De la sombra a la luz.

De la sombra a la luz.

¿Otra vez viendo esas telenovelas absurdas? La voz de Víctor surgió a su espalda tan de repente que Leonor dio un respingo, casi derramando la taza. Ya te dije que te envenenan el cerebro. Más te valdría dejar la casa en condiciones, o pensar en tener un hijo. Es que no haces nada, por eso te pones triste.

No respondió. Solo pulsó el botón de apagado en el mando y la pantalla quedó negra. En el silencio que quedó pudo oír, al otro lado de la pared, las risas de los niños de los vecinos. Sentía un nudo en la garganta que le impedía respirar bien.

Te estoy hablando prosiguió Víctor, quitándose la chaqueta y colgándola con pulcritud en el respaldo de una silla. Siempre se movía así: con precisión, despacio y midiendo los gestos. Incluso su enfado era frío, sin aspavientos. Esa contención en la voz solo lo hacía todo peor. ¿Me oyes?

Sí susurró Leonor, poniéndose en pie. Era una costumbre antigua, adquirida ya de niña bajo la tutela de su tía Dolores: no sentarse si el mayor estaba de pie. No protestar. No justificarse.

Bien. ¿Está la cena?

Sí, en el horno. Pollo con verduras, como a ti te gusta.

Víctor asintió y entró en la cocina. Leonor se quedó en medio del salón amplio, ese salón siempre algo frío a pesar de la decoración costosa y los muebles nuevos. Miró por la ventana: el anochecer invernal de febrero se cernía sobre las calles tranquilas de un barrio residencial de Valladolid, con farolas intermitentes alumbrando los patios cubiertos de escarcha. Veintiocho años, pensó. Media vida atrás, y la sensación de no haber vivido realmente nunca.

***

Sus padres fallecieron cuando Leonor tenía siete años. Un accidente de tráfico en una carretera mojada; la muerte fue instantánea para ambos. Se recordaba sentada, diminuta, en el pasillo del hospital infantil, a donde la habían llevado en estado de shock, y como una señora le acariciaba suavemente el pelo, repitiendo: Pobrecilla, pobrecilla

Luego apareció Dolores, la tía segunda de su padre, a la que Leonor apenas había visto en dos bodas y comuniones. Una mujer cincuentona de pelo siempre recogido en moño y labios finísimos, enseguida tomó el mando de la situación.

A la niña hay que buscarle acomodo le decía a las asistentes sociales, con la pequeña Leonor a su lado, sintiéndose un paquete del que había que hacerse cargo. En un orfanato no la meto, es sangre de la familia.

Dolores gestionó la tutela y se trasladó a vivir al piso de dos habitaciones que era de los padres de Leonor. No tenía casa propia, ocupaba una habitación en una pensión y era contable en una empresa estatal, así que se alegró sin disimulo del cambio de vida.

Deberías estarme agradecida le soltó en cuanto se instaló. He tirado mi vida por la borda por ti. Podría casarme, rehacer mi vida, y aquí estoy, contigo a mis espaldas. No te olvides nunca.

Nunca lo olvidó. Día tras día, hora tras hora. Aquella deuda la fue calando bajo la piel, metiéndosele en los huesos. Trataba de ser dócil, útil, invisible. Sacaba notas brillantes, ayudaba en casa, no pedía nada que no fuera esencial. Dolores ni pegaba ni violentaba nunca, rara vez levantaba la voz. Solo, gota a gota, le inoculaba cada día el veneno de la culpa.

¿Otra vez un suficiente en gimnasia? Eres una desagradecida. Mira que me esfuerzo por ti

¿Has traído el pan? Te dije que integral, y traes blanco. Es que no te enteras de nada.

¿Tu amiga ha venido a verte? Todo el día con los tés, pero limpiar la habitación, nada. Así te irá.

A los dieciséis, Leonor ya ni recordaba esa sensación de ser querida porque sí. Sus padres eran un eco vago, casi irreal: los abrazos de su madre, la risa de su padre, la calidez y la seguridad. Todo aquello se había diluido entre los reproches de Dolores.

Al acabar el instituto, estudió en la Escuela de Magisterio de Valladolid con beca, para no cargar gastos. Dolores estaba conforme: que la niña no fuera un estorbo, que trabajara por fin. Tras los estudios, Leonor encontró plaza en una guardería municipal. El sueldo era irrisorio, pero aportaba parte cada mes para la casa, y su tutora le permitía quedarse en el piso de sus padres.

¿A dónde vas a ir tú sola? le espetó Dolores cuando Leonor, a los veintitrés, insinuó torpemente buscar habitación propia. No sabes hacer nada. Te perderás. Mira que me he desvivido por ti y así lo pagas, ¿eh? Sin vergüenza.

Vergüenza o exceso de ella, Leonor se quedó.

***

Conoció a Víctor en el cumpleaños de una compañera. Él tenía cuarenta y siete años, ella veinticuatro. Alto, elegante, mirada segura y un reloj caro. Destacaba entre los invitados. Era, supo entonces, el tío de la homenajeada, que había pasado a saludar.

Eres muy dulce le dijo en la cocina, mientras se tropezaban al servirse agua. Discreta, callada. Ya hay pocas chicas así.

Leonor se turbó y apenas respondió. Él sonrió y le pidió el número de teléfono. Se lo dio. Se sorprendió a sí misma por hacerlo.

Víctor comenzó a cortejarla. Llamaba cada día, salían a restaurantes de esos que ella no conocía, traía flores. Hablaba de lo especial que era Leonor, que estaba cansado de mujeres de negocios y sus exigencias, que soñaba con una mujer real, que supiera crear un hogar.

Eres como una flor que hay que cuidar le soltó una vez, y por dentro, Leonor sintió algo descongelándose. Por primera vez, alguien quería cuidar de ella; no se trataba solo de cumplir, de rendir cuentas.

Dolores aprobó la relación.

Por fin haces algo sensato murmuró, examinando a Víctor cuando fue a presentarse. Un hombre en su sitio, formal. Si te casas, vivirás bien. Porque de maestra no vas a sacar mucho.

Se casaron tras seis meses, discretamente. Víctor fue claro:

No necesitas trabajar. Yo puedo mantener la familia. Dedícate a la casa, y luego ya vendrá el niño.

Leonor aceptó. Creía que ese era el cariño verdadero. Que aquello era cuidarla. Y, en cierto modo, Víctor la cuidaba: llevaba y traía, le compraba ropa (él la elegía, decía que ella no tenía gusto), le daba dinero para la compra (lo justo y con obligación de presentar los tiquets), organizaba sus salidas (él decidía a dónde y cuándo).

Al principio, la vida en aquel piso amplio y moderno de la Plaza Mayor era como un sueño brumoso: electrodomésticos de última generación, salones impolutos, sofá de piel, pero ninguna marca suya que diera humanidad. Leonor quiso alegrar la casa con cojines vistosos y plantas. Víctor desaprobó:

¿Para qué tanta chorrada? Aquí todo es minimalista. Guárdalo.

Y ella lo guardó.

Luego vinieron las críticas, primero pequeñas, como sin importancia.

Le echas demasiada sal a la sopa.

Ese vestido no te sienta. Ponte el otro.

¿Otra vez has dejado la pasta de dientes abierta? ¿Cuántas veces te lo digo?

Fueron creciendo. Cada día surgía un nuevo motivo.

¿Me llevas la contraria intencionadamente? decía, ante cualquier insignificancia. Te explico las cosas, pero no, tú por tu lado. Eres testaruda, y para colmo, no muy avispada. Menos mal que eres guapa, si no…

Leonor no replicaba. Aguantaba las lágrimas y el peso conocido de la culpa. Era su papel, le habían contado. En casa de Dolores, ahora con su marido.

Al año de matrimonio, Víctor empezó a insistir con los hijos.

¿Has ido al médico? ¿No será que tienes algún problema?

Acudió a los especialistas, todo correcto. Le decían que ya llegaría. Víctor fruncía el ceño, sugiriendo con indirectas que quizás no quería ser madre.

Egoísta. Solo piensas en ti.

Leonor no pensaba en ella. Apenas lo hacía nunca. Los días se deslizaban uno tras otro en la monotonía de cocinar, limpiar, lavar y procurar agradar. Víctor llegaba tarde, cenaba sin mediar palabra, veía el telediario y se acostaba. Los domingos, o tenía reunión con compañeros o pescaba en el río con amigos. Ella nunca iba.

¿Para qué vas a venir? Mejor descansa en casa.

Obedecía, mirando por la ventana a otras mujeres, a los niños del parque. A veces ponía una serie, con prisa para no ser sorprendida: a Víctor no le gustaba que malgastara el tiempo.

***

Un día, ya con veintiséis, fue a Mercadona a por la lista de la compra (Víctor siempre anotaba lo que había que comprar, ni una cosa de más). Escaneaba los estantes de cereales cuando una voz alegre la detuvo.

¡Leo! ¿Leonor de la Fuente? ¿Eres tú?

Frente a ella estaba una mujer alta con el pelo corto y vaqueros rotos, camiseta llamativa. Leonor tardó en reconocerla: Sofía Pérez, su compañera de clase hasta tercero de la ESO, que se marchó con su familia a Madrid.

¡Sofía! ¡Cuánto tiempo! dijo Leonor, sonriendo, sorprendida. ¿Qué haces aquí?

He vuelto hace un mes. Mis padres han regresado y de momento estoy en casa, trabajo online. ¿Y tú qué tal? ¿Casada? ¿Niños?

Casada asintió Leonor. De momento no tenemos hijos.

Oye, ¿te apetece que quedemos un día y charlamos? Te paso mi móvil.

Sofía le dictó su número. Leonor, entre ilusionada e inquieta, lo apuntó. Se despidieron deprisa.

Aquella noche, mientras Víctor dormía, Leonor se quedó mirando el contacto guardado en su móvil. Quería llamarla, pero le daba miedo. ¿Y si a Víctor no le gustaba que tuviera amistades? Pero Sofía era una amiga de la infancia, solo eso. Quizás tomarían un café, nada más.

Al día siguiente tomó valor. Le escribió a Sofía y quedaron en una cafetería del centro, justo cuando Víctor trabajaba.

Tengo que ir al ambulatorio mintió Leonor por la mañana. Él asintió, sin interés.

***

El reencuentro fue en una cafetería cerca del Campo Grande. Sofía la esperaba ya, con el portátil abierto. Al verla, se levantó, la abrazó.

¡Tengo tantas ganas de hablar contigo! Siéntate, ya he pedido café.

Hablaron largo rato, aunque era Sofía la que más contaba: sobre la universidad, sus trabajos de programación y cómo había encontrado su hueco haciendo soporte web y edición de datos desde casa. Lo contaba con entusiasmo y fluidez, y Leonor sentía admiración, envidia, pero de la buena; envidia de la libertad.

¿Y tú qué haces? preguntó Sofía al fin.

Estoy en casa. Mi marido prefiere que no trabaje.

¿En serio? ¿Y tú qué preferirías?

Leonor lo pensó. ¿Lo había considerado alguna vez?

No sé contestó, sincera. Nunca me lo he planteado.

Sofía la miró con atención.

Mira, ¿te gustaría que te enseñara algo? Puedes hacer retoques de fotos para webs, es sencillo y te puede dar algún ingreso. Yo estoy saturada de encargos, te puedo pasar algunos. ¿Te animas?

No sé no tengo ni idea vaciló Leonor.

Te ayudo. Es fácil, de verdad. Solo tienes que querer.

Leonor sintió que algo en su interior se desperezaba. Quería probar.

Pero no tengo ordenador.

¿Tienes portátil en casa? ¿El de tu marido, quizás?

Sí, hay uno.

Entonces aprovecha cuando no esté. Te paso las aplicaciones, te enseño. Solo prueba. Si no te gusta, lo dejas.

Leonor dudó, pero aceptó. Una emoción nueva, el vértigo de lo desconocido, le hacía latir el corazón.

***

La primera vez que encendió el portátil de Víctor fue dos días después del reencuentro. Temblaba, como si cometiera una fechoría. Él no volvería hasta las siete; tenía cuatro horas.

Instaló los programas enviados por Sofía, vio los primeros tutoriales. Le costó: nunca había usado editores de imagen y los términos eran un galimatías, pero a la vez, le estaba resultando absorbente. Seguía los vídeos, repetía los pasos, corregía los fallos. El tiempo volaba.

Siempre cerraba todo antes de que llegara Víctor: programas eliminados, historial de internet limpio (Sofía le había enseñado). Preparaba la cena y la casa, como si nada hubiera pasado. Pero dentro, por primera vez, había algo suyo, propio.

Al mes, ya hacía encargos sencillos: recortar fondos de fotos de productos, ajustar colores, seleccionar tamaños. Poco, y mal pagado a ojos de Víctor, pero para Leonor era el primer dinero que ganaba ella sola.

Sofía le pasaba la paga en efectivo, siempre a su nombre.

Te iré dando el dinero en mano, le instruía. Guárdalo bien, que no lo encuentre tu marido. Haz un colchón.

¿Para qué ahorrar? preguntó Leonor.

Para el día que haga falta. Por si acaso.

No tenía claro para qué podría necesitarlo, pero obedeció. Lo ocultó en un tomo viejo de poesía de la Generación del 27, que había sido de sus padres. Allí guardaba también la única foto de ellos que le quedaba.

Llegaron más encargos. Aprendió a hacer collages, a retocar retratos con sencillez. Sofía la animaba, decía que tenía talento. Que la felicitaran, sin peros ni reproches, era algo totalmente nuevo.

Víctor no sospechaba nada. Cada noche, la misma rutina. Si preguntaba qué había hecho durante el día:

Limpiar, cocinar respondía Leonor.

Así debe ser. Una mujer está para que la casa funcione.

Ella agachaba los ojos, mientras pensaba en trabajos pendientes para el día próximo.

***

Pasó un año. Leonor, con veintisiete cumplidos, sufría cada vez más con el tema de la maternidad. Víctor estaba irritable.

¿Por qué no vas a otro médico? ¿No será que no quieres? Dímelo.

Claro que quiero contestaba Leonor, que alguna vez sí había soñado con ser madre. Pero la idea de criar en aquel entorno, en aquella vida, le ponía los pelos de punta.

¿Y entonces? Yo lo doy todo, y ni hijos eres capaz de darme. Inútil.

Inútil tenía filo y se clavaba hondo. Leonor ya no lloraba; solo sentía ese dolor limpio y rancio.

Entonces abría el portátil cuando él se dormía y se perdía en el trabajo. Allí tenía control, corregía errores, lograba resultados. Era su refugio.

El dinero se acumulaba lento. Sofía la ayudó a abrir un perfil en una plataforma de freelancers. Cada vez tenía más destreza; los clientes le daban buenas valoraciones y más encargos. Ya podía juntar algo sustancioso al mes.

Una noche, tras un ataque de jaqueca de Víctor y su retirada prematura al dormitorio, Leonor contó sus ahorros. Tenía más de mil euros en el sobre. Bastaba para un mes y medio de alquiler de una habitación. Para salir, buscar trabajo, sobrevivir un tiempo.

La idea de marcharse surgió de pronto. Leonor se asustó y trató de rechazarla. ¿Adónde iría? ¿Quién necesitaría de ella? Te cuido, te mantengo, oía en la voz de Víctor. Quizás tenía razón, quizás era culpa suya que siempre todo saliera mal.

Pero la idea germinó, quieta y persistente, y fue creciendo.

***

Ese invierno sufrió una crisis. Víctor volvió antes de lo previsto y la sorprendió usando el portátil. La pilló de lleno.

¿Se puede saber qué haces? su voz fría.

Solamente estaba Leonor saltó de la silla y cerró la tapa del ordenador. Le latía el corazón a mil.

¿Manoseando mis cosas, sin permiso? ¿Te he dejado yo usar mi ordenador?

No, pero

Ni pero ni nada. Ni preguntar sabes. ¿Crees que todo en esta casa es tuyo por la cara?

Perdóname, no lo haré más.

¿Y qué hacías? abrió el portátil, revisó las últimas pestañas. Leonor había cerrado los programas, pero había quedado abierta la página de la plataforma online.

Leyó en silencio, alzó los ojos.

¿Trabajando? ¿A mi espaldas?

Quería ayudar, ganar algo de…

¿Ayudarme? ¿A mí? ¿Yo no soy capaz de mantenerte? se rió con desprecio. Encima te crees imprescindible. En vez de darme un hijo, haciendo el ridículo.

Cerró el portátil violentamente y se lo llevó.

No lo vuelvas a tocar, ¿entendido? Y desde mañana, quiero saber dónde estás cada minuto. Se acabaron las libertades.

Se encerró en el dormitorio con el portátil. Leonor se quedó petrificada en el pasillo, abrazando las rodillas. Lloró, agotada.

No pegó ojo. Acostada junto al ronquido pesado de Víctor, pensó largo y tendido. No aguantaba más, era una vida asfixiante. Palabras que antes oyera en labios de psicólogos en la tele dependencia emocional, maltrato invisible de pronto se volvían suyas.

A la mañana siguiente, apenas salió de casa Víctor, llamó a Sofía.

Necesito ayuda dijo, con la voz rota.

***

Quedaron en la misma cafetería. Leonor le relató todo: la bronca, la vigilancia, el control. Sofía escuchó, tomó su mano.

Tienes que irte fue muy clara. No puedes seguir así. Te está destrozando.

¿Adónde voy a ir? susurró Leonor. No tengo nada.

Sí tienes. El dinero que has ahorrado. Tienes capacidad de trabajo, cabeza, manos. Yo te ayudo. Pero tienes que marcharte. Y tiene que ser ya.

¿Y si tiene razón? ¿Y si todo es culpa mía?

Escúchate: usas sus palabras. Te ha convencido de que no vales nada, pero es mentira. Has aprendido un oficio, haces encargos, los clientes te recomiendan. ¿Eso hace alguien inútil?

Leonor no contestó. Las palabras de Sofía eran como aire fresco después de mucho ahogo.

Tengo miedo. Fue su última confesión.

Es normal. Pero da más miedo quedarse.

Pasaron una hora haciendo planes: Sofía la alojaría unos días. Buscarían anuncios de alquiler. Le enseñó a sacar el dinero sin dejar rastro. Le recomendó buscar ayuda profesional.

Vas a necesitar ayuda psicológica le dijo. Cuando estés fuera.

Leonor asintió. Antes pensaba que quienes van a un psicólogo están locos. Ahora, creía, locura era tolerar esa vida y no pedir ayuda.

***

Salió de allí una semana después. Víctor estaba en Barcelona por trabajo. Leonor metió lo imprescindible en una maleta: ropa, papeles, la foto de sus padres, su libro con el dinero. Nada más.

Dejó una nota breve: Me voy. No me busques. Perdón.

Al cerrar la puerta, le temblaban tanto las manos que casi no podía girar la llave. Bajó en el ascensor y salió a la calle. Era un febrero castellano de los que cortan el aliento. Se paró en seco y respiró hondo. El aire gélido la devolvió a la vida.

Sofía la esperaba abajo, le ayudó con las bolsas. Su piso era pequeño, una habitación en Parquesol, pero a Leonor le pareció un palacio. Sofía le preparó té y le hizo sitio en el sofá.

¿Cómo te sientes?

No sé dijo Leonor. Tengo miedo. Pero es lo correcto.

Los primeros días fueron duros. Víctor llamaba, mandaba mensajes: primero furioso (Eres una desagradecida, Te lo dí todo, Lo vas a lamentar), luego lamentoso (Vuelve, cambiaré, Te necesito, Perdóname). Leonor no respondía, pero cada palabra era una carga. En el fondo, una parte de ella sentía culpa, otra solo quería huir.

Sofía le ayudó a bloquearlo, cambió de número. Dejó de saber de él.

Dos semanas después encontró una habitación donde vivir: una anciana alquilaba en Delicias. Pequeña, con una ventana al patio, pero por primera vez, propia. Nadie la controlaba ni revisaba cada movimiento.

Sofía le prestó el antiguo portátil de su hermano.

Trabaja, sigue aprendiendo. Eres capaz.

Leonor pudo por fin trabajar abiertamente, captar encargos, ganar un dinero justo. No era mucho, pero bastaba para sobrevivir. Aprendía a vivir: comprar la comida que le apetecía, cocinar cosas nuevas, ver películas sin miedo a reprimendas.

Aun así, la culpa y el miedo permanecían.

***

Dolores se enteró del abandono a través de Víctor, que debió buscarla tras perder el control. Llamó hecha una furia:

¡Pero qué idioteces haces! ¡Dejar a un hombre así! Y encima después de todo lo que he hecho por ti. ¡Desagradecida! ¡Das vergüenza!

Leonor escuchó ese viejo tono de amenaza, la cadena al pasado.

No vuelvo. Ni con él, ni contigo.

¿Cómo te atreves? ¡Te lo he dado todo!

No me diste nada. Solo te quedaste la casa y me recordaste cada día lo que te debía. Pero yo no te debo nada.

Colgó. Sintió temblor, pero también alivio, una ligereza nueva. Una verdad pendiente, por fin dicha.

Dolores no volvió a llamar.

***

Sofía insistió en lo del psicólogo.

Tienes que sanar todo lo vivido, o seguirás atascada.

Leonor temía que la juzgaran, que la culparan. Pero Sofía le buscó una terapeuta, Mónica, y concertó la primera sesión.

El primer encuentro fue incómodo. Leonor apenas sabía cómo empezar. Mónica solo escuchaba, con una paciencia extraña.

No sé muy bien para qué vengo balbuceó Leonor. He dejado a mi marido y a mi tía. Estoy sola. Ya está.

¿Y cómo te sientes?

Rara. Como si hiciera algo incorrecto. Culpable.

¿Culpable de qué?

De todo se le quebró la voz. Siempre es culpa mía.

Las palabras se desbordaron entonces. Le habló de la infancia, Dolores, la vida de favores a devolver, de Víctor, del control, de la sensación de no valer, de intentar agradar siempre sin éxito.

La psicóloga no la interrumpía.

Eso que describe es abuso emocional. Desde niña y de adulta. La han convencido de su incapacidad para decidir, de su deuda imposible con los demás. Pero no es cierto: es una mentira repetida.

Leonor la miró perpleja.

Es que de verdad suelo hacerlo todo mal

No existe hacerlo mal cuando hablamos de vivir cada día. Hay maneras distintas de hacer las cosas, pero la han adoctrinado para creer que solo vale la suya. Y así la dominaban.

Esa sesión removió algo dentro de Leonor. Salió perpleja pero animada, como si viera una rendija de luz en su túnel.

Volvió cada semana. Poco a poco, le ayudaron a desenredar el ovillo de culpa, miedo y dependencia tejido durante años. Dolía admitir que quienes debieron cuidarla la utilizaron. Reconocerlo costaba mucho, pero era el primer paso de todos.

Mónica le proponía pequeños retos: decir no ante peticiones, fijar límites. Era difícil. Leonor solo sabía complacer. Pero practicó.

Una tarde, la casera le pidió que cuidara del nieto un par de horas.

Voy a estar ocupada en unas gestiones, ¿te importa?

Otra vez, habría dicho sí sin pensar. Respiró hondo y recordó las palabras de Mónica.

Lo siento, pero tengo trabajo. No puedo ayudarte.

La señora se encogió de hombros. Leonor permaneció sola en su cuarto, un poco culpable, pero también tremendamente orgullosa.

***

Pasó un año. Leonor ya tenía veintiocho. Mejoraba cada mes en su oficio digital, conseguía encargos y mejores pagos. Pronto pudo alquilar un estudio propio. Lo decoró a su manera: cojines de colores, macetas, cuadros que había encontrado en el Rastro. Pequeños lujos que antes se tenía prohibidos.

A veces quedaba con Sofía. Ambas celebraban los progresos de Leonor. Ella agradecía cada nueva faceta de su vida real, a veces pensaba en aquel día en el supermercado, y sonreía con gratitud.

No volvía a saber de Víctor. De vez en cuando se preguntaba cómo le iría, pero apartaba pronto el pensamiento. El pasado debía quedarse atrás.

De Dolores tampoco supo más. Seguía viviendo en el piso de los padres de Leonor, que legalmente pertenecía a esta última, pero ella no quiso pleitos.

¿No vas a reclamar el piso? le preguntó la psicóloga una vez.

Podría, pero no quiero volver a ese pasado. Que se quede allí. Así pago la deuda que nunca existió.

Es una decisión valiente asintió Mónica. Dejar ir.

Sí. Soltar.

***

Por fin empezó a vivir. De verdad. Iba sola al cine, paseaba por el Campo Grande, conocía a gente online, hacía encuentros de freelancers. Aprendía a disfrutar de las cosas más simples: un café con leche, un buen libro, el rumor de la lluvia. Detalles que para muchos son cotidianos, pero para Leonor eran conquistas.

Seguía en terapia, trabajando heridas. Aprendía a mirar sus emociones, a permitírselas, a dejar de insultarse por tenerlas. Aprendía a perdonarse, a frenar la culpa. Era un camino largo y sabía que aún tenía pasos por recorrer. Pero caminaba, y eso era lo importante.

Recuperar la autoestima como decía Mónica no es una cuestión de dinero. Es poder elegir, decir no, diseñar tu vida y no la de otros.

***

Una tarde de primavera, paseando por la Calle Santiago, se topó con una tienda de arte. En el escaparate, una caja de acuarelas preciosas. De niña, amaba pintar, pero tras la muerte de sus padres, Dolores se las había quitado: Boberías, pérdida de tiempo.

Entró, adquirió el estuche, pinceles y papel. Era caro, pero podía permitírselo. Ya en casa y tras un rato largo mirando los colores, mojó el pincel y dibujó un círculo amarillo. Un simple sol.

Al mirarlo sintió deshacerse un antiguo nudo. No importaba si era bonito o no. Era suyo, solo suyo.

***

Al cabo de un año, en el despacho familiar y pequeñito de Mónica, Leonor compartía una infusión de hierbas.

¿Sabes lo que hice ayer? comentó, mirando a través de la ventana llena de brotes verdes. Me compré un juego de acuarelas. Solo porque sí.

¿Y qué tal?

Sentía miedo al gasto. Luego llegué a casa y pinté simplemente un círculo amarillo. Y no pensé si era bueno o malo.

Eso es volver a ti misma sonrió la psicóloga.

Leonor sonrió también. Aún quedaba algo de sombra en esa sonrisa, pero estaba surgiendo luz.

Y el piso de mis padres sigo sin reclamarlo. Que quede atrás. Es mi manera de decirme que soy libre de toda deuda que nunca existió.

¿Y cómo te sientes cuando piensas en eso? preguntó Mónica, y la conversación continuó, adentrándose en el tiempo más allá de los cincuenta minutos de la sesión.

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