Les di una lección a mi marido, a mi suegra y a mi cuñada: ¿Dónde está la cena, Valeria? ¿Dónde está…

Castigando al marido, a la suegra, y a la cuñada

¿Dónde está mi cena, Cayetana? ¡Te pregunto, ¿dónde está la comida?!

Cayetana ni siquiera se dignó a mirar hacia su marido. Se hallaba sentada al filo del sofá, acunando en brazos un pequeño bulto que resoplaba débilmente.

Gonzalo, calla susurró. Acaba de calmarse. He pasado media vida hoy en el ambulatorio, luego a la farmacia, después…

Me da igual dónde hayas estado interrumpió el marido, entrando en el salón aún con la chaqueta puesta. Yo trabajo, te mantengo a ti y a la niña. Llego y lo mínimo es encontrar un plato de cocido en la mesa, no tu cara de acelga y estos lloros interminables. ¿A qué te has dedicado en todo el día?

He curado a tu hija Cayetana le sostuvo la mirada. Le ha salido otra vez el sarpullido en las mejillas. Como los médicos no aclaran nada, me ha tocado buscar remedios.

¿Te has preocupado alguna vez por cómo se siente?

¿Y qué más da? Si llora, está viva. Eres la madre, te apañas. Es tu obligación que yo esté a gusto. ¿Para qué me casé, si no?

¿Para tragar empanadillas del súper y no dormir ni una noche de corrido?

Te casaste porque te convenía le cortó Cayetana. Y yo contigo, porque todo el mundo no hacía más que zumbarme en la oreja ya toca, ya toca.

Y he aquí ese ya toca.

Gonzalo se torció el gesto, se acercó a la cuna rinconera y le asestó una patada a la rueda. La cuna retrocedió hasta chocar con la cómoda.

La niña en los brazos de Cayetana rompió a llorar de nuevo.

¡Hazla callar! rugió Gonzalo. O no respondo de mí.

Hace apenas un año, la vida de Cayetana era un espejo distinto.

Era esa chica que hacía girar cabezas; impecable en su vestir, mente despierta, planes para cada fin de semana.

Gonzalo parecía el príncipe soñado: atractivo, con genio, capaz de salirse siempre con la suya.

Se peleaban y reconciliaban a la vista de medio mundo, siempre tempestuosos ambos momentos.

Cuando él trajo el anillo, Cayetana dudó, pero sus padres la presionaron.

Cayetanita, ¿hasta cuándo vas a ir sola por ahí? le decía su madre sirviéndole torrijas. Ya tienes veintisiete.

Gonzalo es de buena familia, se está pensando comprar piso. ¿Y los hijos? ¿Has pensado quién te dará un vaso de agua el día de mañana?

Pero mamá, qué vaso ni qué niño. A mí me gusta trabajar, justo empiezo proyecto nuevo.

El trabajo es humo intervenía el padre sin despegarse del Marca. Una mujer sin familia es como un olivo sin raíz. Te secarás sin darte cuenta.

Gonzalo te quiere, y carácter… todos lo tienen. Ya os acoplaréis.

Y Cayetana cedió. Aquella debilidad la recordaría en cada noche de insomnio que vino después.

La boda, un espectáculo; el piso, hipotecado; el embarazo, un rayo en un cielo límpido.

Todo fue un torbellino. Apenas digirió ser esposa cuando ya era el recipiente para una vida nueva.

Soñaba con un hijo varón, se imaginaba yendo juntos al fútbol, que fuera como ella, calmada y sensata.

Pero en la ecografía: Es una niña. Algo se partió dentro.

El parto fue un trance. Complicaciones, goteros, pasillos de hospital oliendo a lejía y vacío.

Al darle el alta, Cayetana se sentía como un jarrón reconstruido a codazos.

Contemplaba el cuerpecito en la cuna y solo sentía un agotamiento sordo.

¿Por qué no para de llorar? le preguntó a su madre, venida a ayudar.

Son los cólicos, hija, paciencia. Todas lo pasamos. Ahora te toca a ti.

¡No quiere mamar! ¡Me duele todo, mamá!

Es que no lo haces bien. Tienes que esforzarte. Ahora eres madre: olvida el quiero, ahora toca el debo.

Mientras, Gonzalo se desentendió. Dos primeras semanas, fingiendo de padre entregado; luego, evaporado.

Le molestaba el olor de bebé, la ropa tirada, pero sobre todo que Cayetana dejase de ser su geisha particular.

***

Ha llamado mamá Gonzalo, en la cocina, vigilaba cómo Cayetana removía un caldo clarucho con una niña inquieta en brazos. Dice que Marta otra vez llorando.

Marta, su hermana, tenía tres años más, casada sin hijos.

Cada vez que veía alguna publicación de Cayetana en redes o escuchaba de la sobrina, montaba un drama.

¿Qué hago? ¿Pido perdón por parir? le espetó Cayetana doce cucharadas después.

Debías ser más humilde. Dice mi madre que alardeas de tu maternidad a su costa.

Y además, mamá opina que eres una pésima ama de casa. Que tienes polvo en los zócalos.

Tu madre lleva dos semanas sin pisar aquí, Gonzalo. ¿Cómo sabe si hay polvo?

Lo siente golpeó Gonzalo la mesa. Y tiene razón. Mírate: bata manchada, ojos de jarana.

Te has puesto como una pastora de la sierra.

Si me ayudases… si alguna vez te levantaras en la noche…

¡Trabajo! gritó. ¿Lo entiendes con tu cabezón de chorlito? Traigo euros a casa. Lo tuyo es la casa y la niña.

El sábado, a la casa de tus padres. Dicen que el aire del pueblo le irá bien. Los míos también van.

No quiero campo. Hace frío, el agua es horrible y tu madre va a cuchichear con la mía sobre mí.

Me trae sin cuidado. Los padres lo han dicho y ya está. Prepara las bolsas a las ocho y ni media palabra tuya.

***

En la casa del pueblo todo fue a peor. Los padres de Cayetana, estrenando la abuelidad, casi le arrancaban la niña de los brazos.

¡No la sujetas bien, Cayetana! vociferaba su madre desde el porche. ¡La cabecita! ¿Pero quién enseña así a envolver? Dame, que lo hago yo.

Dejadme tranquila refunfuñaba ella y se alejaba al rincón más lejano del jardín.

Gonzalo, en el campo, se esfumaba de esposa e hija. Sentado con el suegro, hablaba de coches y encendía aún más a la suegra cuando esta pinchaba a Cayetana.

Vaya, Cayetana, ¿y esa erupción en sus mejillas? No la cuidas bien, seguro que comes cosas raras.

Si Marta tuviera un hijo, lo adoraría, es tan pulcra…

Pues que lo tenga, ¿dónde está el problema? interrumpió Cayetana cortante.

Doña Inés, la suegra, se llevó la mano al pecho.

¡Gonzalo! ¿Has escuchado? ¡Se burla de la desgracia de tu hermana!

Gonzalo brincó hasta Cayetana, le encajó el codo y apretó fuerte.

Pide perdón a mi madre. Ahora.

¡Suéltame, duele!

¡He dicho que lo hagas! ¿Te has creído algo?

Los padres de Cayetana, al lado, callaron. El padre, pesaroso, solo dijo:

Cayetana, no faltes a tu suegra. Gonzalo tiene razón, respeta.

Fue en ese instante en que supo: estaba sola. Todos en su contra.

Un marido que la veía criada, unos padres para quienes el qué dirán valía más que ella y una suegra devorando su pequeño mundo cada día.

***

La crisis llegó una semana tras volver a Madrid.

La niña con el estómago fatal, Cayetana sin dormir ya ni las migas de los sueños.

Cuando la niña cayó en un sueño denso, Cayetana se sentó en el suelo de la cocina, cerrando los ojos.

La puerta escupió a Gonzalo, de humo y malas pulgas.

¿Por qué hay bolsas de basura en el pasillo? fue su saludo.

Nada respondió. No podía ni abrir la boca.

¿Te estoy hablando? entró, tropezándola. Levanta y sácalas. Ya.

Sácalas tú musitó. No puedo. Me duele la espalda, necesito una hora de sueño, Gonzalo, solo una.

¿Que no puedes? la agarró del cuello de la bata y la alzó.

La tela crujió.

Mírala, la princesa cansada. Otras paren cinco y van al campo, pero esta se ha descompuesto.

Se levantó la niña llorando. Gonzalo, encolerizado, entró.

¡Otra vez! ¡Otro grito!

Se plantó con furia junto a la cuna, la zarandeó.

¡Calla ya, por Dios!

La bebé hipaba de miedo.

Cayetana entró corriendo, empujando a Gonzalo.

¡No la toques! ¡Aléjate!

¡Me ha arruinado la vida! y la abofeteó con rabia.

Ella chocó contra el armario, la cabeza zumbando. Le tembló el mundo.

Pero lo peor tenía nombre y era la falta de freno de Gonzalo: volvió hacia la cuna, y, sin compasión, le pellizcó la diminuta pierna a su hija con saña.

El alarido que brotó era de otro mundo.

En esa décima, en Cayetana algo chasqueó. La autocompasión y el cansancio se esfumaron; solo quedó la ira.

Agarró una figura pesada del estante un ridículo regalo de suegra y encarándolo todo dijo:

Una más, solo una más, Gonzalo, y te reviento la cabeza.

Vete.

Él se quedó congelado.

¿A mí me amenazas, zorra? ¡Esta casa es mía!

El piso es ganancial Cayetana marcó cada sílaba. Hipoteca pagada con mis bajas y tus pagas extras, y la liquidaron antes tus padres, no los tuyos. Mitad es mía.

Pero ahora, eso da igual. Vete antes que llame a la policía y lo dejo todo negro sobre blanco.

Mi rostro lleva tu mano y la niña tendrá moratones. No irás preso, pero la ruina judicial será tuya.

Salió al pasillo y llamó al 112.

***

El proceso fue largo. Gonzalo intentó reclutar a la madre y a Marta. Llamaban, escribían, amenazaban. Cayetana bloqueó a todos.

Cuando sus padres vinieron a arreglar, Cayetana ni abrió la puerta.

O estáis conmigo, o olvidad mi dirección. Vuestro yerno ha levantado la mano contra su nieta. Si eso os parece normal, hasta aquí hemos llegado.

Titubearon, lloraron. Pero al ver el moratón en la pierna de la bebé, se callaron para siempre.

Ambos supieron que nada excusaba la brutalidad con una niña indefensa.

Cayetana no solo pidió el divorcio. Fue a buscarlo al trabajo. Silenciosa, serena, con sus papeles en una carpeta.

No armó ninguna escena, solo mostró al jefe de seguridad casualmente antiguo colega de su padre un vídeo de la cámara vigilabebés. Gonzalo la instaló antes de la niña siquiera nacer.

En el video, toda la verdad: la escena en la habitación.

Pidieron a Gonzalo que se marchara voluntariamente. La reputación en esa empresa era sagrada y un escándalo así no tenía cabida.

Al saberlo, la suegra se encamó con hipertensión y Marta, asustada por la posible difusión del vídeo (Cayetana tenía muchos amigos en común con el marido de Marta), enmudeció y dejó de lanzar veneno.

***
Ahora, Cayetana vive tranquila. Hay días en que el dinero es justo, no se queja.

Gonzalo renunció a su parte del piso a cambio de librarse de la pensión y Cayetana aceptó.

La familia del ex olvidó a la niña de inmediato. El padre no visita.

A las mujeres que conoce, Gonzalo les asegura que jamás estuvo casado.

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MagistrUm
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