El milagro de Nochevieja: ¿Cómo pudiste olvidarlo, Pedro? – reprochó Ana a su marido, mientras la fa…

Un milagro en Nochevieja

Álvaro, explícame por favor, ¿cómo pudiste olvidarlo? Te lo recordé varias veces esta mañana y hasta te mandé un mensaje Celia me miraba con reproche desde el umbral de la cocina.

Yo, apoyado en la puerta, no sabía ni dónde mirar. Solo podía encogerme de hombros, con cara de niño regañado.

De verdad, Celia, que no sé qué me ha pasado Se me fue de la cabeza, nada más intenté excusarme, aunque sabía que no había excusa.

¿Y el móvil? me cortó.

No lo saqué del abrigo en todo el día. Por eso no vi tu mensaje…

Celia empezó a hervir por dentro.

O sea, para acordarte de comprar la batería nueva del coche no tuviste problema, pero lo del regalo para Jimena, ¡ni te pasó por la cabeza!

Eso Es que el taller cerraba a las ocho y me lié. Perdona, de verdad.

Suspiró y bajó la voz para que nuestra hija, Jimena, no nos oyera.

A veces pienso que quieres más ese tu Seat Toledo, que se avería cada mes, que a nuestra niña se sentó en una banqueta, mirando el reloj de la pared. Faltaban cinco minutos para las once de la noche.

Demasiado tarde para cambiar nada. Y esa sensación de impotencia lo volvía todo peor.

Venga, Celia, no digas tonterías. Sabes que adoro a Jimena. Se me ha olvidado y punto. ¿A quién no le pasa?

A mí nunca me pasa, Álvaro su voz era un susurro tenso. Quiero gritar pero no puedo por no despertar a la niña.

Intenté abrazarla, pero se dio la vuelta y empezó a servir la ensaladilla rusa en una fuente.

Casi medio día para este plato, pensando en que te haría ilusión ¡Y tú te olvidas del regalo de Jimena!

Sabía que tenía que hacerlo yo Pero preferí confiar en ti, Álvaro. Pensé que eras un hombre responsable.

Sé que la he fastidiado, pero si lo piensas tampoco es tan grave dije intentando quitarle hierro. No habrá regalo bajo el árbol, ya está. Mañana por la mañana se lo doy y le decimos que…

¿Que qué? ¿Que a papá le falla la memoria con treinta y cinco años o que era más importante la batería del coche?

Podemos decir que los Reyes este año están saturados de trabajo y llegan mañana. Lo primero que haga será ir a comprarle el regalo. Se lo daré de parte de los Reyes Magos.

¿Y dónde piensas comprarlo? Mañana es festivo y solo abren los supermercados, Álvaro

La frustración de Celia era comprensible. Desde que nació Jimena manteníamos una tradición: después de las campanadas íbamos todos juntos junto al árbol de Navidad…

…y encontrábamos los regalos.

Jimena era la que más disfrutaba de esa tradición. Todavía creía en los Reyes Magos, en la magia y en los milagros de la Nochevieja. Se le iluminaban los ojos cada vez que veía esa caja envuelta con una cinta y adivinaba su contenido.

Esta noche Jimena ya había mirado tres veces bajo el árbol, por si el regalo aparecía antes de tiempo, y le contaba a Celia lo mucho que esperaba el regalo de los Reyes.

¿Tú crees que este año Melchor me traerá la bici? Pues si son patines, tampoco está mal la escuchó Celia desde la cocina.

Yo debía haber comprado esos patines que Celia me encargó. Me llamaron del trabajo a última hora y Celia decidió confiar en que yo pasaría a por ellos al volver.

Regresé a casa después de las ocho, y dos horas más tarde, cuando Celia empezó a poner la mesa y preguntó por el regalo, recordé de pronto que lo había olvidado

Celia, no estropeemos la noche, por favor. No ha sido a propósito, de verdad. Si quieres, se lo explico yo misma a Jimena, seguro que lo entiende.

Se secó las lágrimas disimuladamente, sin responderme.

En el fondo, hasta hacía unos minutos, pensaba que yo tenía el regalo escondido en casa, listo para sorprenderla. Ahora no quedaba tienda abierta…

¿Te ayudo con algo? pregunté, mientras Celia apretaba los dientes colocando los platos.

Gracias, ya ayudaste bastante

En ese momento, Jimena irrumpió contentísima en la cocina, después de verse todos los dibujos de Navidad.

¡Mamá, papá! ¡Faltan menos de dos horas para que lleguen los Reyes! ¡Seguro que ya me han dejado el regalo!

Celia me fulminó con la mirada, pero enseguida se giró para que Jimena no notara nada raro y no estropearle la ilusión.

Ya tenía decidido lo que haría: dejaría bajo el árbol un sobre con dinero, y en el sobre escribiría: Para los patines de Jimena.

No era lo que ella esperaba, pero mejor que nada.

*****

A las once en punto, cuando nos sentamos a cenar, llamaron a la puerta.

Álvaro, ¿has invitado tú a alguien? preguntó Celia, extrañada. Yo desde luego, no.

Ni idea, ¿serán los vecinos? Ahora veo, vosotras id sirviendo el zumo respondí y fui hacia la puerta.

Para mi sorpresa, me encontré con un hombre barbudo, de mediana edad, con una chaqueta roja raída. No era precisamente un Rey Mago. Más bien parecía uno de los sintecho del barrio, tanto por su aspecto como por el olor, nada que ver con la colonia.

¿Qué se le ofrece? ¿Se ha equivocado de piso, o viene a pedir dinero? Le aviso, no tengo ni un euro suelto

No, tranquilo, dinero no quiero, que me las apaño dijo sonriente el desconocido.

¿No necesita? ¿Será verdad?, pensé. Nunca miré mal a los sin hogar, pero su comentario me resultó tan absurdo como cómico. No tenía pinta de ir sobrado de euros el pobre.

Entonces, ¿a qué viene? pregunté, cerrando la puerta tras de mí para que el olor no entrara en casa.

Mire que me he encontrado a un gatito en el portal. ¿No será suyo? Es muy majo dejó ver un pequeño bicho blanco que sacó de dentro de la chaqueta. Tal vez su hija lo haya perdido

Sonreí con incredulidad.

El hombre ha visto que pedir dinero no cuela y ahora va de puerta en puerta intentando colocar al gato, pensé.

No, nunca lo había visto. Y en casa, animales nunca hemos tenido.

¿No quieren quedárselo? Mírelo bien Si tienen niña, seguro que le hará ilusión.

Lo sabía, pensé, intentando que se lo compre. Negué con la cabeza.

No, de verdad, no lo queremos. Gracias de todos modos.

El hombre suspiró resignado.

Bueno, lo llevaré a la basura, a ver si sobrevive.

Ya daba media vuelta, ocultando de nuevo al gato en su chaqueta, cuando le agarré del brazo.

Espere ¿Cómo que a la basura? Déjelo en el portal, y ya está.

Pero si los vecinos lo echan enseguida a la calle. Al menos en los cubos hay cajas de cartón y puede cobijarse, además de buscar algo de comida.

Yo nunca fui especialmente dado a los animales, pero sentí lástima por el cachorrito. Me imaginé lo solo y helado que pasaría la noche en la calle…

Sin meditar más, dije:

Deme aquí al gato. No lo tire, pobrecillo.

Como usted quiera sonrió con bondad. Y, sin más, marchó escaleras abajo.

*****

Entré de nuevo y Celia y Jimena me miraban desde la mesa, extrañadas por la tardanza.

¿Ha pasado algo?

Nada, nada, todo en orden respondí, escondiendo el gato a mi espalda y rezando para que no miaulara.

Sabía que si Celia se enteraba del visitante antes de estar calmada, habría un drama. Y quizás el que acabara en la calle sería yo. Tenía que prepararla y, de paso, justificar por qué traía un gato a casa a estas horas sin consultar.

¿Quién era? preguntó Celia, entornando los ojos.

Nada, el vecino del quinto, Joaquín, que quería consejo sobre qué batería de coche comprar.

Ah, claro, tú eres experto en baterías Anda, ve a lavarte las manos y vente.

Cinco minutos

Con el gato en brazos, fui de una habitación a otra buscando dónde esconderlo. En la terraza hacía frío; en el baño era peligroso y el dormitorio estaba descartado. Al final, lo metí en el armario del salón, dejando la puerta entreabierta para que pudiera respirar. Fui corriendo a la cocina.

*****

¡Feliz Año Nuevo! gritaba la gente en la calle.

Brindé con Celia y Jimena, deseándoles salud y suerte.

Jimena, emocionada, dejó el vaso y corrió al salón. Celia se le quedó mirando y recordó que había olvidado el sobre del dinero. Me lanzó una mirada de ya te vale.

¡Ahora consuelas tú a la niña!

Pero Jimena no se desilusionó. Al contrario, pronto la oí gritar de alegría, tan fuerte que ni los petardos de la calle lograron tapar su voz.

¡Mamá, papá! ¡Venid rápido! ¡Mirad lo que me han dejado los Reyes bajo el árbol!

Salimos corriendo al salón y nos quedamos petrificados. Allí, junto al árbol, Jimena sostenía un pequeño gato blanco en brazos.

¡Llevo años soñando con un gatito, y los Reyes me lo han traído! ¡Le voy a llamar Copito! casi lloraba de alegría.

Jimena abrazaba al minino entre sollozos cuando Celia me llevó aparte.

¿Esto? ¿De dónde sale? ¿Has sido tú?

Es largo de explicar Pero no te enfades, ¿vale?

¿Enfadada?¡Mira la cara de Jimena! Solo me habría gustado saberlo antes, así no te hubiera regañado tanto

Me abrazó y besó en la mejilla, y yo aún no acababa de creer la suerte que había tenido.

Decía mi abuela que en Nochevieja siempre pasan milagros. Jimena feliz, Celia contenta Y todo por un pequeño gato blanco y

De repente me acordé del hombre del portal.

Celia, espera, tengo que hacer una cosa

Le susurré al oído y ella asintió, comprendiendo.

*****

Bueno, Ricardo dijo el hombre barbudo, golpeando cariñosamente la espalda de su compañero. Ya hemos colocado a todos los gatitos. Menos mal que llegamos a tiempo.

Sí, Tomás respondió el otro. Tu truco de la basura nos ha funcionado de maravilla

¿Ves? Yo temía que me largaran por la escalera, pero así solo los que de verdad se interesan por el animalito se los quedan.

Es cierto Por lo menos ahora sabemos que estarán bien.

Sentados en un banco cercano al edificio, los dos hombres charlaban. Esta noche nadie los mandaba marchar, al contrario, algunos vecinos les deseaban buena suerte. Ellos respondían los saludos con agradecimiento.

De repente la puerta del portal se abrió de golpe y aparecí yo, mirando a ambos lados. Los reconocí sentados en el banco y corrí hacia ellos, agitando la mano.

¿Qué querrá este ahora? ¿Se habrá arrepentido? dijo Tomás, reconociéndome.

Feliz Año, amigos saludé, llegando junto a ellos y tendiéndoles una bolsa llena de viandas. Mi mujer y yo os hemos querido preparar algo para esta noche.

No lo esperábamos, muchas gracias sonrieron ambos.

Y esto es de mi parte les pasé una botella de cava. Para brindar como toca.

Ahora sí que vamos a celebrar la Nochevieja como Dios manda se rió Ricardo, frotándose las manos.

Ya me iba cuando se me ocurrió preguntar:

¿Por cierto, dónde pensáis cenar?

Pues en el sótano, aquí cerca. Hoy está calentito y seco, y en las cajas se duerme bien respondió Tomás, quitándole importancia.

¿Sabéis qué? Venid conmigo.

A los cinco minutos estábamos frente a mi garaje. Abrí la puerta e invité a entrar.

Aquí tenéis sofá cama, calefactor, mesa, platos Estaréis mucho mejor. Ahora mismo saco el coche y os dejo espacio. Aparcaré fuera.

No queremos molestar, Álvaro

En absoluto, dejadme el coche fuera, mejor estáis aquí. Y no os paséis bebiendo, ¿eh?

Somos más de brindar que de otra cosa se apresuró a decir Tomás.

Eso está bien, os creo. Mañana vengo y me contáis vuestra historia; quizás pueda ayudaros a encontrar un sitio como encontrasteis para los gatitos.

Vaya sorpresa susurró Ricardo.

Desde luego asintió Tomás.

Y así fue la noche. Una Nochevieja mágica, llena de milagros.

Rate article
MagistrUm
El milagro de Nochevieja: ¿Cómo pudiste olvidarlo, Pedro? – reprochó Ana a su marido, mientras la fa…