Al salir del hospital, Carmen se topó en la puerta con un hombre.
Perdón dijo él, cruzando con ella la mirada un instante.
De inmediato, la expresión en sus ojos se volvió condescendientemente altiva; el hombre se giró hacia otro lado y, según parecía, se olvidó de la existencia de Carmen en menos de un segundo.
¿Cuántas miradas así había recogido ella ya? A las chicas altas, delgadas y de piernas larguísimas, los hombres las miraban de otra forma. Sus ojos, al ver a una belleza escultural, se volvían ansiosos y pegajosos, todo menos indiferentes. A Carmen, la injusticia le dolía hasta los huesos. ¿Qué culpa tenía ella de haber nacido así?
Cuando era una niña, todo el mundo alardeaba de lo simpáticas que le quedaban las mejillas regordetas, las piernas rollizas y ese culete redondo que parecía diseñado por Goya. En el colegio, cuando tocaba alinearse en el gimnasio, Carmen siempre era la primera en la fila femenina. Se burlaban de ella, la llamaban gorda, la cerdita Lola o calabaza gigante. Y eso era lo de menos; había apodos mucho más crueles de los que no quería ni acordarse. Los niños pueden ser auténticos terminators del corazón. Los profesores sabían que sus compañeros se metían con Carmen, pero no movían un músculo.
Probó toda dieta que pudo, pero el hambre era tenaz y las acababa dejando. Los kilos perdidos volvían a buscarla antes siquiera de despedirse. Era bastante guapa, pero el sobrepeso lo eclipsaba todo.
Carmen soñó con ser maestra, pero lo desechó por miedo a que los críos le pusieran apodos a sus espaldas. Tras el instituto, acabó en una escuela de enfermería. Cuando uno lo pasa mal, poco importa cómo sea físicamente quien le cuida, siempre que calme el dolor.
En su clase no había chicos, sólo chicas muy a lo suyo, enamoriscadas, prometidas y casadas. Carmen siempre sola. En clase, sus compañeras le pedían que se sentara en la primera fila para disimularse tras su espalda ancha y así no llamar la atención del profesor.
Ella miraba con envidia los vestidos de colores vivos en las tiendas de ropa. Sabía que jamás los llevaría. Carmen se tapaba con jerséis anchos y faldas largas que disimularan lo que malamente podía esconderse. Estudiaba bien, ponía inyecciones con precisión y mano de seda, y por eso la adoraban los pacientes mayores.
Un día fue con las chicas a patinar sobre hielo. Los adolescentes no tardaron en cebarse con comentarios: ¡Mírala, directo a la fábrica de embutidos! reían los chavales. Detrás de su carcajada, Carmen apretó los puños, mirando al suelo para aguantar las ganas de llorar.
Su madre probó a emparejarla con los hijos de amigas. En dos ocasiones, Carmen acudió a citas. El primero, al verla, fingió estar esperando a otro y se giró de espaldas sin más. El segundo no llegó ni a presentarse bien antes de lanzarse a meterle mano. Carmen lo apartó tan fuerte que él acabó empapado en un charco. ¡Pero si te estoy haciendo un favor! ¿Quién te va a querer así? bramó él. Las lágrimas la anegaron. No volvió a salir con nadie más, ni aceptaba que la presentaran. Mejor sola que mal acompañada.
En su perfil de redes sociales se puso de avatar a Fiona de Shrek. Cuando un chico le preguntó en los comentarios cómo era en realidad, Carmen respondió que igual que Fiona, pero menos verde. El chico creyó que era una broma: Seguro que te quieres librar de los pesados usando ese avatar, le contestó y le propuso quedar. Carmen dejó la conversación ahí mismo.
Un día, en el pasillo del hospital, se le estampó encima un niño de unos seis años.
¿A dónde vas tan deprisa? No se corre por aquí, que hay gente mala le dijo Carmen, agarrándole la mano.
Quería resbalarme por el linóleo admitió sinceramente el niño.
¿Con quién has venido?
Con mi padre, a ver a la abuela. ¿Dónde está el baño? preguntó él.
Ven, te llevo contestó Carmen, guiándole hasta el final del pasillo. ¿Sabes hacerlo solito?
El niño le lanzó una mirada condescendiente. A ése pequeño hombre no se lo tomó a mal. Al poco se oyó el inconfundible sonido de la cisterna y el niño volvió a buscarla.
Ahora sí, enséñame la habitación de tu abuela dijo Carmen.
El niño suspiró y se arrastró a su lado. Paró en una habitación, puso cara seria y se llevó el dedo a la comisura del labio. Carmen tuvo que ahogar una risa.
Creo que es esa dijo, señalando la puerta número cuatro.
¿Crees? ¿Has salido sin mirar el número? ¿O quizás no te sabes los números? dudó Carmen, pues era habitación masculina.
Claro que sí, ya soy mayor. Hasta sé leer. Mira, allí está la puerta corrigió, señalando la número cinco.
¡Mira el pillo! dijo Carmen, fingiéndose enfadada.
El niño se rio a carcajadas ¿Cómo te llamas?
Iñigo apenas pudo responder antes de que la puerta de la cinco se abriera y apareciese un hombre alto y apuesto.
La mirada de Iñigo fue inmediatamente severa.
Iñigo, ¿tanto tardas? gritó. Entonces vio a Carmen.
La escrutó un instante, perdió de inmediato el interés. ¿Estaba haciendo trastadas? preguntó.
De esas miradas de desdén e indiferencia Carmen había coleccionado una enciclopedia.
No, no estaba haciendo nada malo. No le riña, por favor le echó en cara, y se dio la vuelta para marcharse.
Vamos, despídete de la abuela, que hay que irse oyó detrás de sí.
Al día siguiente, Iñigo y su padre volvieron de visita. El hombre pasó junto a Carmen sin mirarla. Ella, por la espalda, le sacó la lengua. Iñigo, cazando la broma, le contestó levantando el pulgar y Carmen le dedicó una sonrisa y un saludo.
Tras la siesta, Carmen entró en la cinco.
Hoy tiene usted buena cara, Doña Mercedes. ¿La ha visitado su nieto? preguntó.
¿Lo vio? Es un niño estupendo. Ojalá viviera para verlo crecer suspiró Mercedes.
¡Le queda mucho para eso! Le veo cuidando no solo nietos sino bisnietos la animó Carmen.
Ojalá. Me preocupa tanto Crece sin madre.
¿Su madre?
No, no ha muerto. Se largó y nos dejó el crío.
Dijo su hijo
Iñigo no es nieto biológico, pero lo queremos como nuestro. Mi hijo se casó con una guapísima, que después de la boda confesó tener un hijo. Mal negocio empezar una vida con mentiras. Mi marido casi se va al otro barrio de un infarto. Mira ahora, soy yo la que está ingresada.
Hace dos años a la madre de Iñigo le salió una oferta muy suculenta fuera de España. Fue modelo. El chico le estorbaba. Mi hijo solo se ha topado después con mujeres del mismo corte: guapas y egoístas. E Iñigo las rechaza a todas.
Carmen se quedó dándole vueltas todo el día. Más tarde, al ir a ponerle la inyección, Doña Mercedes estaba llorosa.
Se lo digo por su bien: tiene que tranquilizarse, ¿recuerda? la reprendió.
No es preocupación. Mire le dio un dibujo.
En el folio aparecía un niño cogido de la mano con mamá y papá. No cabía duda de que era Iñigo y sus padres.
Iñigo se está buscando una madre. Yo creo que la ha dibujado a usted, Carmen dijo Mercedes.
No mujer, esa es su madre negó Carmen.
Su madre era muy delgada. Y ahí la figura de la madre es grande, hasta más alta que el padre. Es usted. Mírelo bien insistió Mercedes con la voz rota.
Carmen notó enseguida que la madre del dibujo era más grande que el padre. Hasta un niño se da cuenta de lo grandota que soy. Un hombre guapo como el padre de Iñigo jamás se fijaría en mí. ¡Vaya tela, Carmen! ¡Que no eres uva para ese racimo!, pensó resignada.
Desde entonces, cada mañana, al ir a poner la inyección a Doña Mercedes, intercambiaban alguna frase. Cuando unos días después apareció Iñigo en el hospital, fue directo a Carmen.
Hola. ¿Tienes manos seguras? le preguntó.
Eso dicen respondió, incómoda.
La abuela dice que está en buenas manos. ¿Es verdad que la van a dar el alta? Y la semana que viene es mi cumpleaños lo soltó todo atropellado.
Yo creo que sí, que tu abuela pronto podrá irse a casa. ¿Cuántos años cumples?
¡Seis! presumió el chaval. Te invito a mi cumpleaños.
Gracias, claro que iré. Pero habrá que preguntar a tu padre primero dijo Carmen.
¡Se lo pregunto ya! y salió corriendo.
Carmen se despistó y no vio cómo padre e hijo se marcharon. Al día siguiente, Iván e Iñigo la esperaban en la entrada.
Papá, dijiste que sí Iñigo tironeó a su padre al acercarse Carmen.
Sí, sí, no se me olvida mirando a Carmen. Está usted invitada al sexto cumpleaños de mi hijo; aquí tiene la dirección y el móvil. Le esperamos el sábado a la una, salvo que tenga planes importantes.
Ya tenemos en la ficha sus datos dijo Carmen, colorada. Y no, no tengo planes mejores.
Bueno, Iñigo estará ilusionado. Si falla, se ponen tristes tanto él como mi madre. Y usted misma dijo que no puede alterarse.
¡Una semana! A ver si me las ingenio para perder uno o dos kilos, pensó Carmen.
En casa, se lo contó a su madre.
Ves, hija, ve. Los niños entienden más de lo que creemos. Igual hasta surge algo con el padre. ¡Que el niño busca una madre!
Madre, por favor. Su padre ni me mira se lamentó Carmen.
Lo importante no es cómo se ven ellos, sino cómo te cuidan. Si solo le interesaran las guapas de escaparate, hace tiempo ya habría caído otra modelo.
Llegó el sábado y Carmen se rizó el pelo con esmero, eligió vestido, se pintó algo las pestañas. Se miró al espejo con resignación. Por mucho maquillaje, la báscula no engaña.
El regalo llevaba toda la semana envuelto, bien escondido. Iñigo me espera, tendré que ir, suspiró.
En cuanto pulsó el timbre, la puerta se abrió casi al instante. Le latía el pecho como un cochinillo al ajillo.
¡Ha venido Carmen! corrió a abrazarla Iñigo, lo que le dieron los brazos.
Ella le despeinó y le dio su regalo.
Al ver la caja, los ojos de Iñigo brillaron como dos reales de oro.
En el salón ya estaba la mesa cargada de tartas y canapés. Sentados estaban Iván, una rubia despampanante a su lado y, enfrente, un hombre mayor. El abuelo, dedujo Carmen.
La rubia la escaneó de arriba abajo con ceja arqueada.
Os presento a mi salvadora, Carmen. Este es don Francisco, mi marido. A Iván ya le conocéis. Y esta es conocida de Iván, se llama Silvia soltó Doña Mercedes, ignorando a la rubia.
La modelo arrugó la nariz por segunda vez. Mercedes, al ir a servirle ensaladilla a Carmen, enganchó la manga en la copa de vino, que volcó sobre las piernas de la rubia; ésta se levantó gritando, con la silla rodando por detrás, armando un revuelo de señora. Por mucho que Mercedes la disculpase, la rubia recogió bolso y dignidad y se largó. Nadie la retuvo. Carmen se levantó también.
No se ofenda usted, pero arrancó Iván.
A mí no me ha manchado nadie, ¿qué voy a ofenderme? saltó Carmen. De todas formas, me marcho.
Mi madre ha hecho tarta de manzana. No la ofenda y luego le acerco a casa.
En el coche reinó el silencio incómodo.
No hacía falta que me llevara, me apaño sola lo rompió Carmen.
Si le dejo ir sola, mi madre me mata. Últimamente chocamos mucho, ¿eh? Como decida que nos quiere casar, ni la Virgen del Rocío lo remedia.
Ni le quiero ni usted a mí. No se preocupe, yo no me le cruzaré más. A Carmen se le quebraba la voz. Ábrame la puerta del coche, por favor.
En ese momento, Iván paró el coche, pero la puerta estaba cerrada.
Abra, por favor reclamó.
De repente, Iván, con impulso, se acercó y la besó. Carmen le apartó de un empujón.
¿Y esto? ¿Te has cansado de rubias y te apetecen redondas ahora, para variar? ¡Venga ya! ¡Y encima casi tendría que darte las gracias! sus ojos centelleaban, la cara roja como tomate.
Jamás había estado tan guapa. Iván se quedó embobado con la explosión. Las rubias eran seguras y gélidas.
Perdóname, de verdad. Ni sé por qué lo he hecho. No quería ofenderte. Es que creo que tú
Nadie me ha besado nunca, salvo los babosos que me hacían un favor, como tú. Siempre me miran con compasión, nadie se ha molestado en conocerme le soltó Carmen y salió del coche.
El verano terminó de repente, con lluvias, viento y hojas volando por Gran Vía. Pasaron tres semanas desde el cumpleaños de Iñigo, sin noticias de Iván.
Nada más quitarse los zapatos mojados tras la guardia, su madre apareció en el recibidor.
Te ha visitado un caballero dijo.
¿Qué caballero?
Muy elegante, simpático. Parecía nervioso. Dijo que lo llamaras.
Carmen marcó el número al instante, refugiándose en la cocina.
He ido a buscarte. Iñigo está pachucho, ¿podrías venir a casa? Le han recetado inyecciones
¡Salgo ya! dijo, y empezó a vestirse a la carrera.
Al bajar, lamentó haberse precipitado porque no había preguntado si tenían gasas y jeringas. Corrió a la farmacia.
Iñigo estaba contentísimo de verla. El pelo le brillaba por el sudor, pero tenía mejor cara. Carmen se lavó las manos, preparó la inyección. Tocaba antibiótico y vitaminas.
Recuerda que tengo mano de ángel, ¿eh? No temas le dijo, notando el sustillo en la mirada del peque.
Iñigo apretó los ojos, después sonrió: Casi no dolió.
Iván no le quitaba ojo. Nadie la había mirado así. Carmen se ruborizó aún más.
De nuevo, la acompañó a casa.
Carmen, podríamos ir a tomar un café y hablar
¿Es por tu hijo? No hace falta. Luego me ilusiono y tú no podrás quererme. Yo no soy de las que se pueden querer, soy gorda.
¿Gorda? Eres generosa y acogedora. Los niños no se equivocan, sabes. Le gustas a Iñigo. A mí también. Creo que podríamos formar una familia.
¿Y si vuelve la madre de Iñigo?
No volverá. Ha enviado el consentimiento de divorcio y la renuncia, se ha casado fuera. Ni lo menciona. Iñigo es mi hijo. Entonces, ¿te tomarás ese café conmigo?
Sí dijo Carmen, sin dudar.
Cada persona tiene su compañero en la vida, su media naranja, con quien los días malos se hacen llevaderos y los buenos, inolvidables. Da igual cómo seamos por fuera. Lo difícil a veces es encontrarse; lo más difícil es reconocerse. Porque no siempre uno detecta un alma gemela bajo la superficie.
¿Y el amor? Pues a veces el amor es justo lo que permite ver el cisne blanco escondido bajo un patito feo, o la interioridad dulce de una Carmen fuerte y sensible. La única, la hecha solo para él.





