¡Abuela Alba! gritó Mateo desde el portón ¿Quién le ha dado permiso para tener un lobo aquí en el pueblo?
Alba Estévez soltó un llanto amargo al contemplar el destrozo de su valla. Llevaba meses intentando apuntalarla con tablones de todo tipo, remendando los postes carcomidos, confiando en que la cerca aguantaría hasta que lograse reunir suficiente dinero con su modesta pensión. Pero no, la valla cayó como por arte de magia y mala suerte.
Ya hacía diez años que Alba llevaba las riendas de la casa sola, desde que su querido esposo, Pedro Álvarez, se marchó al otro lado. Pedro tenía las manos de oro: mientras vivió, Alba no se preocupó por nada. Era carpintero, maestro en mil oficios y muy apreciado por todos los vecinos por su generosidad y laboriosidad. Vivieron juntos cuarenta años felices, sólo un día les faltó para celebrar el aniversario. La casa ordenada, la huerta cargada de tomates y pimientos, el ganado bien atendido Todo fruto del esfuerzo compartido.
Tuvieron un único hijo: Gregorio, orgullo y alegría de ambos. De pequeño, ya era un crío que lo hacía todo sin que nadie le mandase. Cuando Alba llegaba de la granja, agotada y acalorada, Gregorio ya había partido la leña, traído agua, encendido la cocina y atendido a las vacas.
Pedro, después de trabajar, se lavaba la cara, salía a la terraza a fumarse un pitillo mientras Alba preparaba la cena. Por las noches, el ritual era cenar juntos, charlar las novedades del día y reírse de cualquier tontería. Eran una familia feliz.
El tiempo, ese experto en borrar lo bueno, siguió su camino. Gregorio se hizo mayor, marchó a Madrid, estudió, se casó con una chica de la ciudad, Lucía. Se asentaron en la capital. Al principio Gregorio volvía en vacaciones, pero al poco Lucía le convenció de irse cada verano por Europa, y así año tras año. Pedro no lo entendía:
¿Y dónde se ha cansado tanto Gregorito? Lucía le tiene la cabeza llena de pájaros Qué falta le hacían esos viajes, por favor.
El padre suspiraba, la madre sufría. ¿Qué podían hacer? Vivir y esperar aunque fuera una carta con noticias. Hasta que Pedro cayó enfermo. Perdió el apetito, se apagó día tras día. Los médicos le recetaron pociones que no sirvieron de nada; al final lo mandaron a casa a esperar. Aquel abril, cuando los ruiseñores empezaban sus conciertos en el monte, Pedro se marchó por fin.
Gregorio vino al funeral llorando a moco tendido, arrepintiéndose de no llegar a tiempo para despedirse. Pasó una semana en la casa natal y de nuevo se marchó. En los últimos diez años, sólo ha escrito tres cartas a su madre. Y Alba se quedó sola. Vendió la vaca y las ovejas a los vecinos.
¿Para qué quería tanto bicho ahora? La vaca se quedó un rato largo junto al patio, escuchando los sollozos de Alba. Ella se encerraba en la última habitación, tapándose los oídos para no oír ni a las paredes.
Sin manos masculinas, la casa empezó a declinar. Si no era una gotera, era una tabla del porche que crujía, o el sótano que se inundaba Alba intentaba con lo que podía y de vez en cuando ahorraba un poco para pagar a algún manitas, o se apañaba sola, que para algo había aprendido todo en el pueblo.
Así iba tirando, con el dinero justito, cuando el destino decidió rematarla: de repente, Alba perdió la vista. Primero no veía nada en las etiquetas del ultramarinos; luego, ni los letreros de la tienda del pueblo.
La enfermera insistió en llevarla a la clínica provincial.
Doña Alba, ¿quiere quedarse ciega? Le pueden operar y recuperar los ojos.
Pero Alba temía los hospitales y dijo que no. Un año después, apenas veía un rayo de luz. Y tampoco le preocupaba tanto.
Para qué quiero ver nada. No veo la tele sólo escucho la radio, el locutor ya me cuenta suficiente. Y en casa lo hago todo de memoria.
Aunque a veces estaba inquieta. Que últimamente por el pueblo pululaba más gente de dudosa reputación. Ladrones que asaltaban casas abandonadas y se llevaban hasta las fotos enmarcadas. Alba lamentaba no tener un buen perro guardián, de esos que ahuyentan a los visitantes con un ladrido potentísimo y cara de mala leche.
Consultó al cazador Simón:
¿No sabes si el guarda forestal tiene algún cachorro? Con uno chiquitín me apaño Lo crío como Dios manda.
Simón la miró, curioso, y replicó:
¿Pero para qué quieres un husky, doña Alba? Esos son para la montaña. Mira, te traigo un auténtico pastor alemán de la ciudad.
Será carísimo el pastor
Más caro es vivir sin perro guardián, doña Alba.
Vale, tráemelo.
Alba contó sus ahorros, pensando que igual le dormirían para pagar un buen can. Pero Simón, que era menos de fiar que una moneda de tres euros, fue dejando el asunto y nunca concretaba nada. Alba le regañaba por mandarle cuentos, pero en el fondo le daba pena: era un hombre solitario, sin familia ni hijos, con el vaso siempre dispuesto para la salud.
Simón, de la quinta de Gregorio, nunca se fue del pueblo. No le cabía la ciudad. Le apasionaba la caza y podía desaparecer en el bosque días enteros. Cuando acababa la temporada, hacía chapuzas por las casas: cavaba huertos, arreglaba muebles, arreglaba la vieja furgoneta de las abuelas. Lo poco que ganaba, se lo fundía en vino.
Después de cada juerga, se esfumaba por el monte, hinchado y avergonzado, y a los días volvía cargado de setas, moras, truchas, piñones, lo que fuera. Lo vendía por dos perras y vuelta a la ronda. Simón daba un poco de ayuda a Alba siempre cobrándole, claro. Y ahora mismo, con la valla por los suelos, necesitaba de nuevo su mano.
Pues el perro tendrá que esperar suspiró Alba Estévez Primero hay que pagarle a Simón la valla, y no hay mucho dinero.
Simón esta vez apareció con algo más que herramientas en la mochila. Cuando Alba se asomó, oyó un movimiento extraño.
Mire lo que le traigo. Simón abrió la mochila con gesto triunfal.
Alba palpó y notó una cabeza peludita y cálida.
¿De verdad me traes un cachorro, Simón? preguntó, sorprendida.
El mejor de todos, abuela. Todo un pastor alemán puro de pura raza.
El cachorro empezó a retozar, tratando de escurrirse. Alba entró casi en pánico:
¡Pero no tengo dinero suficiente! Sólo para la valla
Y qué, ¿me lo llevo de vuelta? ¿Sabes cuántos euros he pagado yo por este perro?
Así que no tuvo más remedio que ir a la tienda y pedir a Manuela, la tendera, que le fiara cinco botellas de vino para Simón, quien hizo el apunte en su libretilla de los morosos.
Simón reparó la valla en un día. Alba le sirvió una comida de campeonato y le llenó el vaso. Animado por su trago, Simón empezó a soltar recetas y consejos, señalando el perrito acurrucado junto a la chimenea.
Hay que alimentarlo dos veces al día. Cómprele una cadena buena crecen fuerte y sanos. Yo entiendo de perros.
Así entró en la casa un nuevo inquilino: Chusco. Alba lo quiso nada más verlo, y él a su abuela. Cada vez que Alba salía a darle de comer, Chusco saltaba y casi le chupaba la cara. Pero había una pega el perro creció como un ternero y nunca aprendió a ladrar. Alba andaba entre la risa y la decepción.
¡Ay, Simón! ¡Eres un truhan! Me has vendido un perro de pega.
Pero qué le iba a hacer. Imposible echar al animal, todo bondad. Ni falta hacía que ladrase. Los perros de los demás ni se atrevían a mirar a Chusco, que en tres meses ya era tan alto como Alba.
Un día llegó por el pueblo Mateo, el otro cazador, en busca de sal y cerillas para el inicio de la temporada. Al pasar por la casa de Alba Estévez, se quedó paralizado al ver a Chusco.
¡Abuela Alba! gritó ¿Quién le ha dado permiso para tener un lobo aquí en el pueblo?
Alba se echó la mano al pecho.
¡Ay, por todos los santos! ¡Simón me ha engañado! Me prometió que era pastor alemán
Mateo soltó en serio:
Hay que soltarlo en el bosque, abuela. Podría haber problemas.
A Alba se le llenaron los ojos de lágrimas. Qué pena le daba dejar a Chusco. Era noble y cariñoso, aunque fuera lobo. Últimamente sí que tiraba de la cadena, inquieto y con ganas de libertad. Los del pueblo ya le miraban con miedo. No había más remedio.
Mateo se lo llevó al monte. Chusco movió la cola y desapareció entre los pinos. No se le volvió a ver.
Alba lloró por su Chusco y maldijo la picardía de Simón. Y él, en realidad, también lo lamentaba. Todo empezó un día cazando que encontró huellas de oso. Se oyó un gemido y, aunque pensó marcharse para evitar a la osa, el ruido era distinto. Al apartar unos arbustos, vio una madriguera: la madre loba yacía muerta, mordida por el oso, y los cachorros sólo uno había sobrevivido, medio escondido.
Simón se apiadó del pequeñín y lo llevó a casa. Después, se le ocurrió dárselo a Alba para que lo criara. Pensó que el lobo, ya mayor, se iría solo y mientras tanto buscaría un perro auténtico para la abuela. Pero entonces se metió por medio Mateo y cambió todo el plan.
Simón anduvo varios días rondando la casa de Alba, sin atreverse a entrar. El invierno apretaba como nunca. Alba hacía lo que podía con la chimenea para no congelarse.
De pronto, llamaron a la puerta. Alba, cauta, abrió.
Buenas noches, abuela. ¿Me deja dormir aquí? Iba hacia el pueblo de al lado, pero me he perdido con esta ventisca
¿Cómo te llamas, hijo? Apenas veo.
Borja.
Alba frunció el ceño.
Nadie en este pueblo se llama Borja
Porque soy nuevo por aquí, abuela. Acabo de comprar la casa del difunto Daniel. Quería conocerla pero el coche se atascó. He venido andando y con esta nevada
¿Has comprado la casa del viejo Daniel?
Borja asintió.
Exacto.
Alba le invitó a entrar y puso agua para el té. No notó cómo Borja recorría con mirada avara el armario donde la gente guarda dinero y bisutería.
Mientras Alba se afanaba en la cocina, Borja empezó a registrar el armario. Alba oyó el crujido y preguntó:
¿Qué haces ahí, Borja?
¡Es que ha habido reforma de la moneda! Le ahorro disgustos quitando el dinero antiguo
Alba se guardó mal humor:
¡Qué cuento! ¡No ha habido reforma alguna! ¿Quién eres tú?
Borja sacó de improviso una navaja y la puso bajo la barbilla de la abuela.
¡Silencio, vieja! Saca la pasta, el oro, la comida.
A Alba la invadió el terror. Era un criminal prófugo. Ahí debía acabar la historia
Pero, en ese instante, la puerta saltó y entró Chusco, un gigante peludo, y se abalanzó sobre el ladrón. Borja chilló; el pañuelo grueso le salvó de la dentellada. Pegó una puñalada en el hombro de Chusco, que se apartó; el ladrón aprovechó para huir.
En ese momento llegó Simón, en camino para pedir disculpas, y encontró al asaltante corriendo maldiciendo todo lo habido y por haber. Corrió al interior, y ahí estaba Chusco, sangrando en el suelo. Simón lo entendió todo y salió disparado al cuartelillo.
Al ladrón lo atraparon y lo encerraron de nuevo.
Chusco se ganó la fama de héroe del pueblo: le llevaban bocadillos, le saludaban, lo invitaban a algo. Dejó de ser animal atado y vagaba libre, aunque nunca faltaba a su cita con Alba y Simón tras cada cacería.
Un día, encontraron frente a la casa de Alba un SUV negro. Alguien estaba cortando leña: era Gregorio, el hijo. Al ver a Simón y a Chusco, sonrió de oreja a oreja y les abrazó.
Aquella noche cenaron juntos y Alba parecía volver a la vida. Gregorio logró convencerla para operarse en Madrid y recuperar la vista.
Pues si hay que ir, se va suspiró Alba. Este verano viene el nieto y quiero conocerle. Simón, cuida bien la casa y al Chusco, ¿vale?
Simón asintió. Chusco se acomodó junto a la chimenea, satisfecho, sabiendo que allí estaba su sitio: al calor de los suyos.
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