Mónica hizo caso a su familia y permitió que su sobrina entrara en el piso. Pero no tenía ni idea de cómo acabaría todo aquello para ella.

Inés se vio caminando sola, dejando atrás la vieja casa de sus padres en un Madrid envuelto en brumas. Atravesó estaciones imposibles y llegó a Salamanca, donde la ciudad era un laberinto de libros y relojes que andaban hacia atrás. Allí estudió medicina en un aula cuyos pupitres flotaban suavemente sobre el suelo. Tras la graduación, una tarde en la Plaza Mayor, conoció a Joaquín, un hombre con zapatos de colores distintos y sonrisa que se deslizaba, y pronto se casaron en una ceremonia donde las campanas tocaban melodías de flamenco y los ayuntamientos parecían hechos de pan dorado.

Su hermana, Catalina, se quedó con sus padres en una casa que olía siempre a cocido y a petunias. Catalina se había casado y divorciado dos veces, como si la vida fuera un carrusel que daba vueltas y no se detenía. De cada matrimonio quedaron dos hijos, Juanito y Samuel, que corrían por los pasillos dejando huellas de mantequilla.

Inés y Joaquín vivían en un apartamento que él heredó de su abuela, una abuela que había pasado su vida tejiendo bufandas larguísimas para vecinos y gatos callejeros. Al principio, les faltaban euros y el frigorífico les devolvía el eco cuando lo abríany además, un bebé, Lucía, dormía en una cuna que a veces se balanceaba sola, como movida por un viento invisible. Tiempo después, lograron ahorrar unas monedas y compraron un piso de dos habitaciones en el barrio de Chamberí. Lo reformaron con azulejos que cambiaban de color bajo la lluvia y lo pusieron en alquiler.

El tiempo saltó como una rana hasta que la hija de Inés y Joaquín creció y decidió estudiar para ser enfermera, sus pasos resonando por los pasillos de la casa como ecos futuros. Inés y su marido planeaban regalar el apartamento a Lucía cuando se casara. Todo parecía fluir según un guion escrito sobre nubes.

Mientras tanto, la hija de Catalina, llamada Estrella, entró en la universidad. María y sus padres comenzaron a preguntar, en largas sobremesas de tortilla y chorizo, si la sobrina podría quedarse en el piso alquilado de Inés, aunque fuese solo por un rato, igual que las golondrinas que anidan debajo de los balcones en verano.

Inés, atrapada en la lógica neblinosa del sueño, no pudo negarse. La muchacha empezó a trabajar en una cafetería donde el café olía a tarta de Santiago y donde conoció a Pedro, un chico que le pidió matrimonio después de seis meses, cuando la luna tenía cara de buey. Al poco, Estrella se quedó embarazada. Entonces Inés, flotando entre remordimientos y deberes, le pidió a su hermana que, si la sobrina quería formar familia, debía buscar otro lugar para vivir.

Pasó un mes, durante el que las calles parecían hechas de mármol blando, y Estrella llamó pidiendo quedarse solo hasta después de la boda. Entre tanto, Lucía también encontró novio, pero nadie se atrevía a pedirle a Estrellaahora con barriga redonda como la luna llenaque se marchara.

Llegó la boda, un evento donde llovieron confetis y las aceitunas se multiplicaban en las bandejas. Estrella tuvo a su hijo, y tras la ceremonia Inés le recordó a la familia que el piso era para Lucía, que también iba a casarse pronto. No obstante, Estrella encontró nuevas excusas; un día por la falta de pisos en alquiler, otro porque el bebé tenía fiebre, o simplemente porque las llaves del mundo no abrían ya ninguna puerta.

Un día Estrella cambió su número de móvil y dejó de contestar al timbre. Incluso Joaquín se personó un día, regresando desconcertado; Catalina dijo entonces que la visita de Joaquín había hecho que su nieta perdiera la leche, como si los destinos se trenzaran con caprichos mágicos.

La paciencia de Inés y Joaquín finalmente se quebró y, entre gritos mudos y lágrimas que caían en forma de monedas de dos euros, expulsaron a la familia del piso bajo amenazas de pesadillas. Durante dos años, nadie del clan habló con Inés; ella sentía la fría espalda de toda la familia en sueños húmedos, preguntándose, indignados, cómo pudo ser tan cruel como para dejar a su sobrina, con un bebé en brazos, en la calle de una ciudad donde las farolas tiemblan con las noches más largas.

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MagistrUm
Mónica hizo caso a su familia y permitió que su sobrina entrara en el piso. Pero no tenía ni idea de cómo acabaría todo aquello para ella.