No hay alegría sin lucha

No hay alegría sin lucha

¿Cómo has podido meterte en semejante lío, muchacha ignorante? ¿Quién va a querer ahora a una mujer con un hijo en camino? ¿Y cómo piensas sacarlo adelante? Ni se te ocurra pedir mi ayuda. Yo ya te saqué adelante a ti, ¿y ahora también a tu criatura? No te quiero aquí. Haz las maletas y lárgate de mi casa.

Elena escuchó en silencio, la cabeza baja. La última esperanza de que su tía Mercedes le permitiese quedarse, aunque solo fuera hasta encontrar trabajo, se desvanecía al instante.

Si al menos mi madre siguiese viva…

A su padre jamás lo conoció; a la madre, un borracho la atropelló hace quince años en un paso de cebra de Madrid. Iban a mandar a la niña a un orfanato, pero apareció una pariente lejana, prima de la madre. Su tía Mercedes tenía un empleo fijo y casa propia en el sur, así que no hubo problema para formalizar la tutela.

Vivía la tía en las afueras de un pequeño pueblo cerca de la frontera con Portugal, donde el verano era abrasador y el invierno, de lluvia persistente. Elena nunca pasó hambre, ni frío; creció aseada y acostumbrada al trabajo: la casa y el patio, los animales, no faltaba faena. Amor maternal, quizá no, pero, ¿a quién le importa eso?

Elena era buena estudiante y, al terminar el bachillerato, entró en la escuela de magisterio. Los años de estudiante volaron, y tras aprobar los exámenes regresó al pueblo, que sentía por fin suyo. Pero aquel retorno fue todo menos alegre.

Con el enfado ya algo aplacado, tía Mercedes sentenció:

Ya está bien. Vete, y que no vuelva a verte por aquí.

Tía Mercedes, ¿puedo al menos?

No, lo he dicho claro.

Elena cogió la maleta en silencio y salió a la calle. Nada de lo que había imaginado sobre su regreso se cumplía. Humillada, rechazada y embarazada de pocas semanas, ya no quería esconderlo.

Había que buscar techo. Caminaba absorta, sin mirar lo que la rodeaba.

Era verano en el sur. Los manzanos y perales se colmaban de fruta madura, los albaricoques relucían dorados. En las viñas, las uvas colgaban en racimos pesados, entre el follaje azulaban las ciruelas. El aire olía a mermelada, carne asada y pan recién hecho. El calor apretaba y Elena sólo pensaba en beber algo. Se detuvo ante una verja y llamó a una mujer que cocinaba fuera.

¿Podría darme un poco de agua?

Pilar, una mujer recia de unos cincuenta años, asintió:

Pasa, muchacha. Si vienes en son de paz, eres bienvenida.

Llenó una jarra del pozo y se la ofreció. Elena se sentó extenuada en un banco, bebiendo despacio.

¿Te puedes sentar aquí un rato? El calor

Claro, hija. ¿De dónde vienes, con maleta y todo?

Acabo de terminar la escuela de magisterio, quería ser maestra. Pero no tengo donde dormir. ¿No sabrás de alguna habitación?

Pilar la observó: vestía sencillo, el rostro agotado por las preocupaciones.

Si quieres, puedes quedarte en mi casa. Así no estaré tan sola. No pido mucho, solo que seas cuidadosa. Si te parece bien, te enseño el cuarto.

A Pilar le venía bien una compañera. Un dinero extra en aquel rincón nunca sobraba. Su hijo andaba lejos y rara vez la visitaba, así que algo de compañía en invierno no iría mal.

Elena, incrédula ante su suerte, fue tras la dueña. El cuarto era pequeño pero acogedor: ventanuco al jardín, mesa, dos sillas, cama y armario viejo. Suficiente. Pactaron precio y, tras cambiarse, Elena fue al ayuntamiento en busca de trabajo.

Así pasó el tiempo: trabajo y casa, casa y trabajo. Elena apenas tenía tiempo de arrancar hojas del calendario.

Acabó haciéndose amiga de Pilar, que era amable y generosa. Elena ayudaba con las tareas y, muchas noches, tomaban té en el porche. En el sur, el otoño tarda en llegar.

Elena llevaba bien el embarazo; no sufrió náuseas, la cara seguía luminosa, aunque algo más redonda. Un día contó a Pilar su historia, tan común como otras.

En la facultad se enamoró de Francisco, hijo de catedráticos de la Universidad de Salamanca. Para él estaba escrito el futuro: estudios, doctorado, carrera, siempre cerca de la familia. Atractivo, educado, centro de todas las miradas, hacía soñar a muchas y eligió a Elena. Quizá le sedujo su sonrisa vergonzosa, la ternura de sus ojos color miel, su fragilidad, o intuyó en ella la fortaleza de quienes pasan apuros desde niños. Pasaron juntos casi todos los años, y ella solo se veía a su lado.

Aquel día lo recordaba como una marca en la memoria. Por la mañana, no pudo desayunar; los olores la repelían. Y el retraso ¿Cómo no lo había notado? Compró una prueba, regresó a la residencia, bebió agua y esperó. Dos rayas. Dos. Faltaba poco para los exámenes y ¡esto! ¿Cómo reaccionaría Francisco? Un hijo no estaba en sus planes.

Pero una ternura imprevista le invadió.

Mi niño susurró, llevándose la mano al vientre.

Al contárselo, esa misma tarde él la llevó con sus padres. Aún le sobresaltaba de tristeza el recuerdo: le propusieron abortar y, cuando acabase la carrera, irse sola, pues Francisco tenía que dedicarse a su porvenir y ella no era adecuada.

Qué hablaron luego padre e hijo, Elena sólo podía imaginarlo. Al día siguiente, Francisco entró en su cuarto, le dejó un sobre con dinero y se marchó sin una palabra.

El aborto jamás lo consideró. Ya sentía a su criatura. Era solo suyo. Pero el dinero lo aceptó, consciente de lo mucho que haría falta.

Cuando terminó el relato, Pilar la abrazó:

Se ha visto de todo, hija. Eres valiente por no deshacerte de la criatura; los niños son un don. Quizá, al final, haya sido lo mejor.

Pensar en una reconciliación le daba náuseas. Jamás perdonaría tanta humillación, aquel desprecio fácil.

Los días siguieron. Elena dejó de trabajar, moviéndose torpemente esperando el nacimiento. Quería saber si sería niño o niña, pero el médico no supo confirmarlo. Con que viniera sano, bastaba.

Una tarde de febrero, al comenzar el fin de semana, se pusieron de parto y Pilar la llevó al hospital del pueblo. El parto fue fácil: nacía un niño fuerte.

Iñigo, susurraba Elena, acariciando la mejilla del pequeño.

Compartía habitación con otras madres. Le hablaron de Julia, la esposa de un guardia civil que tuvo una niña hacía dos días. No estaban casados, convivían.

Pues él le llevó flores, bombones, regaló anís a las enfermeras, llegaba cada día en un SEAT nuevo. Pero entre ellos hubo algo raro Ella no quería el bebé, dejó una nota y se fue; decía que no estaba preparada.

¿Y la cría?

Le dan biberón, pero la enfermera dice que mejor le daría alguien pecho. Pero cada una tiene bastante con lo suyo.

A la hora de alimentar a la niña sola, una enfermera preguntó:

¿Alguna podría darle pecho un rato? Está muy flojita.

Yo misma, pobre dijo Elena bajito, acostando a su Iñigo dormido y cogiendo a la chiquitina.

¡Qué menuda! ¡Y tan rubita! La llamaría Lucía.

En sus brazos la niña parecía diminuta frente al robusto Iñigo.

Le ofreció el pecho y la pequeña succionó ávidamente, cayendo dormida enseguida.

Ya decía yo que andaba débil suspiró la enfermera.

Y así fue como Elena empezó a amamantar a los dos.

Dos días después la enfermera avisó de que el padre de la niña quería dar las gracias a la joven que ayudaba a su hija. Así conoció Elena al guardia civil, el capitán Tomás Delgado: bajito, ojos azules de mirar firme.

Lo que vino después lo comentaron durante mucho tiempo por el pueblo y aún se recuerda.

El día del alta, los médicos, enfermeros y limpiadoras llenaban la salida del hospital. Junto a la puerta esperaba un coche cubierto de globos azules y rosas. El joven oficial, de uniforme, ayudó a Elena a subir al coche donde ya iba Pilar, y le entregó primero el fardo azul, luego el rosa.

Entre aplausos y cánticos, el coche arrancó y desapareció por la carretera.

Así son las cosas: nunca se sabe dónde lleva cada paso que das. Elena miraba el campo por la ventanilla, sosteniendo a los dos pequeños; Pilar sonreía desde su lado. En el aire olía a flores frescas y colonia de bebé. El capitán Tomás, que la víspera le pidió la mano, conducía, mirándola por el retrovisor; la niña Lucía dormía en su regazo, aferrada al meñique de Elena.

En casa les esperaba algo más que un techo, les esperaba el amor: meriendas con mermelada, el armario rebosante de juguetes por venir, y una vida que nadie podía prever, pero que ya abundaba en sentido.

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