De pequeña, mi hermano, mi hermana y yo nos llevábamos apenas un par de años, y yo siempre acababa heredando la ropa que mi hermana dejaba de lado, como si fuese el baúl de los disfraces del Rastro. Mientras ella recibía los focos y alguna que otra inversión estratégica de mis padres, yo sentía que pasaba más desapercibida que un guiri tomando sangría en Navidad. Mi hermana tenía todo tipo de cursos y actividades, mientras a mí, si quería aprender algo, no me quedaba otra que buscarme la vida.
Por mucho que me matara estudiando y sacaba notazas, en casa ni fiesta ni olé, como si hubiera aprobado un cursillo de origami por correspondencia. Mi autoestima era tan baja que hasta el ficus parecía más seguro de sí mismo que yo, lo que me impedía alzar la voz y reclamar mi espacio.
Al final, conseguí entrar en una universidad de renombre en Madrid un triunfo digno de portada en El País, pero mis padres ni un enhorabuena, solo un a ver cómo te buscas la vida si no te dan beca, hija. Así que, decepcionada hasta la médula, hice las maletas y me fui de residencia. Allí, conocí al que más tarde sería mi marido. Entre clases y cafés con churros, me quedé embarazada y los dos decidimos casarnos.
Si mis padres ya parecían poco entusiastas antes, ahora creyeron ver la llegada de los cuatro jinetes del Apocalipsis. Que si deshonra, que si qué va a decir la vecina del quinto, que si el fin del mundo y, por supuesto, ni un euro ni un abrazo, ni un simple ánimo, campeona. Eso sí: de pronto, a mi hermana, le regalaron un Seat León nuevecito, para que pudiera ir a la universidad en condiciones.
A pesar de toda esa falta de apoyo, tuve a mi hijo más majo que unas tapas de tortilla, y la familia de mi marido, que parecían recién salidos de un anuncio de turrones, nos regaló un piso. Mis padres vinieron a saludar por pura formalidad, casi como quien pasa por el portal y se equivoca de piso sin querer.
El tiempo pasó, mi hijo se hizo mayor, llegó el segundo retoño, y mi vida empezó a parecerse a la de cualquier familia feliz en los anuncios de Navidad, gracias al amor y apoyo de mi marido y su familia. Justo cuando las cosas iban estupendas, mi madre decide aparecer en plan sorpresa y me suelta que mi hermana se casa y que debería pedir un préstamo para su boda, como si yo fuera el Banco de España. Le dije que ni hablar, y mi madre, con el dramatismo de una telenovela, me desheredó: Aquí se acaba tu familia, muchacha.
Fue entonces cuando pensé que era hora de plantar cara, poner orden y dejar claro que suficiente es suficiente. Después de años sintiéndome un cero a la izquierda, entendí que la familia de verdad es aquella que se construye a base de cariño, apoyo y muchas risas no solo los lazos de sangre y la costumbre de pasar la bandeja del turrón en Nochebuena.







