Sospeché que mi esposa me era infiel porque dio a luz a un niño. Es mi tercer hijo varón.

Me llamo Nacho. Siempre he pensado que la vida me ha sonreído, porque tuve la suerte de convertirme en padre y marido. Me casé con Pilar, de quien me enamoré perdidamente cuando aún llevaba uniforme del instituto. Ella me esperó fielmente durante mi servicio en el ejército y, cuando regresé, no perdimos tiempo; nos casamos enseguida.

Primero nació nuestro hijo mayor, Álvaro. Luego llegó el segundo, Rubén, tres años después. Pero yo tenía una espinita clavada: quería una hija. Desde el primer embarazo de Pilar, ya lo iba pregonando a todo el mundo: Yo lo que quiero de verdad es una niña. Todos se quedaban atónitos, claro, porque lo normal es que los hombres sueñen con tener un hijo varón para jugar al fútbol y darle el primer jamón el día de Reyes. Pero a mí me hacía ilusión una hija. Sin embargo, Pilar me dio un hijo. Y, tres años después, otro hijo más.

A pesar de todo, Pilar y yo vivíamos en armonía; nuestros chicos crecían fuertes, dando guerra como buenos hermanos. Hasta que, un día cualquiera, Pilar llegó con la noticia bomba: estaba embarazada por tercera vez. Casi me da un pasmo. Lo del tercer hijo no figuraba en nuestros planes, pero, después del impacto inicial, estaba más contento que unas castañuelas.

¡Esta vez sí que sí, me traes una niña! decía yo, confiado.
Ahora sí que toca niña me contestaba Pilar con media sonrisa, mientras se acariciaba la tripa.

Las dos abuelas, la mía y la suya, lo tenían clarísimo: analizaban la barriga de Pilar como si fueran expertas en radiestesia, convencidas de que venía una niña. Incluso las ecografías decían lo mismo. Imaginaos, todos deseando la llegada de la princesa. Mis hijos, ilusionados, hasta pensaron el nombre de su futura hermana.

Llegó el día, Pilar se puso de parto y salimos pitando al hospital de La Paz. No pegué ojo esa noche; estaba más atacado que el árbitro en un Barça-Madrid. Me preocupaba mi Pilar y la dudosa futura heredera. Por la mañana llamé al hospital y me dijeron, tan panchos:
Enhorabuena, que ha nacido su hijo, pesa 3 kilos 200, mide 54 centímetros.

Pensé que me tomaban el pelo, que habrían mezclado las fichas. ¡Pero si esperábamos una niña! Pues nada, era otro chico. Nadie se lo creía. Estábamos convencidos de tener por fin una hija. Pero lo más loco de todo: ¿cómo podía ser que la ginecóloga también se hubiera confundido?

Llamé a Pilar:
Oye ¿segura que no te has escapado con el vecino?
¡Pero tú eres tonto o qué te pasa! ¿Qué clase de pregunta es esa?
Yo qué sé, ¡si iba a ser una niña!
¡Estás completamente majara! Pilar colgó de lo indignada que estaba.

Cuando Pilar salió del hospital, la recogí junto al pequeño y regresamos a casa. Ella desenvolvió la mantita y, al ver aquel bebé tan pequeño, supe que necesitaba nuestro cariño. Me enamoré de mi hijo en cuanto le vi, sin importar si tenía coleta o no.

Pasaron casi cinco años. A este tercero lo llamamos Manolo. Le enseñé a ir en patinete, pero la verdad es que no se parecía nada a mí, ni una pizca. Solo tenía un aire a Pilar. Los mayores, en cambio, parecían mi copia.

Un día, mientras bajaba la basura, oí a las vecinas cotilleando en el portal:
¿Has visto lo poco que se parece Manolo a Nacho? A mí me recuerda un poco a Paco, el del tercero

Me ofendí como un niño al que le quitan un caramelo y fui directo a preguntar a Pilar quién demonios era el verdadero padre de Manolo.

¡Ya estamos otra vez! ¿Pero tú te oyes? ¿Cómo puedes dudar de mí? ¡Esto es de locos!
Solo quiero saber la verdad ¡Que Paco te llevó a casa una vez!
¡Y estaba embarazada ya! Me encontraba fatal, iba con bolsas de la compra y me dio un aventón. ¿Eso es un delito ahora?
No, pero es que Manolo no me sale a mí de ninguna manera

La discusión terminó en bronca monumental. Pilar se enfadó tanto que durante días no me dirigió la palabra. Decidí hacerme una prueba de paternidad, pero Pilar, terca como ella sola, se negó en redondo. Dos semanas después, accedió; pero eso sí, advirtiendo que tras la prueba, pediría el divorcio. Yo pensé que era puro drama, que se le pasaría.

Un día, saqué la basura y me encontré con Paco. No se había casado aún y tenía treinta y cinco tacos. Lo miré de arriba abajo buscando algún parecido con Manolo. Nada, ni el lunar.

Volví a casa, con la cabeza hecha un lío. Manolo apareció corriendo, se subió a mis rodillas, me abrazó y empezó a contarme sus cosas. Y, en ese momento, me di cuenta de lo idiota que estaba siendo. ¿Para qué quería pruebas absurdas? ¡Si ese niño era mío en todo! Le abracé fuerte y me fui con él y Pilar al dormitorio.

No vamos a hacernos ninguna prueba le dije.
¿Cómo que no? ¡Si ya lo tenía todo preparado, hombre! Así podrías dejarme en paz y comprobar que no te he puesto los cuernos
Me pasé la semana pidiéndole perdón a Pilar y, al final, me perdonó. Los niños fueron creciendo. Álvaro se casó primero y, para nuestra sorpresa, su mujer nos hizo abuelos de una preciosa nieta. Por fin iba a tener una niña a la que mimar.

Sé que la querré con locura, igual que a mis tres hijos, aunque uno salga futbolista, otro artista, y el pequeño, quién sabe, igual se me hace alcalde del barrio.

Rate article
MagistrUm
Sospeché que mi esposa me era infiel porque dio a luz a un niño. Es mi tercer hijo varón.