Mi marido amenazaba con irse con una jovencita, y al final fue él quien acabó en el rellano de la escalera

Tía, ¿te cuento lo que me ha pasado con Alfonso? imagínate la escena: justo cuando estaba terminando de servir una sopera de caldo gallego para cenar, va mi marido y salta, con un tonito que ni te cuento, medio asqueado. ¿No te podías haber mirado un poco antes de sentarte a la mesa? Que ese batín que llevas ni te sienta ni tiene forma, y ese moño… ¿tan difícil es arreglarte un poco, aunque solo sea por tu marido?

Te juro que me quedé paralizada, con el cucharón en el aire, mirándole sin saber si echárselo todo por encima. Él, tan orondo en la mesa, con su camisa recién planchada color salmón, el pelo engominado, y oliendo a colonia buena como si acabara de salir de una boutique del Barrio de Salamanca. Ni levantó la mirada del móvil, el tío.

Será la crisis de los cincuenta o yo qué sé, pero Alfonso lleva unos meses como poseído. Después de treinta años juntos, un hijo ya independizado en Barcelona, de pronto tengo al lado a un desconocido. Empezó a ir al gimnasio, comprar ropa de marca, todo healthy y misterios con el móvil, que ahora tiene hasta contraseña. Pero lo peor no es eso, no: lo peor es escucharlo día sí y día también criticarme. Que si cocino mal, que si visto fatal, que si hasta respiro regular.

Acabo de llegar de la farmacia, de trabajar todo el día, le contesté, aguantando el tipo. Luego he parado en el mercado a cargar bolsas y, según entro, me pongo a preparar la cena para ti. ¿Esperabas que me pusiera un vestido de cóctel y tacones para servirte el caldo?

Pero él, con esa superioridad, solo hace que bufar y mirar el móvil. Siempre tienes cara de mártir, me dice. Todas las mujeres trabajan y saben arreglarse, no como tú, que ya ni ganas le pones. En mi trabajo hay mujeres de tu edad que van en tacones y monísimas, tú pareces salida del mercadillo. Con vergüenza me das para salir a la calle.

Me tragué la rabia como pude y le puse la sopa. ¿Lágrimas? Ya muchas; también noches enteras escuchándole teclear a escondidas con vete tú a saber quién.

Si te doy tanta vergüenza, ¿por qué sigues aquí? le pregunté con voz flojita pero segura.

Alfonso torció el morro, cogió un trozo de pan gallego, y empezó a comer como si lo que le dijera le fuera ajeno. Y ahí, con esa pose de jefe de logística triunfador de 55 años, me suelta su amenaza, así como quien no quiere la cosa: Pues igual me lo pienso y dejo de estar aquí. Que yo sí gusto a las chicas jóvenes. No como tú, que ni chispa tienes. Mira, Cristina de marketing, tiene 26 años y me mira como si yo fuera Julio Iglesias de joven, no como tú, que ni de veinte me mirabas así.

Se me puso un escalofrío, te lo juro. Una cosa es sospecharlo y otra escucharlo así, tan fresco. Entonces, ¿qué haces aquí? Notaba temblor en la voz, pero no aparté la mirada.

Él, creyendo que tenía la sartén por el mango, se lanzó a dar el discurso. Por lástima, por costumbre ya te puedes imaginar lo condescendiente. Que si no cambio, se larga con Cristina. Que o me espabilo, o ahí te quedas. Se levantó, engolando el pecho y ajustándose la camisa, poniendo la tele a todo volumen para que corriera detrás suplicando, llorando, que le prometiera ir a una esteticista y a adelgazar no sé cuántos kilos.

¿Sabes lo que hice? Lo contrario, claro. Ni una lágrima, ni una súplica. Solo me quedé allí en esa cocina mía de verdad mía mirando el caldo que se enfriaba. Se cree el rey del mambo pero la cosa no es así.

Hace diez años, acuérdate, mis padres vendieron la casona de Asturias, cerca de la costa, por enfermedad de mi padre. Me dieron casi todo, con contrato ante notario y transferencia clarita con concepto de donación, para comprar este piso en Chamberí. Según la ley aquí esto lo aprendí bien todo bien atado, que si el piso se compra con dinero donado a nombre mío, es solo mío. Alfonso nunca puso un euro, todo lo gastaba en caprichos y comidas fuera.

Así que el ultimátum, en mi cabeza, lo vi como lo que era: una liberación. Se acabaron los desplantes, planchar camisas que huelen a perfume ajeno y vivir en tensión. Quedarse sola en mi casa, al final, no me daba miedo: me daba tranquilidad.

Me levanté, vacié su sopa en el fregadero, fregué los platos y le busqué para cerrar el tema.

He sacado mis conclusiones, Alfonso, le solté apoyada en el sofá.

¿Qué pasa, vas a ir mañana a la peluquería? medio burlesco.

No. He decidido que no voy a ser la culpable de tus desgracias. Vete con Cristina, a ver si con ella eres tan feliz.

La cara se le quedó congelada. Ni gritos, ni muecas, ni súplicas. Solo una indiferencia heladora, de la buena. Insistió en su show, que si me arrepentiría, que si ninguna mujer le iba a decir lo que hacer, que si se iba esa misma noche y que suerte tendría si le echaba de menos.

Haz lo que quieras le respondí. Nuestro matrimonio está acabado. Es lo mejor.

Al día siguiente, como él no hizo ni intento de recoger, le empaqueté TODO: ropa de marca para el mercado de segunda mano, sus zapatillas del gimnasio y, de paso, hasta las mancuernas que apestaban a sudor. Llamé a un cerrajero y me cambiaron la cerradura, que me costó quinientos euros ni tan caro para estar tranquila y le dejé todas las maletas ordenadas al lado del ascensor. Luego, me fui con Carmen al teatro, como habíamos quedado.

Cuando volvió por la noche, ya ni podía meter la llave. No veas cómo llamaba al timbre Salí al felpudo, abrí solo lo justo la puerta con la cadena puesta y ahí estaba: plantado delante de las bolsas. ¿Pero esto qué es? ¡Que yo estoy empadronado aquí! gritó. Le expliqué que la propiedad es propiedad, y la empadronación no significa nada. Le recordé lo del contrato de donación de mis padres y que si no quería tramitar la baja él, lo haría el juez.

Intentó hacer chantaje emocional. Pero al final no le quedó otra. Pues me iré, murmuró, ya verás lo que pierdes.

Espero que encuentres a alguien que te aguante mejor, respondí bajito, cerrando la puerta.

Esa noche él acabó sentado en la escalera, sobre sus tres bolsas a cuadros, la cara entre las manos. Probó a llamar a Cristina. Que mi mujer me ha echado, ¿puedo ir contigo? le dijo, con la voz rota. Pero Cristina, que imaginaba otra cosa, le respondió que lo suyo no era lo que ella buscaba, que eso de acogerle con los trastos en una minipiso, nanai. Que ella quería un hombre solucionador, no un problema encima. Le colgó con un ya hablamos otro día… cuando tengas casa.

Y ahí le dejé, buscando miradas de compasión en las paredes del portal y marcando números de albergues baratos por Madrid, porque dinero tampoco tenía todo se lo había pulido en colonias caras y pagos del gimnasio.

¿Y yo? Pues me preparé una infusión calentita de manzanilla, me senté en mi cocina, esa que es solo mía, con la ventana abierta escuchando el bullicio de la ciudad. No me sentía sola, sino libre por primera vez en años. Y, la verdad, el aire olía tan limpio que me entraron ganas de poner música y bailar.

Si te ha gustado mi historia, ya sabes, dale amor y cuéntame qué te parece. Que igual no soy la única a la que le ha pasado algo así.

Rate article
MagistrUm
Mi marido amenazaba con irse con una jovencita, y al final fue él quien acabó en el rellano de la escalera