Gotas de Rocío

¡Que no es fea ni mucho menos! ¡Es preciosa! ¡Mario, díselo tú!

Sole apretaba contra su pecho a una gata desgreñada, tan flaca como un junco, y lloraba con tanta fuerza que los vecinos, agrupados a su alrededor, se tapaban los oídos.

Sole, heredera del potente y rotundo tono de voz típico de los Fernández, su extensa familia, sabía hacerse oír: si no era con palabras bien hiladas, al menos era con decibelios. A sus cinco años, nadie en el barrio podía competir con sus berridos, capaces hasta de sacudir los cristales.

Todos estaban más que acostumbrados a las idas y venidas de los Fernández y de sus casi innumerables retoños. Ni siquiera se preocupaban ya por sus trastadas, conscientes de que Carmen, su madre, hacía auténticos malabares para tener controlada semejante tropa. Trabajaba con un horario tan imposible que cualquier otra, en su lugar, habría acabado colgada de la verja de la entrada de pura desesperación.

Esa verja, forjada y elegante, separaba el viejo caserónconvertido desde tiempos de la abuela en un edificio de pisosde la calle, y era motivo de orgullo para todos los vecinos. Cada primavera, Carmen la pintaba junto al resto de la comunidad, y podía considerarse, por ello, con el derecho de subirse a la verja siempre que quisiera… aunque ella seguía prefiriendo renunciar a ese honor, suspirando:

¡Si es que todos somos como caballos percherones! Hermosos, inteligentes y cargando siempre de todo. Lo tuyo, si tú no lo haces, no lo hace nadie. ¡Todo una misma! Y encima, yo soy ese pony inmortal: galopando en círculos sin saber a dónde. El motivo hace tiempo que lo tengo claro, pero el rumbo… Pues nada: una va detrás olfateando la cola de la de antes, soñando con que llegue la noche. Que estén todos en cama, limpios, llenos contentos. Y que al mirar el fregadero, no haya ni un plato sucio porque ya alguien los ha fregado. Y, por raro que parezca, esa nada es la felicidad…

Carmen, de mente filosófica y de belleza aún evidente, sabía que en su situacióncon seis hijos de todas las edades y casi ningún apoyonadie la veía como mujer. Hacía ya mucho tiempo que había dejado de pensar en romances. Tenía entretenimiento de sobra sin Cupido rondando por casa.

Seis hijos no es moco de pavo.

Pero nadie le reprochaba nada porque todos conocían bien la historia de los Fernández.

Sole, igual que tres de sus hermanos, era adoptada. O mejor dicho, «acogida», porque Carmen no los había sacado de orfanatos ni de instituciones para «salvarles la vida» ni «darles futuro». ¿Hubiera sido capaz de semejante heroicidad? Quizá. Pero no en aquel momento y, desde luego, no en soledad. Carmen tenía otros planes, y ser madre coraje de una tropa tan numerosa jamás estuvo en ellos.

Pero la vida es muy dada a sacudirte el tablero cuando menos lo esperas, poniéndote pruebas en las que nadie te pide opinión:

¡Hala! ¡A ver ahora qué decides!

Y Carmen, claro, pensó y decidió. Aunque de antemano era obvio lo que haría.

Todos los niños que criaba Carmen eran su herencia.

Y la herencia, o se acepta, o no. Carmen decidió que rechazarla era imposible. A ella no la habían abandonado, ¿por qué iba a hacerlo ella con aquellos a los que la vida ya había dejado de lado? Más, siendo de su sangre.

Tenía sus motivos para pensar así. Fueren o no de peso, le bastaban.

Carmencita era hija de los noventa.

Su madre había sido la reina de la belleza entre las jóvenes de Ávilapreciosa, de deslumbrar y encandilar, tan lucida con sus dieciocho como para dejar suspirando a las demásy su padre, un hombre de negocios de esos cuyos asuntos ni las malas lenguas se atrevían a comentar.

Carmen no recordaba a sus padres.

Iba a verlos al cementerio de la ciudad con su abuela, rezaba ante la lápida donde dos fotos en blanco y negro la miraban con dulzura. Ella les murmuraba al oídosin que la abuela la oyeraqué tal iba en el colegio y cómo la había elogiado la seño por un dibujo, o le contaba del bufanda colorado con rayas blancas que le había tejido la abuela.

Lo que había pasado de verdad lo supo a los dieciséis:

Tu padre era un bandido, hija mía. Se fue antes de tiempo y arrastró a tu madre. No puedo hablar mal de él, pero no puedo perdonarle que me la quitara. Lloré mucho ¡Mucho! Le rogué que no se juntara con él, pero de nada sirvió. Ella lo amaba y él a ella, ¡maldito sea! Dicen que la protegió con su cuerpo cuando vinieron a por él Tal vez la amaba, sí. Pero solo tú lo puedes atestiguar, mi niña. Eres la única alegría que nos quedó.

Entendió entonces Carmen las visitas furtivas de algunos hombres al piso de la abuela: se sentaban callados en la cocina, manos aferradas al vaso de café, oían hablar de la niña y al irse dejaban sobre el aparador un sobre abultado con billetes.

La abuela no rechazaba el dinero. Pero lo guardaba. Así, cuando Carmen terminó el bachillerato, le regaló un piso enorme en el centro de Valladolid.

Aquí tienes, hija. Tu herencia. De tu madre y de tu padre.

Pero ella no quiso vivir en aquel piso sola y prefirió quedarse en el piso antiguo con la abuela.

¿Por qué, Carmencita? ¡Si es un piso bonito y está al lado del instituto! ¡Nada de atascos, y tienes el trabajo a un paseo!

Sin ti no voy. O te vienes tú, o nos quedamos aquízanjó ella.

La abuela resistió, apegada a los recuerdos. Cedió sólo porque su sobrina, Rosario, la convenció:

Carmen, déjame vivir ahí, anda. Tengo a los nenes y tú no usas la casa. Yo pago alquiler y os vendrá bien. Y ayúdame a empadronar a los niños. Sin empadronamiento no me los admiten en el cole.

Rosario era de esas personas bravas que convencen a todos por cansancio, y la abuela lo sabía bien:

No le hagas caso, Carmencita. Aunque sea familia, es bicha. ¡No la metas, que te la come!

Abuela, tiene niños

¡Pues que los críe ella! ¡Yo me preocupo por ti!

Pero Carmen no podía darle la espalda ni a los pequeños Mario y Lucía, hijos de Rosario, que se acogían a ella buscando cariño y hacían pucheros cada vez que su madre les arrebataba de su regazo:

¡Ni lloros! ¡Carmen no es tu niñera!

Y mientras les acariciaba el pelo, Carmen pensaba que no era justo tener un piso vacío y grande cuando otros malvivían. Además, Rosario no cesaba de recordarle que eran familia y la familia no se deja tirada.

Aquella frase la perseguía. En la niñez, la abuela sólo repetía: Si tu padre hubiese vivido de otra manera, a tu madre no la hubieran matado.

Eso le dolía, y Carmen quería oír el simple: Eso está bien, Carmen. Eres buena persona. Me siento orgullosa de ti. Mejor halago no cabía.

Así quería portarse con Rosario, pero entonces la abuela la sorprendió:

¡No es lo mismo, Carmen! ¡Ni lo pienses!

¿Y dejar a Rosario con los críos de alquileres en alquiler, mientras yo tengo la casa vacía, te parece justo?

¡Sí! Porque esa no es Rosario y porque has olvidado el cuento de la zorra astuta y la casita de hielo ¡Y yo sí lo recuerdo!

Abuela

¡Calla! Rosario no vivirá en tu casa. Punto. Nos mudamos tú y yo.

¡Pero si tú no querías mudarte!

Ahora toca. Es verdad lo de ayudar, pero darles lo que piden a la mínima es un error. Rosario sabrá salir adelante. Tiempo y caña necesita, pero nunca el pez. ¡Nunca! A veces dar demasiado tampoco es bueno les impide aprender a remar.

¿Por qué?

Porque si todo es fácil, no crecen. Si ahora dejas entrar a Rosario, luego no habrá quien la saque de la casa, y te hará sentir obligada. Ten cuidado, Carmencita. Hay favores que salen caros. Ya lo verás. Yo me encargo de decírselo. Que se enfade conmigo si quiere; tú mantente al margen. Hazlo por los críos. Ellos necesitan una tía que los quiera. Eso sí que es importante… que haya alguien a quien importarles.

Rosario los quiere…

¡Claro que sí! ¡Faltaría más! Pero nada malo hay en que les quiera alguien más. Porque cada gota de amor es un tesoro, Carmen. ¡Nunca lo olvides!

Tiempo después, la abuela tuvo razón.

Rosario solo pudo suspirar cuando la abuela le negó vivir en el piso grande y le ofreció el pequeño.

Ya sabía yo que ni con viento fresco os separo de Carmencita…

¿Y pretendías hacerle daño?

¡No, mujer! Si solo me quedáis vosotras…

Pues ahí está, agárrate a nosotras. No se puede dejar sola a “la huerfanita”. ¿Qué diría mi niña si no la cuidara? ¡Nunca! Te presto mi pisito, para que viváis. Es pequeño, pero bueno, y el barrio es ideal para los niños.

Gracias por tu sinceridad y por el hogar.

No eres extraña, Rosario. Recuerda eso.

Se mudaron y se adaptaron al piso nuevo.

Pero el tiempo no espera. Avanza y nadie le detiene. Carmen sólo pedía que su abuela viviese relajada, disfrutando de la vida, pero el destino eligió el revés.

La abuela era una habitual de la consulta de salud del barrio.

Venga, que esto es como ir a la oficinabromeaba, repasando sus pastillas y recetas.

Su salud flaqueaba. Carmen la acompañaba, pero la abuela se negaba:

¡Cómo si fuera una inutil! ¡Si está aquí al lado, niña! Anda, ve a lo tuyo, que yo me apaño.

Carmen se arrepintió siempre de no haber insistido

Era una mañana de enero. Nadie elude al invierno en Castilla: heladas, nieve tapando las aceras y, bajo la nieve, el traicionero hielo. Un simple resbalón puede cambiarlo todo.

La abuela cayó cerca del centro de salud, golpeó la cabeza y perdió el conocimiento. Pasó mucha gente por allí cada uno con prisa, camino de quién sabe qué tarea importante La vieron, clarouna anciana allá, desmayada, recostada junto al bordillopero nadie paró.

Un taxista, al encontrar un papel con el teléfono de Carmen en el bolso de la abuela, llamó al 112 y a ella. Pero ya era tarde…

La abuela murió al día siguiente, y Carmen pasó esas veinticuatro horas entre el pasillo y la sala de espera, agarrando la mano de Rosario, quien dejó los críos al cuidado de una vecina y cruzó Valladolid en cuanto supo la noticia.

¿Y ahora, Rosario? ¿Qué hago sin ella?

Sin ella no, Carmen, no digas eso. Hay que ser fuerte. Ella te quiso así, sólida como una roca. Aguanta, Carmencita. Por ella

Lo intentaré…

Un día después, Carmen supo que el mundo volvía a zarandearle la vida, y ahora dependía solo de sí misma.

Y muchas cosas sucedieron.

Apareció Juan, con quien Carmen compartió casi cinco años. Se separaron en calma, y Carmen quedó con dos hijos más y sin rencores. Juan siempre fue un hombre honesto, y cuando se enamoró de otra no quiso ocultarlo.

Seguiremos siendo amigos, ¿no, Carmen? preguntaba preparando su mochila sin mirarla.

Claro, Juan ¿Te oyes a ti mismo? ella, desbordada de cansancio y dolor, ni podía enfadarse. ¿Por qué hacerlo? ¿Por la honestidad? ¿Por irse con otra? Así es la vida Difícil con niños, eso sí, porque ellos le adoran.

No preguntó nada más. Le ayudó a terminar de recoger y le acompañó a la puerta.

Después entró en la habitación de los niños, marcó el móvil, y susurró:

Ven, Rosario

Rosario, que se había instalado en el piso de la abuela de Carmen, era jefa de auxiliares en el hospital cercano y acababa de acostar a Lucía tras ayudarla con una maqueta para el cole. Dispuesta a soltarle una bronca por la hora, cambió de tono al escuchar el susurro y respondió:

Voy ahora mismo.

En media hora tenía en el regazo a Carmen, envuelta en lágrimas, mientras iba maldiciendo a todos los Juantes del país.

¡No llores! ¡Que se largue el muy inútil! Mejor ahora que dentro de unos años. ¿Por qué tendría que ser de otra manera?

¿Por qué a mí, Rosario? ¿Qué hice mal?

Pero, mujer, si la culpa no es tuya Hay hombres así, punto. Da igual quién seas, tarde o temprano se iría. Mientras no deje a los niños, ha salido buen padre. Anda, que yo con el mío Lo único que sé de él es que me ingresa unos eurillos cada mes de pensión, pero ni llaman, ni se acuerda de ellos.

¿Y qué hago?

No pelear. Es lo único sensato que puedo decirte. El resto, ya se curará con el tiempo.

¿Y tú crees eso de que el tiempo lo cura todo?

Mentira. No cura nada; sólo tapa el dolor con otras penas nuevas. Pero gracias a tu abuela, aprendimos a vivir así: con templanza Porque mientras la recordemos, vive en nosotras. A veces, al hablarte, escucho su voz

Gracias, abuela Carmen tomó un trapo de la cocina y secó sus lágrimas. Pero ¿por qué duele tanto?

Eso es lo normalrespondió Rosario, riéndose entre sollozos. Preocúpate el día que no duela nada.

Y Rosario acertó: los días pasaron corriendo, y Carmen tuvo que recomponerse, apenas con tiempo para lamentarse.

Juan siguió viendo a los niños, los llevaba los fines de semana, y gracias a eso, cuando Carmen supo que él tendría otro hijo, no le dolió tanto.

Me alegro

Gracias, Carmen. Eres única.

Por supuesto…

Y a la noticia de Juan, siguió otra.

Rosario ¿cómo que?

Ay, Carmen, a ver si no sabes cómo pasa eso. ¿Te lo explico con el libro de biología? intentó bromear Rosario, pero los ojos no le acompañaban.

¡Venga ya! ¿Y el padre?

En cuanto supo que esperaba gemelos, desapareció. ¡Ni tiempo me dio de asustarle bien!

¿Y ahora qué harás, Rosario?

Y Rosario, tapándose la boca, se fue al baño a llorar. Carmen miró a Mario, que con Lucía y los pequeños pululaban merodeando por el salón, vaciando la bombonera.

¡Eh, cría! ordenaba Mario. ¡Todos a partes iguales! Nada de acaparar caramelos. Tía Carmen, ¿por qué tienes esa cara? ¡Toma uno, que anima!

Mirando sus ojos, Carmen tomó una decisión que todos tacharían de locura.

¡Estás fatal! decía Rosario blandiendo la escritura de la casa. No puedo aceptarlo.

¡Claro que puedes! Carmen, sonriendo al notario. Es lo correcto, Rosario. La abuela lo entendería. Tus hijos valen mucho, merecen un hogar.

El piso de la abuela fue para Rosario, y esa familia tan de novela esperó la llegada de los gemelos.

Las pequeñas Consuelo y Inés nacieron puntuales. Minúsculas y con un par de pulmones de soplillo, dejaron claro que pensaban hacerse notar.

Tienen buenas voces… ¿Cómo se llamarán, señora?

Una Consuelo, como mi madre. Y otra Inés, como mi tía.

Sería una gran persona la tía, si le pone su nombre.

La mejor del mundo. Sin ella, estas niñas no existirían.

La salida del hospital fue multitudinaria, Carmen y los niños esperando a Rosario.

¡Ya somos una gota más! susurró Carmen al asomar entre los pliegues del capazo. ¡Qué bellezas!

Solo que sean felices y Rosario ocultaba un temor que no se atrevía a compartir.

Si hubiera acudido al médico, si hubiera contado su miedo tal vez habría sido distinto.

Pero, ¿en qué momento piensa una madre en ella misma cuando hay bebés en la cuna?

A la semana, Rosario llamó a Mario que se iba al cole y señaló las cunas.

Cuida de tus hermanas, he llamado a emergencias. Llama a Carmen. Y no llores, ni asustes a Lucía. Aún no

No lograron salvarla. El corazón de Rosario, del que nunca se había quejado, se rindió.

Y Carmen tuvo que tomar la decisión más difícil. Pero, ¿acaso cabía otra? Ni Mario ni Lucía ni los bebés podían separarse ni acabar en familias distintas. Eso era impensable. Carmen pensaba en que toda palabra, toda decisión, trae consecuencias. Así la educó su abuela.

Y si es lo correcto, no hay discusión posible.

Juan se volcó. Buscó abogado, la ayudó con el papeleo, cuidó de los niños cuando Carmen corría de ventanilla en ventanilla.

¿Y tu mujer? ¿No le molesta?

No. Ella también es madre, y sabe que no volvería contigo. Así que, ¿de qué preocuparse? Oye, Carmen, ¿tienes claro esto?

No estoy segura de nada, Juan. A veces tengo pánico, pero ¿cómo entregarlos? Ellos son míos.

¿Y a qué les temes?

¿Y si no puedo, si me desbordo? Estoy sola…

Sola, no. Si me dejas, te ayudo. Es una deuda. No llores; podremos con ello. Y, ¿sabes qué, Carmen?

¿Qué?

No hay mujer como tú. Ni existe una persona igual. Y nada de miedos, porque tú sí puedes.

Ojalá te oiga Dios, Juan.

Seguro que sí. Ahí arriba tienes a tu abuela; si no entienden algo, ya les da ella la charla.

¡Eso seguro! Carmen sonrió, por primera vez desde lo de Rosario.

A partir de ahí, todo fue cuesta arriba.

Carmen aguantaba, pero a veces al caer la noche se encerraba a llorar como una niña, mordiendo la almohada para no despertar a nadie.

Abuela, ¿qué hago ahora? ¡Ayúdame! Siempre sabías qué decirme…

Y, extraño don de la memoria, le venían sus consejos, a veces como un susurro, a veces como un sobresalto. Las lágrimas se secaban, y Carmen encontraba el camino para el día siguiente. Si no era el mejor, se acercaba. Los niños crecían; para ellos, Carmen era el centro del universo. Y sabían que, pase lo que pase, había que ir corriendo a ella. Carmen aconsejaba, perdonaba, nunca hería.

Como hoy: Sole estrechaba a la gata hallada y negaba con la cabeza ante la vecina:

¡Carmen te va a echar de casa por traer esa gata! Fíjate qué asco de bicho, y además parece sarnosa. ¡Suéltala, Sole!

¡No! Sole buscó con la mirada a su hermano Mario, luego la puerta del portal.

Ese día, Carmen tenía pensado llevarles al zoo. Se levantó temprano, hizo el desayuno, puso en pie a la tropa, y en menos de una hora los tenía listos en la calle. Solo necesitaba buscar unas zapatillas viejas, enviando a los pequeños al parque bajo la mirada de Mario.

¡A las columpios, Mario! Dame un minuto, que busco las deportivas.

Mira en el armario de Lucía, que lo ordenó ayer. Estamos en el parque. ¡Píntate el otro ojo, que así das risa! Y tranquila, que vigilo yo.

Carmen correteó de aquí para allá. Encontró las zapatillas, se maquilló el otro ojo, hasta se pintó los labios, cosa rara en ella un fin de semana. Pero, ese día, al mirarse al espejo, pensó que bien valía la pena esforzarse. Sí, tenía muchos hijos y las preocupaciones no le dejaban respirar. ¿Pero no era mejor verse bien, para disfrutar, para que el día fuera inolvidable?

Carmen había aprendido algo: se pueden gastar los nervios en pelear por nimiedades, o también se puede saborear el instante. Comprar algodón de azúcar, dar un helado extra a los niños y decir:

¡Yo me voy a ver al elefante! ¿Quién viene conmigo?

Y recordar su infancia, los paseos al zoo con la abuela, el bocata de jamón sentado junto al recinto de los paquidermos, la ternura de una mano apretando la suya y desear que ese día nunca termine.

Hoy es ella quien cocina el compota, prepara los bocadillos y espera el momento en que sus hijos repitan el ritual con los suyos. Así debe ser.

Carmen se contempló una última vez, cogió la mochila y salió. Una vecina le sonrió de medio lado.

Anda, corre, Carmen Que abajo tienes sorpresa.

Sole corrió hacia ella, mostrando orgullosa a su nueva amiga.

¡Mamá! ¡Mira! ¿A que es preciosa?

¿Qué podía responder Carmen ante aquello?

Nada.

Tomó a la gata por la nuca, la examinó y resoplando sentenció:

El zoo se cancela. Tenemos tigresa propia. Mario, ¿dónde está la clínica veterinaria más próxima? ¡Nos vamos!

Y así fue como aquel domingo, aunque los niños no pisaran el zoo, encontrarían aventuras de sobra. Y la gata, flaca y fea para tantos, en solo un par de meses sería esponjosa, reluciente, perfecta… y colmaría la casa de Carmen de otra gotita de alegría más, de esas que en realidad son un océano de felicidad.

Nadie se asombró. Ni Carmen ni los niños, porque para ellos, las cosas importantes son sencillas: donde hay amor, jamás sobra.

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