Citas concertadas
Claudia se encontraba en su escritorio, absorta en el trabajo. Frente a ella, una montaña de papeles: informes, facturas, albaranes. Con precisión clasificaba documentos, comprobaba cantidades, hacía anotaciones en su agenda. En la oficina reinaba una paz apenas rota por las conversaciones ahogadas que llegaban desde el despacho de al lado y el lejano teclear de algún ordenador. Por las rendijas de la persiana, el sol dibujaba líneas nítidas de luz sobre la mesa.
Entonces sonó de repente el móvil. Claudia dio un respingo, apartó la vista de los números y cogió el smartphone. La pantalla mostraba Mamá. Frunció el ceño. Era raro: su madre siempre llamaba por la tarde, al volver de trabajar, y apenas eran las tres. ¿Qué podría haber pasado?
Deslizó el dedo y acercó el teléfono al oído.
Claudia, hija, ¿puedes venir urgente? La voz de su madre sonaba inquieta, con esa leve vibración que solo una hija reconoce al instante. Es muy importante.
Algo se le encogió por dentro. Enderezó la espalda, apartando los papeles, como si de golpe se hubieran vuelto un estorbo.
¿Qué ha ocurrido? intentó sonar tranquila, pero el tono ya traicionaba cierta alarma. ¿Estás bien?
Sí, tranquila, no me pasa nada aclaró de inmediato su madre, como queriendo borrar todo mal pensamiento. Pero necesito hablar contigo. Y tiene que ser ahora.
Claudia dudó un instante, mirando los pendientes desperdigados sobre la mesa. La jornada no había terminado, y aún le quedaba faena, pero ese tono no admitía discusiones.
Vale, cedió, consultando el reloj de pared. Estaré en casa en una hora.
Por favor, intenta llegar antes la madre bajó la voz, cargándola de un nerviosismo apenas contenido. Aquí hay más gente esperando.
Ese hay gente esperando quedó flotando, lleno de misterios silenciosos. Claudia arrugó la frente, tratando de imaginarse aquel forzado escenario familiar. Mil hipótesis desfilaron: desde un problema grave a algún divertido malentendido. Pero no insistió por teléfono. Si su madre decía urgente, lo era.
Recogió deprisa: ordenó los papeles en una carpeta, metió el móvil y la cartera en el bolso, cogió la chaqueta. Pasó a explicar la situación a su jefe, que le concedió el permiso sin problemas. Mientras salía del despacho, abrió la app de taxis y marcó la dirección de casa. Al esperar, llamó de nuevo a su madre para saber si necesitaba que trajese algo, pero obtuvo un escueto: No, ven cuanto antes.
Al poner un pie en la calle, descubrió que casi corría. Una y otra vez asomaban preguntas: pero procuraba no dejarse llevar por la imaginación. El taxi llegó en cinco minutos. Subió y dictó la dirección con urgencia, apremiando mentalmente al conductor.
El trayecto duró cuarenta minutos exactos: Claudia lo comprobó de reojo en el móvil. A través de las ventanillas cruzaban edificios grises, pancartas de comercios, ramales de parques urbanos. Pero nada la distraía de su preocupación. ¿Sería un problema en el trabajo de su madre? Hace poco había hablado de un proyecto que le estaba quitando el sueño. ¿Habría pasado algo a tía Rosario? O quizá estaba en juego la salud de algún pariente lejano… Claudia especulaba mentalmente, pero ninguna teoría acababa de convencerla.
Pagó en euros al bajarse, subió deprisa los escalones familiares, y buscó la llave. No tuvo tiempo de usarla: la puerta se abrió antes de que llegara a girar el pomo.
¡Por fin! su madre la arrastró casi literalmente hacia el recibidor. Pasa, pasa.
El olor de bollos de vainilla, receta estrella de su madre para ocasiones especiales, la recibió como un viejo abrazo. Claudia se quedó quieta un instante, dejando que la invadiera ese aroma cálido. Siempre solía significar algo feliz: un cumpleaños, una noticia buena. Pero ni la prisa ni el tono apurado de su madre encajaban con esa alegría cotidiana.
Intrigada, se descalzó y siguió adelante.
Mamá, ¿qué pasa? preguntó, dirigiéndose al salón.
Ahí se detuvo en seco. Tras una mesa redonda, vestida con mantel blanco, estaban sentados Daniel y tía Rosario. Daniel era el hijo de la amiga de su madre, un chico al que Claudia, desde los seis años, llamaba en secreto El Lento. Siempre le pareció torpe, algo apocado, despistado y poco hábil con las palabras. Ahora sonreía incómodo, tirando de su camisa como si le quedara grande.
Tía Rosario, en cambio, irradiaba luz; tenía esa expresión de ilusión desbordante que Claudia asociaba a las bodas.
Hola, Claudia Daniel se levantó, intentando aparentar seguridad. Hace mucho que no nos veíamos.
Eso es verdad, y podría pasar mucho más cortó Claudia, cruzándose de brazos. Se esforzó por disimular el asombro bajo una capa de indiferencia. Mamá, ¿para esto querías que viniera tan rápido?
Su madre aparentó no notar el tono hostil. Se afanó en arreglar el mantel, luego una servilleta, y otra vez el mantel.
Cariño, Rosario y yo hemos estado pensando Os conocéis de toda la vida. Sois adultos, autónomos…
¿Y? Claudia la taladró con la mirada. ¿Qué tiene que ver eso conmigo? He dejado trabajo y planes y todo por esto
Tía Rosario, sin dejar que la madre respondiera, intervino animada:
¡Daniel es un muchacho ejemplar! Tiene buen trabajo, piso propio Todo en regla.
Solo queríamos que charlaseis, por fin su madre se atrevió a levantar la mirada, aunque seguía dudosa. Conoceros mejor.
La irritación trepó por dentro de Claudia, abrasándole el juicio. Otra vez ese empeño de su madre en emparejarla, como si no supiera tomar sus propias decisiones. Se obligó a respirar hondo, mas la voz le tembló:
Mamá, inspiró profundamente y soltó el aire despacio antes de continuar con entereza. Aprecio que te preocupes por mi vida personal. Pero decidir con quién me relaciono es cosa mía.
Daniel se ruborizó, torció el cuello, y trató de quitar hierro:
Claudia, tal vez te has pasado Al menos podemos charlar, ¿no? Antes nos llevábamos bien. Eres muy guapa, y yo tampoco soy tan feo.
¿Sobre qué quieres hablar? le espetó Claudia, mirándolo sin pestañear. Nunca me has interesado. No ha cambiado nada. Entre nosotros nunca ha habido más que una amistad cordial, y no veo motivo para fingir.
Él bajó la cabeza, jugueteando con el cuello de la camisa como si esta apretara de pronto.
Pero podríamos intentarlo musitó bajo. Hablo en serio. Me gustaría que entre los dos hubiera algo.
Claudia cerró los ojos un instante, buscando las palabras adecuadas. No quería ser cruel, pero tampoco estaba dispuesta a fingir.
Daniel, eres buena persona, de verdad. Simpático, formal, trabajador. Pero los sentimientos no nacen por decreto ni porque alguien crea que tocan. No.
Notó cómo iba aflojando la opresión interior según se sinceraba. Madre mía, mamá y sus inventos
Creo que es mejor que me marche, agarró el bolso, colgándoselo al hombro. Perdona por estropearos el plan, pero prefiero la sinceridad. No quiero aparentar interés en algo que no siento.
¡Claudia! su madre la alcanzó, mano extendida, como si quisiera sujetarla por la manga. Espera Vamos a hablar con calma. Queríamos hacerlo por tu bien.
No Claudia la paró con un gesto firme pero suave. Será mejor cuando puedas escucharme de verdad. Y, por favor, no me hagas otra emboscada como esta. Estaba realmente preocupada.
Claudia salió del portal antes de escuchar más protestas. La puerta cerró suavemente a su espalda y se encontró fuera, donde el aire olía a limpio tras la lluvia matinal. Respiró hondo: cada bocanada la hacía sentirse un poco más ligera.
¿Por qué su madre insistía en elegirle pareja? ¿Acaso tras tantos años no había entendido que esas estrategias solo provocaban el efecto contrario? Desde pequeña, Claudia tenía claro lo que esperaba de la vida y de un futuro compañero. No quería a un inseguro que necesitase la ayuda materna para conquistarla. Ni el mejor trabajo ni el piso más bonito valían ese sacrificio.
Aún enfadada, tomó un atajo por el parque de siempre. Niños correteaban por los senderos, mujeres con cochecitos compartían chismes, ancianos contemplaban la tarde desde bancos soleados. Claudia esquivó charcos y sintió el frescor de las gotas que caían suavemente de las ramas.
Al cabo de un rato, el móvil vibró en el bolsillo. Mamá, marcaba otra vez la pantalla. Dudó un segundo, pero contestó.
Claudia, ¿por qué te has ido así? sonó la voz de su madre, algo herida, menos enfadada que dolida. Solo queríamos charlar.
Mamá, no puedo salir corriendo a casarme con Daniel porque lleváis veinte años de amigas tú y Rosario, replicó con serenidad, dejando que los tacones marcaban sobre el pavimento. Eso es demasiado importante como para decidirlo por simpatía entre madres.
¡Que nadie habla de boda! se defendió su madre, alterando la voz. Solo pido que os conozcáis. Es formal, estudió, tiene trabajo Es una persona decente.
Decente sí, no lo voy a negar sonrió Claudia, aunque la otra no podía verla. Solo que eso no basta para mí.
¿Y a ti quién te cuadra entonces? la madre sonaba ya resignada, como si esa conversación fuera un disco rayado. Llevas tres años sin pareja, sin salir apenas. ¿Qué estás esperando?
No espero nada, contestó Claudia, parándose frente a un banco de madera. No quiero estar con cualquiera porque ya toca. Me gustaría que, si conozco a alguien, sea por mi elección, y no por proyecto de dos madres.
¿Y tu elección es trabajar hasta la noche, cenar mirando la tele y ver solo a los compañeros? en su voz había amargura. Solo quiero verte feliz.
Ya lo soy, Claudia se sentó en el banco, observando a unos niños que lanzaban barquitos de papel en un charco. Me gusta mi vida y mi trabajo. No necesito una pareja al tuntún solo por cumplir.
Silencio al otro lado. Al fondo, tan solo un rumor sordo, tal vez un suspiro largo.
Vale. Perdona si he sido pesada. Solo me preocupo. Me angustia que acabes sola cuando seamos mayores.
Lo sé. Y te quiero también por preocuparte. Pero no me pongas trampas, ¿vale? Hoy ya me había imaginado de todo.
Prometido la voz de su madre sonó suavizada, casi sonriendo. Solo si algún día te enamoras de verdad, cuéntamelo tú la primera.
Por supuesto, mamá, eso lo puedes dar por hecho. Ahora tengo que irme. Muchos besos.
Cuídate, hija.
Claudia guardó el móvil y alzó la vista al cielo. Las nubes se deshilachaban, dejando ver un azul cada vez más limpio y destellos dorados en los tejados. Risas de chicas se mezclaban con el paso apresurado de un hombre en chándal junto a él corría un perro pelirrojo, jadeando divertido.
Respiró hondo, contagiándose de la vida normal del barrio: niños chillando, cafeterías con mesas ocupadas al sol, gente cruzando la calle entre risas y conversaciones. Todo tan cotidiano y natural que volvió a sentirse tranquila. Se sorprendió pensando en cuántos caminos hay ante cada persona, cuántos encuentros e historias ofrece cada día. Y qué absurdo es intentar encajar la vida en opiniones y tradiciones ajenas.
Durante los días siguientes, Claudia evitó con esfuerzo recordar la escena. En la agencia, los últimos preparativos de un gran proyecto consumían tiempo y energías: era la primera en llegar y la última en marcharse, repasando presupuestos y charlando con clientes. Comía a menudo un bocadillo frío junto al portátil y por las noches se desplomaba al llegar a casa.
Pero justo entonces, en los silencios de madrugada, regresaban los recuerdos del salón, los gestos apurados de Daniel, la media sonrisa de tía Rosario. No sentía culpa sabía que había hecho lo correcto, pero sí una leve tristeza por el desencuentro con su madre, por haber sido tan tajante.
El viernes, mientras repasaba el correo, vio un mensaje de un compañero: la invitaba a su cumpleaños. Habrá buen ambiente decía. Ven, conocerás a gente interesante. ¡Prometo buena música! Dudó: el cansancio empujaba a refugiarse en casa, pero hacía demasiado que no salía. ¿Por qué no?, pensó, y contestó Allí estaré.
La fiesta era en una cafetería moderna a las afueras: paredes de ladrillo, mesas de madera, sofás junto a la ventana. La sala estaba llena; flotaban aromas de café, bollería y algo de perfume, con un jazz suave de fondo y charlas animadas.
Reconoció al cumpleañero, que agitó su brazo al verla y fue a recibirla.
¡Qué alegría verte aquí! exclamó abrazándola. Pensé que te rajarías.
Hoy tenía ganas de distraerme sonrió Claudia. Y ¡felicidades!
Intercambiaron unas palabras de trabajo, y luego él le señaló una mesa junto al ventanal:
Siéntate ahí; buena gente y mejores historias. Yo ahora voy.
Claudia cogió un zumo al pasar un camarero, buscó el rincón señalado y se instaló en una silla libre. Había bromas, risas y ambiente distendido que la fue envolviendo.
Hola, se plantó a su lado un chico de sonrisa abierta. ¿Eres Claudia, verdad? Soy Hugo, compañero de Marta.
Sí, Claudia le devolvió la sonrisa. Encantada.
Creo que te vi en una reunión hace tiempo, explicó él sentándose. ¿Llevas el proyecto de Azucenas, cierto?
Eso es, ¿y tú?
Trabajo en análisis de datos. Hice algunos informes de riesgos para vuestro equipo.
La charla fluyó enseguida. Además de solvente profesionalmente, Hugo resultó ameno y atento; escuchaba, preguntaba con interés y sumaba comentarios ingeniosos que hicieron reír a Claudia más veces que en meses.
En cierto momento, la cafetería se llenó de ruido, así que Hugo propuso salir un rato a la terraza.
Ya afuera, el aire fresco y la noche despejada les animó a alargar la charla.
¿Qué haces cuando no trabajas? preguntó él, recostado en el murete.
Leer, pasear y películas buenas de vez en cuando.
A mí me gusta viajar los ojos de Hugo se iluminaron. El año pasado estuve en Galicia: rías, pulpo, gente auténtica.
¡Cuéntame más! Claudia se interesó, intrigada.
Él relató pequeñas anécdotas de caminos, paisajes, comidas y familias hospitalarias que la invitaron a cenar sin apenas conocerle. Claudia visualizaba fácilmente esas escenas, sintiéndose allí.
¿Y tú, dónde te escapas cuando puedes? preguntó Hugo en un respiro.
Al mar. Adoro contemplar las olas, el olor a salitre pero no siempre puedo permitírmelo.
¡Eso hay que arreglarlo! le guiñó sin presión. ¿Te animas el año que viene conmigo?
Un parpadeo de sorpresa, seguido de una carcajada sincera:
Eso sí pilla de nuevas.
Al menos soy directo dijo él, mirándola a los ojos. Me caes bien, quiero conocerte más.
Claudia lo miró atentamente. No había ansiedad ni artificios: solo curiosidad genuina y tranquilidad.
Vale, pero despacito aceptó ella.
Como quieras, sonrió Hugo. ¿Un café mañana para seguir la charla?
Hecho.
Al llegar a casa, nada más dejar los tacones y sentarse en el sofá, vio que llamaba de nuevo su madre. Esta vez respondió enseguida.
Claudia, ¿cómo estás? preguntó con una cautela trémula.
Muy bien, mamá, Claudia sonreía recordando la noche. Salí con compañeros y conocí a alguien interesante.
¿En serio? ¿Y qué tal?
Listo, divertido, espontáneo Y, lo mejor: no va corriendo donde su madre si algo le sale mal.
La madre rió, y esa risa disipó toda tensión anterior:
Me alegra mucho. Entonces me he preocupado de más, ¿verdad?
Claudia se quedó un instante en silencio para elegir bien sus palabras.
No del todo. Es normal que te preocupes; te lo agradezco mucho. Pero relájate, mamá, de verdad. Confía en mí.
De acuerdo, hija respondió la madre después de un breve silencio. Te quiero mucho.
Y yo a ti.
Dejó el móvil y se asomó a la ventana. El horizonte brillaba de luces: amarillas, blancas, titilando en una red inabarcable. A lo lejos, ruidos suaves y músicas de la ciudad que no duerme.
Claudia inspiró de nuevo, sintiendo cómo una paz cálida la abrazaba. Ese día, la conversación con su madre y aquel encuentro inesperado le parecían las piezas de un puzzle nuevo y prometedor. No sabía qué vendría después. Pero ahora tenía la certeza intensa y tranquilizadora de que la vida tiene su propio ritmo, sus sorpresas, y que lo mejor ocurre cuando uno se atreve a elegir su propio camino, sin miedo a decepcionar las expectativas ajenas. Porque la felicidad, al fin y al cabo, es saber vivir fiel a uno mismo.






