Aquella noche, Lucía apenas lograba mantenerse en pie. Llevaba dos turnos seguidos en la cafetería de la universidad, preparaba tres exámenes finales de Dirección de Empresas y, en las últimas cuarenta y ocho horas, apenas había dormido un par de horas.
Por eso, cuando vio un coche negro aparcado junto a la biblioteca, supuso que era el taxi que había pedido. Ni se molestó en mirar la matrícula: simplemente abrió la puerta trasera y se dejó caer sobre el asiento.
El interior era sospechosamente lujoso: tapicería de cuero suave, silencio absoluto, un delicado aroma a perfume caro. Pero la fatiga había cerrado cualquier resquicio de prudencia. Cerró los ojos solo por un momento y se quedó dormida.
La despertó la voz tranquila de un hombre, con un deje de humor:
¿Siempre elige coches ajenos para descansar o hoy he tenido suerte?
Lucía se incorporó de golpe. A su lado, un hombre de traje impecable la observaba con una media sonrisa. Sus ojos oscuros destilaban inteligencia y seguridad.
Por cierto, ha dormido unos veinte minutos añadió él. Y ha roncado un poco.
Ella sintió las mejillas arder. Echó un vistazo al interior: pantalla táctil, acabados en madera auténtica, un minibar integrado.
Usted no es el conductor
No. Soy el propietario. Me llamo Fernando Cebrián.
El nombre no le sonaba de nada, pero su voz denotaba la autoridad de quien está acostumbrado a mandar. Lucía se disculpó apresuradamente y buscó la manilla de la puerta.
Es tarde comentó él. Permítame al menos llevarle a casa.
Quiso negarse, pero la noche en Madrid no era tranquilizadora. El coche arrancó suavemente. Durante el trayecto hablaron de su vida: los estudios, los trabajos a deshoras, ese cansancio crónico del que no lograba librarse.
No puede vivir así le dijo él, con tranquilidad. Se está desgastando.
Al llegar frente a su modesto piso de Lavapiés, Fernando le hizo una propuesta inesperada:
Necesito una asistente personal. Alguien que ponga orden en mi agenda y en mis asuntos. Horario flexible, salario acorde. Sinceramente, creo que le sentaría mucho mejor que los turnos interminables.
No quiero su compasión respondió ella, firme.
No es compasión. Es una oferta de trabajo.
Lucía aceptó su tarjeta de visita. Esa noche, su compañera de piso apenas pudo contener un grito al leer el nombre: Fernando Cebrián, uno de los empresarios más influyentes de España.
Durante tres días, Lucía dudó. Pero los recibos de alquiler y la realidad pesaban más que sus temores. Llamó a Fernando.
¿Cuándo puede incorporarse? preguntó él sin rodeos.
Mañana.
La casa de Fernando parecía sacada de una película: amplitud, ventanales, luz y jardines cuidados al milímetro. El salario superaba en varios enteros cualquier ingreso anterior. Pero Fernando dejó claro muy pronto: no la había elegido por casualidad.
Está aquí por su inteligencia y su capacidad le dijo un día. Necesito personas exactamente así.
Desde ese momento, todo cambió.
Se volcó en el trabajo. Organizó reuniones, optimizó desplazamientos, mejoró la comunicación dentro de la empresa. Fernando empezó a confiarle decisiones importantes y el respeto entre ellos creció sin necesidad de gestos grandilocuentes.
Una noche, en una gala de negocios, Lucía notó todas las miradas sobre ella. Fernando le posó suavemente la mano en la espalda, en un gesto de apoyo tan sencillo como revelador. Fue entonces cuando comprendió que sus sentimientos iban mucho más allá del ámbito profesional.
Dos meses después, Lucía recibió una carta: la admitían en un programa internacional de intercambio con una beca parcial.
¿Cuándo te marchas? preguntó Fernando.
En tres meses.
Fernando guardó silencio un instante.
Podría pedirte que te quedaras. Pero dejaría de admirar tus ganas de crecer.
Aquella noche, al despedirse, por fin lo dijo en voz alta:
Te quiero.
Y yo a ti contestó Lucía.
Entonces vete. Haz tu camino. Quiero verte fuerte, no dependiente de mí.
El año pasó volando. Cuando regresó, solo él la esperaba en el aeropuerto, sin escoltas, sin protocolos.
¿Esta vez has comprobado la matrícula? bromeó Fernando.
No hacía falta. Si estás tú, me puedo volver a dormir tranquila respondió ella.
Fernando tomó su maleta.
He comprado un piso en Roma.
Lucía se detuvo en seco.
Para los dos dijo él, arrodillándose discretamente.
Lucía Serrano, ¿quieres construir tu futuro conmigo?
Sí.
Hoy Lucía ha terminado la universidad y ha abierto su propia consultora. Fernando sigue al frente de su empresa, pero ahora comparten la vida y los proyectos.
A veces, al subir al coche después de una jornada larga, Lucía sonríe.
¿Miro la matrícula? pregunta él.
Si estás a mi lado, puedo relajarme contesta ella.
Porque esta vez, no es un error. Es su elección.







