Recuerdo cómo, hace muchos años, vivía en una calle cercana al instituto de la ciudad. Por estas fechas, el bullicio regresaba a las aceras: chicos con mochilas enormes, camisas medio desabrochadas, risas, madres apresuradas, bicicletas que dejaban a los alumnos en la esquina. Para muchos, aquello era algo habitual, casi invisible. Para mí, cada inicio de curso era un golpe en el pecho. Mi hijo, que cursaba cuarto de la ESO, falleció hace tres años, y desde entonces este período se ha convertido en el más difícil de mi vida.
Mi hijo tenía dieciséis años. Aquel atardecer salió a cenar con sus amigos y luego estuvieron un rato en el parque cerca de la plaza mayor. Eran las diez de la noche cuando cruzaba la calle para volver a casa. Yo le esperaba despierta, como siempre. Un conductor, borracho e imprudente, se saltó el semáforo en rojo. No aminoró la velocidad, no se detuvo. Mi hijo ni siquiera tuvo tiempo de reaccionar. Cuando me llamaron desde el hospital, sentí que el cuerpo se me vaciaba. Permanecí muda, sin comprender realmente lo que me decían.
He perdido a mis padres. Esa pena fue dura, agridulce, pesada. Pero nada puede compararse con el dolor de despedir a un hijo. Eso va contra la ley natural de la vida. Sentí rabia, impotencia, culpa, todo junto y de golpe. Me preguntaba por qué le dejé salir esa noche, por qué no le escribí para que regresara antes, por qué Dios había permitido semejante tragedia. Durante meses discutí con Él. Rezaba y lloraba, protestaba, le decía que era injusto, que me lo había quitado sin avisar.
Desde hace mucho regento una papelería en la ciudad, cerca del mercado. De eso vivo. Vendo cuadernos, lápices de colores, bolígrafos, hago fotocopias, impresiones, recargas, y también trabajo como mediadora bancaria, así que la gente entra y sale todo el día. Antes atendía a los estudiantes con alegría. Ahora, cada uniforme me recuerda al suyo. Cada compra de cuadernos me devuelve a las que compraba para él. A veces, mientras hago copias, los ojos se me llenan de lágrimas sin avisar.
El primer año después de su partida estuve a punto de cerrar el negocio. Me faltaban fuerzas para levantar la persiana. Me obligaba a trabajar porque tenía que comer, pagar el alquiler y las facturas. Muchas veces atendí a los clientes con una sonrisa fingida y el corazón roto. Algunos días entraban chicos riendo y yo apenas conseguía contener las lágrimas.
Con el tiempo, dejé de pelear tanto con Dios. No porque el dolor desapareciera, sino porque comprendí que la rabia me enfermaba. Mis oraciones ahora son distintas. Ya no protesto. Pido fuerza, calma. Pido ayuda para convivir con ese vacío imposible de llenar.
Estos días, al contemplar el regreso a las clases, siento cómo el corazón se me encoge. Ya no lloro como antes, pero la pena sigue ahí, silenciosa, fija. Aprendí a vivir con ella, aunque nunca se marcha realmente. Uno aprende a respirar alrededor del dolor, no a borrarlo.
Cada mañana abro mi papelería. Atiendo a los estudiantes. Veo las mochilas pasar por la puerta. Y aunque por fuera parezca fuerte, por dentro sigo siendo aquella madre que espera escuchar el sonido de la llave de su hijo en la puerta a las diez de la noche aunque sé que jamás volveré a escucharlo.






