Yo también sentí que me faltaba el aire

Yo también sentía que me faltaba el aire

Juan hizo el anuncio un domingo por la tarde, justo cuando Soledad estaba doblando las camisas bien planchadas por montones. Entró en el dormitorio, se sentó en el borde de la cama y lo dijo como si estuviera comentando que el grifo del baño estaba roto.

Sole, me ahogo.

Ella no levantó la vista. Depositó una camisa en la pila y cogió otra.

¿Por qué?

Por todo. Por la rutina. Porque cada día es igual. Te levantas, desayunas, vas, vuelves, cenas, te acuestas. Y vuelta a empezar.

Soledad ordenó cuidadosamente unas mangas, enderezó el cuello. Ella tenía cincuenta y un años, Juan, cincuenta y tres. Llevaban veintiséis años en ese piso de la calle Mayor, habían criado a su hijo Marcos, que vivía en otra ciudad desde hacía cinco años y llamaba solo en las fiestas señaladas.

¿Y qué propones? preguntó ella, sin inmutarse.

Quiero marcharme.

Aquí sí se detuvo Soledad. Pero no por miedo. Simplemente lo miró, con la atención con la que se mira a alguien que por fin dice algo que una llevaba tiempo esperando oír.

¿Marcharte a dónde?

Alquilar un piso, estar solo por un tiempo, poder respirar.

Vale dijo Soledad, cogiendo la siguiente camisa.

Juan, claramente, esperaba otra cosa. Se inclinó hacia delante.

¿No vas a decir nada?

¿Qué quieres que te diga? Eres un hombre adulto, Juan. Si quieres irte, vete.

¿Y no vas a montar una escena?

Doblando la camisa, la dejó en la pila y por fin le miró directamente.

No. Pero tengo una condición.

¿Cuál?

No me llames para cosas de casa. Que dónde está esto, cómo se pone aquello, qué hice con lo otro. Si te vas, apáñatelas.

Él guardó silencio.

¿Eso es todo?

Eso es todo.

Juan no supo qué hacer con eso. Venía preparado para lágrimas, reproches, para que ella insistiera en los años juntos, en el hijo, en que esas cosas no se hacen. Incluso había ensayado mentalmente lo que respondería. Pero ella se limitó a planchar camisas.

Muy bien dijo al fin, entonces recojo mis cosas.

Adelante.

Se fue al vestidor. Se quedó allí un rato quieto, mirando las baldas. Después metió en una bolsa unos vaqueros, camisetas, calcetines. Cogió la maquinilla de afeitar, el cargador del móvil, un libro que llevaba medio año sin abrir. Salió al pasillo. Soledad estaba ya en la cocina haciendo ruido con los cacharros.

Me voy dijo hacia la cocina.

Suerte le respondió Soledad.

La puerta se cerró tras él. Esperó. Nada. No se oían pasos tras la puerta, ningún movimiento. Silencio.

Pulsó el botón del ascensor.

***

Encontró piso en dos días por un conocido. Un pequeño apartamento de un dormitorio en el barrio vecino, cuarto piso, ventanas al patio. El casero, un señor mayor con bigote, se lo enseñó de prisa, cobró el alquiler de dos meses por adelantado y se marchó. Había un sofá, una mesa, dos sillas, una nevera vieja y una cocina de gas. Las cortinas eran del color de la mostaza reseca.

Juan dejó la bolsa, se sentó en el sofá y miró alrededor.

Silencio absoluto. Nadie caminaba al lado, nadie encendía la tele, nadie le llamaba a cenar. Se tumbó boca arriba, las manos bajo la cabeza, y pensó: esto es. Libertad.

Los dos primeros días fueron casi buenos. Se despertaba cuando le daba la gana, comía lo que queríao mejor dicho, lo que había comprado por el camino, se pasaba el día en calcetines y no le debía cuentas a nadie. Por las noches llamaba a su amigo Luis, hablaban largo rato; Luis se reía, le animaba: bien hecho, Juan, tenías que haberlo hecho hace tiempo.

El tercer día descubrió que no le quedaban calcetines limpios.

Miró la lavadora, pequeñita, en el baño. Abrió la puerta, la revisó, la cerró, la volvió a abrir. El casero había dicho algo sobre detergente en el mueble bajo el lavabo. Lo encontró, leyó para ropa blanca y de color. Echó a ojo en el compartimento que pensaba era el correcto. Seleccionó un programa y le dio a iniciar.

La máquina rugió.

Una hora después sacó los calcetines: húmedos, casi empapados, y algo rosados. Lo entendió después: había metido una camiseta roja nueva a la vez.

Colgó los calcetines en el radiador. Secaron para el día siguiente.

Al cuarto día decidió cocinar de verdad. Compró pechuga de pollo, patatas, cebolla. Encontró en el mueble una sartén con el teflón ya despegado. Puso aceite, que chisporroteó demasiado, echó la pechuga enterase pegó. Peló patatas como pudo, desperdiciando medio kilo en cáscaras. La cebolla le hizo llorar.

El resultado en el plato era algo marrón, duro por fuera y crudo por dentro.

Comió la mitad, tiró el resto y pidió comida por app.

A la semana sumó los gastos de comida a domicilio. Salía casi igual que lo que gastaban él y Soledad en compras al mes. Decidió ponerse firme. Compró alimentos y coció arroz. El arroz salió medianamente bien; eso le tranquilizó.

Pero el día a día le iba reclamando, lenta e inevitablemente, como la marea.

***

El desastre llegó al décimo día.

Se estaba duchando y notó que el agua no tragaba. Miró sus pies: el charco crecía y no bajaba. Apagó la ducha, esperó, sin resultado. Tocó con el pie el desagüe. Nada.

Recordó algo del sifón. Soledad a veces lo decía: hay que limpiar el sifón, si no el agua se estanca. Él asentía y se iba.

Juan se agachó a mirar bajo la bañera. Una tubería, otra más, una pieza blanca de plástico. La tocó. Cedió enseguida, salió disparada una riada fría, oscura y potente.

Juan saltó, resbaló, agarró la toalla que cayó al suelo y se empapó. Intentó volver a atornillar la pieza, pero el agua no frenaba. Fluía hacia la alfombrilla, que absorbió todo en segundos.

Corrió por el pasillo dejando huellas mojadas, buscó el móvil para encontrar cómo cortar el agua. Recordó que el casero mencionó una llave junto al fregadero. Corrió a la cocina, cerró la llave y por fin todo paró.

Volvió al baño. Parecía después de una pequeña inundación. Alfombra, toallas, suelo, todo empapado. El sifón goteando.

Se sentó directamente en el suelo, en calzoncillos, mirando al vacío.

Su primer impulso: llamar a Soledad. Ni siquiera un pensamiento; un reflejo: llamar a Soledad, ella sabría qué hacer. Iba a marcar su número, pero recordó su voz: No llames por cosas de casa.

Guardó el móvil.

Aun así, acabó llamando. No a ella: a Luis.

Luis, ¿tú sabes arreglar un sifón?

¿Un qué? Luis parecía ocupado.

El desagüe de la bañera. Se sale todo el agua.

Ni idea, Juan. Yo siempre llamo al fontanero. Apunta su número, es bueno.

El fontanero vino al día siguiente. Tocó aquí, ajustó allá, cambió una junta. Quince minutos. Cobró una cantidad que Juan no se creyó.

¿Eso es el precio normal? preguntó.

Sí dijo el fontanero, desinteresado, y se fue.

Juan cerró la puerta pensando que Soledad jamás habría llamado a un fontanero por esas chorradas. Ella misma apretaba piezas, compraba juntas; nunca le preguntó cómo ni cuándo lo hacía. Simplemente ocurría, como la lluvia tras el cristal.

***

En esos días se le ocurrió una idea que creyó acertada.

Llamó a Carmen, una ex de hacía más de veinte años. Carmen estaba divorciada desde hacía siete, lo sabía por amigos comunes. A veces coincidían en cumpleaños de otros y se saludaban cordialmente.

Carmen, hola. Soy Juan Prado.

¿Juan? se sorprendió, sin resentimiento. ¡Cuánto tiempo!

Estoy viviendo solo ahora. Pensé que podríamos cenar un día.

Ella dudó una fracción.

¿Solo de quién?

De mi mujer.

¿Os habéis separado?

Bueno, estamos en ello.

Ya, dijo, y algo en su tono se hizo más prudente. Vale, quedemos, ¿por qué no?

Quedaron en un café del centro. Carmen llegó elegante, recta, pelo corto. Juan notó que mantenía buen aspecto. Tomaron vino, hablaron de conocidos. Ella preguntó:

¿En qué andas?

Sigo en la constructora. Jefe de compras.

¿Y vives dónde?

Alquilé en la calle del Olivo.

¿No está mal, no?

Quiso decir sí, pero le salió:

Bueno, más o menos. La lavadora no escurría bien, y la cocina es un desastre.

Carmen lo miró con una expresión que pronto descifró: compasión. No del tipo romántico, sino esa piedad hacia alguien a quien no le van bien las cosas.

Ya veo dijo.

No fue mucho más allá la conversación. Habló él de Marcos, ella de su hija casada. Al segundo vino, Carmen dijo que debía madrugar. Se despidieron en la puerta.

Juan regresó a su piso. En la nevera, vacío; las tiendas, cerrando. Halló unos fideos y los preparó con agua caliente.

Carmen no volvió a llamarle. Él tampoco la llamó más.

***

Por ese tiempo intentó quedar con los amigos. Llamó a Luis: el viernes, pero me voy a las ocho, la niña tiene reunión en el cole. A Sergio: vale, pero te llevo a casa, no bebo, el sábado voy con mi mujer a casa de sus padres.

Se reunieron los tres en un bar pequeño cerca del metro. Tomaron unas cervezas, hablaron de fútbol y del curro. Luego Luis preguntó:

¿Qué tal la libertad?

Bien dijo Juan.

¿Soledad no te llama?

No.

Luis y Sergio se miraron.

¿Nada de nada? insistió Sergio.

Nada.

Otra mirada entre ellos. Luis gira la jarra en las manos.

Me resulta raro. La mía llamaría tres veces al día.

Soledad no llama repitió Juan.

Eso es bueno, o malo meditó Sergio.

¿Malo cómo?

Que puede que esté bien sin ti.

Juan remató su cerveza. No quería pensar en eso. Mejor dicho, lo pensaba todos los días, pero no quería reconocerlo.

A eso de las ocho, Luis miró el reloj y se levantó. Sergio también. Se despidieron con palmadas y se fueron. Cada uno a su mujer, a sus reuniones, a sus padres.

Juan se quedó una caña más y apuró hasta el cierre.

***

Soledad, entretanto, los primeros días sintió algo similar a la desorientación, pero distinta a la que imaginaba. No era vacío por la falta de Juan, sino más bien una sensación extraña de espacio liberado. Como si hubieran cambiado los muebles y no supiera aún si el cambio era bueno o no.

Llamó a su amiga Inés el segundo día.

Se ha ido le dijo Soledad.

¿Cómo que se ha ido? ¿Adónde?

Ha alquilado un piso. Dice que se ahogaba.

Inés calló y suspiró.

Sole, ¿tú cómo estás?

Pues bien, la verdad. Me sorprende.

¿Has llorado?

No. Curioso, ¿eh?

¿Te dará el bajón más adelante?

Puede. Ya veremos.

Después le llamó otra amiga, Matilde, que conoció en el ambulatorio veinticinco años antes y nunca se habían separado. Matilde, menos diplomática, le soltó:

Menos mal. ¡Llevo diez años diciéndotelo, Sole!

¿Diciéndome qué?

Que llevas media vida de criada, pero sin sueldo.

Matilde, tampoco es eso.

¿Y cuándo hiciste algo solo para ti?

Soledad pensó. Tardó en responder.

El año pasado me corté el pelo.

Ahí tienes.

A la semana Matilde la arrastró a yoga. Soledad dijo que no, luego lo pensó y accedió. Fueron al gimnasio del barrio, se puso un chándal viejo que llevaba años guardado, y descubrió que estaba rígida como un palo.

No pasa nada le animó la instructora. Todos empiezan igual.

A las dos semanas ya se sentía más flexible. Iba tres veces por semana. A veces, tras la clase, se sentaban en un bar y conversaban una hora. Soledad se dio cuenta de que hacía demasiado no charlaba así, sin mirar el reloj por si Juan volvía y había que hacer la cena.

Por las tardes leía. Antes los libros dormían en la mesilla y ella se quedaba frita en veinte páginas. Ahora leía sin prisa, más de una hora seguida.

Un día llamó Marcos.

Mamá, papá dice que está viviendo aparte.

Sí, hijo, así es.

¿Y cómo estáis?

De todo un poco respondió ella. Por mi parte, estoy bien.

Marcos se quedó callado.

¿Os vais a separar?

No lo sé. No lo he pensado.

¿No estás triste?

Sorprendida sí. Pero no triste.

El chico tardó en responder. Él era lento asimilando las cosas desde niño.

Bueno. Si necesitas algo, llama.

Y tú también, ¿eh? No solo en los santos y fiestas de guardar.

***

Hubo un momento en que Soledad se detuvo en la cocina a mirar por la ventana, quieta allí cinco minutos.

Estaba lavando su taza habitual de desayuno y de pronto pensó: veintiséis años. Es mucho. Más de media vida consciente. Hubo de todo, bueno también. El primer piso juntos, arreglándolo hasta destrozarse las manos. Marcos de pequeño, con las rodillas verdes de mercromina. Aquella escapada a la costa hace quince años, riendo los tres sin parar y sin acordarse luego de por qué, pero el recuerdo de la risa sí seguía.

Eso quedó atrás, como fotos en un álbum.

Esperó a que la tristeza pasara. Pasó, no al minuto, pero sí al cabo de un rato.

Entonces puso la taza a escurrir y se fue a prepararse para yoga.

***

Apareció entonces Enrique por azar.

Fue la vecina de abajo, Mercedes, una mujer de ochenta con gran memoria y conversación interminable en el rellano. Le pidió a Soledad que le cambiara una bombilla porque su hijo no podría venir hasta la semana siguiente, y en el pasillo todo era oscuridad. Soledad le arregló la bombilla, merendaron un té, y justo llegó el otro hijo, Enrique, a quien nadie esperaba.

Enrique tenía alrededor de cuarenta y ocho años, barba, buen abrigo, ojos de alguien que trabaja mucho.

Madre, no explotes a las vecinas dijo al verla con la bombilla.

Soledad se ofreció respondió Mercedes, digna.

Enrique miró a Soledad.

Muchas gracias. Yo habría venido antes, pero ni caí en que estaba a oscuras.

No es nada respondió Soledad.

Estuvieron charlando unos minutos en el umbral. Él también trabajaba en construcción, pero en otra empresa. Ella mencionó que era contable. Se despidieron.

A los tres días, Enrique llamó de nuevo. Trajo la compra a su madre y, ya puestos, le entregó a Soledad una caja de bombones en agradecimiento.

No hacía falta dijo Soledad, aunque los aceptó.

¿Puedo entrar un momento? preguntó. Quería preguntarte por Juan, tu marido. Mi madre dice que trabajaba en compras y yo necesito consejo de proveedores.

Ella dudó.

Juan ya no vive aquí. Pero si quieres te dejo su teléfono.

Ah, vale respondió Enrique, con cara neutra. Pues no te molesto más.

Se fue. Una semana después volvió a llamar: había resuelto el tema de proveedores, y la invitó a tomar un café como vecinos. Soledad pensó, y aceptó.

Fueron a una cafetería de la calle de al lado. Hablaron de trabajo, de su madre, de los cambios del barrio. Enrique era buen conversador, escuchaba sin interrumpir, a veces se reía de sus propias frases antes de acabarlas.

¿Llevas mucho casada? preguntó, sin maldad, por saber.

Veintiséis años dijo Soledad. O estuve veintiséis. Ahora ya no sé.

Suele pasar respondió él, sin insistir.

Ella lo agradeció.

Se vieron una vez más, luego otra. Él no presionó, solo llamaba de vez en cuando para preguntar qué tal. A Soledad le gustó lo descomprometido del trato. Tras veintiséis años de obligaciones, esa falta de presión era como abrir una ventana en una habitación encerrada.

***

Juan empezó a notar cosas de sí mismo que antes no percibía.

Por ejemplo, que no sabía esperar. Nunca. Antes no esperaba porque todo sucedía: la comida aparecía, la ropa limpia, si algo se rompía, se arreglaba. Ahora debía esperar a que secaran los calcetines, a que hirviera el agua, a que viniera el fontanero. Esperar a que pasara el resfriado que pescó en la segunda semana, encerrado con fiebre en el apartamento, sudando en sábanas sin cambiar y tomando medicinas con agua del grifo.

O que no sabía comer en silencio. En veintiséis años siempre había alguien en la mesa. Primero Marcos, luego, tras irse él, Soledad. Ella siempre decía algo o callaba, pero era un silencio vivo, de alguien presente. Ahora el silencio era otro, vacío.

Empezó a poner la tele mientras comía. Ayudaba, pero poco.

Sobre la tercera semana llamó a Marcos.

Hola, hijo.

Hola, papá. ¿Cómo estás?

Bien. Sigo en la del Olivo.

Sí, ya me dijo mamá.

¿Cómo está ella?

Silencio de Marcos, más largo de lo habitual.

Bien. Dice que está contenta.

¿Contenta?

Dice que va a yoga, ve a las amigas.

Juan asimiló eso.

¿No me echa de menos?

Papá dijo Marcos, con cuidado. ¿Me llamas solo para saber si mamá te echa de menos?

No, te pregunto.

Ella está bien, papá. Tú también. Eso está bien.

Juan colgó, se sentó en el sofá, con una sensación que no supo nombrar. No era rencor. Era otra cosa. Como cuando entras en una habitación y no recuerdas qué buscabas.

***

Al día veintitrés, encontró en el ascensor a la vecina del tercero, una mujer joven de unos treinta y cinco, a quien ya había visto alguna vez. Se presentó ella misma: Laura.

¿Eres nuevo aquí? le preguntó.

Temporal respondió Juan.

¿Te has separado?

La franqueza le sorprendió.

Pues sí.

Bueno, pasa sonrió ella ampliamente. ¿Vives en el tres? Antes vivía Montalvo, el que cantaba a gritos por las noches.

No, el cuatro. El de las cortinas mostaza.

Ah, del don Aurelio. Ese solo alquila a hombres solos. Dice que las familias dan dolores de cabeza.

Salieron del ascensor. Laura vivía en el primero, trabajaba en una clínica veterinaria, tenía un gato y plantas en la ventana.

Un día Juan le ayudó a subir unas bolsas. Ella le invitó a un té, su casa era acogedora, olía a canela. Charlaron un rato; era simpática, inteligente, observadora. Pero Juan pensó, mirando el fregadero limpio de ella, en el suyo propio lleno de platos desde anteayer.

Volvieron a coincidir en el portal varias veces, conversando junto a los buzones. No hubo nada, ni podía haberlo: él se sentía como una frase interrumpida, a medias.

Una tarde, Laura preguntó:

¿Te quedarás mucho aquí?

No lo sé admitió.

Tienes pinta de quien aún no sabe adónde va.

Probablemente sea eso.

A mí me pasó contó. Me quedé atascada dos años tras el divorcio. Luego pensé: ¿en qué perdí esos dos años?

Eso se le quedó grabado.

***

Al día treinta y uno fue al mercado y compró flores. No porque nadie se lo pidiera, ni por nada en especial, sino porque vio los crisantemos blancos, enormes, y recordó que a Soledad siempre le gustaron esos, y no las rosas, que le parecían demasiado formales.

Cogió un ramo, pagó en euros, y fue a la calle Mayor.

En el metro, con las flores, notaba miradas: unas con sonrisa, otras sin interés. Pensaba qué decir, cómo abriría Soledad la puerta, cómo quizá se alegraría al verlo. Veintiséis años, al fin y al cabo.

Llamó al timbre. El botón era diferente, antes había otro.

Detrás de la puerta se oyen pasos, voces: la de ella, otra masculina.

Juan quedó petrificado.

La puerta se abrió solo con la cadena puesta, una cadena nueva. En la abertura asomó el rostro de Soledad, que miró las flores. Su expresión, neutra.

Juan.

He venido, Soledad.

Ya veo.

Traigo esto… alzó ligeramente el ramo.

Ella lo miraba sin rencor ni lágrimas; nada de lo que él temía.

Juan, no voy a abrirte.

¿Por qué?

Porque he cambiado la cerradura.

Ya veo. Pero, ¿por qué?

Tras ella pasó una sombra, una silueta de hombre. Juan la siguió con la mirada.

¿Quién es?

No es asunto tuyo dijo, sin dureza, solo con certeza.

Soledad, espera. He entendido muchas cosas.

¿Qué cosas?

Abrió la boca, la cerró. Volvió a intentarlo.

Que estaba bien contigo. Que no lo aprecié. Que esto ha sido un error.

Soledad calló, mirándolo tras la cadena.

Juan le dijo al fin, muy suave, te has dado cuenta de que estabas bien. Pero no sabes por qué estabas bien. Crees que echas de menos mi persona. Pero echas de menos tener a alguien que te planche las camisas.

Eso no es justo.

Puede. Pero es verdad.

Veintiséis años, Soledad.

Lo sé cogió la puerta. Fueron buenos años, algunos. Pero no quiero repetir otros veintiséis.

¿No me das otra oportunidad?

Ella lo miró. Largo rato. Después:

¿Sabes qué es lo más curioso? Yo también he empezado a respirar. Resulta que yo también me ahogaba. Solo que lo callaba.

Juan quedó con los crisantemos en la mano.

Soledad.

Vete, Juan. Llama a Marcos, hablad. No de mí, simplemente llamadle.

Cerró la puerta. Sin portazo. Sonó la cerradura.

Juan se quedó de pie, el ramo bajando hasta casi rozar el suelo. Las flores frescas, ajenas a lo que pasaba.

Silencio en el rellano. Al fondo, una tele sonaba en otro piso.

Juan se giró hacia el ascensor.

***

Pulsó el botón, el ascensor llegó pronto. En el espejo se vio: un hombre con flores, buen abrigo, algo desaliñado, la cara de quien acaba de terminar algo. O de empezar. O ambas a la vez.

Salió a la calle. Ya era de noche, farolas encendidas, gente escasa yendo a sus cosas. Caminó hacia el metro, el ramo aún en la mano.

Se detuvo.

En un banco, una anciana alimentaba palomas con migas. Las aves picoteaban a sus pies.

Juan dejó el ramo a su lado.

Cójalas, si quiere le dijo.

La anciana miró el ramo, luego a él.

Bonitas flores. ¿No te las aceptaron?

No.

Bueno, pasa volvió a las palomas.

Juan siguió. La calle era la de siempre, las casas igualmente, la vida seguía igual. En algún sitio de la ciudad, Soledad habría cerrado la puerta y continuaría su tarde, su vida nueva, que al parecer le sentaba bien.

En algún otro Marcos volvería a casa, esperando una llamada sin motivo.

En el piso de las cortinas mostaza quedaba la vajilla sin fregar.

Juan sacó el móvil.

***

Ya en el metro, miró largo rato el reflejo borroso en el cristal negro.

Es extraño, pensó, sin pensar realmente en nada detallado. Sencillamente eso: extraño.

El tren seguía. Paradas sucediéndose una tras otra. En el vagón, diversidad: jóvenes, viejos, cansados, animados, con bolsas, con libros, pendientes del móvil. A nadie le importaban sus crisantemos, sus veintiséis años, la puerta cerrada.

Bajó en su estación y salió a la superficie.

El frío traía olor a esa primera nevada aún por caer, pero palpable ya en el aire.

Juan se quedó parado, alzó la cabeza, miró el cielo.

Era simplemente oscuro, y ya.

Después, anduvo hacia casa.

***

Esa noche, a las dos, no dormía y miraba el techo. La casa era la misma, las cortinas mostaza impedían el paso de la luz, la nevera zumbaba. Todo era igual que en los treinta y un días previos.

Entonces recordó algo.

Hacía ocho o diez años, con Soledad, en la casa de los padres de ella. Sentados en la terraza al anochecer, tomando té, el huerto tras la valla, el bosque oscureciendo al fondo. Soledad callaba, él callaba también, pero era un silencio bueno, cálido, pleno.

Pensó entonces: esto es estar bien.

Y no dijo nada.

Solo lo pensó y lo olvidó.

Ahora, tumbado en el sofá del piso alquilado, intentó recordar la última vez que pensó aquello. No lo logró.

Fuera, empezaba a caer nieve. Poquita, indecisa. La primera del año.

Dentro, plena quietud.

***

Por la mañana se levantó, puso el hervidor y pensó que debía comprarse tazas decentes. Las de la casa tenían el borde desconchado y resultaban incómodas.

Pensó que debía llamar a Marcos.

Pensó que debía ponerse al día en el trabajo, que tocaba el informe trimestral y llevaba retraso.

Pensó en lo que había dicho Soledad. Ella también empezó a respirar. Resultó que también sentía que se ahogaba.

Él no lo sabía. O lo sabía, pero no pensaba en ello como algo importante. Ella siempre estaba ahí, hacía lo que había que hacer, nunca preguntó si le apetecía, si le gustaba o no. Era parte de una rutina que él veía como una cárcel, sin pensar que para ella podía ser igual, solo que planchando camisas.

El hervidor silbó.

Vertió agua en la taza rota, preparó té y se sentó a la mesa.

Fuera caía ya verdadera nieve, blanca, cubriendo el alféizar.

Juan buscó en los contactos el nombre de Marcos.

Guardó el móvil.

Lo volvió a sacar.

Marcos, hola. Soy papá. Nada, te llamo sin más. ¿Estás ocupado?

No respondió el hijo, sorprendido. Hola, papá. No, dime.

¿Cómo estás?

Bien, trabajando. ¿Tenéis nieve allí?

Acaba de empezar.

Aquí también.

Callaron un momento. Buen silencio, vivo.

Papá dijo Marcos. ¿Cómo te va?

Juan miró por la ventana. Nieve blanca, regular, y aún nada claro.

Aprendiendo dijo.

Vale respondió su hijo. Si necesitas algo, llámame.

Lo haré dijo Juan. Tú también. No solo en las fiestas.

Hecho sonrió Marcos.

Se despidieron. Juan dejó el móvil, terminó el té. Era normal.

Fuera nevaba.

***

A esas horas, en otro punto de la ciudad, Soledad también miraba la nieve por la ventana. En la mano, una taza de café, en la estancia, tranquilidad y calor. Enrique se había marchado ya, nunca se quedaba a dormir, por tácito acuerdo: aún no tocaba, no había prisa.

Pensaba en Juan. No con dolor ni alegría, sino como se piensa en alguien con quien se ha vivido mucho. Lo imaginaba en la puerta, con flores, grande, algo perdido, cara de alguien que ha aprendido una lección que aún no termina de comprender.

No sentía rabia ya. Al principio sí, aunque por fuera parecía tranquila, por dentro estaba enojada, callada desde hacía años, por detalles sutiles. Porque él jamás preguntaba cómo estaba ella. Porque se cansaba de la rutina, pero la rutina la hacía ella. Porque él se aburría, pero ella nunca tenía tiempo de aburrirse.

La rabia se fue. Quedó algo más quieto y firme.

Cogió el teléfono y escribió a Inés: ¿Mañana yoga? Inés respondió enseguida: Esperaba tu mensaje. Sí.

Soledad sonrió y dejó la taza.

Tras la ventana, también caía nieve.

***

Esa tarde, Juan llamó al casero y preguntó si podía renovar otros dos meses.

Sin problema respondió el casero. Pero paga por adelantado.

Luego Juan fue a la ferretería y compró tazas sin desconchones. Dos. Pensó un poco y se llevó una tercera.

Después al súper, compró pechuga, cebolla, zanahoria, patatas. Buscó en el móvil una receta sencilla de sopa, en cuatro pasos. El cuarto decía: añade sal al gusto.

Se quedó pensando qué significa al gusto. Probó, echó sal, probó otra vez. Quedó salado, pero comestible.

Se sirvió en cuenco nuevono en la taza, que no es para sopa, encontró un bol en el armario, se sentó a comer.

Reinaba el silencio.

En el silencio, la sopa sabía decente.

***

La vida siguió como sigue: sin dar explicaciones ni avisar. Soledad asistía a yoga, veía alguna vez a Enrique, hombre sencillo y que no presionaba. Juan seguía en la calle del Olivo, cocinaba sopas, llamaba a Marcos, alguna vez quedaba con Luis y Sergio, ya sin esposas y algo más relajados.

Nunca terminaron de tramitar el divorcio. No por decisión, simplemente por cansancio.

Un día coincidieron en el supermercado de siempre, el de la calle Mayor, al que habían ido juntos años. Juan estaba en lácteos mirando el envase del kefir con aire ensimismado, como si leyera algo transcendental.

Soledad se acercó por detrás.

Juan.

Él se giró. Se miraron. Se le veía bien, levemente más delgado, otra mirada; más atento quizá.

Hola, Sole.

Hola. Te veo bien.

Y yo a ti.

Se quedaron mirándose un instante.

¿Coges kefir? preguntó ella.

Sí, no decido cuál.

Ese es bueno dijo señalando.

Gracias.

Él lo tomó. Ella se fue a su pasillo.

En la caja coincidieron de nuevo, en líneas paralelas. Pagaron, salieron casi juntos.

Bueno dijo él, hasta luego.

Hasta luego respondió ella.

Ella tiró hacia la derecha. Él, a la izquierda.

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MagistrUm
Yo también sentí que me faltaba el aire