Mi hijo, que ya ha soplado las treinta velas, apareció en casa a las ocho de la tarde, arrastrando dos maletas por la acera como si volviese de dar la vuelta al mundo. Entra por la puerta, ni buenos días ni buenas tardes, y suelta: que va a vivir un tiempito conmigo, que ya no aguanta más la vida ahí fuera.
Le pregunto qué ha pasado, y va y me confiesa sin rodeos que ha dejado el trabajo de un portazo, que lo ha mandado todo al garete y que está harto de tanta presión y que no piensa regresar. Pero el colmo fue cuando me anunció, con una dignidad digna de Don Quijote, que también había vendido el coche, para no tener ataduras. Lo soltó convencido de que había tomado la decisión más lúcida de su existencia. Casi me da un patatúsese coche le costó sudor y lágrimas durante años.
Le pido que me aclare dónde piensa quedarse mientras se recompone, y me responde, tan campante, que aquí, como antes, que necesita relajarse y que en casa se siente seguro. Yo, pensando que me tomaba el pelo, me río, pero él, más serio que un árbitro en la final de la Copa del Rey. Me deja caer que quiere de regreso su antiguo cuarto, el mismo que dejó a los veinte como quien se va a descubrir América, como si el tiempo se hubiera detenido.
Sube las escaleras y, al descubrir que su habitación ya no existíaque ahora es mi estudiose llevó un disgusto monumental. Me reprochó que, debí saber que él volvería algún día y que ese cuarto siempre tenía que estar por si acaso. Le expliqué que hace años vivo sola, que he puesto la casa a mi gusto y que no puede llegar y actuar como si nada hubiera cambiado. Se ofendió, como si lo estuviera echando con agua caliente.
Aquella misma noche le dio por comportarse como si tuviera quince: la ropa tirada por el salón, la nevera abierta cada cinco minutos, que si le caliento la cena, que si le puedo prestar unos euros hasta yo qué sé cuándo. Lo miraba y me preguntaba en qué instante este hombre adulto decidió colgar la toalla y volver a la casilla de salida conmigo de comodín.
A la mañana siguiente, me levanté temprano y él dormía a pierna suelta, sin haber recogido ni los calcetines perdidos. Las dos maletas plantadas en mitad del salón, la ropa sucia sobre el sofá, platos sin lavar decorando la mesa. Cuando lo desperté para hablar, se enfadó. Que para eso está la casa de mamá, que ha venido a descansar y que yo exagero.
Al decirle clarito que podía quedarse unos días, pero no comportarse como un adolescente desastrado, agarró de nuevo los bultos y, farfullando sobre la incomprensión de la humanidad, se largó como alma que lleva el diablo.
Me dolió ver cómo se iba, claro, pero le dejé marchar. Porque una cosa es ser madre y apoyar a tu hijo, y otra muy distinta es cargar a tus espaldas con un adulto que se niega a llevar las riendas de su vida.
¿Obré bien o la he liado?
Historia anónima de una lectora.




