Dicen que el hábito no hace al monje, pero en los sueños, los reflejos engañan y todo es posible. Mi mente flotó entre nubes granates y adoquines húmedos de Madrid, y así comenzó una extraña historia, como esas que uno nunca puede terminar de comprender al despertar.
**Escena 1: Vergüenza frente a la Torre de Cristal**
La luz del atardecer se doblaba en los vitrales de la Torre de Cristal, disolviendo los colores sobre el asfalto de Paseo de la Castellana. Justo a las puertas del edificio relucía una mujer elegante; su abrigo de lana virgen y bolso de piel costaban más que un mes en Ibiza. Fruncía la nariz con desprecio, mirando de arriba abajo al hombre que tenía ante sí: su mono de trabajo manchado de mortero, botas recias cubiertas de polvo, el casco amarillo aferrado bajo el brazo.
**MUJER:** Pablo, mírate. Estás lleno de polvo. ¿Por qué no te has cambiado antes de venir a mi oficina?
**Escena 2: Serenidad frente a tormenta**
Él no se encogió. Con parsimonia, se sacudió la chaqueta vaquera como quien sacude una nube de recuerdos y la miró a los ojos.
**HOMBRE:** Acabo de salir de la obra. Hemos estado hormigonando los cimientos todo el día.
**Escena 3: Ruptura abrupta**
La mujer se adelantó medio paso, la voz reducida a un susurro furioso mientras sus ojos rebotaban en los reflejos de los ventanales, asustada de que una mirada de algún ejecutivo la descubriera con alguien de sucio mono.
**MUJER:** Me da igual. No eres más que un obrero. No puedo dejar que me vean con un albañil. Borra mi número.
Giró sobre sus tacones buscando la gloria de un adiós dramático, pero justo entonces, como en los sueños extraños, las puertas de cristal se abrieron de par en par y el mundo se deformó.
**Escena 4: Giro onírico**
Por la puerta salió corriendo un hombre en traje azul marino, móvil y carpeta en mano. Sin mirar siquiera a la mujer, se lanzó a los pies de el obrero.
**HOMBRE DEL TRAJE:** ¡Don Pablo González! ¡Por favor, espere! Los inversores ya están listos para la visita en helicóptero a *su* edificio.
**Escena 5: Despertar surrealista**
La mujer se quedó clavada en el suelo, mientras los muros de la realidad se deshacían como pan en café. Se giró despacio, boquiabierta, escuchando su propio latido resonar como campanas.
¿Pablo González el dueño? Su nombre ya no parecía el mismo.
Él esbozó una sonrisa suave y entregó el casco, ahora brillando como oro de Almería, a su asistente.
**EPÍLOGO**
Ella quiso retroceder, la voz hecha jirones:
Pablo no lo sabía. ¿Por qué no me dijiste que este proyecto era tuyo?
Los ojos de Pablo, tan limpios como un cielo de mayo, no devolvieron ningún calor. Sólo quedaba el eco del desencanto.
**HOMBRE:** Quería saber si me apreciabas a mí, o solo lo que tengo. He obtenido mi respuesta.
Su chaqueta vieja de denim ahora era una armadura. Sin mirar atrás, añadió:
**HOMBRE:** No hace falta que borres mi número. Yo ya me encargaré de bloquearte. Que tengas un buen día.
Despacio, se alejó rumbo al ascensor que subía directo a la azotea, donde el rumor de las hélices retumbaba en la madrugada inverosímil del sueño. Ella, sola en el mármol frío, comprendió que había tirado a la basura no a un simple albañil, sino la puerta a un futuro auténtico, tan raro como la promesa de la felicidad.
**Moraleja:**
No confundas la espuma del mar con la profundidad del océano. Tras unos zapatos manchados puede ocultarse quien edifica ciudades; detrás de un traje caro, a veces, solo hay vacío.




