Al día siguiente, la vecina volvió a asomarse al otro lado de la valla. Mi mujer salió a hablar con ella y le dijo que ese día teníamos muchísimo trabajo, así que no podríamos sentarnos a charlar como hicimos ayer. ¿Y mañana qué?, preguntó Bárbara, con bastante curiosidad. Mañana lo mismo. Mejor, no vuelvas por aquí, le respondió mi mujer con toda la educación del mundo.
Mira, yo antes tenía muchas ganas de vivir en la ciudad, pero al final no me ha llevado a nada bueno.
Mi mujer, Carmen, tiene una casa en un pueblecito de Segovia. Cuando aún vivían mis suegros, íbamos bastante a menudo. Recuerdo perfectamente cuando ponían la mesa por la tarde bajo el gran emparrado del jardín, y nos quedábamos charlando hasta que se hacía de noche. Cada vez que íbamos era igual. En invierno, mi suegra encendía el horno de leña y siempre había rosquillas o bizcocho recién hecho. Toda la casa olía a gloria.
A Carmen y a mí nos encantaba ir a esquiar a Navacerrada o a tirarnos en trineo cuando nevaba. Pero después fallecieron mis suegros y no vendimos la casa; la intención era seguir yendo igual. Al final, ya sabes cómo es la vida, no volvimos con la frecuencia de antes.
Siempre teníamos un compromiso, una cita o trabajo pendiente. Luego, de pronto, dejamos de hablar de la casa. Fueron pasando los años, tú lo sabes, sin darnos cuenta. Nuestro hijo conoció a una chica, se casó, y mi nuera, Victoria, solía decirnos que ojalá pudieran pasar temporadas en el pueblo, al menos en verano.
Ahí fue cuando Carmen y yo nos acordamos de la casa. Decidimos ir los dos primero. Hacía tanto tiempo que daba hasta un poco de miedo abrir la puerta. Pero todo seguía igual, solo que un poco descuidado y polvoriento.
Nos pusimos a limpiar. Carmen se encargó del interior y yo de la parte de fuera: podar los rosales y limpiar el patio. Pensé que, después de tantos años cerrada, la casa estaría a punto de caerse, pero nada de eso. Con un poco de limpieza, el sitio recuperó su encanto.
Al día siguiente llegaron los chicos y nos ayudaron también. Al final del día, la casa estaba impoluta y volvía a sentirse acogedora. Nosotras nos pusimos a preparar la cena y mi hijo y yo decidimos arreglar la vieja mesa y los bancos de debajo del emparrado de la parra.
En eso que de repente, noté que una mujer nos estaba observando desde el otro lado de la valla. Nos dijo que acababa de comprar la casa de al lado. Se presentó toda sonriente y muy echada para adelante. Como somos gente educada, Carmen la invitó a cenar con nosotros. Se llamaba Bárbara. Nos contó que vivía sola, que había comprado la casa para su hija que ya tiene tres niños y que estaba divorciada. No paraba de hablar, la verdad, y yo desconecté bastante mientras estaba con nosotros.
De repente, sentí algo raro en la pierna. Miro bajo la mesa y era el pie de la vecina, que empezó a intentar rozarme. Aparté la pierna tan disimuladamente como pude, porque no quería que Carmen se diera cuenta. Pero la tía no paraba, seguía intentando lo suyo mientras hablaba de cualquier cosa. Yo, incómodo, quería irme de allí cuanto antes. Mientras recogíamos la mesa, Carmen me dijo en voz baja que esa mujer era de mucho cuidado. Y tenía razón. Pero ni de broma le conté lo que había pasado bajo la mesa. Me moría de vergüenza, y daba la sensación de que a Bárbara no era la primera vez que se le iba la mano, por decirlo así.
Al día siguiente, tal como te decía, la vecina volvió a asomarse a la valla. Carmen fue muy clara y le dijo que hoy teníamos mucho trabajo y que no podíamos estar con ella.
¿Y mañana?, insistió Bárbara.
Mañana igual. Mejor no vengas más por aquí le contestó Carmen tan tranquila.
Tía, vaya valor que tuvo mi mujer. La vecina estuvo murmurando un buen rato cosas que ni me molesté en escuchar porque no me interesa nada lo que piense de nosotros. Yo creo que Carmen hizo lo que debía. Al final, somos gente honesta, decimos lo que pensamos y, si alguien no nos gusta, no nos forzamos a ser simpáticos. Con Bárbara mejor cada uno a lo suyo.




