Su marido no entendía por qué Alina no podía soportar a su vecina. Pero cuando descubrió el motivo, se quedó sorprendido…

¡Estoy harta de escuchar sus historias sobre sus parientes! exclamó Lucía, mirando por la ventana, las calles empedradas de Salamanca retorcidas como si flotaran entre espejos.
Es nuestra vecina, ¿podrías escucharla? preguntó su marido Ignacio con tono suave y una copa de vino tinto en la mano.
Siempre repite lo mismo.
Aunque Lucía solía ser serena y paciente, su roce con la vecina Teresa la transportaba a una extraña impaciencia. Ignacio no lograba comprender la raíz de aquella inquietud. Años atrás, la historia era diferente: Teresa, quince años mayor, fue amiga de la familia y pasaban juntos las tardes eternas de verano, mientras el sol se derretía sobre los tejados rojos.
Cuando los padres de Teresa se marcharon, ella y sus dos hermanas se quedaron compartiendo la casa familiar adornada por buganvillas moradas. Todo parecía sencillo: venderían la vivienda y se repartirían los euros en partes iguales, celebrándolo con tarta de Santiago y café. Sin embargo, la casa se llenó de ecos y grietas de discordia.

Lucía no sabía detalles y solo rumoraba entre sueños con las voces desgastadas de antiguas abuelas. Su abuela le había contado, casi susurrando, que Teresa le rogó a sus hermanas quedarse allí un tiempo porque pasaba por apuros, prometiendo entregarles su parte cuando todo se calmara. Las hermanas aceptaron, renunciaron oficialmente a la herencia y la casa quedó impregnada de ausencias.
El resto, para Lucía, fue como un cuadro surrealista con relojes derretidos. Intuía que Teresa nunca pagó lo prometido. Ahora, constantemente visitaba a Lucía y se lamentaba como si sus palabras flotaran entre estanterías de libros y luz dorada:
Se han olvidado de mí. No llaman, no escriben, ni siquiera preguntan si sigo viva. Nada les importa salvo el dinero.

Claro, prometer es gratis pensaba Lucía, pero ella siempre es la mártir, los demás son los villanos del cuento.
Pensaba llamarles continuaba Teresa, cortando el silencio con voz temblorosa. No tengo suficientes euros para mantener la casa. También deberían ayudarme, ¿no crees? ¿No es su casa también?
Pero… dijeron que…? balbuceó Lucía, atrapada en las hojas de un calendario interminable.
¿Y qué si lo dijeron? La casa también les pertenece. Aquí crecieron; la casa es de su padre. ¿Y? ¿No les importa?
Quizá les dolió que no les devolvieras lo que prometiste
Ellas aceptaron el trato, nadie las obligó. Dije que pondría el dinero cuando pudiera, pero aún no puedo. ¿Debería vender la casa, entregarla toda por unos billetes? ¿Y dónde vivo yo entonces? Nadie piensa en mí, solo en esa suma exacta y fría de euros.

Lucía miró a Ignacio, que permanecía inmóvil como un reloj parado bajo la sombra de un castaño antiguo. Su expresión era la de alguien que, por fin, comprendía el laberinto y ya no se cuestionaría más por qué su esposa detestaba las visitas de Teresa, perdidas siempre entre las imágenes borrosas y los susurros de un sueño raro.

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MagistrUm
Su marido no entendía por qué Alina no podía soportar a su vecina. Pero cuando descubrió el motivo, se quedó sorprendido…