. ¿Cómo no pude darme cuenta antes? ¿Cómo pude ser tan ciega?
Al día siguiente, se lo pregunté de frente:
¿Cómo se llama?
Se quedó paralizado. No fingió. No evasivas. Suspiró y dijo:
Marina. La conocí en la iglesia. Ayuda en la organización de las misas.
¿Y tú también ayudabas?
No contestó. El silencio dijo más que cualquier palabra.
No le monté una escena. No le eché a gritos. Pero fui clara:
Si tanto te gusta rezar, ahora reza para encontrar piso. Porque de esta casa te vas.
Se marchó una semana después. A casa de la amiga de la parroquia. Nuestros hijos se quedaron en shock, pero ya son adultos, lo entendieron. Una de mis hijas me dijo luego:
Mamá, mejor ahora que dentro de diez años, cuando tengas setenta y solo te queden las lágrimas.
Al principio fue duro. Me sentía engañada, fracasada. Temía que nadie más me fuese a querer, que acabaría sola. Pero con el tiempo entendí que esta soledad es mejor que vivir en una mentira.
Hoy hace seis meses. A veces les veo juntosella le agarra del brazo, él parece alguien que no sabe ni dónde está. A veces pienso que quizá algún día vuelva. Pero entonces recuerdo el olor de su ropa impregnada de perfume ajeno y cómo la miraba al salir de la iglesia.
Y entonces lo tengo claro: no quiero una vida con alguien que necesita las paredes de una iglesia para esconderse. Prefiero vivir en la verdad. Aunque a veces duela.




