¡Hay que avisar antes, que no he preparado nada! ¿Sabes cuánto cuesta recibir visitas? gritaba mi suegra.
Soy nuera: una mujer trabajadora, normal y corriente, sin corona en la cabeza. Mi marido y yo vivimos en nuestro propio piso en Madrid, que llevamos nosotros solos: la hipoteca, los gastos, trabajando desde el amanecer hasta bien entrada la noche.
La suegra vive en un pueblo de Segovia, igual que mi cuñada. Y todo iría bien, si no fuera porque han decidido que nuestro piso es su sitio de vacaciones cada fin de semana. Al principio hasta sonaba simpático:
Este sábado nos pasamos por vuestro piso.
Pero solo un rato.
Que somos familia.
Sí, solo un rato significa quedarse a dormir; nos pasamos es llegar con bolsas, ollas vacías y la cara esperando un banquete.
Cada fin de semana la misma historia: después de trabajar yo corro al supermercado, cocino, limpio, pongo la mesa, sonrío y acabo fregando hasta la madrugada. Doña Carmen, mi suegra, sentada, no para de comentar:
¿Por qué no lleva maíz la ensalada?
El cocido me gusta más contundente.
En el pueblo nunca lo hacemos así.
Y mi cuñada, Isabel, remata:
Uf, vengo agotada del viaje.
¿Y no hay postre?
Jamás he oído: Gracias, ¿Te echo una mano?
Un día ya no aguanté más y le dije a mi marido:
Yo no soy una criada, no quiero pasarme todos los fines de semana atendiendo a tu familia.
Quizá deberíamos hacer algo con esto.
Entonces se me ocurrió una idea.
La próxima vez que Carmen me llama:
Este sábado vamos para allá.
Uy, tenemos planes este fin de semana le respondo muy tranquila.
¿Qué planes?
Los nuestros.
¿Y sabes qué? De verdad nos fuimos y, en vez de nuestros planes nos fuimos a casa de Carmen. El sábado por la mañana mi marido y yo nos plantamos en su portal. Abre la puerta, y se queda helada.
¿Pero esto qué es?
Venimos de visita. Solo un rato.
¡Hay que avisar antes! ¡No he preparado nada! ¿Sabéis lo que cuesta recibir visitas?
La miro y le contesto tranquilo:
Ya ves, así vivo yo cada fin de semana.
¡Así que has decidido darme una lección! ¡Caradura!
Armaron tal escándalo que hasta los vecinos salieron a mirar, y nosotros nos volvimos a casa.
¿Y sabes qué es lo mejor? Desde entonces nunca vienen sin avisar. Ni un nos pasamos por Madrid ni fines de semana en mi cocina. A veces, para que te entiendan, basta con que les muestres lo que es estar en tu lugar.
¿Crees que hice lo correcto? ¿Qué habrías hecho tú?







