Aeródromo alternativo

Aeródromo de repuesto

¿Me escuchas? Su voz era baja, casi apesadumbrada. Casi. Carmen, te hablo, ¿me oyes de verdad?

Por supuesto que le oía. Siempre le había oído. Incluso en los silencios, incluso en sus ausencias, durante semanas sin llamadas, su eco seguía vibrando en el aire de mi piso. Como si dejase tras de sí algo intangible: el aroma de su café, el cerco de una taza en el alféizar, una silla desplazada junto a la mesa de la cocina.

Te escucho, Manuel.

Entonces, ¿por qué no hablas?

Estoy pensando.

Suspiró. También ese suspiro lo conocía al dedillo. Pesado, con un leve silbido, como si el aire apenas le cupiese en el pecho. Manuel siempre suspiraba así cuando quería provocar lástima y no sabía cómo pedirla.

Ya no me queda a dónde ir dijo. ¿Lo entiendes? No me queda sitio, ninguno.

Me quedé de pie junto a la ventana, mirando la calle. Era marzo. El último hielo, sucio, apelmazado en los bordillos, palomas mojadas en la cornisa de enfrente, una mujer con carrito de bebé sorteando charcos. Un marzo tan madrileño, tan gris, que no tenía nada de especial. Pero yo por dentro sentía ese vuelco, lento, inevitable. Como el paso de una página. Como la vuelta de una llave.

Pasa dije.

Y ya estaba. Tres sílabas. Y de nuevo, todo volvía a empezar.

Manuel tenía cincuenta y tres. Yo, cincuenta y uno. Nos conocíamos desde aquella época en que él llevaba camisas de cuadros pensando que era lo más y yo presumía de trenza gruesa y de vivir inadvertida, como si el no llamar la atención fuera algo virtuoso. Nos presentaron amigos comunes, en alguna cocina abigarrada, entre vasos de vino barato y discusiones de libros que nadie había terminado. Manuel entonces era bullicioso, reía escandalosamente, gesticulaba tanto que una vez lanzó el plato de alguien al suelo. Yo recogía los pedazos y pensaba: este hombre ocupa todo el espacio. Qué será vivir así.

Yo era lo contrario. Silenciosa. De esas que pasan desapercibidas hasta que no se las puede olvidar. O al menos eso me gustaba creer.

Él, claro, se enamoró, pero no de mí. Se enamoró de Lucía. Era tan lógico y tan predecible como una tormenta tras mucho calor. Lucía era un vendaval, hablaba deprisa, reía más que él y entraba en una sala como si la hubiera inventado. Yo, a su lado, era como una acuarela frente a un óleo. No peor, simplemente distinta.

Lo suyo fue un torbellino y así siguió: idas y venidas, arrebato y drama, rupturas, reconciliaciones, portazos, regresos. Todo el rato en esos extremos, como si la vida fuera una montaña rusa. Y entre un vaivén y otro, estaba yo.

La primera vez que vino a mi casa, él rondaba los treinta y cinco y yo treinta y tres. Habían tenido una bronca monumental. Me llamó tarde, ronco, “¿puedo ir?”, preguntó. “Claro”, contesté. Le preparé una infusión con hierbaluisa, puse algo de comer y nos quedamos hablando hasta las dos de la mañana. Él hablaba, yo escuchaba, y eso nunca fue complicado para mí.

Durmió en mi sofá. Al amanecer, tomó un café, dio las gracias y se marchó. Semanas después volvió con Lucía.

No me sentó mal. Recogí la manta del sofá, la lavé y la guardé. Seguí con mi rutina.

Y así se repitió. Una vez. Otra. Diez, quince, perdí la cuenta. Venía después de discutir, a veces una tarde, a veces tres días. Tomábamos té, charlábamos, se recompuso y se marchaba. A Lucía, siempre a Lucía.

No lo llamaba amor. Me daba miedo decirlo. Pero cada vez que sonaba el timbre, algo dentro de mí se tensaba y luego aflojaba. Ahí estaba. De nuevo. Vivo, real, mío. Sólo por un rato, pero mío.

Pensaba a menudo que yo era como una torre de control. Los aviones entran, aterrizan, repostan y despegan. Pero la torre siempre está allí.

Aquel marzo llegó con una bolsa de deporte enorme colgando del hombro. Era azul, desgastada, la marca casi borrada. Al verla, supe. No era un día, ni dos.

¿Te quedas mucho? pregunté mientras se quitaba la gabardina.

No sé respondió, sincero. Una semana, quizá. Ya veremos.

Bien, voy poniendo el agua.

Fui a la cocina, saqué la hierbaluisa. Se sentó en su sitio, el de siempre, junto a la ventana, de espaldas al frigorífico. Puse la taza y sentí, otra vez, ese no-sé-qué, ni alegría ni melancolía, sino algo intermedio. Un calor cálido y triste a la vez.

¿Tan mal estás? pregunté.

Peor imposible dijo, abrazando la taza. Siempre tenía las manos frías. Ella dice que está harta. Que así no puede vivir. Que sólo nos hacemos daño.

¿Y tú qué le contestaste?

Nada. Cogí esto señaló la bolsa y cerré la puerta.

Nos quedamos callados. Una gota colgó del canalón, acompasada como un metrónomo.

Carmen por primera vez, me miró a los ojos. ¿No estás contenta?

Lo estoy dije. Y era verdad. Dolorosa, vergonzosa, pero verdad.

Los primeros días fueron extraños. No malos, sólo raros. Me había acostumbrado a mi rutina silenciosa: madrugar, café y libro, trabajo, llegar a casa a las seis, preparar algo sencillo, ver una serie, llamar a mi amiga Pilar. Dormir a las once.

Manuel desbarataba ese orden. Sin mala intención, sólo es que tenía otro ritmo. Se levantaba mucho después, hablaba mientras yo ya planeaba el día, dejaba cosas fuera de sitio, ponía el televisor alto, ocupaba el baño por las mañanas.

Y, sin embargo, había cosas buenas. Las cenas juntos, esa simple costumbre de compartir la mesa. Sus historias, mis carcajadas. Probé una receta de lasaña que encontré en una revista vieja, se zampó dos platos y juró que era lo mejor que había comido en años. Vimos películas antiguas y discutimos sus finales. Los domingos salíamos juntos al mercado, cargaba las bolsas como si siempre lo hubiera hecho, y esa naturalidad me hacía perder el aliento.

Pasó una semana. Otra. Un mes.

Una noche, despierta en la oscuridad, escuchando su respiración más allá de la pared, pensé: ¿y si esto es lo que es de verdad? ¿Si acaso la felicidad es esto? Una vida sencilla, dos personas que se conocen tanto que no hay lugar para el engaño.

Le conté todo a Pilar en una cafetería. Su clásico café con leche, mi té aromático. Ella escuchó, callada.

Carmen dijo, cautelosa.

Ya sé lo que quieres decir.

¿De verdad?

Sí. Que esto se va a acabar. Que él se irá. Como siempre.

Pilar jugó con la cucharilla.

En realidad quería preguntarte otra cosa. Ahora, ¿eres feliz? No después, ni mañana. Ahora.

Me lo pensé, de verdad.

Sí contesté al fin. Ahora sí.

Pues entonces, vive el presente dijo. Deja de pensar en lo demás.

Intenté hacerlo, sinceramente.

Vivimos juntos abril, mayo, junio, julio. Cuatro meses que recuerdo casi día por día. Como cuando florecieron los jacintos y me trajo una rama. Como cuando discutimos por una tontería que ni recuerdo, y tras dos horas en silencio, apareció en la cocina: “Me equivoqué”. Como el sábado lluvioso en que no salimos, él arreglando algo en el balcón, yo leyendo, y sentí esa paz extraña, tan frágil que temía romperla.

Empecé a pensar en “nosotros”. No “voy”, sino “vamos”. No “necesito”, sino “necesitamos”. Fue natural, y lo dejé crecer.

Él cambió un poco también. Menos enfadado, menos recuerdos de Lucía, otra forma de mirar, más calidez, sin pena ni agradecimiento: eso tan indefinible que había esperado todos estos años.

Pidió copias de las llaves. No dudé. Fui al cerrajero, se las dejé encima de la mesa. Frías, pequeñas, y sin embargo me llenaron de calor por dentro.

Eso fue a principios de julio.

A mediados, sonó el móvil.

Yo en la cocina, él en el salón con el portátil. Su móvil sonó brusco, como siempre. No atendí, hasta que la casa quedó en un silencio tan espeso que supe: algo había pasado.

Salí. Estaba de pie, el móvil flojo en la mano, mirando al infinito.

Manuel

Me miró. Y lo supe, no con la cabeza, sino con ese sitio más profundo.

Es Lucía. Tiene problemas. Serios. Está sola y necesita ayuda.

Así, sin más. Nada de explicaciones.

Lo entiendo dije.

Carmen

Vete.

Espera, quiero explicarte.

No hace falta dije suave. Lo entiendo.

Estuvo un minuto parado. Nos miramos. Fue al recibidor, recogió la bolsa azul, siempre lista, como si supiera que volvería a salir.

Te llamaré dijo desde la puerta.

De acuerdo.

Se cerró la puerta. Click. Y me quedé allí, en esa nueva quietud. Ahora sin sentido alguno.

Los primeros tres días no lloré. Una espera extraña. Supuse que lloraría. Me preparé y no. Era otra sensación. Como cuando quitas un mueble grande y queda una mancha clara en el suelo y una ausencia flotando. No es dolor. Solo vacío.

En el trabajo era contable en una inmobiliaria pequeña me aferré a los números. Los números nunca preguntan cómo estás. Exigen precisión y basta.

Al cuarto día hice la lasaña. Ni sé por qué. La misma receta, los mismos ingredientes. Corté una porción, la probé. Estaba buenísima. Tan buena que dolía.

Y entonces sí, lloré. Como llora una niña, sin bonito, sin tapujos. Cuando acabé, me lavé la cara, terminé el té y me acosté.

Pilar apareció al día siguiente, sin avisar, con bolsas de compra. Pan, embutido. Me abrazó. Ya no lloré. Se me terminaron las lágrimas ese día de la lasaña.

Cuenta me pidió.

No hay mucho que contar. Ya lo sabes todo.

Lo sé. Pero ponlo en palabras.

Le conté: julio, la llamada, la bolsa azul, el “te llamaré”. Por cierto, aún no había llamado. Más de una semana.

¿Le esperarás? preguntó Pilar.

No dije, sorprendida de lo fácil que fue decirlo.

¿De verdad?

De verdad. Estoy cansada de esperar. He esperado siempre. Ya ni recuerdo cuándo empezó. Solo esperaba. A que llamase, regresara, me eligiera. Pero nunca elegía. Solo volvía cuando no tenía dónde. ¿Sabes cómo se llama eso?

¿Cómo?

Aeródromo de repuesto. Yo era eso. Siempre encendida la pista, luz verde. Y él volaba, y volvía. Porque sabía que siempre estaría aquí.

Pilar me miró.

¿Eso lo sabes desde hace mucho?

Lo sabía. Pero ahora lo entiendo.

Saber y comprender no es igual. Puedes saberlo y seguir igual. Comprender es imposible de esquivar.

Pasó agosto en duermevela. Sin drama, solo en calma. Trabajaba, cocinaba, leía. Salía a caminar por Madrid, por el Paseo del Prado al atardecer, viendo gente, parejas, y preguntándome qué quería yo.

Un día frente a un escaparate me reconocí: mujer en gabardina clara, el pelo recogido, cansada pero erguida. ¿Qué quieres tú?, pensé. No Manuel, ni Lucía, ni los demás. Tú.

No respondí. Pero la pregunta cambió algo.

En septiembre moví los muebles del salón. El sofá tapaba la luz. ¿Por qué nunca antes lo cambié? Tal vez por miedo a que él volviese y preguntase: ¿qué has hecho aquí?

Ahora ya no había quien lo preguntase.

Compré cortinas nuevas. De lino, crudas, con un estampado pequeño. Las anteriores, azul oscuro, devoraban la luz. Ahora entraba el sol y la casa parecía dorada por las mañanas. Nunca me había fijado en esa luz.

En octubre me apunté a clases de italiano, de esas cosas que deseas y nunca haces. El profesor, joven y bromista, nos hacía cantar “Torna a Sorrento” aunque nadie fuese a Sorrento en la vida. Cantaba, sin vergüenza, con ganas.

Pilar alucinó.

Italiano, ¿por qué?

Quiero ir a Barcelona.

En Barcelona se habla español rió.

Lo sé, pero el italiano es similar. Ya vendrá el catalán.

No era del todo cierto, pero me hacía sentir bien hacer algo insólito, mío.

Barcelona apareció en mis planes por casualidad. Vi fotos, no turísticas, sino normales: mercados, gente mayor con periódico, gatos pelirrojos sentados en ventanas. Y sentí dentro: ahí, ahí quiero vivir unos meses. No por turismo. Por vivir.

Apunté en un papel: “Barcelona. Primavera”. Lo pegué en la nevera.

Noviembre trajo frío y días cortos. Me apunté a la piscina. Nadar por las mañanas antes del trabajo era lo mejor. En el agua solo se piensa en avanzar, y eso es sano.

A veces, alguna noche, pensaba en Manuel. ¿Dónde estaría? ¿Con Lucía? No le deseaba mal. De verdad, no. Era pensar en él como mirar una foto vieja: reconoces, pero no importa tanto.

En diciembre, Pilar me invitó a su cena de Nochevieja. Me animé, conocí gente, reí, tomé cava y, en la medianoche, sentí algo insólito: ligereza. Como si por fin soltara una carga invisible.

Enero, febrero. Piscina, italiano, libros por leer. Limpié los armarios, tiré cosas que guardaba sin sentido. Entre ellas, hallé la manta que Manuel usó la primera noche. La lavé, la doblé y la doné.

Marzo volvió. Justo un año. Mismo frío tardío, mismas palomas. Pero yo distinta.

Manuel llamó un sábado a mediodía. Al ver el número sentí un golpe sordo. No alegría ni pena, solo el eco de una costumbre.

Carmen, soy yo.

Lo sé.

¿Cómo estás?

Bien. ¿Y tú?

Pausa.

Mal. ¿Nos vemos?

Lo pensé.

Vale. ¿Dónde?

¿Quizá en tu casa?

No. Abajo, en la puerta. Salgo en veinte minutos.

Silencio. No se lo esperaba.

De acuerdo. En la puerta.

Colgué. Terminé el café. Me arreglé. Me miré al espejo. Tranquila. Preparada.

Él me esperaba, algo más delgado, avejentado, o quizá eso eran mis ojos. Nos saludamos y caminamos despacio.

Carmen, quiero decirte algo importante.

Dime.

Este año ha sido horrible. Lo de Lucía, se acabó. Me he quedado solo, incluso sin socios. He pensado mucho en ti. Fui un idiota. Lo nuestro era real y no lo vi. Quiero otra oportunidad. He cambiado, de verdad.

Pasamos junto a un castaño, con brotes nuevos.

Paré.

Él también.

Estás más guapa dijo de pronto. No sé cómo lo haces.

Sonreí levemente.

Es posible.

Carmen me tomó la mano, dime algo.

Miré su mano, tan conocida. La solté suavemente.

Manuel, quiero que entiendas esto, sin enfados. No se trata de ti, es por mí.

¿Qué quieres decir?

Yo también he cambiado. Este año. Tú perdiste y quieres recuperar. Yo hallé algo que no quiero perder.

Su mirada era ansiosa.

¿Qué encontraste?

A mí misma. Por muy tópico que suene. A mí.

Carmen

Déjame acabar. No te guardo rencor. Llevamos muchos años como para enfadarme ahora. Pero tienes que saber una cosa: yo era tu aeródromo de repuesto.

Abrió la boca, pero seguí.

Venías solo cuando todo iba mal. Escala técnica, repostaje, y vuelta a otro destino. Lucía era el gran aeropuerto con luces. Yo, la pista secundaria, fiable, pero no la principal.

No es cierto susurró.

Lo sabes. Pero ahora, ese aeródromo está cerrado. No por ti, para mí. No quiero ser la opción b, ni para alguien bueno. Y tú eres bueno, Manuel. De verdad.

Guardó silencio.

¿Y ahora qué harás?

Tengo planes. Me voy a Barcelona en primavera. Aprendo italiano aunque allí se hable español. Nado, vivo en mi casa con cortinas nuevas y libros nuevos. Esta es mi vida. No es muy grande ni muy brillante, pero es mía. Y aquí no cabe quien vuelve porque no tiene dónde más.

¿Y si vuelvo porque quiero estar contigo?

Le miré largo rato. Quizá de verdad lo sentía.

Puede ser admití. Pero no puedo comprobarlo. La Carmen de antes ya no existe. La de ahora, vive distinto.

Quiso acercarse.

Dame una oportunidad.

No respondí, tranquila. No por crueldad, ni por venganza. Sé demasiado cómo termina.

Plantados ante el portal, mismo año después, sólo que éramos otros.

¿Ni siquiera un té?

No.

¿Por qué?

El té con hierbaluisa ya es otra cosa. Es un comienzo. Y ahora no hay comienzos.

Bajó la mirada, luego asintió. Parecía aceptar algo duro.

¿Barcelona, entonces?

Barcelona.

Ciudad bonita.

Lo sé mentí, porque aún no había ido. Lo sé.

Se giró y se marchó sin volver la vista. Miré cómo se alejaba. El hombre al que amé durante media vida. Ahora, lo soltaba, con sosiego.

Como cuando liberas a un ave que quiere volar.

Entré al portal, subí las escaleras. Abrí mi puerta. Dentro, olía a café y lino, el sol de marzo dorando el sofá.

Fui a la cocina. Puse la tetera. No hierbaluisa, solo menta. Costumbres nuevas, propias.

Descolgué la nota de la nevera.

“Barcelona. Primavera.”

Añadí a bolígrafo: “Abril”.

Abril ya pronto.

El aeródromo se cierra. La torre apaga las luces. Yo, por fin, subo a mi avión.

***

Pero no sucedió de golpe. Antes de aquel portal y aquella conversación, pasó un año entero. Un año que no se cambia en una sola noche, ni en una decisión.

Cuando Manuel se fue con la bolsa azul, no capté enseguida qué había pasado. Racionalmente sí, pero dentro no. Era otra la Carmen que quedaba.

Los días siguientes, rutina. Trabajar, cocinar sólo para mí, sentir extrañeza al hacer menos comida y ver que sobraba. Retiré su taza azul, desportillada. Olvidada, o dejada intencionadamente, no lo sé. La guardé no en la basura aún no estaba preparada.

Al quinto día llamó mi madre. Ella en Salamanca, llamada semanal los domingos, pero esta vez era miércoles.

¿Todo bien, hija?

Sí, mamá.

No tienes buena voz.

Cansada, mamá.

¿Manuel se fue?

Por poco no ríe. Las madres todo lo saben.

¿Cómo lo supiste?

Carmen, soy tu madre.

Estoy bien. De verdad.

¿Quieres venir unos días?

No, gracias. Necesito estar aquí sola.

Cuando quieras, llámame. Pero dímelo.

No llamé, porque mi mal no era de ese tipo. Era un cansancio, un vacío, una soledad elegida, pero dura. Sin embargo, no quería su regreso. Raro, pero era así.

En julio fui a la peluquería. María Teresa, mi peluquera de siempre, me miró fijo:

¿Qué hacemos hoy?

Más corto, mucho.

Alzó ceja.

¿De cuánto hablamos?

Hasta los hombros. Y otra coloración, más claro.

Salí distinta. No nueva, pero más ligera.

En la calle, mi vecina doña Asunción, setenta y tantos, vital como pocas:

¡Carmen! ¡Has cambiado mucho!

Un corte, nada más.

Hija, te queda de cine. Diez años menos.

Exageras.

La mujer cambia por algo. Bueno, malo, da igual. Lo importante, Carmen, es nunca estancarse.

En agosto, Madrid vacío y caluroso, cogí vacaciones. Sin salir. Descubrí parques, exposiciones, un jardín botánico donde jamás había entrado. Me sentaba a leer, o a no hacer nada, viendo el sol entre las hojas.

Una mañana una mujer compartió banco, tras preguntar. Le dije que sí. Ambas leíamos, en silencio. Nadie pidió palabras. Estaba bien.

Vengo cada día me comentó luego, soy Rosa.

Carmen.

Era maestra jubilada. Vivía sola, hijos lejos. No se lamentaba, solo vivía.

Pensé: así quiero ser.

Septiembre llegó con olor a libros y fruta madura. Recordé lo que me gustaba esa sensación de principio, aunque ya no estudiara.

Ese mes moví el salón. Sofá, estantería, sillón a la ventana. Me sobrecogió la mejora. Alguien diría cosas de nada, pero sentí que por fin respiraba.

Contemplé mi casa y pensé en Manuel. Y le deseé bien. No porque fuera santa, sino porque odiar es agotador.

En clase de italiano conocí a Alicia, risueña, espontánea, divina para conversar. Tomamos café. Ella acababa de divorciarse:

Al principio fue duro. Ahora no. Ahora me tengo, ¿entiendes?

Sí, lo entendí.

Luego iría a cines o expos con Alicia, con Pilar. La vida te da nuevas personas si la dejas.

En enero encontré mi diario viejo. Lo leí. Era otra: con miedos, sueños, inseguridades. Escribí al final: Todo está bien. Lo lograste.

En febrero el deshielo fue precoz. Salía a caminar por barrios que nunca había mirado. Descubrí una librería diminuta, allí compré tres libros, uno guiaba por Barcelona. El librero, mayor, recomendó uno.

Es sobre cómo una persona cambia dijo.

Ahora va conmigo.

Siempre va respondió.

Leí y, por primera vez, reservé billete a Barcelona. Rellené el formulario, pagué con mi tarjeta, recibí la confirmación: un gozo puro.

¿Quieres venir? pregunté a Pilar.

No. Esta es tu aventura.

Llamé a mi madre, le conté.

¿Sola? preocupada.

Mamá, tengo cincuenta y uno.

Ya entonces podrás. Haz muchas fotos. Llámame al llegar.

Te llamaré, te lo prometo.

La vida son estos detalles: reserva, llamada, promesa de fotos.

A los cincuenta la pareja no es correr a buscar, es elegirse. No porque nadie más importe, sino porque, sin vida propia, nadie te completa.

Siempre viví esperando: que él viniese, que se quedara, que al fin me eligiera. Pero nadie da permiso. Te lo das tú.

Eso lo supe poco a poco, como el calor tras un invierno largo.

No puedes cambiar a nadie, solo decidir qué consientes. Decidí cerrar la puerta, sin odio, sólo cerrarla. Lo del portal fue solo el final de un proceso.

Cuando Manuel llamó arreglaba el armario, separando ropa. Vi el número. Ni sobresalto. Respondí.

Ya sabéis lo que pasó. Pero me quedó algo más por dentro.

Mientras él hablaba, pensé: buen hombre, de verdad. No cruel, solo débil, enredado en la órbita de Lucía. Le compadecía, sí. Pero piedad no es motivo de reabrir puertas.

Ahora podía acompañar el dolor ajeno sin entregarme.

Lo vi irse, no me dolía. Le deseé suerte.

Subí andando, cuatro pisos. Resollaba, pero tranquila. El piso inundado en luz. El papel en la nevera con mis planes. Me preparé una infusión de menta. Mensaje a Pilar: “Ha venido. Todo bien.” A Alicia: “¿Cine mañana?”

Ella: “¡Por fin! ¿Hora?”

Sonreí. Abril llegaba. El aeródromo cerrado. La torre apagada.

El avión que sale, es mío.

En ese avión, pasajera única: Carmen, cincuenta y uno, rumbo a Barcelona.

***

Infusión caliente, no en la taza azul, sino una blanca, nueva. Miro por la ventana: palomas adormiladas, una madre riendo con su móvil, marzo en Madrid. Igual y todo distinto.

Es solo una historia de amor. Mejor dicho: de lo que viene después. De amores equivocados, de aprender a ser una misma. De cómo después de querer tanto, encuentras algo bueno en estar sola.

¿Remedio para un adiós? Cambiar los muebles. Cortinas nuevas. Piscina diaria. Apuntarme a una clase. Entrar en una librería. Permitirme no esperar.

No esperar.

Eso es: dejar el modo de espera. Vivir en presente.

¿Olvidar o perdonar? Perdonar. No porque sea obligatorio, sino porque el rencor pesa. Perdonar, recordar. No cargar.

Eso es distinto.

Termino el té, pongo la taza en la pila, abro el portátil. Página abierta: destino Barcelona, abril.

Miro la pantalla y sonrío. Un mes.

Dentro de nada vuelo hacia ese sol, esos mercados, esos gatos en los alfeizares. Pasearé, probaré cosas nuevas, me sentaré en bancos, sin preocupaciones.

Los valores familiares, pensaba, cada quien los define. Yo ahora empiezo conmigo. Si dentro no hay hogar, fuera tampoco se sostiene. Hay que dejar de esperar el permiso, simplemente vivir.

Siempre lo esperé. Ahora, no.

El móvil vibra: Alicia, sesión y sala. “Perfecto, nos vemos”.

Me miro. Mujer de casa, moño suelto, ojos reposados. No “feliz” de escaparate. Pero sí, sí tranquila.

Me guiño.

Hoy cine, mañana italiano, pasado piscina. En un mes, Barcelona.

La vida prosigue. Mi vida. No intermedio de nadie, sino la central.

El aeródromo, cerrado.

Allá arriba, entre tejados y nubes, vuela mi avión.

Yo vuelo.

Esa noche, después de cine, charlas y risas, ya en casa, recordé la taza azul. Seguía ahí, en el armario. La saqué, miré. Un simple cacharro, nada más.

La dejé junto a la blanca, la mía. Como lo que es: una taza. No memoria, no símbolo.

Me metí a la cama. Leía el libro del librero. Comprendí: el cambio ocurre así, línea a línea, hasta que te reconoces nueva.

Apagué la luz.

Fuera llovía suavemente. Nada triste, un simple sonido.

Escuché la calma dentro. No vacío, no soledad. Calma.

Mañana, clase; pasado, piscina; en un mes, Barcelona.

Y ahora, esta lluvia. Y oscuridad amable.

Cerré los ojos y, justo antes de dormirme, imaginé: patio tranquilo, sol de abril, un gato pelirrojo en el balcón. Yo, café en mano, mirando al gato. El gato, a mí. Satisfechos ambos.

El aeródromo, cerrado.

La pista, abierta.

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